CARLOS III, EMPERADOR DE PARTE DEL MUNDO Y SEÑOR DE REQUENA. GRUPO DE ESTUDIOS CARLOS III.

                

                TRESCIENTOS ARTÍCULOS DE CRÓNICAS HISTÓRICAS DE REQUENA.

                CARLOS III, EMPERADOR DE PARTE DEL MUNDO Y SEÑOR DE REQUENA.

                Los estudiantes de secundaria y el aprendizaje en la investigación histórica. La curiosidad juvenil.

                Los jóvenes tienen en sus años mozos una curiosidad innata, que a medida que pasa el tiempo vamos perdiendo. Centrados en nuestras ocupaciones diarias, carecemos de la esperada oportunidad para hacer lo que más nos gusta.

                Otro cantar muy distinto es el de la juventud, de grandes energías necesitadas a veces de algo de remanso. Ante aquélla, las anécdotas son las mejores cartas de presentación de la gran aventura humana que llamamos la Historia. Enseñan magistralmente el gusto por el detalle, por la precisión, por saber quién es quién y cómo lo hizo. Nos revelan la manera de ser más entrañable de las personas, a veces con la calidez de un familiar que nos refiere parte de su vida.

                En mayor o menor medida todos los jóvenes gozan de esa gracia. Hacia los trece años el ordenado mundo de la tercera infancia, verdadero período clásico de los seres humanos, desaparece para dar paso a la perpleja adolescencia, en la que el piloto todavía no se ha hecho con el timón de la gabarra. Los bandazos tienen su parte de descubrimiento, por el mecanismo de ensayo-error, que sin la innata curiosidad perderían mucho de su sentido.

                Hemos tenido la fortuna, como profesor de secundaria, de conocer a muchas personas curiosas de los gloriosos trece años. Un grupo de chicos y chicas han participado en este trabajo de investigación, que nos conduce a la Requena de Carlos III, el que fuera monarca de un imperio universal. Componen el Grupo Carlos III, por orden alfabético, Ilham Bautista Bouzour, Juan Cano Soriano, Álvaro Cardona Fernández, Julián Cortes García, David Díaz Franco, Roberto Esteban Gascó, David Fontana Arenas, Rafael García Abolafio, Irene García Junquero, Enrique González Segura, Bruno Guillamón Gil, Sergio Lleó Benages, Zahra Mabtoul Guetbach, David Martínez Vieta, Pelayo Navarro Toraño, Nuria Pérez García, Laura Planes Navarro, Noelia Sahuquillo Ejarque, Elena Soria Moreno, María Soria Moreno y Laya Villanueva Murcia,  bajo la orientación del profesor del IES Uno de Requena Víctor Manuel Galán Tendero.

 

                El aprecio del patrimonio histórico.

                Una de las cualidades del vecindario de Requena es la de su vivo interés por las cosas de su tierra, de su patria chica. Las costumbres de antaño, los tipos curiosos, lo que pasó tiempos ha y otras muchas cuestiones interesan a gentes que no son historiadores de profesión, pero que a su modo lo son de condición.

                No es para menos con los tesoros artísticos e históricos que brinda Requena, pese al paso del tiempo, desde San Nicolás a San Francisco, desde San Sebastián a cualquier yacimiento arqueológico de su extenso término.

                Los requenenses han sabido transmitir a sus hijos, a su modo, el aprecio por todo ello, lo que también anima la curiosidad juvenil.

                Las posibilidades didácticas del Archivo Histórico Municipal.

                En el espacio de la Villa se emplaza uno de los mayores tesoros de Requena, su Archivo Histórico Municipal, cuyo ángel custodio es Ignacio Latorre, para el que el tiempo existe para ser aprovechado al máximo.

                En este Archivo se contienen importantes series de documentos desde el siglo XIII, a veces con una continuidad admirable. Sus documentos son capaces de atraer la curiosidad de grandes y chicos.

                Con estos mimbres, se puede enseñar Historia a los más jóvenes, más allá de la simple enunciación de contenidos del libro de texto. Con la guía oportuna, se familiarizan con nociones de paleografía, diplomática e historia. Aprenden la Historia de España a través de la Requena, haciendo buena la clarividente visión de León de Arroyal, de hace más de doscientos años, de la Monarquía española como una constelación de municipios, de repúblicas urbanas con su propia atmósfera.

                Primero se hace una semblanza del reinado de Carlos III, con sus grandezas y flaquezas, y a continuación se ofrece un análisis de varios aspectos de la economía y la sociedad de Requena, uno de los pilares de su imperio al fin y al cabo, a través del estudio del Libro de Propios y Arbitrios de 1783 (nº. 3532/1).   

                Carlos III y sus años de reinado.

                El hijo de Isabel de Farnesio.

                Un 20 de enero de 1716 vino al mundo en el matritense Alcázar el primer hijo de Felipe V con su segunda esposa, la parmesana Isabel de Farnesio. En 1724 un depresivo Felipe V abdicó en su primogénito Luis, que reinó fugazmente al morir de viruela. Aquél tuvo que reasumir el cetro y la de Farnesio se preocupó que Carlos recibiera formación de gobernante y que ocupara el lugar de mayor relevancia posible. Italia, donde los españoles habían sido desalojados tras la guerra de Sucesión, fue el punto donde depositó sus ambiciones.

                A los quince años Carlos fue nombrado duque de Parma y Plasencia y a los diecinueve se alzó con el trono de Nápoles en pugna con los austriacos, aunque tuvo que renunciar a sus anteriores títulos en Italia. Esta política, promovida por doña Isabel, ha recibido acervas críticas como dinástica, pero a su modo también enlazaba con la aspiración española a recuperar posiciones perdidas en el Mediterráneo Occidental.

                Carlos VII de Nápoles.

                Carlos ha sido reconocido como un gobernante tan prudente como reformista en el variopinto reino napolitano, donde el poder de los barones oponía serios obstáculos a la autoridad real. Hizo recopilar todas sus leyes, intentó liberalizar el comercio, alcanzó un concordato con la Iglesia favorable a sus intereses en 1741 y promovió las excavaciones de Pompeya y Herculano. Se le ha considerado, con todas las prevenciones, un gobernante ilustrado.

                Apoyó a su hermanastro Fernando VI de España en la guerra de Sucesión Austriaca, lo que le valió la enemistad de Gran Bretaña. Contrajo matrimonio con la princesa María Amalia de Sajonia, de la que tuvo trece hijos. A la muerte sin descendencia de Fernando VI el 10 de agosto de 1759 sin descendencia, pasó a ocupar el trono español según las disposiciones del tratado de Aquisgrán de 1748.

                Rey de Castilla, de León y conde de Barcelona.

                El 17 de octubre de 1759 tomó tierra en Barcelona, tan ligada al gran comercio mediterráneo desde hacía siglos. Recibió el nuevo rey una calurosa bienvenida, de la que dio buena noticia a su madre doña Isabel.

                Carlos estrechó relaciones con los grupos dirigentes de una Cataluña en expansión, sometida al poder borbónico tras la guerra de Sucesión. Se escucharon las peticiones de la Junta de Comercio, se dio licencia a los nobles de volver a llevar armas y se condonaron atrasos en los pagos del catastro. El nuevo rey de España, pese a todas las medidas tomadas por su padre, regía un verdadero conglomerado de reinos y territorios con sus particularidades sociales, culturales y legales.

                Los ideales ilustrados de gobierno.

                Esta compleja España era entonces cabeza de un imperio que se extendía por las Américas y las Filipinas. Era creencia de muchos pensadores y estadistas que mejor gobernada podía convertirse en la primera potencia de su tiempo, como lo fue bajo los Austrias Mayores.

                Las ideas ilustradas favorables a la crítica de ciertas tradiciones y a la renovación de las instituciones sirvieron de ayuda en este empeño, caracterizado de Despotismo Ilustrado. Si entre 1759 y 1766 el protagonismo en los gabinetes de Carlos III lo tuvieron figuras como la de Esquilache, vinculados a su etapa napolitana, hasta 1788 correspondió a españoles como Rodríguez de Campomanes, el conde de Aranda y Floridablanca, a veces enfrentados entre sí. La Ilustración a veces despertó la oposición de varios sectores sociales.

                La advertencia del motín de Esquilache.

                La entrada de España en la guerra de los Siete Años (1756-63) se saldó con un sonado fracaso. Los requerimientos reales y la subida de los precios del cereal indispusieron a muchos contra el gobierno del rey. Esquilache centró todas las iras y el 23 de marzo de 1766, Domingo de Ramos, estalló en Madrid un motín, que exigió algo más que el respeto por el chambergo y la capa larga.

                El rey huyó con su familia a Aranjuez. En otros puntos de España estallaron alteraciones igualmente graves. Al final, Carlos III tuvo que prescindir del odiado Esquilache, aunque dentro de los círculos gubernamentales comenzaron a buscarse a los verdaderos instigadores de los sucesos.

                Para historiadores como Pierre Vilar fue un conflicto muy similar al francés de la guerra de las harinas, que recomendó prudencia a las autoridades a la hora de hacer cambios, aunque la expulsión de los jesuitas y el apoyo a la reforma municipal de los diputados del común acreditan que las ansias reformistas no se angostaron.

                El chivo expiatorio de los jesuitas.

                La Compañía de Jesús había conseguido un gran ascendiente y un buen patrimonio a lo largo del imperio español, lo que le acarreó la envidia de las órdenes rivales. Considerados defensores del tiranicidio y opuestos al reformismo real, sobre los jesuitas recayeron las mayores sospechas de la instigación del motín.

                Tras la pesquisa secreta, el fiscal del Consejo de Castilla Rodríguez de Campomanes dio curso al decreto de expulsión el 29 de febrero de 1767, ratificado el 20 de febrero. Entre el 31 de marzo y el 2 de abril se clausuraron sus casas y se incomunicó a sus integrantes, todo con gran sigilo y rapidez. Se quiso cortar de raíz con ello toda oposición y venta de sus bienes.

                La operación ha sido comparada por su precisión con la de la expulsión de los moriscos. Ya en su época se les comparó con los templarios. De hecho, ya habían sido expulsados de Portugal en 1759 y de Francia en 1762. Muchos jesuitas españoles marcharon a Italia, concretamente a los Estados Pontificios, pues también en 1767 fueron expulsados de Nápoles. En 1773 el Papa Clemente XIV ordenó la disolución de la Compañía, restaurada en 1814. Para algunos historiadores, los jesuitas de la América española se convirtieron en los primeros defensores de su emancipación.

                Dos grandes servidores de Carlos III.

                Quien como gobernador del Consejo de Castilla dirigió la expulsión de los jesuitas fue el aragonés conde de Aranda. Al modo de Federico II de Prusia, fue un admirador del incisivo Voltaire. Sus diferencias con el rey le llevaron a solicitar la embajada en París, donde permaneció entre 1773 y 1787 y logró la firma de la paz con Gran Bretaña en 1783. Enemigo del conde de Floridablanca, abogaría durante el reinado de Carlos IV por una política de neutralidad con la Francia revolucionaria, con escaso éxito y funestas consecuencias para su persona.

                Su gran oponente fue el murciano conde de Floridablanca, gran representante del partido golilla o civilista opuesto al militar de Aranda. Embajador ante la Santa Sede, en 1777 se le nombró secretario del Despacho de Estado. En su Instrucción reservada de 1787 abogó por un reformismo moderado y por dar la debida relevancia al Norte de África en la política exterior española, que debería de lograr la alianza de Portugal y de Rusia. Carlos IV lo mantuvo, pero la creciente degradación de las relaciones con Francia lo apartó del poder. Su famoso miedo en forma de cordón sanitario frente a la Revolución francesa ha simbolizado el repliegue ilustrado ante los nuevos tiempos. Más tarde presidiría la Junta Central durante la guerra de la Independencia.

                Las Sociedades Económicas de Amigos del País.

                Para impulsar el avance económico español, hombres como Pedro Rodríguez de Campomanes se empeñaron en difundir las ideas ilustradas más allá de los círculos gubernamentales. En distintos puntos del imperio español se crearon las llamadas Sociedades Económicas de Amigos del País. Una de las famosas, la Matritense, fue creada en 1775 y se propuso el lema de Socorre enseñando. La de Requena data de 1784.

                Su labor ha sido cuestionada por algunos historiadores como superficial y elitista, pero verdaderamente constituyen una primera muestra de sociabilidad política moderna, sin la cual el liberalismo decimonónico sería impensable. Algunas adquirieron la Enciclopedia de Diderot, un verdadero icono de la Ilustración, y redactaron notables ensayos sobre la agricultura, el comercio y otros aspectos de vivo debate.    

                La agricultura y la conservación de los recursos forestales.

                La agricultura fue uno de los objetos del reformismo de los gabinetes de Carlos III, pues era el fundamento de la riqueza española de la época. Se quiso frenar la despoblación de amplias comarcas con iniciativas como la colonización de Sierra Morena dirigida por Olavide, que no alcanzó todos sus objetivos. En el siglo XVIII se impusieron restricciones a la tala de árboles para no privar a muchos vecinos de recursos y a la armada de maderamen, lo que puso dificultades para roturar nuevas parcelas de monte. Persistieron las temibles plagas de langosta, devoradoras de los cultivos, como las que invadieron tierras de Extremadura y Castilla la Nueva en el reinado de Carlos III.

                El Consejo de Castilla, que ganó peso en la vida interior española del siglo, permitió la labranza de terrenos para aumento de las cosechas y prosperidad del reino. Desde 1738 se aprobó la venta de algunas tierras baldías. El movimiento ganó fuerza a lo largo del siglo y se aprobaron repartos de suertes o tierras concejiles en distintas partes de España en 1766, 1768 o 1770 bajo la presión del aumento de los precios del grano, de la población en aumento y del descontento de la población, evidenciado en los motines de 1766.

                Estas decisiones fueron apreciables, pero distaron de solucionar los problemas estructurales de la agricultura española, que se intentarían solucionar por una Ley de Reforma Agraria que iría madurando más allá del reinado de Carlos III. Cada vez más se atribuyeron los problemas a obstáculos sociales como el de la extensión de las tierras amortizadas o los privilegios de la Mesta, que frenaban la iniciativa de los cultivadores más emprendedores.

                Dinero y soldados, los medios del gobierno.

                Conscientes de la necesidad de mayores recursos públicos, los gabinetes de Carlos III intentaron, sin éxito, aplicar en tierras de la Corona de Castilla el impuesto de la única contribución, ya proyectado por el marqués de la Ensenada e impuesto bajo diferentes nombres en la Corona de Aragón a partir de la guerra de Sucesión. Para mejorar el crédito del gobierno se fundó en 1782 el Banco Nacional de San Carlos, precedente del de España.

                Estos esfuerzos no impidieron que la recaudación fuera onerosa y que el gobierno real anduviera corto de fondos en tiempos de guerra, pues la armada y el ejército terrestre consumieron enormes sumas de dinero. En 1768 se dictaron las ordenanzas del segundo para su mejora. Bajo Carlos III, en contra de las recomendaciones de Jorge Juan, se apostó por un modelo de construcción naval a la francesa, proclive a los grandes navíos, lo que ha sido considerado a veces una equivocación. De cualquier manera, la decisión no era fácil para una España con grandes compromisos ultramarinos.

                La segunda conquista de América.

                A fines de la guerra de los Siete Años, los británicos se hicieron con el dominio de las estratégicas plazas de Manila y La Habana, al final restituidas a los españoles por mor de los intereses de aquéllos.

                Los gabinetes españoles procuraron reafirmar la fuerza de la autoridad real en los dominios indianos, lo que ha llevado a hablar de una segunda conquista. Se deslindó la secretaría de Indias de la de marina, se creó en 1776 el virreinato del Río de la Plata, se postuló la comandancia general de las provincias internas al Norte de la Nueva España, se introdujeron las intendencias y en 1778 se liberalizó el comercio indiano facultándose a más puertos peninsulares e indianos a sumarse al mismo, más allá del de Cádiz. También se introdujeron unidades militares regladas, a las que se invitó a los criollos o españoles nacidos en Indias a formar parte con la promesa del fuero militar.

                La última gran victoria española en las Américas.

                La gran rival de España era Gran Bretaña, aliada en numerosas ocasiones con Portugal. La asistencia francesa a los españoles, por medio de los tratados de Familia, fue muy puntual y condicionada, según se demostró en el conflicto de las Malvinas de 1774.

                A los británicos también la guerra de los Siete Años les pasó factura y pronto las controversias con los anglo-americanos se convirtieron en un serio conflicto, el que dio origen a los Estados Unidos. Los gabinetes españoles tuvieron serias reservas en secundar la oposición de aquéllos a Jorge III por miedo a que su ejemplo cundiera entre los criollos, pero al final se entró en guerra sin participar directamente al lado de las fuerzas norteamericanas al modo francés.

                España no recuperó Gibraltar, pero sí Menorca y la Florida de los británicos. De todos modos, según algunos historiadores, los españoles no se pudieron deshacerse del temor de haber forjado un enemigo más peligroso para su imperio que la misma Gran Bretaña.

                Balance de un reinado.

                Bajo Carlos III estalló el motín de Esquilache en 1766 y la rebelión de Túpac Amaru en el Perú de 1780, anticipos de los movimientos socio-políticos por venir, pero no se puede considerar su reinado como un parón, al contrario. Sus gabinetes procuraron fomentar la industria y en 1772 se rompió el monopolio de los gremios. Las indianas o industrias textiles catalanas tuvieron un gran éxito. El mercado americano dinamizó la economía española, como bien prueba la sedería de Requena. También se apostó por la mejora de las carreteras reales.

                La asistencia social a través de juntas locales de beneficencia también se cuidó. Se intentó integrar a la población gitana tras las drásticas medidas de tiempos de Fernando VI, reinsertar a muchas prostitutas y reducir la mendicidad. Preocupó el problema de la vagancia. Bajo su reinado se hermosearon ciudades como Madrid, de la que ha sido considerado su mejor alcalde. Quizá el mejor elogio que se le pueda hacer es que cuando murió el 14 de diciembre de 1788 fue verdaderamente llorado por muchos de los españoles. De todas formas, tales logros deben de ponerse en relación con lo sucedido en muchas localidades de España, como la de Requena, donde el gobierno real tuvo que vencer el obstáculo de las distancias y el no menor de las inercias sociales.

                            

 

                EL GOBIERNO REAL Y SUS SÚBDITOS DE REQUENA.

                El documento estudiado.

                El Libro de Propios y Arbitrios del citado año se inscribe en una serie documental muy completa, que arranca con matices del siglo XVI. Se consignan por separado y de forma ordenada los cargos o ingresos de dinero y los distintos dispendios o datas. Al final se presenta un balance. Las cantidades se expresan en la moneda contable de los reales y los maravedíes, equivaliendo el primero a 34 maravedíes.

                Las autoridades reales, más allá de las municipales, acuciaron a su exacta presentación y cumplimiento. El temor, fundado, al fraude era muy fundado. No obstante, el Libro es un auténtico fichero de situaciones personales, administrativas, figuras fiscales, instituciones, monedas y otros aspectos de la vida social de la época de enorme interés para conocer cómo era la España de Carlos III a través del mirador de Requena.

                Los ingresos de las dehesas.

                Las dehesas eran una de las principales fuentes de ingresos municipales. Las dehesas eran zonas de árboles como encinas y pasto bajo para apacentar el ganado, que eran arrendadas por el municipio a una serie de particulares cada año. Hicieron uso de las mismas los ganaderos estantes y no los privilegiados trashumantes de la Mesta.

                En 1783 las dehesas de Requena eran las de la Olla de la Carrasca (cuyo arrendamiento aportó unos 1.000 reales), la de Realame (1.000), la de Campo Arcís (885), la de Albosa (650), la de la Sevilluela (450), la del Saladar (400), la de Hortunas (150), la de Cañada Tolluda (150) y la de Almadeque (40).

                Cada vez más, a lo largo del siglo XVIII, los ingresos de las dehesas perdieron relevancia en el presupuesto de Requena.

                Otros ingresos.

                Dentro del patrimonio municipal los inmuebles e instalaciones urbanas también fueron importantes. El Molino rindió aquel año 2.600 reales, las casas del Arrabal 429, las de la Justicia 220, el Mesoncillo 132, la de la Tejería del Ardal 79 y la del Pregonero 77.

                Los censos o préstamos adeudados por particulares llegaron a los 468 reales. El viejo censo del yeso de Utiel solo rindió 14.

                Más sustanciosos fueron las entradas por repartimientos de lotes de tierras (7.751), del arbitrio del aguardiente (6.090), de la almotazanía (5.200), del arrendamiento de los Montes Blancos (2.000) o de la borra y la asadura (1.600).

                Tales partidas de ingresos indican que la Requena ganadera de las dehesas había cedido ante la agrícola y comercial en la que floreció la sedería. No en vano el estado de la agricultura y de la producción preocupó sobremanera a los gabinetes de Carlos III.

                Los destinos de los dispendios municipales, más allá de Requena.

                En aquel tiempo, con una administración pública muy distinta a la actual, el municipio se encargó a duras penas de tareas tan importantes como la enseñanza, la sanidad, el abastecimiento de pan en los años de dificultad y las obras públicas. Por si fuera poco, también corría con no pocos gastos del despliegue militar, como los de las quintas.

                Dentro de los gastos, hemos de diferenciar entre los ordinarios, de salarios y fiestas, de los extraordinarios de retribuciones por servicios como la conducción de vagos a la ciudad de Cuenca (como el del contumaz Nicolás López Requena, que escapó una vez y tuvo que ser conducido por segunda vez), de reparaciones y otros pagos. Los primeros sumaron en 1783 unos 16.606 reales frente a los 37.935 de los segundos.

                En los extraordinarios se cargaron tributos como la tercera parte de la contribución extraordinaria por valor de 20.182 reales o los repartimientos de paja y utensilios para la tropa por 9.938 reales y 22 maravedíes. Atender la obligación de los impuestos resultó penosa y ocasionó a veces no pocas demoras. Solo negociantes como Juan Penén Díaz sacaron provecho como conductores de la recaudación a la Tesorería de Rentas de Cuenca o encargándose de la misma.

                Los pleitos, como el del villazgo de Camporrobles, provocaron no pocos quebraderos de cabeza y rotos en el bolsillo desde hacía años. Estos combates jurídicos librados ante la Chancillería de Granada y el Consejo de Castilla pusieron en juego los dineros y el honor municipal.

                Retribución y representación: el honor y la respetabilidad en términos monetarios.

                En el Antiguo Régimen la consideración social llevaba aparejados el goce de una serie de honores, como el cobro de unos salarios anuales, que supusieron la parte del león de los gastos ordinarios: unos 14.680 reales. El corregidor o representante del rey en el municipio percibía 4.400 anuales, además de otros pagos extraordinarios consignados en el correspondiente capítulo por tareas suplementarias como participar en el amojonamiento de la dehesa dedicada a la carnicería. La implantación de las intendencias no anuló a los corregidores.

                Cada uno de los catorce regidores perpetuos, de familias poderosas de Requena, cobró 110 además de recibir pagos extraordinarios por alguna comisión. En una sociedad que valoró mucho el registro documental, los dos escribanos municipales percibieron 3.300 entre ambos. La relación con la Corte era muy delicada y se destinaron 1.100 reales al agente municipal en la villa de Madrid.

                Otra clase de autoridades, de orden más técnico y especializado, también recibieron gratificaciones. La del primer médico unos 1.500 reales, la del alcaide de la cárcel 990 y 200 la del acequiero.   

                En aquella época se celebraron a cargo del presupuesto municipal las festividades, verdaderos símbolos de la mentalidad coetánea, todavía muy presidida por la mentalidad religiosa de gusto barroco.

                El Corpus conservaba su enorme relevancia y a sus comisionados se destinaron 2.608 reales. Los sermones de Cuaresma también eran muy apreciados y su predicador recibió 700 reales del municipio. Con 216 reales se dotaron respectivamente festividades como la de San Julián Mártir (tan caro al patriotismo local), la del Feliz Parto de la Princesa, la del Patrocinio de Nuestra Señora y la de los Desagravios por las profanaciones cometidas por las fuerzas de Carlos de Austria durante la pasada guerra de Sucesión.

                Los 1.926 reales globales gastados en fiestas tuvieron una relevancia que fue más allá de lo económico. Expresaron la ordenación social según los criterios ideológicos formados a lo largo de los siglos del Antiguo Régimen, y el vínculo sentimental con la monarquía, señora más que celosa.

                Las obras públicas, una asignatura pendiente.

                El Despotismo Ilustrado, pese a sus muchas disposiciones favorables al fomento de la riqueza patria, ofreció poco y pidió mucho a las comunidades locales para mantener las infraestructuras.

                La reparación de calles, puentes y edificios públicos arrancó a duras penas un gasto de poco más de 2.343 reales, pagados mayoritariamente a los maestros alarifes Julián y Juan Mas por distintas tareas. Cabezas de una compañía de trabajadores artesanos, hicieron a su modo una fortuna modesta pero apreciable. El maestro latonero Pascual Damián se encargó de disponer los vidrios de la Casa de la Justicia. Las más de las viviendas carecían de tales y debían conformarse con los sufridos ventanos de madera.

                Se padeció una falta de inversiones públicas y se tuvo que demoler parte del muro de la piadosamente llamada Fortaleza por la ruina ocasionada por los temporales de lluvias, según se sostenía. Aquella parte de Requena se consideraba muy insegura en la oscuridad del invierno y desde allí bajaban a veces torrentes que amenazaban los edificios de la actual calle del Peso, donde se emplazó el pósito de los granos con no poco riesgo.

                En los caminos locales la situación no era en ocasiones mejor, pese a la importancia viaria de Requena en el mapa de las comunicaciones terrestres de la España del siglo XVIII, entre Valencia y Madrid, conectada con Sevilla y Cádiz. Bien podemos decir que el sufrido vecindario pechero contribuía mucho y recibía a cambio muy poco.

                Los modos de vida de entonces.

                En aquella Requena nos encontramos tipos humanos que rebosan energías laborales, como los referidos maestros alarifes Mas, y otros tachados de vagos, hombres ociosos perseguidos por la administración de Carlos III. El Nicolás López Requena capaz de huir de sus custodios no parece un individuo falto de energías y tras la acusación de vagancia se esconderían problemas de marginalidad y de lo que hoy en día llamamos paro, difíciles de desarraigar.

                Muchos vecinos de Requena, al igual que muchos súbditos de Carlos III, eran analfabetos, pero el documento y la palabra escrita tenían una altísima consideración, según corresponde a una España regida por hombres con formación jurídica y dotada de abigarradas leyes. Para cuadrar cuentas, para rematar ramos y rentas, los encargados debían hacer uso de las velas durante las horas de oscuridad. Los braseros de la Casa Consistorial nos muestran un bienestar doméstico que no alcanzó a muchos hogares requenenses.

                El castellano empleado en los documentos es muy cercano al actual, aunque todavía acuse la preferencia puntual por formas anteriores como la del apellido Ximénez. Importante consumidora de aceite, en la Requena de la época se ordenó por el municipio hacer medidas para el mismo, el vino y el vinagre con la intención de no defraudar en las transacciones. El empleo de papel sellado y la imposición de recargos por recaudación hablan a las claras de la pretensión de conseguir dinero de las autoridades reales.

                El balance.

                La contabilidad de la época era tan compleja como tortuosa:

                1- Dentro del apartado de cargo de propios se apuntaban los ingresos de los bienes y rentas municipales, incluyéndose los atrasos percibidos.

                2- La data era el capítulo de gastos asignados al anterior, como los extraordinarios de todo género.

                3- El balance o sobrante se cargaba en el apartado de los ramos o imposiciones como la alcabala del viento y las sisas que se destinaban a pagar algunos impuestos reales.

                4- Los ramos tenían también su data o capítulo de dispendios por recaudación.

                5- El resultado final era el alcance.

                Todo ello era consecuencia de haber encargado a la administración municipal de manera más directa desde mediados del siglo XVIII del cobro de las rentas reales, las endiabladas provinciales. La hacienda municipal cargaba con la de la Monarquía, pues Requena formaba parte del realengo. El 20 de febrero de 1784 se terminó de verificar la contabilidad de 1783. El cargo de propios fue de 93.866 reales (con los atrasos) y su data de 83.474. El sobrante de 10.392 se contabilizó en el cargo de ramos (unos 77.217 reales) y la data fue de 51.314. Resultó un alcance de 25.903.

                Esta cantidad redundaba sobretodo en beneficio de la Monarquía. Poco redundó en provecho del vecino moliente y corriente. El cobro de las cantidades adeudadas no depuró la hacienda municipal propiamente dicha, que presentó un pasivo de 5.829 reales al tener que cargar con pagos como el de la contribución extraordinaria. Los problemas de la variedad de las piezas monetarias recibidas cargaron gastos adicionales de cambio.

                En 1783 el imperio español aparecía triunfante frente al británico, que encajaba la pérdida del núcleo de sus dominios norteamericanos. Aquel triunfo fue flor pasajera, pues la administración y el sistema fiscal requerían reformas mayores. Se conseguía relativamente poco con demasiado esfuerzo. La reformista monarquía de Carlos III pudo mantener un cierto equilibrio gracias a la bonanza de la coyuntura económica general y a ciertas disposiciones legales del gusto de la Ilustración, algo que se disipó a finales del siglo XVIII. Bien podemos concluir que aquella prometedora España de Carlos III era un gigante con los pies de barro atendiendo a sus bases materiales de Requena.

                Bibliografía básica de referencia.

                DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, Sociedad y Estado en el siglo XVIII español, Barcelona, 1976.

                LYNCH, John, La España del siglo XVIII, Barcelona, 2009.

                SÁNCHEZ SALAZAR, F., Extensión de cultivos en España en el siglo XVIII, Madrid, 1988.

                SARRAILH, Jean, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, Madrid, 1979.