¿INCENDIOS CONTROLADOS? POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

 

    En este cálido mes de junio Portugal sufre un terrible incendio, uno de los más feroces de su Historia según distintos medios de comunicación. A día de hoy se barajan distintas causas, como la gran difusión de los eucaliptos (verdaderas bombas de fuego para muchos especialistas), y se apuntan responsabilidades en la esfera política.

    Los incendios forestales han castigado a las criaturas de la naturaleza desde la noche de los tiempos, en circunstancias históricamente muy diversas. Los estudiosos del origen de la agricultura han apuntado que al comienzo las comunidades neolíticas emplearon la quema controlada para rozar el terreno, dejando la raíz de las plantas. Se eliminaban malas hierbas, las cenizas fertilizaban el suelo, penetraba mejor el agua de lluvia y se evitaban incendios no deseados en tiempos de sequía de este modo.

    Más allá de la llamada agricultura itinerante de los pueblos agricultores de áreas tropicales, la roza también se ha empleado por otras sociedades, como la de la Europa mediterránea de los siglos XVII y XVIII. La artiga entrañaba la corta del monte bajo y de los matorrales, que eran quemados. La ceniza resultante también se empleaba como fertilizante.

    Los Países Bajos coetáneos, seguidos muy de cerca por Inglaterra, han sido considerados grandes innovadores en materia agrícola. Sin desmerecer sus aportaciones, los historiadores actuales valoran el esfuerzo emprendido en el Mediodía de Europa, con unas condiciones físicas distintas. La llamada Pequeña Edad del Hielo, con una temperatura media planetaria inferior a la presente, se encuentra asociada a episodios de sequía prolongada, como la que afectó a Requena a mediados del siglo XVII, como bien se desprende de las numerosas referencias de peticiones de grano al pósito, elevación de los precios de los cereales e invocaciones a la piedad celestial.

    La elevación de la carga tributaria, a causa de las interminables guerras del imperio fundamentalmente, conllevó el encarecimiento del pan, el maná de los pobres, que se convirtió en algo más que en un producto de primerísima necesidad. Extraordinaria fuente de beneficios, los posesores de cereales y grandes hacendados se afanaron en poseerlo con vistas a su venta en el mercado al mejor postor. Los revendedores o regatones de granos fueron muy perseguidos, a veces infructuosamente, por las ordenanzas municipales. Con frecuencia consiguieron salirse con la suya y ganar no poco dinero. De la importancia de las ganancias del comercio de los cereales da idea la riqueza alcanzada por los potentados de la monarquía polaco-lituana de 1550 a 1650 con la explotación de las extensiones de Ucrania, sus verdaderas Indias al decir de muchos.

    Requena y sus hacendados no quedaron al margen ni de lejos de semejantes negocios. Las operaciones de devaluación monetaria de la década de 1680 fueron tan dolorosas como necesarias para conseguir la recuperación económica. Con unos ingresos en horas bajas, incluidos los del arrendamiento de la hierba de las dehesas, y con una caballería de la sierra a punto de fenecer, llegó la hora de la roturación, de hacer retroceder al bosque.

    El 2 de junio de 1684 el rey ordenó que el corregidor no embarazara a los vecinos cortar y rozar las encinas, pinos y otros árboles de sus tierras, sin necesidad de licencia o de invocar los privilegios locales. La provisión se reiteró el 13 de septiembre de 1684 y el 24 de septiembre de 1684, pero a la altura de 1749 todavía su aplicación suscitaba problemas.

    Algunos corregidores habían denunciado que la desaparición de muchos árboles encarecería el precio de la madera para los más pobres, que deberían buscarla a mayor distancia de la villa. La nueva monarquía borbónica se mostró igualmente celosa de su real patrimonio, pues muchos de sus ministros creyeron que una España imperial bien administrada rendiría enormes beneficios, muy por encima de los conseguidos por los ahora denostados Austrias. El 24 de junio de 1716 las autoridades reales responsabilizaron del despoblado de muchas partes de España a la falta de leña, perverso resultado de la molicie y el descuido, y animaron a la repoblación forestal, que también sería provechosa para las necesidades de la armada. Al mes siguiente, dentro de este espíritu se nombraron para Requena comisarios que visitaran los mojones de su término y se ordenó vigilar escrupulosamente los plantíos.

    En la década de 1740 el precio del pan experimentó una importante subida en Requena, cuando la sedería había dado sus primeros pasos de enjundia. Una nueva Requena comenzaba a alborear. El 5 de septiembre de 1749 importantes hacendados de tierras labrantías invocaron el derecho de corta como dueños absolutos. Diego Alonso Merino representó a figuras como José Moral de la Torre, Juan Duarte, Martín Pedrón, Alonso Pedrón, Matías de Arcos, Francisco Pérez Alisén, Pedro Ferrer, Nicolás Pérez Duque, Nicolás Pérez, Miguel Pardo, Tomás Pedrón, Nicolás López Aguado, Pedro de Arcos, Juan Pérez y Nicolás García. Según ellos, la real ordenanza de plantíos y conservación de montes de 4 de diciembre de 1748 coartaba su libertad.

    Años más tarde, el guarda mayor de los campos y montes de nuestra villa Francisco García de Cepeda (nombrado por el rey Carlos III el 5 de diciembre de 1763) denunció contundentemente como un grupo de veinte a treinta hacendados imponían su voluntad al resto de cultivadores. La facción de Tomás Pedrón o Pedro de Arcos, so pretexto de defender a los labradores, usurpaba tierras y desdeñaba la conservación de los montes, tan necesarios para el bienestar comunitario. Esta lógica individualista conducía, al entender del guarda mayor, a voraces incendios en Los Barrancos y en Las Cañadas. Acusó a Tomás Pedrón de ocasionar con una artiga un incendio que quemó unos 5.000 pinos.

    Aquellos hacendados hicieron valer ante el rey la necesidad de alimentos. Su comportamiento prefigura el de los terratenientes del primer liberalismo, que tanto insistieron en su capacidad de actuar individualmente, y demuestran que los incendios ni se prenden ni se propagan en el vacío de la naturaleza así porque sí.

    Bibliografía.

    GALÁN, Víctor Manuel, Requena bajo los Austrias, Requena, 2017.

    Fuentes documentales.

    ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

    Libro de actas municipales de 1706-22 (3265) y de 1772-73 (3335).

     COLECCIÓN HERRERO Y MORAL.

      Caja 2, Reales Provisiones.