Enguídanos, aproximación a su historia islámica y pre islámica. Por Francisco Piqueras Mas.

ENGUIDANOS: aproximación a su historia islámica y pre islámica. Por Francisco Piqueras Mas.

Conviene comenzar precisando que en todo el espacio geográfico que se extiende desde Uclés hasta Buñol, se ha producido tal orfandad en materia de investigación historiográfica que cualquier nuevo intento que se haga al respecto de alumbrar alguna luz sobre las etapas islámicas y pre islámica de todo este territorio, inevitablemente ha de comenzar desde cero. Pues en el mundo de la investigación de los tiempos de la erudición, poco es lo que se hizo al respecto, tampoco es demasiado lo que se ha conseguido en tiempos actuales, quizás debido a la ausencia en este corredor de la altiplanicie que se inserta en la Meseta, de una capital de provincia que con su fuerza demográfica reivindicara con insistencia esa necesidad ante los investigadores de todos los tiempos para hacer que se implicaran en el análisis minucioso de las fuentes clásicas de varias naturalezas con el propósito de generar estudios monográficos sobre estas oscuras etapas históricas, de la misma manera que desde hace algunos años, por ejemplo, está ocurriendo en provincias tan próximas como Alicante o Murcia.

Así las cosas, al margen de esta reflexión que tal como está el panorama historiográfico que nos ocupa parece que se hacía necesaria, en este trabajo nos vamos a dedicar a exponer algunos escasos datos que hemos conseguido reunir, presentándolos convenientemente zurcidos con algunas arriesgadas hipótesis, que pensamos que cuando menos puedan servir como punto de partida de arranque inercial historiográfico que aporten algo de luminosidad a los orígenes de la villa conquense de Enguidanos.

Para ello disponemos de dos testimonios arqueológicos y de uno etimológico. Dentro del primer grupo se encuentra el yacimiento arqueológico del Cerro de Cabeza de Moya que  fue excavado durante varias campañas iniciadas a principio del año 1980. Se halla situado este asentamiento del Ibérico Pleno en la parte alta del cerro, a unos 821 metros, sobre una meseta que rodeada por las aguas del Cabriel presenta defensas naturales. Su ocupación cronológica se extiende desde el siglo V hasta el II a. d. C., etapa esta ultima en la que se aprecian niveles de destrucción y abandono del enclave, coincidiendo esa fase precisamente con el final de las Guerras Púnicas y el inicio de las Guerras Celtibéricas.

Otro yacimiento arqueológico en las proximidades de Enguídanos despierta nuestro interés, apreciándose en el amplio espacio que cubre una llanura de varias hectáreas, plagadas de numerosas estructuras de habitáculos delimitados por calles y salpicados por algunos pozos u oquedades que vienen a sugerir que se corresponden con explotaciones mineras a cielo abierto de algún tipo de valioso mineral.

El último punto en que apoyarnos, como no podía ser de otra manera cuando se quiere hurgar en la génesis histórica de una localidad, será averiguar el significado y concepto de un topónimo tan especifico como Enguidanos que a pesar de sus restricciones geográficas ha dado origen a tantos y tantos apellidos que ampliamente se extienden por todos los territorios peninsulares.

Algunas líneas se han escrito sobre ello con propuestas tan pintorescas como “Cien Arroyuelos” que aunque perfectamente las asimila el sufrido papel, no hay lengua griega o fenicia que las soporte. Su raíz etimológica tiene toda la pinta de ser un hibrido de varias lenguas, con prestamos prerromanos, latinos y árabes (Beni-aca, Gesta-algar, Gar-aden etc.), anteponiendo al inicio de la formación del vocablo la preposición latina de lugar correspondiente con “in (en) al sustantivo árabe de Unda (اوندا) y al final del vocablo el étnico geográfico prerromano de “tanus” (edetanus, gilitanus, urcitanus etc.), dando como resultado completo la etimología correspondiente con el gentilicio de En-unda-tanus, que tras los cambios fonéticos a los que sería sometido su uso durante la Alta Edad Media, por efecto del habla dialectal de los mozárabes de la zona, finalmente quedaría transformado ese nombre de lugar en Enguidanos.

De las tres formas gramaticales que hemos expuesto, interesa incidir en el sustantivo árabe de Unda por ser las fuentes de esta naturaleza las que habitualmente mayor información suelen proporcionan a los investigadores, de tal manera es así, que fijamos la atención en la crónica del siglo XI de al-Udrï para ver como este autor nos dice que la cora de Balensiya tenía diez distritos: iqlim (إقليم) en singular y aqalim en plural, pero también disponía de catorce partidas rurales o yuz, el plural de yuz es ayaz (عياض), enumerando este autor, entre los distritos  de esa región a un poblamiento al que denomina Unda. En cuyo caso será el cronista árabe tardío Ibn Gälib sobre el que se considera que en su obra sigue rigurosamente a al-Räzï (m. 344=955), quien nos proporciona una valiosa información complementaria todavía más antigua que la anterior, haciéndolo cuando al describir algunos lugares pertenecientes a la cora de Balensiya nos dice: “También pertenece a ella la medina de Unda que tiene abundancia de aguas y frutos y una mina de Hierro”.

Es decir que en la forma toponímica de Enguidanos se ha de ver un sustantivo árabe de lugar insertado dentro de un étnico prerromano, precisando su prefijo por una preposición latina, con lo cual todo parece indicar que la ascendencia de Unda necesariamente ha de proceder de una voz ítalo-romana o indígena, de tal manera ha de ser correcto este planteamiento que sí dentro del contexto geográfico buscamos sustantivos analógicos nos viene a la memoria la ciudad celtibérica de Munda que aparece en tres episodios bélicos ocurridos durante épocas de romanización; episodios sobre los que vemos como a la sazón se imbrican en distintas fases temporales y en contextos geográficos discutibles.

Nos ocuparemos primeramente de la Munda reflejada en el episodio de la Segunda Guerra Civil entre Cesar y Pompeyo, cuya localización, entre las tres menciones, parece generar menos dudas. Se trata de una batalla celebrada en el año 45 a.C. entre las fuerzas de Cesar y las de los hijos de Pompeyo Magno. Según Estrabón, la MOUNDA de César se encontraba no lejos de Córdoba, a una distancia de 1400 ó 6400 (¿?) estadios de Carteya. Al hilo de este texto parece que el mundo de la investigación se ha puesto razonablemente de acuerdo en cuanto aceptar que ese determinado topónimo de Monda, nos llevaría a la provincia de Málaga, al pie de la Sierra de Ronda, así mismo debe tenerse presente la salvedad de que la Munda de César identificada en Montilla es sólo una hipótesis.

En cualquier caso parece obvio que la contienda se celebro en la provincia Bética durante el siglo I a. C. y la ocupación del yacimiento arqueológico del Cerro de Cabeza de Moya no llega más lejos del siglo II a. C., por lo tanto no será esta Munda la que andamos buscando. En tal caso será en otra cronología anterior y dentro de la Meseta Inferior en la que habremos de rastrear pistas sobre una Munda celtibérica que para nuestros propósitos sea más aprovechable.

La única noticia que se tiene de esa ciudad celtíbera es la que nos ofrece Tito Livio en el relato de la campaña de Tiberio Sempronio Graco en 180 a. C., ofreciendo noticias ocurridas durante la primera Guerra Celtíbera, que aunque sea un tanto amplio el texto de de Livio no queda más remedio que exponerlo en su integridad:

Los propretores en Hispania, Lucio Postumio y Tiberio Sempronio, acordaron un plan conjunto de operaciones: Albino marcharía a través de la Lusitania contra los vacceos y regresaría luego a la Celtiberia; de estallar una guerra más importante, Graco se encontraría en las fronteras más lejanas de la Celtiberia. Este se apoderó al asalto de la ciudad de Munda, mediante un ataque nocturno por sorpresa. Después de tomar rehenes y poner una guarnición en la ciudad, siguió su marcha, asaltando los castillos y quemando los cultivos, hasta llegar a otra ciudad de excepcional fuerza, a la que los celtíberos llamaban Cértima. Se encontraba ya aproximando sus máquinas contra las murallas cuando llegó una delegación de la ciudad. Sus palabras mostraban la sencillez de los antiguos, pues no trataron de ocultar su intención de seguir la lucha si disponían de los medios. Pidieron permiso para visitar el campamento celtíbero y pedir ayuda; si se les rehusaba, decidirían por sí mismos. Graco les dio permiso y regresaron a los pocos días, trayendo con ellos diez enviados. Era el mediodía, y la primera petición que hicieron al pretor fue que ordenara que se les diera algo para beber. Después de vaciar las tazas pidieron más, ante lo que los presentes estallaron en carcajadas por su rudeza e ignorancia del comportamiento adecuado. A continuación, los más ancianos entre ellos hablaron así: "Hemos sido enviados por nuestro pueblo -dijeron- para averiguar qué es lo que te hace sentir confianza para atacarnos". Graco les contestó diciéndoles que él confiaba en su espléndido ejército y que si deseaban verlo por sí mismos, para poder dar completa cuenta a los suyos de él, les daría la oportunidad de hacerlo. Dio luego orden a los tribunos militares para que todas las fuerzas, tanto de infantería como de caballería, se equiparan al completo y maniobrasen con sus armas. Después de esta exposición, se despidió a los enviados y estos disuadieron a sus compatriotas de enviar cualquier tipo de socorro a la ciudad sitiada. Los habitantes de la ciudad, después de tener fuegos encendidos en lo alto de las torres de vigilancia, que era la señal acordada, viendo que era en vano y que les había fallado su única esperanza de ayuda, se rindieron. Se les impuso un tributo de guerra de dos millones cuatrocientos mil sestercios. Asimismo, debían renunciar a cuarenta de sus más nobles jóvenes caballeros; pero no como rehenes, pues iban a servir en el ejército romano, sino como garantía de su fidelidad. (Libro XL, 47)

Posteriormente, Livio relata (XL, 48, 49 y 50) entre otras noticias, la rendición de la ciudad celtíbera de Ercávica alarmada por los desastres sufridos por sus vecinos de Munda. Con lo cual Livio nos está señalando un contexto geográfico próximo a la Meseta Inferior, presentando de esa manera al asentamiento celtibérico de Enguidanos como un firme candidato asociable a la ciudad de Munda que fue destruida por Sempronio Graco.

A lo largo del tiempo se ha intentado localizar la otra ciudad del relato de Livio que llama Cértima ayudándose de las referencias en el texto y de otras ciudades descritas (Munda, Alce y Ercávica) y regiones (Celtiberia), junto con diversa información incluida (p.e., el campamento celtíbero) y la situación general en ese momento de la conquista romana de la península ibérica, donde las operaciones de los romanos tenían como objetivo principal la Lusitania y la Celtiberia. Destacando como más antigua la hipótesis de localización de esa Cértima en Alconchel de la Estrella (Cuenca) que fue postulada por el padre Manuel Risco en 180 sobre la base de unas supuestas inscripciones encontradas en dos miliarios romanos localizados en Villarejo de Fuentes y Alconchel de la Estrella, ambos en Cuenca. El miliario localizado en Alconchel situaría a Cértima a una milla.

La siguiente mención de la ciudad de Munda es todavía más antigua, atestiguada durante la Segunda Guerra Púnica, en torno a los años 214 a 212 a. C., tras la vuelta de Asdrúbal Barca a Hispania cuando se le adhieren tropas celtibéricas. Para Schulten (FHA, III, p.85) los éxitos romanos no pasaron más allá de la ciudad de Sagunto, reconquistada en el 212 a. C. El avance romano se inicia por Castrum Album, de donde tienen que retirarse hacia el Monte Victoriae, cuyas localizaciones todavía son bastante discutidas, pero sin por ello negarles su emplazamiento levantino. El general Cneo Escipión libera entonces del asedio cartaginés a la ciudad de Bigerra y Asdrúbal Giscón, sucesor de Asdrúbal Barca al frente del ejercito púnico, es perseguido hasta Munda donde vuelve a ser derrotado, en el combate que tuvo lugar cerca de Munda, según Livio (lib. 24)  murieron en la batalla Moenia Coepta y Ciuis Maro, dos «reguli celtiberí», y en el hubo «spolia». Como puede verse tanto en esta noticia como en la anterior, será necesario convenir que parece innegable la existencia de una Munda celtibera en la Hispania Citerior. Un testimonio de Apiano, certifica que en ese mismo tiempo el ejercito romano había vuelto a Sagunto. Estas victorias les animan para la reconquista de Sagunto, y permiten un periodo de tranquilidad en el que se entablan tratados con los  indígenas y se refuerza la situación romana.

A esa Biguerra en la que se mire por donde se mire la cronología del relato se la ve emplazada en tierras levantinas, se la ha querido llevar a Andalucía en base a la similitud toponímica de un lugar llamado Bogarre situado a 10 Km. al norte de Guadix, donde no existe ninguna prueba histórica o arqueológica que la pueda asociar con un asentamiento del Ibérico Pleno. Schulten plantea que existe una ciudad con el mismo nombre de Bugarra en Levante (FHA, III, p.80), por ello sin querer forzar la etimología de Biguerra con Bugarra, tenemos que admitir con grandes visos de certeza esta identidad puesto que no faltan yacimientos arqueológicos adscribibles al Ibérico Pleno en Bugarra como así lo ha demostrado J.V. Martínez Perona (1975) en la “Carta arqueológica de Pedralba y Bugarra”, todo ello  a la espera de que nuevas precisiones arqueológicas proporcione la confirmación definitiva de ese asentamiento ibérico aliado de Roma cuya distancia de 150 Km. con Enguidanos no sería impedimento y solucionaría el principal obstáculo que se plantea para admitir la penetración romana en la Meseta Inferior y la identificación del asentamiento del Cerro de Cabeza de Moya con la Munda celtibérica aliada de Cartago, que en tiempos de Tiberio Sempronio Graco continua siendo hostil a los romanos hasta ser destruida durante las Guerras Celtibéricas.

En resumidas cuentas todo ello nos lleva a deducir que tras la destrucción de Munda y la consiguiente Pax Romana, los habitantes de ese poblamiento celtíbero bajaron del cerro para definitivamente instalarse en los llanos, no faltando huellas romanas que lo atestigüen en los paisajes de Enguidanos, y como consecuencia de ello durante los tiempos de la Romanización el nuevo asentamiento gradualmente va siendo conocido por el poblado en donde se han asentado los Mundatanus, siguiendo después el proceso etimológico que ya se ha propuesto; es decir la corrupción de Munda por Unda durante el dominio musulmán y la transliteración al habla dialectal mozárabe de la zona bajo el hibrido del gentilicio de En-unda-tanus, producido por  los cambios fonéticos insertados en un topónimo de formas gramaticales tanto nativas como latinas u árabes.

En otro orden de formas toponímicas y antroponímicas hemos de reconocer que no contaremos con argumentos suficientes como para poder asociar al nombre propio de Eginardo (así se conoce a un escritor franco del siglo IX, biógrafo de Carlomagno) con la onomástica de Enguidanos, pero algunos autores de la erudición manifiestan que toman de la crónica de Eguinhardo, relatos sobre episodios protagonizados por jeques musulmanes que se desarrollan en torno a la medina de Santaberiya (Celtiberiya) identificada con el castro de Santaver en Ercávica. Seguramente se trata de una simple casualidad sinonímica pero no deja de ser curiosa, siendo por ello por lo que no hemos resistido la tentación de recogerlo.

Pero nos queda por resolver otra clave fundamental para identificar la villa de Enguídanos con algún tipo de asentamiento musulmán al que pondríamos el nombre de Unda, enclave sobre el que sabemos que durante el periodo islámico disponía de una mina de hierro, pues la asociación de Enguidanos con la abundancia de aguas y los cuantiosos frutos descritos por Ibn Gälib no presenta ningún problema. Por tanto conseguir localizar en sus proximidades la presencia ancestral de una mina de hierro, será el colofón que nos permitirá asociar las relaciones predecesoras de esa Unda islámica con el ahora Enguídanos.

Hemos puesto los ojos en un interesante yacimiento ibero-romano en el término municipal de Enguídanos, pero a la espera de que convenientes prospecciones arqueológicas lo corroboren o lo refuten, solamente tenemos testimonios de presencia de una mina de hierro más o menos próxima al termino municipal de Enguidanos en Sinarcas; se trata de la mina conocida popularmente como “Peña del Rayo” sobre cuyo lejanía, para reducir distancias buscando caminos antiguos, podríamos fijar incluso en un trazado recto en 30 kilómetros la distancia que separa a ambas poblaciones y de tal manera pensar que durante la dominación musulmana fueran tierras de Unda, pero en esta hipótesis tampoco nos podemos apoyar por que como quiera que sea durante las etapas islámicas algunos textos árabes nos dicen que Sinarcas era conocida como Zen-Askar por asociación con la estirpe de los Banu Zenum perteneciente a la tribu de los Hawwara y el al-Askar (enclave) como el recinto fortificado en donde se asentaban.

Puente romano en las proximidades de Enguídanos (Cuenca) que conducía a la ciudad romana de Mandatus entre el río Cabriel y el San Martín.