LA ATENCIÓN HOSPITALARIA EN LOS TIEMPOS DE CRISIS DE FINES DE ISABEL II. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                

                El crítico final del reinado de Isabel II.

                La de los Tristes Destinos abandonó España en septiembre de 1868 cuando una efervescente coalición de generales y revolucionarios se hizo con el dominio de un país descontento en lo político y aquejado de fuertes problemas económicos y sociales, en parte por razones muy propias, en parte por la incidencia de la coyuntura internacional depresiva del momento.

                En 1868 Requena tenía unos 12.081 habitantes, de los que se consideraron a efectos fiscales pobres unos 3.429. La decadencia de la sedería, las malas cosechas ocasionadas por los hielos y los problemas de exportación convirtieron los años finales del reinado de Isabel II en una pesadilla para numerosos requenenses, lo que forzó a muchos de ellos a buscar colocación en Valencia y Madrid, pues la construcción de caminos municipales no alivió la falta de ocupación.

                En este momento, el cólera morbo asiático volvió a presentarse aquí. El 21 de agosto de 1865 se declararon veinte casos del mismo y los más acomodados optaron por marchar de Requena, lo que contribuyó a paralizar los trabajos agrícolas e industriales, ahondando la atmósfera de miseria. Ignacio Latorre ha cuantificado en 825 los afectados por el mal, gran parte de ellos pertenecientes a las clases trabajadoras, falleciendo 460. A 12 de septiembre el delegado especial del gobernador civil declaró limpio el casco urbano de la temible enfermedad. A tales problemas tuvo que enfrentarse la junta de beneficencia requenense, cuyo más importante activo, el hospital de pobres que ocupaba el antiguo convento de San Francisco, fue asediado con requerimientos financieros y exigencias asistenciales inexcusables.

                Un establecimiento crediticio.

                En una Requena casi ayuna de establecimientos financieros, el hospital se convirtió en el centro de atención de una serie de emprendedores, deseosos de lograr un préstamo para sus negocios. El acuerdo financiero de 1859, a propósito de la liquidación del patrimonio inmobiliario del hospital por la junta de bienes nacionales, le daba una apariencia de solidez que no pasó desapercibida.

                Las peticiones no fueron pequeñas, precisamente. El 6 de marzo de 1865 pidió al hospital de pobres Juan Gualberto Montés un préstamo de 4.000 reales al 7% de interés. Otro individuo que requirió otro préstamo, de 10.000 reales al 7%, fue Estanislao Gil el 4 de octubre de aquel mismo año. El 20 de septiembre de 1866 Francisco Maña pidió al 8% unos 7.000 reales. El municipio también se mostró dispuesto a contar con su dinero, pero con otras condiciones.

                Los riesgos del préstamo a las autoridades municipales.

                El 15 de marzo de 1865 el presupuesto de 12.000 reales del colegio de San José se quedó corto y al final se gastaron 19.000, que no pudieron ser asumidos por el ayuntamiento, que propuso que el hospital asumiera el compromiso.

                Ciertamente, la corporación municipal pasaba por unos momentos de grave falta de fondos, hasta tal punto que aquel mismo año se encomendó al agente del colegio de Madrid Francisco Moreno Cañas que reclamara los créditos de las acciones del mortecino pósito en el antiguo Banco de San Carlos. A 31 de diciembre se le contestó que como en 1837, momento de la extinción del viejo pósito, no se había encontrado capital, no había dividendos.

                A 24 de diciembre del 65 la junta de beneficencia tuvo que recordarle el reintegro de la cantidad, algo bastante complicado de lograr si tenemos en cuenta que en el presupuesto municipal de 1866 se apuntó un déficit de 136.893 reales.

                Los medios de captación de fondos.

                El 18 de marzo de 1865 los socorros domiciliarios ocasionaron nuevos dispendios y se intentaron lograr más fondos a través de las juntas parroquiales. A 26 de mayo de 1866 se requirió la ayuda de la predicación del obispo de Cuenca. El citado acuerdo financiero de 1859 se agrietaba.

                Poco a poco, se volvió a considerar la recepción de legados testamentarios, especialmente de señoras del círculo más adinerado de Requena, como doña Juana Oria de Rueda, cuya donación se recibió el 4 de septiembre de 1867.

                Las condiciones hospitalarias.

                Desde el hospital, pese a todo, se intentó estar a la altura de los tiempos. El 26 de mayo de 1868 hubo serias dudas sobre el influjo de los efluvios de la entonces novedosa iluminación de petróleo sobre los enfermos.

                A 2 de mayo del mismo año se acordó construir un lugar escurado o más cuidado en el departamento alto del edificio del que fuera convento de San Francisco. En consonancia con ello, el 29 de julio se adquirieron veinte camas y sus correspondientes veinte mesitas de noche de madera. Se pensó aislar cada unidad con mamparas de lienzo, lo que indica que se estaba creando el precedente de una moderna unidad de cuidados intensivos.

                Las personas a cargo del centro.

                Al veterano médico Rafael Tortosa se le encomendó la dirección honorífica del hospital y su puesto de atención a los enfermos fue cubierto por Pascual Ripollés. Otro buen conocedor de la institución fue su patrono el sacerdote José de Castro Otáñez, designado así el 27 de septiembre de 1865. Sin duda, los problemas del hospital no vinieron de la carencia de experiencia o de dedicación, pese que hubo habladurías a comienzos de 1866 que el depositario Hilario Montés viajaba demasiado a Valencia.

                La intervención del gobernador civil fue inevitable en algunos puntos, como cuando ordenó en abril de 1866 la recogida de pesos y medidas, en una época con fuerte sentido metrológico. Desde el gobierno civil, se siguió con preocupación la marcha de los acontecimientos de Requena, exigiéndose informes sobre el abastecimiento de la población. A 29 de julio de 1863 las reservas municipales de grano para capear un periodo de carestía se reducían a menos de noventa fanegas y 938 reales de fondos de maniobra. En 1865 fue el que nombró al ayuntamiento y ante la marcha del consistorio de nuestra localidad ante el cólera (con la honrosa excepción de José Sánchez Montés) tuvo que acudir el gobernador civil el 1 de septiembre de 1865 para encargarse de la situación.

                Los resultados humanos.

                El 11 de diciembre de 1867 preocupó la conducción de los cadáveres de los pobres al cementerio. La pobreza se encontraba muy extendida en Requena, en un tiempo en el que para muchos la asistencia social se reducía a una simple limosna todavía, al modo antiguo. Desde esta perspectiva, la labor del hospital de pobres resultó encomiable y a veces verdaderamente titánica.

                Bibliografía.

                LATORRE, Ignacio, “Requena en los tiempos del cólera: una sociedad frente a la enfermedad”, Oleana, nº. 28, 2014, pp. 91-122.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO DE LA FUNDACIÓN DEL HOSPITAL DE POBRES DE REQUENA.

                Actas de la junta de beneficencia de 1838 a 1880.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Libro de actas municipales de 1865-68, nº. 2775.

                Libro de documentos del pósito, nº. 1301.

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