EL SEXENIO REVOLUCIONARIO Y EL HOSPITAL DE POBRES. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                

                Ante la Revolución y sus complejidades.

                Un 18 de septiembre de 1868 se sublevó contra la autoridad de la denostada Isabel II el almirante Topete en Cádiz. Pronto se formaron las consabidas juntas, compañeras inseparables de las revoluciones de nuestro siglo XIX. El 28 de aquel mes las tropas de la Revolución se impusieron en la batalla de Alcolea. Dos días después, la reina marchaba al exilio francés desde San Sebastián.

                En Requena los acontecimientos se sucedieron también con celeridad. El 3 de octubre el ayuntamiento encabezado por Toribio García Ibáñez fue desplazado por la junta revolucionaria comandada por el inquieto Norberto Piñango. Se destituyeron a los celadores y alcaldes de barrio, ligados a la depuesta autoridad, y se animó la movilización de la milicia.

                La beneficencia y la asistencia hospitalaria era un campo que interesaba sobremanera a los revolucionarios demócratas, empeñados en abrir el liberalismo al mayor número de personas, de ciudadanos. De aquí emanarían los republicanos. El 31 de octubre de 1868 se formó una nueva junta bajo el alcalde Juan Omlín. No obstante, en su sección de enfermería figuró Antonio María Ferrer de Plegamans, Hilario Montés y Felipe Mislata, y en la de hacienda Pedro Oria de Rueda, Anselmo Fernández y Ramón María Herrero. Su perfil conservador era claro. Para demostrar que no compartía las aspiraciones anticlericales de los más demócratas se compraron dos imágenes religiosas y dos crucifijos el 9 de diciembre del 68.

                El Gobierno Provisional, formado a la caída de la reina, estaba formado mayoritariamente por prohombres del liberalismo, algunos como el unionista general Francisco Serrano. De hecho, la Revolución había sido alumbrada por una variopinta coalición de fuerzas políticas, en la que los republicanos eran una minoría.

                Dentro de aquélla, el general progresista Juan Prim tuvo un destacado protagonismo. Era partidario de una monarquía parlamentaria que reconociera los derechos ciudadanos y la separación de la Iglesia del Estado. Entre el 15 y el 18 de enero de 1869 se practicaron elecciones por sufragio universal masculino a Cortes Constituyentes, encargadas de dotar a España de una nueva Constitución.

                Previamente, el 3 de enero, se hizo pública en Requena la orden gubernamental del 18 de diciembre del 68 de disolución de la junta de beneficencia, cuyas competencias se trasladaban al nuevo ayuntamiento. Fue entonces cuando los de la junta invocaron el veterano patronato eclesiástico.

                Punto de referencia católico.

                En medio de los debates constitucionales, en los que se debatió apasionadamente sobre la libertad de cultos, se llevaron a cabo una serie de acciones por parte de los miembros de la antigua junta.

                El 20 de abril de 1869 pidieron a la Diputación un local en las Casas Consistoriales destinado a las reuniones, acomodándose a la asunción de competencias municipales enunciada.

                Asimismo, se solicitó la composición de la capilla del hospital, ofrecer en el santuario una fiesta de acción de gracias y se pidió permiso al obispo para establecer en su ermita un sagrado o reservado. En aquellos días se trataba de demostrar claramente la toma de partido ante el sesgo que podía adoptar la nueva Constitución.

                La regularización de relaciones entre clericales y laicistas.

                El 6 de junio de 1869 se promulgó aquella Carta Magna, que reconocía a España como una monarquía parlamentaria, cuyo rey terminaría siendo el desafortunado Amadeo I de Saboya por elección de las Cortes del 16 de noviembre de 1870.

                Mientras tanto, los encargados de la beneficencia local se centraron en cuestiones más prosaicas. El 31 de julio de 1869 se insistió en la necesidad de una bomba para conseguir agua con la que adecentar las instalaciones del hospital. También se propuso construir un lavadero el 31 de agosto de 1869 y el 12 de enero de 1870 se proyectaron dos habitaciones para enfermos mentales.

                En cuanto a las responsabilidades, constatamos la sustitución de Pedro Oria de Rueda por Antonio María Ferrer como contador (a 12 enero 1870) y la dimisión del depositario Hilario Montés y del secretario Antonio Francisco Ramos (a 31 de marzo de 1872). El alcalde era Juan Bautista de Moliní. A 23 de octubre de 1871 se quiso agradecer el donativo del rey Amadeo I, que tras el asesinato de su gran valedor, el general Prim, se enfrentaba a un severísimo problema de impopularidad por su condición de extranjero y por su liberalismo moderado, denostado por carlistas y republicanos.

                Un cierto equilibrio presupuestario.

                Una palabra cargada de buenas intenciones que se puso en circulación con fuerza durante aquellos años fue la de filantropía, el amor hacia los demás, por la mejora de sus condiciones de vida a todos los niveles, que propugnaron los más avanzados ilustrados, claro ejemplo del respeto hacia la verdadera ley natural.

                La filantropía dependió (depende y dependerá) no solo de buenas intenciones, por desgracia, sino también de medios económicos. A 1 de abril de 1872 se presentó un saldo favorable de 1.172.798 reales, que se nutrió del capital nominal y la renta anual de seis láminas de 993.637 reales, de una cantidad de 30.981 en efectivo, de los 24.000 retornados por Miguel Pardo por deuda escriturada y de otro reembolso de deudas de 9.580 reales.

                Durante el llamado Sexenio Revolucionario se prosiguió prestando dinero por parte del hospital de pobres. A 10 de julio de 1872 se prestaron 20.000 reales a Jerónimo Francos al 8%. También se constató la persistencia de veteranos problemas de rentabilidad, pues a 5 de mayo de 1873 los baños no rindieron los beneficios esperados.

                La condición humana de algunos de los responsables.

                La meta de la filantropía era servida por personas de distinta condición social e inclinaciones ideológicas.

                El 10 de julio de 1872 el presidente de la comisión municipal de beneficencia era el propio alcalde Rafael Ripollés y en la misma participaron Norberto Piñango y Felipe Mislata, individuos de clara adscripción a los postulados más aperturistas del liberalismo clásico.

                El apoderado para verificar el cumplimiento de las láminas o pagarés del Estado reconocidos al hospital era Anselmo Jordán, hombre versado en temas financieros. Se pensó entonces en cobrar a los deudores más allá del 6% de interés. Al deudor Julián Jiménez se le advirtió el 5 de mayo de 1873 de forma severa.

                Al menos bajo la I República, a 24 de abril de 1873, se acordó subir el salario de la hospitalera María Antonia Contreras, que representa al personal de servicio del que no siempre tenemos noticia y que con frecuencia menos se benefició de las contadas alegrías económicas del hospital.

                El retorno a la situación anterior, de la República a la Monarquía.

                El 11 de febrero de 1873 se proclamó la primera república de la Historia española y el 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos se pronunció en Sagunto a favor de Alfonso XII.

                La Requena de aquella época se vio inmersa en las alternativas de la tercera guerra carlista, que ocasionaron no pocos males al vecindario y no menores quebrantos al ayuntamiento. La llegada de refugiados y el paso de tropas contrarias a la causa de don Carlos ocasionaron nuevos compromisos asistenciales, que a medio plazo resultaron perjudiciales para las finanzas del hospital.

                Poco a poco, se volvió a reconocer el patronato eclesiástico, como el de Castro Otáñez a 5 de mayo de 1873 pese a la situación de efervescencia revolucionaria vivida en la España coetánea. El 30 de junio de 1874, bajo la alcaldía de Antonio Pérez, el patronato correspondió temporalmente al presbítero Nicanor Sixto. Más tarde, el 9 de diciembre de aquel año, reapareció el citado Castro Otáñez, en un momento en el que muchos se ausentaron de sus responsabilidades de la junta de beneficencia. Su depositario fue José García de Leonardo y su contador Blas García Pedrón.

                Poco más tarde, el quebranto de las finanzas llevaría al veterano hospital de pobres de Requena a otra etapa histórica.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO DE LA FUNDACIÓN HOSPITAL DE POBRES DE REQUENA.

                Actas de la junta de beneficencia de 1838 a 1880.

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