EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA (III). EL HUNDIMIENTO DEL PÓSITO. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

 

            Los retos del cambio en el alba del mundo contemporáneo.

            Durante la segunda mitad del siglo XVIII el pósito de Requena tuvo la honrada y necesaria pretensión de rehacer sus finanzas para atender las necesidades de una población en claro aumento. Entre 1752 y 1805 el número de vecinos o unidades familiares pasó de 1.684 a 2.398, lo que arrojaba un fuerte crecimiento medio anual del 0´79%. En 1758 la huerta se había acrecentado a costa de tierras antes dedicadas a la explotación ganadera. La animación de la labranza a través del establecimiento de suertes en las áreas antes adehesadas no redundó en provecho de todos y en 1764 Francisco García de Cepeda, guarda mayor de los campos de la villa, denunció que de veinte a treinta hacendados se habían apropiado de grandes extensiones de terreno valiéndose de sus manejos y amistades con la autoridad.

            En 1775 el Consejo de Castilla distribuyó en la provincia de Cuenca 1.395 ejemplares del Discurso sobre el fomento de la industria popular de Pedro Rodríguez de Campomanes para reducir la pobreza y la ociosidad. En el fondo el problema de la vagancia encubría el del paro agrario, ya que un número creciente de campesinos cada vez disponía de menos tierras de labranza y de menos recursos de los montes de propios, anticipándose algunas de las consecuencias sociales de las desamortizaciones del siglo XIX. En la provincia de Cuenca los jornaleros alcanzaron el 40% de la población frente al 10´3% de la de Soria, según el Catastro del marqués de la Ensenada, aunque tal cifra se alejaba del 85´9% de la de Córdoba. En Requena los jornaleros supusieron el 12´8%, a los que se deberían de añadir otras categorías sociales que necesitaban comprar su pan a diario. La especulación de granos no se pudo evitar en una España con mayores apetencias de libertad comercial que en el pasado.

            En el fondo el dirigismo borbónico acusó las contradicciones del despotismo ilustrado, entre los ocasionales pruritos de la fisiocracia y las peticiones de libertad de venta de granos, heraldos del futuro liberalismo económico. No en vano, se produjeron a veces importantes cuellos de botella en el aprovisionamiento de granos de Requena. En 1765 se suprimió la tasa del trigo en España, pero el 19 de abril de 1766 el estado infeliz del pueblo falto de pan y organizado en cuadrillas hizo temer que la revuelta   estallase en nuestra localidad  con la furia de otras en medio de los motines de Esquilache. En 1784 se manifestó con preocupación en los estatutos de nuestra Real Sociedad Económica de Amigos del País que el descenso del comercio de géneros sederos con las Indias mermaba la capacidad de compra de pan de muchos requenenses, que antes podían adquirirlo a precios elevados.

            

            Este problema de relación entre industrialización y cerealicultura también se dio en Gran Bretaña, donde en 1815 el gobierno conservador aprobó la Corn Law o imposición de aranceles proteccionistas contra el grano extranjero, lo que fue recibido con vivas protestas radicales, favorables al libre comercio, que lograron su abolición en 1846. Como es bien sabido la industria británica se afirmó con enorme fuerza tras las guerras napoleónicas, mientras la requenense descendía en importancia, sin poder defender con solvencia en la política comercial sus ventajas comparativas. Antes de la aplicación de la protección de cereales decretada por las Cortes españolas en agosto de 1820, el pósito tuvo que enfrentarse a enormes problemas de todo género, que le hicieron muy difícil (a veces casi imposible) mantener un precio razonable del pan para muchos trabajadores.   

            Nuevos compañeros de viaje para una institución veterana.

            Mientras que los gabinetes de Felipe V habían tratado de conseguir mayores recursos a través de una actitud más enérgica y nuevos administradores, como los intendentes, los de Fernando VI los procuraron lograr reformando la gestión de los municipios y proyectando la única contribución para la Corona de Castilla. Los pósitos entraron dentro de sus objetivos.

            En 1751 entró en vigor la Superintendencia Real de Pósitos, que inicialmente dependió de la Secretaría de Gracia y Justicia, para supervisar la administración y las cuentas de los pósitos locales. En junio de 1758 su juez subdelegado en Chinchilla Fernando Clemente Núñez de Robles efectuó pesquisas en el de Requena.

            Bajo Carlos III la reforma municipal de los procuradores del común y síndicos personeros, tras los motines de 1766, se complementó con importantes medidas de fomento. Los caminos fueron objeto de una creciente preocupación, secundada por las fuerzas locales, y el 10 de febrero de 1771 se logró que el precio de los granos descendiera gracias a la red de trajinería y cabañas que enlazaba La Mancha con Valencia. De todos modos las dificultades volvieron a presentarse en 1773 y tuvieron que entrar en nuestro pósito 7.590 fanegas al año siguiente.

            Desde tiempos de Felipe II se había concebido la fundación de una banca pública que liberara a la Monarquía de las horcas caudinas de los asentistas, una aspiración que no se cumpliría hasta Carlos III. En 1782 se creó bajo la protección real el Banco Nacional de San Carlos con capitales privados, que en 1783 ya se encargó de suministrar a las tropas establecidas en Valencia y San Felipe (Játiva). Con antecedentes como las libranzas a la administración general de la renta del tabaco de la ciudad y provincia de Cuenca, el gobierno fijó obligaciones financieras a los pósitos municipales. En 1785 el de Requena tuvo que cargar con 29 acciones en el Banco a 2.000 reales cada una, lo que supuso un desembolso global de 58.000.

            Desgraciadamente ni la Superintendencia mejoró la gestión del pósito ni el Banco le aportó mayores ganancias. Al contrario. Las modestas mejoras de los caminos tampoco alcanzaron a abaratar los granos.

            Oportunistas y sufridos servidores.

            El servicio del pósito entrañó severos trabajos y no menores riesgos, que no todos los responsables públicos estuvieron dispuestos a asumir. En 1764 el corregidor Pedro Cañavate de la Cueva tuvo que dar razón de su actuación ante la Secretaría de Gracia y Justicia por calumnias.

            Antes de los motines de 1766 la vida municipal no fue un remanso de paz y las rivalidades personales y familiares se dieron cita. En ausencia del corregidor se encargó de la responsabilidad del pósito al regidor perpetuo y alférez mayor don Alonso Ferrer de Plegamans, que fue acusado en marzo de 1764 de mezclar trigo y centeno pese al buen estado de las reservas. El también regidor don José Diego Enríquez de Navarra se sumó a las críticas, lo que parece indicar que no se trataba solamente de defender la calidad del pan, perjudicada por la mixtura. Los Enríquez de Navarra habían chocado por cuestiones de preeminencia con otros linajes locales y en 1763 habían auspiciado la pretensión de Juan Martínez Pedrón a la regiduría vinculada a Juan Enríquez de Navarra a fin de ganar apoyos.

            Estos choques se moderaron en tiempos de dificultad como los que se sucedieron de agosto de 1765 a abril de 1766, precedidos por la restricción de la ciudad de Valencia de retirar granos ya adquiridos. En septiembre de 1766 los interventores del pósito ya anotaron bajadas del pan gracias a las compras.

            Don José Penén Díaz fue uno de sus servidores en la década de 1760 y volvió a ser su depositario en 1773 y 1777. En 1785 se quejó amargamente de su prolongado servicio, que lo exponía al trabajoso cobro de las deudas en agosto, al calor y al frío y a la inhalación del polvo del trigo en varias ocasiones. De precaria salud, se encontraba enfermo de una pierna y cansado de tantos años. Sintomáticamente ya había sido nombrado nuevo depositario don Pedro Moral de la Torre, pero su designación no se había llevado a efecto, muestra que proporcionar simiente y pan a los requenenses distaba de la sencillez.

            El Antiguo Régimen entra en crisis.

            Desde 1758 el arrendamiento de las tierras y suertes del ardal de Campo Arcís había servido para rehacer los fondos del pósito. A la altura de 1788 la institución había logrado la reintegración de 7.000 fanegas de trigo selecto y de 162.000 reales. Dentro de un cierto clima de esperanza, se planteó el reparto de los granos de la sementera a través del concejo abierto para el bienestar del gremio de los pobres y del de labradores. Sin embargo, al igual que la España de Carlos III terminaría descendiendo a los infiernos de la de Fernando VII, el pósito seguiría un camino similar. La Revolución en Francia obligó a la Monarquía española a sostener un desafortunado conflicto y desafió su idea de la sociedad y del gobierno con enorme vigor. La hostilidad británica tampoco ayudó a reducir gastos, que se cargaron sobre las espaldas de los vecinos de municipios como el de Requena. En septiembre de 1793, en plena guerra de la Convención, el paso de tropas por nuestra localidad incrementó las necesidades habituales del panadeo. Se dispuso finalmente de la cantidad de 8.000 fanegas, cuando se requerían de 12 a 14.000, algo especialmente difícil tras las malas cosechas de 1779 a 1789.

            Se tomaron medidas hasta entonces poco aceptadas para paliar la situación. En 1798, año de primavera seca, el intendente aprobó la venta libre de pan en las casas de la plaza del Arrabal, sin confiarla a los depositarios. Por si fuera poco se le entregaron 10.000 pesos y 50.000 reales al Banco Nacional de San Carlos en 1799, lo que contribuyó a mermar los fondos del pósito en un tiempo en que el Hospital de Pobres de la localidad yacía quebrado.

            La crisis de subsistencias, lejos de amainar, se agravó con la entrada del nuevo siglo, como se desprende de estas cifras, que dan la medida del esfuerzo realizado por el asediado pósito:

                                               Fanegas                                 Reales

                                     Entrada           Salida              Entrada           Salida

1801-02                      14.003             14.030             1.020.196        1.020.196

1802-03                      10.880             10.912                792.626           792.626

1803-04                      10.182             10.192                784.627           784.627

1804-05                      10.068             10.089                784.389           784.389

            En enero de 1802 la fanega de trigo pontegí costó 71 reales y 66 la de rubión. En vista de ello, el 15 de febrero el mayordomo episcopal Manuel de Cros Cepeda ofreció las tercias a razón de 64 reales la fanega de rubión.

            Pese a todo, faltó el pan a mitad del día 15 de marzo y hubo alborotos en Requena, pues los panaderos amasaron los bollos de pan blanco a precios fuera del alcance de los pobres. Alonso Ferrer, desde su casa de campo de Garrido, ofreció 200 fanegas de rubión a 80 reales cada una, lo que se estimó excesivo.

            El 7 de abril en las paneras sólo había 3.000 fanegas, cuando se requerían 2.000 más para el abasto. Muchos cosecheros vendieron su trigo en Valencia por 89 reales la fanega, lo que impidió el tanteo. La amenaza del hambre se proyectó sobre los meses de junio a agosto. Ante la carencia de caudales se pidieron las donaciones a los más pudientes y se prohibió a panaderos y molineros la venta a los forasteros.

            Tras acceder a pagar elevados precios a los cosecheros, las existencias alcanzaron las 900 fanegas el 11 de junio. El agotamiento frumentario de La Mancha condujo a comprarlo en Valencia, donde se había acopiado grano andaluz y ultramarino.

            La nueva cosecha del reino de Valencia deparó unos precios de 86 reales la fanega de trigo común. Los panaderos acusaron severas dificultades en el mes de agosto. Los pedriscos estivales agravaron la angustiosa situación.

            El 9 de septiembre el contador general de los pósitos del reino exigió el reintegro de los fondos y el apremio de los deudores, ya que la Comisión de consolidación de vales reales se mostró inflexible. La epidemia de tercianas atacó la castigada comarca a la entrada del otoño.

            El 8 de enero de 1803 se buscaron afanosamente 3.000 fanegas en Valencia, San Felipe (Játiva) y Alcira. A 96 reales se situó la fanega en enero. En marzo se tuvo que concertar el abasto con Pedro Fernández Mayoral, representante de las cabañas de la villa de Almodóvar a la espera del desembarco triguero en Valencia. En abril la deuda del pósito rondó los 200.000 reales. La llegada de trigo valenciano supuso una tregua, pero los hielos y la sequía de mayo malograron la cosecha, así que se tuvo que acudir en octubre a las reservas de los eclesiásticos.

            En enero de 1806 el pósito se encontraba exhausto y no obstante tuvo que cargar con el préstamo de 6.000 reales con destino al suministro militar, a reintegrar sobre las recaudaciones de los ramos arrendables, que también acusaban la crisis. Faltos de medios, los gobiernos de la época descapitalizaron pósitos como el de Requena, que encima tuvo que asumir (a cuenta del capital consignado en el Banco Nacional de San Carlos) la redención de los quince oficios de regidores perpetuos, clave en la reforma municipal de 1793.

            

            La guerra de la Independencia y la conclusión de los liberales sobre los pósitos.

            La guerra contra las fuerzas de Napoleón resultó enormemente complicada de ganar, ya que los distintos ejércitos maniobraron por un país cada vez más empobrecido. Las tierras de Requena tuvieron que soportar el paso de tropas españolas regulares, guerrilleras y napoleónicas, compuestas por franceses, italianos y alemanes, a veces propensos a la deserción. La ocupación bonapartista se consolidó entre 1812 y 1813 tras no escasas peripecias. La liberación patriótica no trajo un mayor alivio de las condiciones económicas.

            De los fondos del pósito abusaron unos y otros, según se desprende de los informes posteriores a la guerra. En 1809 se le tomaron más de 63.000 reales para el suministro de pan a los ejércitos, más de 40.000 en 1810 y 18.000 en 1811, además de costear ese último año casi los 20.000 de vestuario de las tropas provinciales españolas.

            

            De enero de 1810 a julio de 1813 se desprendió, al menos, de 1.278 fanegas para las tropas españolas y de 998 para la Junta Superior Provincial. Su comandante general Bassecourt también le arrancó 10.000 reales. En vista de ello, la colaboracionista Junta de Subsistencias local, bajo la ocupación napoleónica, optó por no cobrar creces a los labradores en 1812.

            El pósito tuvo que cubrir casi la mitad de las necesidades de los requenenses a fines del conflicto, según se desprende de tales cifras:

                                               Fanegas                                 Reales

                                   Entrada           Salida              Entrada           Salida

1813-14                      11.053             11.087                747.562           747.562

            La institución se encontraba exhausta, al igual que las de otros puntos de España. No resulta nada extraño que el 24 de agosto de 1811 las Cortes consideraran los pósitos una carga insoportable y que transfiriesen su gestión a las Juntas Provinciales para que percibieran lo que pudieran sin exigir creces.

            La restauración absolutista de la Contaduría General de Pósitos.

            En 1814 el restaurado régimen absolutista se mostró decidido a gobernar las Españas con las máximas de la economía política del siglo XVIII, en el mejor de los casos, como si nada hubiera acontecido hasta entonces. El 9 de agosto se restableció la Contaduría General de Pósitos, que el 27 de octubre tuvo la ocurrencia de exigir a una Requena agotada la reintegración de 2.368 fanegas y 137.915 reales tomadas desde 1808 para el suministro militar. Particularmente penoso fue el proceso de reintegración de los deudores de la Venta del Moro, constituida en municipio independiente durante la primera experiencia liberal de 1813-14.

            Tal proceder no ayudó en nada a mejorar la gestión, que se enfrentaba a problemas crónicos. El mes de febrero de 1817 resultó ser particularmente adverso y en abril del mismo año la sequía castigó los campos requenenses. Para colmo los arrieros no acudieron el 17 de aquel mes por alteración en Valencia. Se obligó a los panaderos a abastecerse del pósito, con considerables pérdidas.

            En vista de ello, el 23 de mayo el corregidor remitió un plan de arbitrios, junto con los síndicos y diputados del común, para el reintegro de arbitrios, en el que se postuló emplear para el panadeo las 789 fanegas de los primeros contribuyentes (al igual que sus 6.875 reales), disponer de los fondos del Banco Nacional de San Carlos y de los réditos de la consolidación de los vales reales (50.000 y 29.950 reales respectivamente), reintegrar las cantidades dadas al ejército y la armada, y atacar la especulación. Los panaderos se encontraron agobiados por sus obligaciones de aprovisionamiento del pósito en 1818. Se llegaron a presentar ante las autoridades como verdaderos mendigos.

            Las cifras vuelven a acreditar estos tiempos difíciles:

                                               Fanegas                                 Reales           

                                      Entrada           Salida              Entrada           Salida    

1815-16                           785                  789                    8.844               8.844 

1816-17                        5.689               5.721                332.079           332.079

1817-18                        3.593               3.603                130.901           130.901

1818-20                        3.512               3.512                  99.244             99.244

1819-20                        1.521               1.535                    1.833               1.833

            En 1819 las buenas cosechas bendijeron Requena, pero el 2 de agosto los arrieros acudieron a Utiel, donde la gefa era más cara, en busca de ganancia.

            El trienio liberal, sin cambios en el pósito.

            En 1820 un amilanado Fernando VII tuvo que volver a jurar la Constitución de 1812 ante el temor de una insurrección mayor que la iniciada por hombres como Riego. Antes de ocupar los liberales nuevamente el poder, el 31 de enero de aquel año, se repartieron dividendos entre los accionistas del Banco Nacional de San Carlos. Heredaron aquéllos un pósito muy quebrantado, que al menos no tuvo que enfrentarse a situaciones tan extremas como las de comienzos de siglo:

                                               Fanegas                                 Reales           

                                     Entrada           Salida              Entrada           Salida

1820-21                        1.529               1.535                  28.153             28.153

1821-22                           723                  723                  24.684             24.480

            Desde el principio, los liberales consideraron igualmente públicos a los deudores del pósito En 1821 los secretarios municipales tuvieron la facultad de intervenir en la institución.

            Falto de fondos y enfrentado a una oposición política cada vez más dura, el régimen liberal tuvo que poner en pie fuerzas ciudadanas difíciles de costear, las de la famosa Milicia. Entre marzo y abril de 1821 se cargaron sus gastos al pósito ante el agotamiento de los bienes de propios y arbitrios. Los absolutistas se lo reprocharon con crudeza al depositario Miguel Laguna, al que se perseguiría por su adscripción política.  

            La larga década ominosa.

            Los absolutistas persiguieron  y condenaron a liberales como Miguel Laguna por dispensar dinero del pósito a las unidades milicianas, pero ellos mismos echaron mano de sus fondos para abastecer a sus propias tropas, como las del general Rafael Sempere y la llamada División Realista de Aragón. Los apremios a los deudores prosiguieron. En el seco estío de 1825, de pedrisco además, se embargaron mulas, burros, carros y utensilios a varios particulares de Casas de Lázaro, Hortunas, las Peñas y Puente el Catalán. En 1827 se tuvo la ocurrencia de exigir los reintegros de la guerra de la Independencia. En tales circunstancias la decisión tomada por las Cortes en 1811 aparecía tan lejana como razonable, mientras el pósito arrastraba una existencia cada vez más mortecina:

                                               Fanegas                                 Reales           

                                        Entrada           Salida              Entrada           Salida

1823-24                           245                  245                       837                  837

1824-25                           251                  252                       824                  824

1825-26                           261                  261                       882                  882

1826-27                           281                  281                    1.380               1.380

            A partir del 10 de agosto de 1826 se llegaron a arrendar las paneras del pósito, por cuatro años, a Higinio José Díaz Flor por 520 reales anuales, una forma de gestión privada que avanzaba la de finales del siglo XIX, cuando bajo la Restauración se intentó reanimar el viejo pósito. Aun así, la losa de la reintegración impuso la “necesidad” de nuevos arbitrios el 11 de julio de 1831, como los seis maravedíes por cada libra de jabón (12.000 reales), acrecentar las alcabalas, cientos y millones (10.000), la paja y los utensilios (22.439), el recargo de la deuda de Francia (31.799), el acopio de sal (58.968), el aguardiente y licores (9.700), los frutos civiles (9.493), el subsidio del comercio (5.628) y la subvención del vino por la composición del camino de Tarancón (9.358). En una época de descenso de los precios agrarios, el pósito intentó rehacerse lo mejor que pudo:

                                               Fanegas                                 Reales           

                                        Entrada           Salida              Entrada           Salida

1827-28                           357                  364                    4.289               4.289

1828-29                           503                  514                    4.959               4.959

1829-30                           703                  713                    6.585               6.585

1830-31                           797                  817                    4.449               4.449

            El final del acosado pósito.

            Como el pósito carecía de fincas, molinos, censos e inmuebles, se impuso en 1832 el repartimiento para el malhadado reintegro. Unos 1.159 vecinos de la villa y otros 634 de las aldeas (el 66% de todo el vecindario requenense) cargaron con 518.050 reales, con la esperanza que sobraran 8.837. Nuevos esfuerzos en la vidriosa transición del absolutismo al liberalismo encenagaron a la veterana institución:

                                               Fanegas                                 Reales

                                       Entrada           Salida              Entrada           Salida

1831-32                        1.218               1.235                  19.784             19.784

1832-33                        1.704               1.721                  21.882             21.882

1833-34                        1.773               1.776                    4.752               4.752

1834-35                        1.654               1.660                    4.310               4.310

1835-36                           223                  223                    1.298               1.298

1836-37                             92                    91                    1.205               1.205

            El 9 de julio de 1833, pocas semanas antes de morir Fernando VII, el Ministerio de Fomento todavía instó a la cancelación las deudas anteriores al primero de junio de 1814 (excepto los alcances de los depositarios), a la venta de fincas y a la moderación salarial. La miseria del absolutismo terminal no sólo se mostraba en la brutal falta de fondos, sino en la carencia de información real de localidades como la nuestra, donde el municipio había sido reducido a una mera instancia registradora de su voluntad bajo la tutela de la Chancillería de Granada.

            Las autoridades post-absolutistas aplicaron a veces medidas reformistas, como la administración y la división provincial. El 27 de octubre de 1834 el gobernador civil fue el encargado de dar la licencia para el reparto del trigo entre los labradores. El liberalismo fue abriéndose paso en la España de la regente María Cristina, enfrentada mortalmente a los carlistas.

            La  nueva guerra civil mostró su cara más amarga. En el concejo abierto celebrado en Requena el 14 de octubre de 1835 se pensó de recurrir una vez más a los fondos del pósito ante la amenaza de la facción. Con unos propios quebrantados, el 16 de septiembre de 1836 se instó una vez más al cobro de los deudores de un pósito que realizó su última cuenta en 1837. En este amargo horizonte comenzó su andadura la desamortización de Mendizábal.

            Podemos especular cuál hubiera sido el destino del pósito si no se hubiera librado la primera carlistada. Quizá los liberales hubieran podido aplicar su resolución de 1811 con tino y haberlo salvado de la quiebra. Lo cierto es que su capacidad de supervivencia se encontraba demasiado mermada tras la brutal crisis del Antiguo Régimen y las desacertadas resoluciones de un absolutismo desnortado y fuera de lugar.

            Su testamento fue el fantasmal balance del 4 de septiembre de 1841, con impagos de los que aún se hizo mención en noviembre de 1847. Testigos mudos de su sufrimiento fueron sus préstamos a una población empobrecida, que pasaron de los 574 de 1802 a los 1.838 de 1837.

            

            La temible consecuencia del quebranto: la falta de alternativas de protección social.

            El pósito ya no funcionó bajo Isabel II, aunque oficialmente se le hiciera referencia por motivos financieros, y el municipio tuvo que cargar con sus responsabilidades de abastecimiento en una España que arrastraba problemas de subsistencias y graves tensiones políticas. La consunción de los aprovechamientos comunales añadió mayores problemas a la vida de los vecinos de fortuna modesta, castigados además con la contribución de los consumos.

            En la primavera de 1847 la situación resultó angustiosa por la escasez de lluvias. Los 2.455 vecinos (unas 9.277 almas) necesitaban 60 fanegas diarias y sus existencias globales se reducían a 1.130, para alimentarse diecinueve días. En Requena se daban las condiciones que hubieran hecho estallar una revolución, como la que conmocionó a una gran parte de Europa en 1848.

            

            Se arbitraron en consecuencia viejas medidas, tales como prohibir a los tenedores de trigo de los caseríos venderlo o intentar adquirirlo recién desembarcado en el puerto de Valencia.

            Durante la década de 1860, que condujo a la Gloriosa Revolución, los requenenses se enfrentaron a acuciantes problemas de falta de trabajo, carencias alimenticias, enfermedad e inseguridad social. La falta de funcionamiento de una institución como la del pósito se dejó sentir pesadamente. El 29 de julio de 1863 el municipio solo disponía de 89 fanegas y 938 reales. En 1865 todavía se arrastraban las deudas de varios particulares de 1834-35. La dureza de la crisis obligó a disponer en marzo de 1867, en tiempo de escarda, unos 516 escudos para los labradores pobres. En 1868-69 las nuevas autoridades revolucionarias intentaron arrendar la casa panera por 3.893 pesetas.

            También bajo la Restauración se siguió aquella fórmula, iniciada durante la década ominosa. Sin embargo, el arrendamiento de las paneras por Salvador Pardo de la Casta en 1885 terminó como el rosario de la aurora y a fines de siglo se volvió a plantear la necesidad de reanudar el funcionamiento real del pósito, que especialmente entre 1912 y 1931 actuó como una institución de crédito agrícola, lo que venía a demostrar tanto la persistencia de condiciones de pobreza en amplias capas sociales como la enorme función social de una institución a la que no se pudo ni se supo buscar una alternativa efectiva, para desdicha de las gentes de Requena.

            Fuentes.

            ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

            Correspondencia de la Junta del Pósito de 1778 a 1780, nº. 3531/13.

            Correspondencia del Pósito de 1789, nº. 3553/8.

            Libro de actas municipales de 1754 a 1758, nº. 3260.

            Libro de actas municipales de 1759 a 1762, nº. 3333.

            Libro de actas municipales de 1763 a 1764, nº. 3258.

            Libro de actas municipales de 1765 a 1767, nº. 3257.

            Libro de actas municipales de 1772 a 1773, nº. 3335.

            Libro de actas municipales de 1774 a 1779, nº. 2736.

            Libro de actas municipales de 1780 a 1784, nº. 2739.

            Libro de actas municipales de 1785 a 1788, nº. 2738.

            Libro de actas municipales de 1789 a 1791, nº. 2737.

            Libro de actas municipales de 1792 a 1794, nº. 3334.

            Libro de actas municipales de 1798 a 1802, nº. 2735.

            Libro de actas municipales de 1803 a 1807, nº. 2734.

            Libro de actas municipales de 1808 a 1812, nº. 2733.

            Libro de actas municipales de 1813 a 1816, nº. 2732.

            Libro de actas municipales de 1817 a 1819, nº. 2731.

            Libro de actas municipales de 1823 a 1830, nº. 2730.

            Libro de actas municipales de 1831 a 1839, nº. 2729.

            Libro de actas municipales de 1840 a 1843, nº. 2728.

            Libro de actas municipales de 1844 a 1846, nº. 2782.

            Libro de actas municipales de 1847 a 1849, nº. 2781.

            Libro de actas municipales de 1858 a 1861, nº. 2777.

            Libro de actas municipales de 1862 a 1864, nº. 2776.

            Libro de actas municipales de 1865 a 1868, nº. 2775.

            Libro de actas municipales de 1885 a 1886, nº. 2767.

            Libro de cuentas del pósito de 1785, nº. 3555.

            Libro de cuentas del pósito de 1802 a 1805, nº. 3559.

            Libro de cuentas del pósito de 1806 a 1807, nº. 3554.

            Libro de cuentas del pósito de 1814 a 1816, nº. 3556.

            Libro de cuentas del pósito de 1817 a 1830, nº. 3557.

            Libro de cuentas del pósito de 1831 a 1841, nº. 3506.