ESTAMPAS DE LA REQUENA DE LA RESTAURACIÓN. POR EL GRUPO DE HISTORIA LOCAL DEL IES UNO DE REQUENA.

 

    Introducción.

    El presente artículo recoge la reflexión sobre algunos aspectos de la Requena de la Restauración hecho por el Grupo de historia local del I.E.S. UNO formado por Belén Armero, Cristina Cardona, Daniel García Ruiz, Belén Giménez, Javier González, Aine Kilgarriff, Jesús Marín, Alejandro Martínez, Carlos Pérez, Rocío Pérez, Pablo Rubio y Conny Vásquez. Nos hemos centrado en algunos temas como el de la condición de las mujeres, los sistemas de control social, las formas de autoridad y de protesta, así como los cambios urbanos experimentados por la localidad. Nuestra presentación concisa debe interpretarse como una invitación a la lectura.

    La sociedad en la sombra, las mujeres requenenses.

    A finales del siglo XIX el ideal feminista de mujer se encontraba muy apartado de la realidad de la Requena coetánea. Las mujeres carecían de derechos políticos y se encontraban sometidas a la tutela de los varones como en otros muchos lugares. Más del 75% de ellas eran analfabetas, acentuándose el problema en las clases bajas.

    Las mujeres encontraban su acomodo como esposas, definidas en ciertas Guías como damas que sabían estar en su lugar de subordinación. Su matrimonio atañía a cuestiones muy delicadas de honra familiar, tratadas en ocasiones con un exceso de sentimentalismo pseudorromántico.

    Las madres agustinas, cuya presencia en Requena se remontaba al siglo XVII, ofrecían el modelo tradicional de la mujer consagrada a Dios, tan caro a las sociedades del Antiguo Régimen. El radicalismo liberal local todavía no las había puesto en el punto de mira de sus invectivas. El estallido de 1936 no se antojaba posible hacia 1890.

    Las requenenses, pese a todo, fueron imprescindibles en la transformación de la Requena contemporánea. El esfuerzo de las familias campesinas que impulsaron la viticultura les debió mucho. Muchas jovencitas de la provincia de Cuenca llegaron a nuestra comarca para trabajar en la afamada flor del azafrán, contrayendo matrimonio a los pocos años. Las maestras atendieron con primor a la educación de las nuevas generaciones, depositando la semilla del gusto por la cultura y la afición por la lectura, elementos imprescindibles de la emancipación femenina y de todas las personas.

    La incultura y el engaño social.

    Un acta municipal del 25 de abril de 1891 nos comunica:

    “El teniente alcalde don Emilio García propuso trasladar el Mercado Público que se halla establecido en la Plaza del Arrabal y portal de Madrid a la plaza Consistorial desde el próximo primero de Mayo.”

    El teniente de alcalde era el concejal del ayuntamiento al que el alcalde lo había nombrado miembro de la Junta de Gobierno y le había reconocido capacidad legal para sustituirlo en los supuestos que determina la legislación, básicamente en caso de enfermedad, ausencia, dimisión o fallecimiento.

    Se quería cambiar el Mercado Público por motivos de seguridad para los vendedores, al estar alejados de la Casa Consistorial, y también para que los vecinos más próximos a ésta puedan gozar del Mercado al lado de su casa.

    El 6 de Julio de 1895 se consigna:

    “La Comisión de Hacienda se ocupe sin levantar mano de la formación del proyecto de presupuesto municipal para el corriente ejercicio económico.”

    Para realizarlo era de esperar que no se confiara la tarea a personas turbias, como el cobrador de consumos Nicolás Herrero, muy ducho en defraudar. La necesidad de controlar las cuentas viene determinada por esta gente, la que extraviaba fondos del Ayuntamiento. A finales del siglo XIX la gente era muy inculta y no sabía muchas cosas sobre la vida administrativa, especialmente los aldeanos, aprovechándose toda laya de especuladores y aventureros.

    Entre quienes ejercían los altos cargos se extendió la destreza del engaño: promesas de rebaja fiscal, de exoneración del servicio militar, ofrecimiento de favores materiales, etc. Entre quienes ejercían el poder, un conglomerado de propietarios y letrados, y la masa popular de agricultores de variada condición, escasamente alfabetizados, se establecieron relaciones de patronazgo, el fundamento del caciquismo.

     La petición sustituía a la protesta, pero cuando se tuvo que recurrir al uso de la violencia para frenar las aspiraciones populares las cosas ya no fueron tan fáciles para los grupos dominantes. Cuando la miseria descubría el engaño la indignación podía ser feroz.

         Las cargas sobre las actividades económicas.

    Los consumos, el denostado impuesto indirecto de aquella época, gravaban pesadamente a las gentes del término municipal de Requena. En 1891 la ciudad de Requena tributó 38.645 pesetas por la abundancia de su comercio en relación a las aldeas. A propuesta del teniente alcalde Emilio García se cambió de lugar el Mercado Público, que se encontraba en la plaza del Arrabal y portal de Madrid, a la plaza consistorial desde el primero de mayo de 1891 por varias razones: alrededor de la plaza consistorial vivía más gente, pues era el centro de Requena, lo que proporcionaría mayores provechos comerciales.

    La sedería ya había pasado sus días de gloria, y las transacciones de tierras y la viticultura vivificaron la actividad mercantil de nuestra pequeña ciudad. Sus bodegas, objeto de valioso comercio, ya disfrutaban de justa fama.

    En las aldeas del término municipal de Requena también se ejercía el comercio a otra escala por su menor población y diversificación económica, lo que no las exoneraba de los penosos consumos. No siempre los agricultores de San Antonio, Campo Arcís o la Portera dispusieron de su propio alimento, y no tuvieron más remedio que pasar por las horcas caudinas del mercado público regulado. Las carnes, el vino, el aceite y el jabón pagaron los penosos consumos hasta bien entrado el siglo XX, dificultando sobremanera la vida de los más modestos y perjudicando al propio desarrollo económico comarcal.

    La organización municipal.

    Históricamente el municipio de Requena comprendía un núcleo urbano y una pléyade de aldeas desde comienzos del siglo XIX. Las históricas de Camporrobles, la Venta del Moro, Fuenterrobles, Caudete de las Fuentes y Villargordo del Cabriel se segregaron entre los siglos XVIII y XIX, formando sus propios ayuntamientos.

    El liberalismo trajo cambios muy importantes al convertir a los vecinos en ciudadanos dotados de derechos políticos. A través de la Milicia nacional participaban en la defensa local y sus votos podían determinar la composición del consistorio.

    Las restricciones censitarias de la Restauración mermaron el alcance del mensaje liberal. En la Ley Municipal de 1877 se reconoció el protagonismo de los grandes contribuyentes en la vida local.

    Se podría pensar que hacia 1890 se había forjado una minoría rectora consciente de su papel, capaz de compensar la exclusión de muchos con la gestión seria de la vida pública. De ningún modo. La desidia, el absentismo, la corrupción y la mala gestión de los servicios públicos amargaron la vida pública de los requenenses. Desde el gobierno civil de Valencia se ejerció una supervisión más política que administrativa de la gestión local, que tampoco ayudó a la sufrida ciudadanía.

    La insegura seguridad pública.

    El término municipal de Requena se extiende por una gran parte de la cuenca superior del río Magro y hoy en día es por extensión el mayor de la Comunidad Valenciana. Su seguridad fue tema de preocupación a fines del siglo XIX, abordándose los problemas de sus guardias, guardianes o armamento. El ayuntamiento y la gente que lo componía sí disponían de la seguridad necesaria para que no les ocurriese nada. En estos tiempos la gente que tenía ventajas era aquella que podía permitírselas: los ricos con propiedades y guardeses.

    Antes del despliegue de la Guardia Civil por la comarca se intentó habilitar un sistema de guardias rurales, que no prosperó en la medida de lo necesario por la falta de fondos. A diferencia de lo que aconteció en el México prerrevolucionario no se ofreció a ningún bandolero la amnistía a cambio de su ingreso en un cuerpo de seguridad. La Requena finisecular no creyó necesario pagar tal tributo.

    Los vericuetos de las cifras y los números.

    Hacia 1880 Requena no era una población rica, sino todo lo contrario. La gran mayoría de sus residentes se dedicaban al trabajo de la tierra, a la ganadería y otras actividades de lo que hoy en día podríamos clasificar como “Sector Primario”. A no ser que se exploten sus posibilidades a gran escala, no se podía ganar mucho dinero. Por ejemplo, como es obvio, una gran finca con una gran extensión de tierras aportaría gran cantidad de dinero a sus respectivos dueños, en cambio un pequeño agricultor, el cual solo poseía un reducido terreno de cultivo, no podría aportarle mucho más dinero que el que necesitaba para subsistir.

    Por si esto fuera poco, la localidad también sufría la recaudación de varios impuestos, como podía ser el del portazgo, que consistía en cobrar una cantidad de dinero por poder entrar y salir productos por las puertas de Requena. El impuesto de consumos se imponía a alimentos de consumición básica como la carne o el pan.

    Por la parte del impuesto del portazgo podemos destacar a un personaje bastante peculiar, consignado en las actas del ayuntamiento del día  7 de mayo de 1881. Éste era Don Nicolás Herrero, su administrador y recaudador. Don Nicolás hizo una petición para que se le cancelara la recaudación de consumos. Para justificarla expuso que vivía lejos de la localidad, que su familia estaba formada por sólo dos miembros y que su salario era mínimo. Tales argumentos carecen de credibilidad, puesto que no precisa su lugar de residencia, de su familia sólo dice que está formada por dos miembros sin aportar más detalles y tampoco especifica cuánto gana. Aun haciéndolo también cabe la posibilidad de que cometiera un fraude, ya que al ser él el recaudador podía decidir cobrar un poco más sin que sus superiores se enteren. Con todos estos datos podemos intuir que el ayuntamiento  negaría  a Don Nicolás su petición, siendo necesario abrir una investigación.

      Por la de los consumos también podemos resaltar al recaudador Don Nicolás Herrero. No sabemos si era familia de Don Enrique Herrero y Moral, que en su famosa Historia de 1891 sostuvo que Valencia, la capital de la provincia, obtenía de Requena el pago anual de dos millones de pesetas.

    Las reclamaciones tributarias de los impuestos condujeron a una revuelta popular en noviembre de 1880, en la que se quemó la residencia de uno de los recaudadores de impuestos, gran cantidad de papeleo referente a recaudaciones. Se asaltó a varios policías y guardias de la localidad, robándoles sus armas y municiones.

    Pese a todo hemos de añadir que los 2 millones de pesetas anuales probablemente no se llegaran a pagar en tal cantidad, puesto que Requena en ésta época no era una localidad  tan rica, y si sus respectivos ciudadanos y residentes  ya tenían muchas dificultades para poder subsistir con sus pequeños salarios y pobres ganancias, podemos intuir que pagándolo todo no les quedaría ni una miserable moneda para poder comprar alimento.

    El Ayuntamiento de Requena podía excusarse aduciendo que las arcas estaban vacías y que no recibían el dinero acordado, evitando cualquier pago con destino a la instrucción pública o a la policía local con una gran sutileza o “Elegancia Taurina”.

    En una de las Actas, concretamente la del día 16 de Enero de 1880, se planteó la posibilidad de eliminar el impuesto de consumos. Esta era una decisión muy arriesgada y que debía tratarse con una gran cautela, puesto que si se eliminaba, los ciudadanos, al tener menos impuestos por pagar, se relajarían más y estarían más felices, pero el ayuntamiento quedaría privado de una de sus mayores fuentes de ingresos. Por contra, no eliminarlo comportaría que seguiría aumentando el descontento de la población,  desembocando en revueltas. Esta última fue la decisión tomada por los dirigentes del Ayuntamiento, punto de arranque de la comentada revuelta popular del día 1 de noviembre de 1880.

    El Ayuntamiento también se centró en el cobro de todo el dinero que debían muchas al pósito, los almacenes en los cuales se guardaba el trigo para sementera y panadeo. Las fuentes de ingresos escaseaban. Nuestras cifras, por ende, siempre presentan una carga polémica que no es dable olvidar, lo que plantea una delicada pregunta.

     ¿Son fiables los documentos municipales?

    Los secretarios del Ayuntamiento redactaban una serie de actas en las que se consignaba todo lo que sucedía en la localidad y su término como protestas, carencias o déficits, lo que conllevó más de una mentira por parte de los astutos concejales. Las actas no eran públicas para muchos analfabetos carentes de conocimientos cívicos.

    Tal hecho no es sorprendente al escabullirse los más avispados de  tributar rozando o violentando la legalidad. El propio Ayuntamiento utilizó una serie de métodos para sortear ciertos pagos. Conocedores de muchas artimañas, los concejales de Requena exigieron al inspector de carnes el pago de una fianza de 270 pesetas, el salario anual de una persona de clase media. Era una medida preventiva y eficaz para no perder dinero en caso de epidemia ganadera.

    La forma de evitar el pago a la policía municipal fue ciñéndose aduciendo la letra de la ley. Una vez más hemos de considerar la documentación municipal una invitación a la crítica histórica, y no una verdad absoluta hecha acta. La metodología aconseja seguir una serie de pasos para realizar la debida investigación, apuntando la numeración del acta, el órgano que la convoca, su naturaleza ordinaria o extraordinaria, sus integrantes, deliberaciones y acuerdos.

    En nuestra opinión las actas era legales, pero no el contenido que a veces ocultaban. Los concejales supieron emplear la ley en su beneficio en aquel tiempo de caciquismo.                                                                      

    Furia requenense.

    En Requena la multitud no acostumbraba a enfurecerse, pero los impuestos llevaron a muchos a la desesperación. En noviembre de 1880 el tumulto se lleva por delante la oficina de recaudación de consumos de Requena, hace huir como alma que lleva al diablo al recaudador, quema documentos y priva de armas a los guardianes.

    Más que ejecutar se quiso dar un temible susto, capaz de poner las cosas en su sitio. Los excesos tenían que ser purgados no creando una nueva sociedad, sino poniendo a cada uno en su lugar recordándole por las bravas las nociones más elementales de la equidad y la honradez tradicionales.

    Protesta tradicional, el clásico motín, dirán algunos, que nada tiene que ver con las formas de contestación popular de la Era Revolucionaria, la del siglo XX de la Revolución soviética. Sin embargo, en los agitados días de hoy los medios de comunicación relatan los escraches a personalidades públicas que no se han comportado según lo establecido. Quizá la furia requenense sea una forma de escrache.

    Curiosamente en aquel tiempo también hubo recortes, entonces llamados economías. En agosto de 1889 se recortó la paga a los empleados municipales y la dotación del alumbrado público. Quizá la furia requenense no sea tan pretérita.

    El cambiante urbanismo de la localidad.

    A finales del XIX el callejero de Requena ya acusó los cambios del siglo. Los muros y tapiales con aspilleras de las guerras carlistas se demolieron a partir de 1880. En 1901 sólo quedaban 5 telares sederos, testimonio de los días de esplendor de la industria de la seda.

    Como resultado de tales variaciones el casco urbano se redujo a 7.400 habitantes frente a la expansión de las aldeas, que tuvieron que bregar con las dificultades vitivinícolas de fines del siglo. Las comunicaciones mejoraron, y a la carretera de Las Cabrillas, terminada en 1847 y que discurría por la actual calle Constitución, se añadieron otros avances. El 11 de septiembre de 1887 se hizo el primer viaje sin transbordo del Ferrocarril Valencia-Utiel.

    Los cambios económicos supusieron la creación de posadas y paradores que sustituían a los antiguos del camino Real de la Corte. La construcción del ferrocarril e inauguración de la estación (1875) hizo que se edificaran bodegas, almacenes y corrales, fábricas de alcohol y harina, expansionándose la población hacia el Oeste.

    La variación se reflejó en varios lugares entrañables a los requenenses. La plaza Consistorial, casa del concejo o del Ayuntamiento, se instaló en este lugar en 1851, debido al ruinoso estado de la del antiguo Concejo de la plaza de La Villa y aprovechando la exclaustración de los frailes y adjudicación a nuestra ciudad del Convento. En la nueva plaza consistorial se instaló el Huerto de los Frailes, la Glorieta vallada.

    La plaza del Portal, antiguamente llamada del Abrevadero, del portal de Castilla o de Madrid, fue conocida también como Plaza del Mercado, o de los Patos por la fuente que se instaló en 1875 sustituyendo al pilón o abrevadero. La calle del pozo, situada en el Barrio de las Peñas, se llamó así por el Pozo de la Nieve, que se instaló allí en los siglos anteriores para almacenar la nieve invernal con fines terapéuticos.

    De todos modos al finalizar el siglo XIX muchos requenenses habitaban en viviendas incómodas, con severos desperfectos y expuestas a la enfermedad. El alquiler a veces era muy caro, y la red de alcantarillado tenía mucho que perfeccionar. El deseo de mejora de los ciudadanos y la esperanza de trazar una nueva ciudad pasaron al siglo XX como la mejor herencia urbanística de la Requena decimonónica.

    Bajo la Restauración el cambio comenzó a notarse en Requena, pero bajo unas condiciones que anunciaban temibles tempestades socio-políticas, las que condujeron a la Guerra Civil.

    Fuentes documentales.

    ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA.

    Libro de actas de acuerdos municipales de 1880-82, nº. 2769.

    Libro de actas de acuerdos municipales de 1883-84, nº. 2768.