EL ALBA DEL INSTITUTO DE REQUENA. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                

                Los precedentes.

                Lo que hoy en día concebimos como enseñanza secundaria fue considerada durante siglos la preparación para los estudios universitarios. En la Requena del Antiguo Régimen los carmelitas y los franciscanos, a veces rivales, tuvieron la primacía en tales estudios, con independencia de otras empresas y de otros intentos. La revolución liberal no ignoró la importancia de los mismos y tras la desamortización de Mendizábal se ofreció a los escolapios ocupar el lugar dejado por las dos órdenes antes citadas, como bien aclara el documentado estudio de Alfonso García Rodríguez sobre la historia de la enseñanza en Requena. Durante el Sexenio Revolucionario llegó a impartir clases el Instituto Libre de Segunda Enseñanza, de vida breve y matrícula muy circunscrita a los hijos de los pudientes de la comarca.

                Una Requena en transformación.

                La Requena cultivadora de viñas y tachonada de aldeas, que había superado con no escasas dificultades el declive de su sedería, se encaró a la altura de 1900 a un siglo XX lleno de retos, pero con la esperanza de superarlos. Hombres de letras como Serrano Clavero habían puesto en solfa las carencias locales y la prensa, especialmente la de orientación republicana, fue capaz de formar una opinión pública consciente, por minoritaria que hoy en día nos pueda resultar. Muchos vecinos valoraron ya la formación de sus hijos como una de las mayores herencias que les podían legar.

                Entre 1920 y 1930 Requena pasó de 18.972 a 17.754 habitantes, un descenso derivado de las dificultades de la exportación vitivinícola y del arranque del éxodo a las grandes ciudades españolas. En aquella década se asistió al derrumbe del viejo sistema canovista y a la implantación de la primera dictadura de nuestro siglo XX, la de Primo de Rivera, que al final resultó incapaz de parar la transformación socio-política de la sociedad española. En tierras requenenses el analfabetismo masculino neto era del 31´1% y el femenino del 58´1% en 1920. Había descendido en relación a 1910 en un 15% y todavía lo haría más en la siguiente década.

                El 25 de agosto de 1926 se decretó el plan de estudios del ministro Eduardo Callejo de la Cuesta, que trató de dar respuesta a su modo a las exigencias educativas de las nuevas clases medias y de formación femenina. Se establecieron exámenes de ingreso en los que participaron los maestros de primaria. Los estudios de seis años de bachillerato se estructuraron en un nivel elemental de cultura general, que se pensó para las señoritas especialmente, y en uno superior con especialidades de ciencias y letras, cuya superación otorgaba el título de bachiller universitario.

                La importancia del ayuntamiento.

                El ayuntamiento de Requena, entonces pieza clave en el desarrollo de las políticas educativas, no fue insensible a la cultura. El 21 de mayo de 1927 se suscribió a la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana.

                El consistorio se encontraba entonces enfrascado en las obras de ensanche, embellecimiento y provisión de servicios ciudadanos. El 14 de abril de 1926 se aprobaron las contribuciones para el adoquinado de la plaza de Canalejas, de las que no se exceptuó a las monjas agustinas, y se acordó la ampliación del cuartel de la Guardia Civil. A 17 de agosto de aquel año la expansión urbana predispuso el emplazamiento del nuevo cementerio municipal al final del cuadro del ensanche, y el 31 del mismo mes se aprobó el tendido del camino vecinal del Pontón a Cofrentes. Preocupó la provisión de agua potable en buenas condiciones y en suficiente cantidad el 10 de agosto de 1927, particularmente ante la afluencia de forasteros para la próxima Feria, mientras los trabajos del ferrocarril Utiel-Baeza se emprendieron.

                Organizado en distintas comisiones a efectos prácticos, la de Instrucción Pública fue desempeñada desde el 29 de octubre de 1927 por Plácido Guerrero Parra, Leandro Ramos Pérez, Pedro Pérez López y Francisco Planells. El talón de Aquiles era el del dinero. El 19 de julio se presupuestó un gasto anual de 283.000 pesetas, de las que se destinaron a Instrucción unas 24.945. Como los ingresos corrientes, todavía muy dependientes de los arbitrios sobre el consumo de los productos de primera necesidad, solo alcanzaron las 115.964 pesetas, se tuvo que cubrir el resto de lo presupuestado con una imposición.

                No obstante, se quiso aprovechar la oportunidad brindada por el plan de estudios de 1926 para dar respuesta a una veterana aspiración requenense, la de contar con un Centro de Secundaria propio, al igual que lo lograrían localidades como Ibiza, Calahorra o Avilés dentro de una política de ampliación de la red provincial de Institutos de Bachillerato.

                El acuerdo de disponer de Instituto.

                Por unanimidad, el ayuntamiento acordó el 18 de mayo de 1928, bajo la alcaldía de Nicolás Pérez García, que el solicitado Instituto se alojara en las Casas Consistoriales, entonces en obras, concretamente en el espacio ocupado por la Escuela de Artes e Industrias. La necesidad de obrar reformas en el edificio condujo a encargarle su visura al arquitecto Joaquín Rieta Síster, nacido en Valencia en 1897 y titulado en 1923 por la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Imbuido del estilo novecentista, en 1931 culminaría el Edificio Cervera en la plaza del Ayuntamiento de Valencia. Para campo de deporte del Instituto se postuló el Parque del doctor Gómez Ferrer. También se decidió destinar 500 pesetas para la adquisición de material académico y sufragar el alquiler de viviendas de los profesores.

                La aprobación definitiva del Instituto llegaría con la Real Orden del 28 de agosto de 1928.

                Aunque el 3 de septiembre de 1928 no se apreció incompatibilidad entre el alojamiento del Instituto con la de la Escuela de Artes e Industrias, se pensó que lo mejor sería alzar un nuevo edificio destinado al primero. Así lo sostuvo el concejal José Cervera, que fue partidario de concertar un empréstito municipal a tal efecto. Los concejales Rafael López y Maximiliano Iranzo, que tanto protagonismo tuvo en el posterior consistorio republicano, fueron del mismo parecer. José Pechuán, maestro y más tarde inspector educativo, recordó que como el fundamento del Instituto era la instrucción primaria de los hijos de la localidad, deberían construirse junto al edificio principal dos grupos escolares. Asaltó la duda, en un momento de la reunión, del carácter definitivo o interino del Instituto. Así pues, se impuso la prudencia. El inspector supervisaría si los locales municipales reunían las condiciones precisas y solo en caso contrario se contraería un préstamo con el Banco de Crédito local para alzar un nuevo edificio.

                La inauguración del Instituto.

                El 22 de octubre de 1928 tuvo lugar la sesión solemne de inauguración y apertura del curso en el salón de actos del local finalmente habilitado en las Casas Consistoriales.

                En aquellos tiempos no se abrían Institutos a menudo y al acto asistió el gobernador civil Cristino Bermúdez de Castro (1866-1935), un veterano general de división que había combatido en Cuba y Marruecos y que había sido gobernador civil de Alicante entre 1923 y enero de 1928. En su alocución instó a la matrícula de señoritas, a las que se destinaba especialmente el bachillerato elemental, desechando añejas preocupaciones. Sostuvo que el saber convenía por igual al hombre y a la mujer.

                El rector de la Universidad de Valencia, el doctor en Derecho Romano Joaquín Ros Gómez (cargo que ejerció entre 1927 y 1930), recalcó la necesidad de enseñar y educar para fortalecer la educación cívica, pero en un sentido favorable al régimen de Primo de Rivera, entonces enfrascado en un cambio que no cuajaría. Persona que intentó frenar las protestas estudiantiles, que no había podido atajar su predecesor Rafael Pastor González, subordinó en su discurso la libertad de cátedra al respeto al poder constituido y a los sentimientos religiosos. No evitó la lectura de los datos estadísticos del presupuesto de Instrucción Pública del último quinquenio en favor del régimen. El rectorado ejercía entonces funciones de supervisión e inspección sobre los Institutos de Bachillerato de su distrito universitario, dado el comentado carácter preparatorio o propedéutico de la enseñanza secundaria.

                También estuvieron presentes en el acto el alcalde, el juez municipal y los primeros miembros del claustro de profesores encabezados por el comisario regio Javier Gaztambide, que felicitó al ayuntamiento y a la ciudad, entre otros. El secretario municipal dio lectura de los trabajos consistoriales para lograr el Instituto.

                Era un gran triunfo para la ciudad de Requena y el 2 de noviembre de 1928 el ayuntamiento adquirió material pedagógico para el Instituto. La fundación tuvo lugar en un clima de euforia y de ilusión, de entusiasmo de los profesores destinados. No en vano, el 26 de octubre (cuatro días después de la inauguración) se recibió en el Instituto un telegrama del Ministerio en el que se felicitaba del éxito de la apertura y la competencia de todos en una labor académica brillante, provechosa y de interés para Requena y el resto de España.

                El primer claustro de profesores.

                Por el Real Decreto de 8 de mayo de 1928, el Ministerio nombró para dirigir fundamentalmente durante su primer curso los nuevos Institutos, como el de Requena, a catedráticos numerarios de otros de la provincia o de una cercana en comisión de servicio. Tuvieron el carácter de comisarios regios y recibieron la gratificación de 2.000 pesetas anuales. Debía encargarse, además, de impartir las asignaturas de las que era titular.

                El comisariado recayó en el catedrático de Lengua y Literatura del Instituto de Alicante Javier Gaztambide Sarasa, por orden del 3 de octubre de 1928. Nacido en Madrid, se licenció en 1894 y se doctoró en 1897. En marzo de 1911 alcanzó la cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto de Baeza. Había aprobado la oposición a cátedras universitarias, concretamente a Historia de la Literatura. Ejerció hasta el 31 de marzo de 1930 el comisariado. Prosiguió percibiendo sus haberes de catedrático, según certificó el secretario interino Victoriano Andrés Grafiá el 15 de noviembre de 1928. En 1940, después de la Guerra Civil, fue represaliado.

                El vicedirector encargado de auxiliarle en sus tareas fue Jesús de la Peña Seiquier, que había estudiado Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza. Los cargos de responsabilidad del Instituto los designaba oficialmente el ministro, sin necesidad de terna. De la Peña, además, tuvo también la condición de abogado. Ejerció como profesor de Lengua y Literatura en nuestro Centro. El 9 de octubre de 1929 renunció al cargo por motivos de salud. El 1 de agosto de 1933 permutó su plaza con la de Camilo Chousa López en Antequera. Cuando la población cayó en manos franquistas durante la Guerra Civil fue considerado un republicano conservador verdaderamente religioso. Actuó como fiscal secretario de la Causa General, impartió clases en el Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia, fue miembro de la Asociación Católica de Propagandistas y procurador por la provincia de Murcia en las Cortes del franquismo.

                El doctor en Teología Victoriano Andrés Grafiá se encargó, como ya hemos visto, de la secretaria de forma interina. Le correspondió tal responsabilidad por ser el de más reciente incorporación. Había nacido en 1884 en Quart de Poblet. Se ordenó en 1908 y en 1914 se doctoró. Como cura párroco de Petrés, tuvo que trasladar en 1918 los cadáveres de personas fallecidas a causa de la epidemia de gripe. Ganó en 1928 la oposición a Institutos con el número tres. En nuestro Centro impartió religión, deberes éticos y rudimentos del Derecho. Cesante tras la proclamación de la II República, fue bibliotecario del Centro de Estudios Superiores de Valencia en 1934. En octubre de 1936 fue ejecutado por fuerzas milicianas.

                En el primer claustro ya figuró Juan Grandía Castella, profesor de francés, que tendría una gran relevancia para la Historia del Instituto. Nacido en 1901 en Vallcebre (en la comarca barcelonesa del Berguedá), había cursado estudios universitarios en Granada y había sido ayudante gratuito de la sección de Letras en el Instituto de Córdoba desde 1922 a 1927, año en el que pasó a ser auxiliar repetidor interino de idiomas en el Instituto de Manresa. Ya en nuestro Instituto, solicitó el 5 de noviembre de 1928 tomar parte en las oposiciones a cátedra. Aun así, se encargó accidentalmente de la secretaría.

                El turolense Luis María Rubio Esteban se encargó de la cátedra de Ciencias Naturales. El 19 de febrero de 1929 cesó como integrante de la primorriverista Asamblea Nacional. Desempeñó en 1933 la dirección del Centro, responsabilidad que se le encomendó el 2 de abril de 1939.

                Por ausencia del titular José Huarte Echenique, recibió el 16 de noviembre de 1928 el ejercicio de la cátedra de Ciencias Leopoldo Escobar Montserrat, que tenía la condición de ayudante. El 21 de aquel mes pidió los dos tercios de la cátedra vacante de Matemáticas y Física y Química. Pocos días después, el 27, se nombró para la misma a Fermín Rodríguez Losada, un hombre muy polifacético nacido en la asturiana Luarca que además de químico y profesor fue conferenciante, escritor, musicólogo, deportista y un organizador incansable de eventos sociales como los festivales veraniegos de su localidad natal. Murió a los cuarenta y siete años por culpa de un accidente de tráfico.

                Felipe Guijarro León, el médico del Hospital y de la Beneficencia Municipal de Requena, se encargó de la Educación Física, especialmente a partir del 26 de noviembre tras la ausencia del ayudante José Agulló Asensi por oposiciones a inspectores de sanidad.

                El 26 de noviembre de 1928 presentó su título de la Universidad Literaria de Zaragoza Matilde Moliner, hermana menor de la no menos célebre María Moliner. Fue la primera mujer que impartió clases en el Instituto de Requena, concretamente de Geografía e Historia. Se ofreció voluntaria a impartir las clases de Dibujo y Cartografía hasta que se nombrara un titular. Formada en la Institución Libre de Enseñanza, su amor por la cultura, la lectura y los libros le llevaron entre 1933 y 1934 a encargarse de la secretaría del Patronato de las Misiones Pedagógicas. Padeció la depuración franquista y más tarde sería catedrática en el Instituto Cervantes, donde se mostró firme partidaria de la elaboración por los docentes de sus materiales didácticos, de sus propios libres.

                El comisario regio, según orden del 24 de septiembre de 1928, convocó el concurso para plazas de agregados interinos. Junto a la designación de los profesores titulares se dispusieron las plazas de ayudantes para las secciones de Letras, Ciencias, Educación Física y la de Mecanografía, Taquigrafía, Caligrafía y Dibujo, con remuneraciones de 1.500 pesetas anuales. El comisario regio notificó al director general de Enseñanza Superior y Secundaria el 14 de diciembre de 1928 la relación de solicitantes por orden de preferencia: por la sección de Letras, Manuel López Vives; por la de Ciencias, Antonio Víllora Ripollés; por la de Lengua francesa, Rafael García Teruel (que no presentó título); y por la de Religión, el presbítero Faustino Pérez. De las disciplinas de Mecanografía, Taquigrafía, Dibujo y Prácticas se encargaron Luis Calvo Sánchez, el ya citado José Agulló Asensi, José Cervera Aviñó y José Pérez Hernández. La ausencia de Luis Calvo (que el 2 de noviembre de 1928 tomaría posesión de su cargo de oficial de 3ª clase de la administración civil del Ministerio) motivó que se encomendara a José Cervera las prácticas de Dibujo y Caligrafía.

                Los primeros alumnos.

                A pesar de impartir inicialmente el tramo del Bachillerato elemental, la matrícula del flamante Instituto anotó una importante afluencia de alumnos para el curso 1928-29. En concreto, se matricularon veintitrés de carácter oficial, diecisiete asociados a colegios privados como las Escuelas Pías de Utiel y ciento setenta y dos de enseñanza libre. A diferencia de los primeros, que cursaban todas las asignaturas en la misma localidad, los de la enseñanza libre seguían a distancia algunas materias, de las que se examinaban en el Instituto de Requena. Era una forma de difundir los estudios secundarios sin necesidad de crear más Centros, un compromiso dado por las circunstancias.

                Entre los estudiantes hubo personas que habían seguido estudios en el Instituto Nacional de 2ª Enseñanza de Valencia (caso de Luis Gil o Claudio Pérez García), el Instituto General y Técnico de Castellón, el de Barcelona, el Instituto Nacional de Cuenca o incluso la Escuela Normal de Maestros de Madrid.

                Hechos los primeros exámenes de ingreso el 28 de octubre de 1928 (en los que aprobaron seis muchachos como Luis Gómez Diana), el 7 de noviembre el rectorado devolvió al comisario el ejemplar de cuadros-horarios. Las clases y las prácticas se trazaron de acuerdo con los profesores. El Centro se suscribió al Boletín Oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. El curso comenzaba con normalidad.

                La supervisión de las Escuelas Pías de Utiel.

                Entre las funciones del nuevo Instituto se encontró la supervisión de la enseñanza secundaria impartida por las susodichas Escuelas Pías. Sus estudios se habían incorporado al Instituto. El 6 de diciembre del 28 el rector de las Escuelas impetró del comisario el nombramiento de una comisión para inspeccionar las prácticas de sus alumnos. Por aquel entonces el rector  Eugenio Almenar impartía Religión, Geografía e Historia Universal, de España y América); Ignacio Marzo, Aritmética, Dibujo Geométrico y Mecanografía;  Juan Sancho, Francés, Escritura, Lectura e Historia Natural; José Blay, Fisiología e Higiene; y Juan Salvador, Deberes Éticos y Derecho.      

                La Junta Económica.

                El manejo de los caudales públicos es una de las tareas más delicadas que tiene encomendada un Instituto desde el punto de vista administrativa, una tarea no siempre visible en los estudios sobre la educación.

                La Real Orden del 7 de julio de 1927 había reorganizado los organismos encargados de tal cometido, las Juntas Económicas del Instituto. La de nuestro Centro se constituyó el 29 de noviembre de 1928. La presidía el comisario regio en calidad de director. Sus vocales eran el vicedirector de la Peña, el catedrático más antiguo de una sección distinta del anterior (Rubio) y el profesor más antiguo de la de Idiomas Grandía. Junto al secretario Grafiá figuraron como suplentes de los vocales los profesores más modernos de las secciones indicadas.

                Se atendió a la administración de los ingresos (obtenidos con los derechos de matrícula y la expedición de documentos fundamentalmente, con independencia de las aportaciones municipales) e incluso a las remuneraciones del personal, lo que nos da idea de la magnitud de la tarea emprendida.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO IES UNO DE REQUENA.

                Carpeta de documentos de entradas de 1928 a 1934.

                Carpeta de documentos de salidas de 1928 a 1934.

                Libro de actas de las sesiones celebradas por el claustro de profesores desde el 22 de octubre de 1928 al 21 de septiembre de 1950.

                Libro de actas de la Junta Económica del 29 de noviembre de 1928 al 12 de enero de 1937.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Libro de actas municipales de 1926-29, nº. 2876.

                Capítulo anterior.

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