GLOSA A LA NUBE LOCA. POR RAFAEL BERNABÉU LÓPEZ.

                

                Hace ya muchos años, cuando llovía y nevaba con formalidad, diz que el carretero Trifón clamaba con el peor de los talantes: ¡Así cayera un estrónomo de las islas Incendies!, como reclamando rociadas de chuzos o pelegrinos de punta.

                También disparó con bala el angelical autor de ¡Agua, Virgen del Remedio, y piedra pa los de Requena!, o el del irreverente Cuando pico´l Tejo tié montera, lloverá aunque Dios no quiera… Pero todo esto son palabras hueras al lado del popular dicho San Juan cayó en viernes y agua nevaba.

                Sacamos a colación estas antiguallas para dar paso a los más famosos temporales de agua y piedra, hielos y escarchas, rayos y centellas que padeció nuestra comarca mucho antes que el tió Pío aporreara paredes y puertas con su garrota ofreciendo el Zaragozano y contestando a los femeninos saludos con un gentil ¡Adiós, Purisma!

 

                Para hacer boca, diremos que un terrible pedrisco devastó nuestros arrabales en 1434; y que del 17 al 20 de noviembre de 1475 descargó sobre Requena un furioso temporal del que se guardó triste memoria.

                El 13 de agosto de 1540, una pavorosa tempestad destrozó los puentes de Jalance, Santa Cruz y Regajo de Utiel, así como los del Pajazo, Castilseco, Puensaca, Vadocañas y otros. El del Pajazo, en el camino de Valencia a la Corte, fue construido de nueva planta en 1556 por Juan de Vidaña, maestro que dirigía las obras de la parroquial de Utiel. Este puente se vino abajo en 1604, reconstruyéndolo Gil de Rozas.

                Y así continuaríamos con nuevas turbonadas y avenidas, pedriscos y heladas que dejarían helados los campos y tiesos los andalés; pero vamos a limitarnos a los desastres más sonados, uno de los cuales fue, sin duda, el de la fatídica noche de Santa Sabina.

 

                Noche inolvidable aquella del 27 al 28 de octubre de 1728, en que descargó sobre la comarca una espantosa tormenta de agua y piedra acompañada de rayos y truenos.

                Y, ¡vive Dios!, que los requenenses todos creyeron llegada su última hora; pues, en los intervalos de tan furiosa prueba, es fama que por todas partes se oían patéticas invocaciones.

                Al amanecer, se organizaron los socorros en medio de un espectáculo catastrófico. El Arrabal estaba inundado, registrándose varias víctimas al venirse abajo algunos edificios.

                El agua había borrado los caminos y sendas, lindes y manantiales, hormas y puentes; arrastrando muchos árboles y cubriendo los campos de arena y guijarros.

                Según la información que se hizo, solo en obras públicas se calcularon daños por valor de 200.000 pesos. Un verdadero desastre.

                Poco después venía el comisionado real don Rodrigo de Biedma, corregidor de San Clemente; determinando sus informes la exención del pago de toda clase de tributos durante cuatro años, prorrogándose otros cuatro mediante el abono de la mitad.

                Los puentes que daban acceso a la población habían sido arrancados de cuajo. Para su construcción se impusieron arbitrios sobre la carne, vino, aceite, jabón, tiendas y mesones. Los de Santa Cruz y del Regajo de Utiel fueron construidos en 1733 por Antonio García y Mauro Minguet, invirtiéndose 20.000 y 10.000 reales respectivamente. El de Jalance tardó algo más por las dificultades del suelo, construyéndolo Agustín de Septiem por 54.000 reales. Sobre este puente se colocó una cruz y una inscripción.

 

                Y llegamos al relato de un suceso excepcional: el terremoto del 23 de marzo de 1748.

                A las siete de la mañana, un fuerte temblor de tierra que duró cerca de un Credo llenó de espanto a los vecinos; derrumbándose algunas casas.

                El temblor se repitió nueve días después, causando muchos daños en el valle de Ayora y dando pábulo a diferentes supersticiones; como ocurrió en los días de fin de siglo y del cometa Halley, en los que muchos se hicieron la última cuenta.

 

                Otras de las grandes calamidades que padeció Requena fue el Diluvio de 1805.

                En la noche del 16 al 17 de noviembre descargó sobre la comarca un devastador aluvión que arrasó caminos, manantiales y algunos puentes. La torre del Castillo se inundó, arrastrando el turbión al alcaide Sánchez Gárgola, que apareció muerto al pie de la cuesta. En su memoria se colocó allí una cruz de madera.

                Las aguas del Magro rebasaron la cruz del sólido puente de Jalance, llegando desde los Corrales a las Peñuelas…

                ¡A qué seguir relatando otras calamidades padecidas por nuestra población antes y después del memorable año de la piedra gorda!

               

                Por último, recordaremos que antiguamente, cuando los timbaleros de arriba ponían los pelos de punta a las gentes de abajo, las mujeres encendían velas y repiqueteaban las aldabas como pretendiendo conjurar el mal. Algo parecido al castellanísimo

                 Tente nublo; tente tú;

                más vale Dios que ciento tú.

                Si eres agua, ven acá;

                si eres piedra, veste allá

                a los montes Perineos

                ande no se cría pan.  

                Estampas requenenses, XV Fiesta de la Vendimia de Requena, 1962, pp. 153-158.