COMBATIR POR EL IMPERIO. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

 

                LAS GUERRAS DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA.

                Introducción. De los soldados mercenarios a los quintados.

                A partir del siglo XVI los costes de la guerra se encarecieron sobremanera por la revolución militar que alzaba fortificaciones abaluartadas ante la artillería y desplegaba unidades regladas de infantería provistas de armas blancas y de fuego.

                No todas las monarquías europeas dispusieron de los recursos para competir en los campos de batalla como la española forjada por la unión dinástica de los Reyes Católicos. Los españoles libraron bajo los Austrias numerosos combates, acudiendo a las banderas reales por ganar una buena paga y ampliar sus horizontes vitales, especialmente los castellanos.

                Castilla fue el puntal del imperio hispánico, cuyo mantenimiento le ocasionaría enormes sinsabores fiscales, económicos y sociales. Mientras la realeza incorporaba a sus tercios a algunos requenenses, procuraba desarmarlos en casa, presta a imponer la justicia real y alejar las rencillas de las banderías.

                Requena no se encontró en el siglo XVI en primera línea contra las acometidas del imperio otomano como las localidades mediterráneas, que asumieron una pesada carga. La hueste municipal fue finalmente relegada y sólo intervino en alguna campaña muy puntual de forma discreta, como la de los moriscos de la muela de Cortes en 1611. La profesionalidad del soldado mercenario se impuso a la voluntad del vecino que tomaba las armas de tanto en tanto. Sin embargo, el agotamiento de los tercios viejos obligó a recurrir nuevamente a los poderes municipales en lo militar.

                En la primera mitad del siglo XVII tuvieron que reclutar con grandes esfuerzos soldados, escogidos entre los sectores marginales y carentes de colocación. La calidad de la tropa decayó, pero era uno de los pocos recursos para poner en pie los tercios provinciales castellanos, que al final dieron pie a la conmutación pecuniaria del servicio de milicias, del que tampoco se logró gran provecho.

                Los requenenses, como el resto de los castellanos, cargaron durante demasiadas décadas con el coste del imperio, constituyendo una experiencia bélica conmovedora, digna de la de otros pueblos durante las guerras mundiales del siglo XX salvando las distancias tecnológicas. Durante la guerra de Sucesión lucharon duramente en su propia tierra, padeciendo la ocupación y el tránsito de los distintos ejércitos.

                La nueva dinastía borbónica intentó resolver los problemas del ejército real imponiendo el sistema de quintas, que en Requena contempló la exención de los tejedores de la sedería a lo largo del siglo XVIII, siglo belicoso para España aunque no tanto como los dos anteriores. De todos modos el paso de escuadrones de caballería continuó planteando delicados problemas económicos al municipio. Las quintas tampoco mejoraron en el fondo la calidad del reclutamiento y el inicio de las guerras de la Revolución volvería a poner sobre la mesa viejas cuestiones.

                Documentos históricos.

1. Instrucción de reclutamiento de soldados de infantería para los presidios (29 de enero de 1639).

                Instrucción que han de guardar las Ciudades y Villa de voto en Cortes y lugares de su jurisdicción, partidos y provincias en juntar la infantería y conduzirla a los presidios destos Reynos.

                1. En recibiendo las cartas de Su Magestad y del Reyno han de juntar Ayuntamiento y sin dilación alguna cumplirán lo que contiene, embiando los despachos que convengan a los lugares de su jurisdicción y a las cabeças de sus partidos, y en las unas y en las otras partes nombrarán comissarios para que juntamente con las justicias lo dispongan y executen.

                2. Siendo como es la ocasión tan urgente y precisa, Su Magestad, que Dios guarde, a suplicación del Reyno con demostración desea se levante y conduzga esta gente con la suavidad posible, y para que se consiga se ha de regular el número de vecinos de cada ciudad, villa o lugar, entrando en él los criados seglares que los eclesiásticos tuvieren en sus casas y servicio.

                3. Hase de tener gran cuidado y advertencia en inquirir en cada lugar que gente ay ociosa y mal entretenida de cualquier calidad que sea, y en primer lugar echar mano della y cumplir el número de soldados que tocare al lugar donde residiesen según su vecindad.

                4. Las Ciudades y Villa de voto en Cortes, y las ciudades, villas y lugares a sus provincias han de alistar la gente, y en juntando venticinco soldados, sin aguardar más, partan con el cabo que los ha de llevar al presidio señalado, y como se fueren alistando se encaminen por la misma orden los demás.

                5. Aviéndose juntado el número de gente que según la orden de Su Magestad ha de salir de cada provincia, las Ciudades y Villa de voto en Cortes la han de conducir y llevar a los presidios, aviendo sabido antes de las cabeças de sus partidos como en ellas y en los lugares de su jurisdicción, partido y provincia están alistados y promtos los soldados que les tocare.

                6. El marqués de Monasterio, tesorero y proveedor de los presidios y fronteras destos Reynos, ha de tener de promto en cada ciudad y villa de voto en Cortes y en las demás cabeças de partido donde convenga el dinero que fuere menester, dando por una vez para levantar desde alistarse hasta marchar, que es la obligación de Su Magestad, en conformidad de lo que se executó en los repartimientos passados que se hizieron, y lo demás es a cargo de las ciudades, villas y lugares, cada uno en lo que toca.

                7. Hase de embiar al Reyno, luego sin perder instante de tiempo, relación por menor con toda distinción de los soldados que de cada provincia han de salir según la vezindad de los lugares para que dé cuenta a Su Magestad y sepa con la demostración, veras y cuidado con que se ha acudido a su servicio. Concuerda con el original. Raphael Cornejo. Don Francisco de Palma.

                Archivo Municipal de Requena, Quintas 1636-1816 (3.1.1.1.2.3533), ff. 615-616.

2. A la búsqueda de soldados veteranos o viejos (febrero de 1640).

                Mandamiento del corregidor de Requena.

                El licenciado don Juan Baptista de Puchemoltó, corregidor desta villa de Requena y su Tierra por el Rey nuestro Señor, hago saver a los alcaldes de las granjas de Camporrobles, Villalgordo, Caudete y la Venta del Moro de la jurisdicción que Su Magestad por su real carta, que con esta les será mostrada, ha mandado que todos los soldados viejos y los demás que le hubieren servido y se hubieren venido de los exércitos le vuelvan a servir en el exército de Cantabria según se contiene por la dicha carta, y cumpliendo con lo que soy obligado les mando hagan diligencia cada uno en el lugar que les va y sepan qué soldados ay de las condiciones referidas, y los alisten y hagan panes con mantenimiento en esta villa, donde serán socorridos para que vayan a la de Madrid, donde ansimismo lo serán para yr al dicho exército, y de lo que se hiciere se ponga raçón al pie deste mandamiento para que yo de quenta a Su Magestad y lo cumplan por pena de cámara de veinte mil maravedíes para gastos de guerra. Fecho en Requena al veintitrés de febrero de mil seiscientos y quarenta años. Rubricado.

                Repuesta de Caudete.

                En el lugar de Caudete a veinte y tres días de febrero de mil seiscientos y cuarenta años yo Luis Pérez, alcalde de dicha aldea en cumplimiento del mandamiento de Su Magestad, digo y certifico como en el dicho lugar no ai ningún soldado que aia reçivido sueldo ni viexo, y lo firmo.

                Respuesta de Villagordo del Cabriel.

                En la granxa de Villargordo, término y jurisdicción de la villa de Requena, a veintiséis de febrero de mil seiscientos y quarenta apareció Pedro García, alguacil de la villa de Requena, y requirió a Pablo Ximénez alcalde ordinario en la dicha granxa con la real provisión declarada en el mandamiento para que haga las diligencias que en ella Su Magestad manda. Y el dicho alcalde respondió con el acatamiento debido y en quanto a su cumplimiento que a esta granxa de Villargordo no an visto tres soldados que fueron a servir a Su Magestad en sus exércitos ni se save dellos, ni ay otro ningún soldado viejo que haya recevido sueldo en ninguna manera…

                Archivo Municipal de Requena, Quintas 1636-1816 (3.1.1.1.2.3533), ff. 629-630.

3. Requena atacada por los austracistas durante la guerra de Sucesión (14 de junio a 1 de julio de 1706).

                  Instaba ya la precissión en fortificarnos, y se juntó este trabajo al cuidado de defendernos. Y aquel día se gastó en subir al castillo más de seis mill granadas de mano y otras tantas balas de artillería que estaban en el Arrabal. Y por la noche se ocuparon los puestos de éste y de la Villa, por si el enemigo, valiéndose de la noche, se echaba sobre ella.

                   Día catorce, al rayar el día, se descubrió alguna caballería a la altura del barranco Rubio, y a poco tiempo se descubrieron otros escuadrones en el collado de la Atalaya. Caminaron los primeros por el Camino Real a esta villa y ocuparon las ermitas de Santa Cruz y San Bartholomé, guarneciéndose la infantería en las tapias de las viñas cercanas; y los segundos, llegando a la Casa Blanca, se pegaron fuego y se incorporaron con los primeros. Hallábanse, al parecer, algo fatigados de la sed, y bajando a satisfacerla al regajo de Santa Cruz, se les hizo tanto fuego que procuraron aguantarla, quedando algunos heridos y uno muerto.

                Assí se mantuvieron hasta la tarde, que marcharon a ocupar el convento de San Francisco. Y en la marcha se pudo advertir se componían las tropas del reximiento de caballería de Nebot de doscientos infantes reglados, más de quinientos micaletes. La retaguardia de éstos hizo prisioneros dos paisanos que, sin saber lo que sucedía, se venían a la villa. Y se hizo contra ellos una salida de la plaza con algunos caballos, mandados por don Joseph Díaz de sargento mayor, y se les quitaron los paisanos sin alguna pérdida. Desde San Francisco volvió a enviar otro tambor Nebot pidiendo obediencia y, por lo dicho arriba, no se le dio respuesta.

                (…)

                El día veinte y tres, al salir el sol, dio principio a disparar la artillería (austracista). Y la primera bala pasó las paredes del convento de las religiosas, y por si continuaban allí la batería, fue preciso consumir el Sacramento y sacar la comunidad; y acompañadas de los eclesiásticos y muchos vecinos, subieron a la Villa, siendo su primer tránsito a la iglesia de San Salvador, donde se mantuvieron hasta que por la tarde fueron conducidas a la casa que en la plaza de la Villa tenía doña María de la Cárcel.

                (…)

                No les pareció dar el avance (a los austracistas) por la cuesta del Castillo, donde no tenía la plaza más fortificación que una tapia de tierra y una trinchera con los bancos de las parroquias con buen terraplén; que si les quitó este conocimiento, permitió que diesen el avance por la calle de la Botica, para que pagassen el atrevimiento de haber profanado su templo santo.

                (…)

                Duró el mayor horror dos horas, no cessando en ellas de disparar la artillería por elevación, para hacer ruina en las casas, pues, estando puesta en las Peñas, estaba de por medio el castillo y no podían batir bien la Villa. Perdieron los enemigos en el avance más de trescientos hombres de tropas regladas, sin que en él muriesse alguno de los nuestros. Y es digno de notarse que hallándose al principio de la cuesta que se llama de las Carnicerías los enemigos, no la subieron para combatir la puerta de la Villa, ni llegó alguno al puesto donde se venera la efigie de San Julián Mártir.

                (…)

                Viendo lo poco que se adelantaban los enemigos y el poco efecto que hacía la batería, el día veinte y ocho de junio, al salir el sol, empezaron a echar bombas con bastante estrago de las casas, y aunque al principio causaron alguna turbación, después se les perdió el temor y continuaron la batería todo el día treinta de junio. Este día se advirtió que minaban la principal torre del castillo, que se llama de las Armas, y que ya entraban pólvora para cargar tres ramales que llevaba la mina a tres esquinas de la torre, que fueron advertidos con la caja y los dados y la pólvora por haber muerto a uno que pasaba un saco.

                Y considerando que ya era imposible la defensa, tratado este negocio por los oficiales y el gobernador, se determinó capitular. Día primero de julio se puso bandera blanca en la torre de San Salvador y se dio orden en todos los puestos para que no se disparase.

                Don Pedro DOMÍNGUEZ DE LA COBA (atribución), Antigüedad i cosas memorables de la Villa de Requena; escritas y recogidas por un vecino apassionado y amante de ella. Edición crítica y transcripción de César Jordá Sánchez y Juan Carlos Pérez García, Requena, 2008, pp. 184-187.