EL HOSPITAL DE POBRES SE ENCARAMA A LA LOMA DE SAN FRANCISCO. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                

                De la compra a la cesión.

                En 1843 la intendencia de rentas de la provincia de Cuenca puso a la venta en pública subasta el convento de San Francisco por 7.650 reales y el 10 de mayo de aquel año fue adjudicado por 8.000 a José María Penén, que actuó en nombre de un colectivo más amplio. Se cedió el 10 de mayo de 1850 a la junta de beneficencia para que se emplazara allí el hospital.

                La compra se hizo al final de la regencia de Espartero, que por entonces tenía que hacer frente a una notable oposición, y la cesión bajo la presidencia del general Narváez, que se había enfrentado a la agitación en parte derivada de la gran revolución europea de 1848. Figura destacada de los liberales moderados, fue partidario de la suspensión de la ley de venta de bienes del clero secular del 2 de septiembre de 1841 para alcanzar un acuerdo con la Iglesia Católica.

                Como bien apunta Alfonso García Rodríguez, este cambio obligaría a adoptar una actitud menos complaciente hacia los resultados de la desamortización, pues los gabinetes moderados fueron más proclives a la honra y servicio de Dios en sus declaraciones. Los alcaldes corregidores impusieron la voluntad gubernamental en los ayuntamientos. Desde el 6 de enero de 1848 el abogado Vicente Girón ejerció en Requena tal responsabilidad.

                Otra nota de la vida municipal de la época fue el recurso a los mayores contribuyentes ante la apurada situación vivida por localidades como la nuestra. Los notables se interesaron en cooperar con la autoridad para evitar alteraciones del orden. Las enormes necesidades asistenciales de la Requena de 1843-50 y la creciente organización de su junta de beneficencia determinaron la citada cesión, que significó la subida del hospital a la cima de San Francisco.

                La crítica situación de muchos requenenses.

                En 1847 se declararon 5.644 almas en el casco urbano requenense y 3.633 en sus aldeas, cerniéndose la amenaza de hambre sobre muchos de ellos. En el mes de julio de aquel año el precio de la fanega osciló entre los 75 y los 60 reales según su calidad, a todo caso muy alto.

                Esta crisis coyuntural, muy propia de la agricultura española de la época todavía, se encabalgó sobre unas transformaciones y unos problemas estructurales muy destacados. La venta de las suertes de tierras desde hacía décadas había privado a los más necesitados de leñas y pastos antes comunes. Las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos fortalecieron esta tendencia hacia la privatización y la desposesión de derechos de los vecinos más modestos. La reanimación del quebrado pósito tras años de intensa descapitalización se mostraba muy complicada y los pequeños agricultores no dispusieron de una entidad que les prestara grano para la siembra como antes. Tampoco los consumidores dispusieron de piezas de pan más asequibles a su bolsillo a través de la provisión a los panaderos. La circulación de moneda de calderilla catalana agravó la subida de precios y en abril de 1850 el ayuntamiento ordenó no aceptar más piezas de este tipo. Los arbitrios municipales castigaron a los vecinos al centrarse en la compra-venta de productos de primera necesidad. Por si faltara algo, la sedería, motora de la renovación económica de la Requena del XVIII, daba preocupantes muestras de crisis. Un tejedor de seda como Antonio Sáez fue atendido por el hospital de caridad en junio de 1848 por humor hérpico.

                En las actas municipales se registraron los nombres de pordioseros necesitados de la atención pública de manera elocuente. En 1848 la pordiosera Francisca García, por ejemplo, dejó al morir una niña de cuatro meses bautizada en la parroquia de Santa María. Con fondos del hospital de caridad se pagó su nodriza de Campo Arcís. En diciembre de aquel año el hospital sufragó los 2 reales diarios de Donato Serrano por ocho jornadas, uno de tantos pobres con su mujer enferma. De poco le sirvió la ayuda y pronto enfermó de calentura. Las enfermedades amenazaban con extenderse por toda la población, especialmente el temido cólera morbo asiático.

                Lugar de guarnición y punto de paso de tropas.

                Las estancias de militares en el hospital habían ocasionaron dispendios que se cubrieron con retraso o no se terminaron de satisfacer por completo. Es más, la intendencia militar todavía reclamó débitos desde 1837 a 22 de febrero de 1850.

                La comandancia militar de Requena y su cantón sobrellevó una ardua tarea. La victoria liberal no había aniquilado a los carlistas, que entre septiembre de 1846 y mayo de 1849 libraron en Cataluña la llamada guerra dels matiners, un segundo conflicto civil que también afectó a otros puntos de España. En la primavera de 1848 las partidas del Fraile Cardona, Masip y Ferrer en número de 300 actuaron entre Buñol y Chiva. Desde 1847 pasaron por Requena importantes unidades del ejército de Castilla la Nueva. No solo se tuvo que atender médicamente a sus soldados, sino también a combatientes contrarios como a los de la partida Simón Mateo.

                Nuestra plaza tuvo un batallón acuartelado. El despliegue de la Guardia Civil, fundada en 1844, supuso mayores esfuerzos. En 1846 se pagaron con tardanza los gastos de hospitalización de mayo de 1845 del guardia civil José Vilela.   

                La necesidad de mayor espacio en una Requena en transformación.

                Indiscutiblemente una Requena tan necesitada de asistencia requería un hospital de caridad, con tantas funciones a su cargo, en mejores condiciones. El blanqueo con cal y la reparación de puertas del viejo edificio cercano al Carmen entre 1847 y 1848 no solucionaron el problema.

                En el documento de cesión se habló sin ambages de la necesidad de un espacio amplio y bien ventilado como el del antiguo convento franciscano. Precisamente en 1850 nuestra localidad se encontraba en transformación. Con poca diferencia de tiempo en relación a la cesión del 10 de mayo, el 19 de junio, el municipio compró la huerta del Carmen, de la que tomaban aún romeros secos los pobres, para disponer una plaza que alojara un mercado más amplio. Algunos lo contradijeron. Ya existía una plaza capaz para el mercado, cuyas casas perderían valor con el cambio. Además, el dinero se emplearía mejor en vivificar el mortecino pósito. Los intereses de algunos y las urgencias del día a día dieron pie a un uso más decidido del patrimonio que fuera desamortizado.

                Una organización cada vez más asentada.

                La subida a la loma de San Francisco también obedeció a la plena consolidación de la junta de beneficencia, encargada en nombre de las autoridades civiles y del ayuntamiento de tareas tan variadas y difíciles como la asistencia social, médica y sanitaria.

                Su presidencia recayó en el alcalde y a las autoridades eclesiásticas, antes determinantes, se les deparó un lugar secundario. Los moderados eran partidarios de llegar a acuerdos con la Iglesia, pero bajo la completa autoridad del nuevo Estado. En 1846 encabezó la junta el alcalde constitucional José de Medrano, seguido del alcalde segundo Francisco García Aguado. Con un papel más subalterno, el arcipreste y cura del Salvador asistió por ser el de mayor antigüedad en lugar del de San Nicolás, como había sido legal antes de 1838. Recayó la administración en el anterior contralor José Gimilio, que tuvo que cuadrar las cuentas para comprar mantas, sanguijuelas y cuartillas de leche. Tales eran los medios.

                La principal fuente de ingresos del hospital en el siglo XVIII fue la de los censos derivados de los legados píos, no siempre fáciles de cobrar. Bajo la administración de los Enríquez de Navarra ganó peso la explotación del patrimonio inmobiliario. Ni unos ni otros medios aseguraron a la altura de 1845 la deseada estabilidad económica. En 1847 no se cobraron censos desde hacía más de treinta años. Las ganancias de las cosechas de las propiedades del hospital resultaron harto modestos. Si en la primavera de 1846 las 4 fanegas y medias de jeja centenosa solo montaron 30 reales, las 16 y medio de trigo de la labor de Los Rincones no depararon más que 40 reales cada una en noviembre de 1848, en una época de precios mucho más elevados del cereal como hemos visto. Ya de por sí el mantenimiento de la plantilla médica ascendió a 1.100 reales.

                Se intentaron explorar nuevas vías. Algunos labradores de terrenos contiguos a la labor del hospital en la Portera quisieron comprar pastos para sus ganados en marzo de 1846. Se acordó el 15 del mismo mes que se pagarían 150 reales por un periodo que abarcaría hasta el primero de noviembre, entregando la primera mitad el 19 de marzo.

                Para economizar y moralizar la vida hospitalaria se persiguieron los fraudes de médicos y cirujanos. A 23 de mayo de 1844 se separaron del servicio a los que incurrieron en tales. La plantilla de 1848 ya contó con los médicos Pascual Ripollés, Rafael Tortosa y Casildo Montés y con los cirujanos Nicolás de Zanón y Francisco Martí.

                El 25 de abril de 1849 el jefe político de Cuenca notificó a los responsables la circular sobre organización de juntas parroquiales de beneficencia para el cólera y los pobres. En la del Salvador figuraron Aniceto Pérez Arcas, el arcipreste Pedro González, José García Ibáñez, el farmacéutico José Sánchez, el presbítero Domingo López, Antonio Moliní, Antonio Monsalve, Ciprano Viana, Inocencio Hernández y Martín García; en la de San Nicolás José Medrano, José de Castro Otáñez, el presbítero José Díaz, el presbítero José Roda, Dionisio Sánchez, el médico Leoncio Zanón, José María Cuartero, Francisco Bobadilla, el farmacéutico Eugenio Calderón y Manuel López; y en la de Santa María Blas Cuartero, el vicario ecónomo Epifanio Moya, Saturnino Vivanco, el promotor fiscal Antonio Roda, el cirujano Francisco Martí, Pedro Camuñas, Pedro Juan Montés, Benito Sáez, Domingo Laguna y Francisco Ruiz. En este ambiente de organización y prevención se verificó el traslado del hospital hacia San Francisco.

                Bibliografía.

                GARCÍA RODRÍGUEZ, Alfonso, Noticias decimonónicas sobre el Hospital de Pobres, cronicas-historicas-de-requena.webnode.es

                GUZMÁN MUÑOZ, Miguel, El Hospital de Pobres pasa al antiguo convento de San Francisco, cronicas-historicas-de-requena.webnode.es

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO DE LA FUNDACIÓN DEL HOSPITAL DE POBRES DE REQUENA.

Actas de la junta de beneficencia de 1838 a 1880.

                Serie de Documentos. Escrituras notariales.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA. Libro de actas municipales de 1844 a 1846 (2782) y de 1847 a 1849 (2781).

                ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL. Depósito de la Guerra. Diversos-Colecciones, 192, N. 8.