EL ALMA CASTELLANA, DE AZORÍN A RAFAEL BERNABÉU.

                

                El Desastre del 98 hoy en día ha sido relativizado, pero en su momento fue un verdadero drama nacional. En los años del imperialismo que precedieron al estallido de la Gran Guerra, horrible consecuencia de aquél, toda nación que no ganaba batallas y no dispusiera de colonias a las que dictar su ley yacía moribunda en las simas de la Historia. La España en la que no se ponía el sol desaparecía frente a las planetarias Gran Bretaña y Francia. Las clases medias educadas en las ideas del nacionalismo decimonónico, el de la patria de los grandes héroes y las no menores gestas, expresaron su malestar con ruido público y brillantez literaria.

                Uno de los príncipes de la Generación del 98 fue Azorín, que en la primavera de 1900 publicó El alma castellana. Quiso retratar a los españoles, en particular a los castellanos, de los siglos de la Decadencia, arruinados por una lesiva política militar. Ya a finales del siglo XIX el nacionalismo catalán se había complacido en oponer la hidalga e idealista Castilla a la Cataluña menestral y práctica. Desde esta óptica, el quijotismo llevó a España a la hecatombe. Los regeneracionistas clamaron por dar la espalda a todo ello y a afanarse en la despensa y la escuela.

                El alicantino Azorín, como otros de la Generación, pusieron sus ojos en aquella Castilla de claroscuros, vista como fundamental para la vida general española. Antes de la obra de los constituyentes asediados en Cádiz, los castellanos llevaron una vida pública en la que cada uno trató de hacer de su capa un sayo, en la que el disimulo se impuso, en la que la Inquisición impuso su enrarecida atmósfera. Sin embargo, en la Castilla de conventos y místicos la vida no se evaporó en las regiones celestiales. Los pícaros sobrevivieron, las familias a veces gozaron de la intimidad de sus casas, las gentes se mostraron curiosas de las noticias, amantes del teatro y los literatos pudieron crear. Aquella Castilla guerrera contenía otra embrionaria, la de la opinión pública. Azorín escribió acerca de personas de carne y hueso. Nunca definió la intrahistoria al modo de Unamuno, pero la plasmó mejor que nadie del 98.

                Desde entonces, la historia dejó de ser simplemente la de los reyes, sus matrimonios, guerras y tratados, y comenzó a tener en cuenta las condiciones de vida de las personas corrientes. Por influencia del pensamiento alemán, se introdujo el estudio más sistemático de la historia de la cultura y de la civilización, entendida esta última como el conjunto de todas las manifestaciones económicas, sociales, institucionales y culturales de una comunidad en un momento dado. El también alicantino Rafael Altamira dio a la estampa antes de la I Guerra su célebre Historia de España y de la civilización española.

                A veces se había reclamado, sobre todo por parte de los regionalistas de nuestro siglo XIX, escribir la historia española desde la base, desde las localidades o las patrias chicas que hicieron la genérica grande. Los archivos locales ofrecían enormes posibilidades de investigación, pero ni siempre los secretarios locales se mostraron diligentes en facilitar su consulta ni los eruditos debidamente capacitados para aprovecharlos. Frente a historias bien documentadas e hilvanadas encontramos otras en las que las tradiciones se simultaneaban con capítulos más sólidos. La alabanza al rey o al señor otorgador de privilegios tenía un claro gusto caciquil.

                Una historia local hecha con los criterios de documentación y de seriedad de la historia de la civilización, centrada en la vida de las gentes, la acometería por vez primera en Requena Rafael Bernabéu a partir de los años treinta. Consultó entonces los documentos del Archivo Histórico local, de la Colección Herrero y Moral y de otros depósitos documentales para confeccionar unos sustanciosos capítulos acerca de la Edad Moderna. Este levantino afincado en el interior español, que como maestro también conoció las tierras sorianas (tan queridas por Machado), desgranó con sencillez el aprovechamiento de las dehesas, las labores artesanales, los cambios en las instituciones municipales y los actos al servicio de los reyes. Bernabéu nunca entró en resbaladizas cuestiones esencialistas, propias más de la metafísica que de la historia, y supo acercarse al alma castellana de una Requena de agricultores, pastores, arrieros, clérigos y caballeros.

                Víctor Manuel Galán Tendero.