LA GUERRA DE DON ÁLVARO DE MENDOZA. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                Un hito de la Historia de Requena.

                El yugo partido por la mitad de nuestro escudo simboliza la lucha de los requenenses por sus libertades contra el conde de Castrogeriz, como es bien sabido. Domínguez de la Coba nos transmitió en la medida de sus posibilidades y habilidades un relato en el que aparece la celestial figura de San Julián combatiendo a los del conde. Herrero y Moral no dejó de ensalzar el movimiento con ciertos toques de drama histórico, Serrano Clavero lo tuvo en mente en piezas oratorias como la dedicada en homenaje al general Pereyra el 16 de agosto de 1925 y Bernabéu aportó solidez documental a este episodio de nuestra Historia, que también interesó a Pérez Carrasco en sus pesquisas de investigación.

                Los documentos coetáneos se refieren a este episodio histórico como la guerra de don Álvaro de Mendoza. Entre 1465 y 1470 ningún Mendoza tenía el título de conde de Castrogeriz. Ciertamente entre aquellos años se libró un importante enfrentamiento en Requena, pero con unos perfiles más complejos de lo que a veces se ha presentado, según corresponde a una Castilla en convulsa transformación.

                Las rentas y la autoridad real.

                Desde comienzos del siglo XIV, al menos, el dinero pagado por viajeros, animales y mercancías que transitaban por el puerto seco de Requena había ido a parar a distintos particulares e instituciones como el cabildo de los caballeros de la nómina con el beneplácito de los reyes, que de esta manera recompensaban a sus seguidores más fieles o al menos atraían a los más renuentes a su causa.

                Hace años Miguel Ángel Ladero Quesada apuntaba la importancia de las rentas aduaneras en la zona de Cuenca, cada vez mayor a medida que nos adentramos en el siglo XV como consecuencia del comercio con el reino de Valencia.

                El 18 de abril de 1434 don Juan II se dirigió desde Valladolid a los recaudadores, arrendadores y cogedores del puerto seco y a los guardas de las sacas y las cosas vedadas para que respetaran, bajo pena de incurrir en su ira y del pago de diez mil maravedíes, los privilegios de juro de heredad del concejo de Requena y de otros.

                Los juros de heredad eran rentas a percibir sobre los ingresos de un impuesto, susceptibles de transmisión familiar. Los recaudadores del puerto no siempre tendrían el dinero esperado a mano y los guardas de sacas y cosas vedadas pondrían trabas a la libre circulación de moneda de un lado a otro de la frontera castellano-aragonesa.

                En la primera mitad del siglo XV el dinero del puerto seco atrajo el deseo de propios y extraños, haciendo muy apetecible el dominio de Requena.   

                La gran rebelión contra Enrique IV.

                Hernando del Pulgar sentenció en Los claros varones de Castilla que la rebelión contra Enrique IV era un castigo de Dios por su pasada rebeldía contra su padre Juan II. En teoría el rey de Castilla disponía de una amplia autoridad, pero en realidad la alta nobleza la puso en tela de juicio con demasiada frecuencia en el Cuatrocientos. Los grandes magnates no tuvieron un programa alternativo al cesarismo real y en líneas generales aspiraron a disfrutar de los mayores ingresos y prebendas de la Corona, lo que perjudicó muy seriamente los intereses de los concejos y de sus oligarquías.

                En 1464 el entonces favorito del rey don Enrique, el marqués de Villena don Juan Pacheco, fue postergado por don Beltrán de la Cueva y en mayo puso en pie contra el monarca la Liga de Alcalá de Henares. Comenzaba una dura guerra civil en la que muchos poderes de la zona conquense se decantaron por Enrique IV.

                El 27 de junio el concejo de Cuenca pidió al obispo fray Lope de Barrientos que dejara  de pelearse con don Juan Hurtado de Mendoza. Enrique IV ordenó el 21 de septiembre que las fuerzas de Cuenca, Requena, Uclés, Moya, Huélamo y Huete formaran una hermandad y se pusieran a las órdenes del obispo. Por el contrario, en noviembre se confederaron Ruy Díaz de Mendoza y su hijo Álvaro de Mendoza con el marqués de Villena.

                La suerte de la guerra quiso que a principios de abril de 1465 el obispo Lope de Barrientos cayera en manos de tropas del de Villena en Uclés. En su ausencia se encargaron de regir el obispado y de defender la causa de don Enrique hombres como el provisor don Alfonso García de San Felices, maestreescuela de Calahorra, y don Pedro de Barrientos, sobrino del obis

                 Sin embargo, el 5 de junio la figura del desdichado Enrique IV era escarnecida en la farsa de Ávila, pero al menos consiguió atraer a su partido a los poderosos Mendoza. El 16 de junio don Ruy Díaz de Mendoza recibió el pleito-homenaje en la iglesia de San Nicolás de los representantes de Requena, enajenada de la Corona junto a Mira.

                ¿Conde de Castrogeriz?

                Nuestros relatos más usuales titulan a don Álvaro de Mendoza como conde de Castrogeriz, quizá como apunta César Jordá Sánchez porque sean más tardíos que los acontecimientos.

                Don Álvaro era hijo de Ruy Díaz de Mendoza, hijo a su vez del almirante del mismo nombre, perteneciente a una rama segundogénita del gran linaje de origen alavés de los Mendoza, que tanto peso alcanzó en el área conquense. Sus acciones políticas se encaminaron al engrandecimiento personal y el de su estirpe, apoyándose en el poder real según les convino.

                La burgalesa Castrogeriz, en la Ruta Jacobea, entró a formar parte de sus dominios en 1452 al permutarla con el marqués de Villena por Iniesta. Ahora bien, no le fue reconocida  como condado a Ruy Díaz hasta 1476 por los reyes don Fernando y doña Isabel. A su hijo Álvaro no corresponde llamarlo conde con propiedad hasta 1479, una década después de los acontecimientos tratados aquí.

                En Requena fue don Álvaro el que llevó el peso de la acción, desdibujándose con frecuencia en los relatos la figura de su padre.

                La insurrección contra don Álvaro.

                Pronto chocaron los nuevos señores con sus vasallos y el 28 de febrero de 1466 el rey propuso la avenencia circunstancialmente. El control sobre los ingresos del puerto seco se encontraba en el corazón de la discusión como acredita la presencia del alcalde de sacas Hernán de Moya en las negociaciones.

                La situación no mejoró y al calor de la guerra civil Enrique IV adoptó una postura más resuelta contra los Mendoza. A finales de 1466 parte de los requenenses habían tomado las armas contra ellos a favor de la reintegración a la Corona. El 4 de enero el rey se dirigió a los concejos y a las hermandades del obispado conquense, en especial a Cuenca y Moya, para que los auxiliaran con sus huestes. El provisor episcopal podría tomar el dinero necesario de las rentas reales para la campaña.

                El 5 de enero el rey retiró los poderes sobre Requena a los Mendoza y el 22 del mismo mes instó a sus autoridades a rendirla a su autoridad, aduciendo la falsedad de las provisiones mendocinas. Nuevamente nuestra villa recibió la promesa de no ser enajenada del real patrimonio.

                Mientras tanto en Requena había estallado una guerra entre sus vecinos y moradores.

                Los partidarios requenenses de los Mendoza.

                Don Ruy y don Álvaro tuvieron seguidores de relevancia local, que les guardaron la fidelidad jurada. En 1480 los reyes don Fernando y doña Isabel reconocieron como tales a Martín Iñíguez de Zárate, Miguel Sánchez de Adobes, su esposa, Juan de Adobes, su esposa Isabel Sánchez, sus hijos Francisco, María y Juana,  Alfonso Sánchez de Campillo, Alfonso de la Patilla, Pedro Cárcel, Martín de la Cárcel, Juan Zapata, Juana de Zapata (esposa de Pedro Muñoz), su hijo Alfonso Muñoz, Violante Zapata (esposa de Lope Ruiz), sus hijos Alfonso y Cristóbal Ruiz, Martín Sebastián, Miguel Mateo, María Marqués (que fuera esposa de Pedro de Adobes), Gonzalo de la Rica, su esposa Eloísa Sánchez, sus hijos Juan y Pedro y Fernando Illán.

                Vemos claramente cómo los lazos familiares influían decisivamente en los políticos, lo que fortalecía las banderías o parcialidades que agitaron la vida municipal de Requena y de otras localidades hispanas. No las hemos de entender en clave de grupos cerrados e impermeables al cambio, sino como coaliciones de linajes unidos entre sí circunstancialmente por razones muy concretas. Era habitual que fortalecieran esta alianza con juramentos de fidelidad tan del gusto de la época.

                La parcialidad de los Zapata, los Cárcel, los Adobes y otros secundó al alcaide Martín de Zapata y a Juan de Adobes, hijo de Bartolomé Sánchez de Adobes, citados expresamente por Pedro Domínguez de la Coba.

                ¿Qué motivos los impulsarían? Por un lado la rivalidad con otros linajes, como el de los Comas, por el control del concejo. No hemos de olvidar, además, que desde finales del siglo XIV los Zapata se enfrentaron con el concejo en nombre de los caballeros de la nómina por su codiciada parte en las rentas del puerto seco, el gran objeto de deseo de tantos. Es muy probable que los Mendoza llegaran a un acuerdo favorable con ellos.

                La intervención del provisor del obispado de Cuenca y San Julián.

                En febrero de 1467 tomaron posiciones en territorio requenense las tropas partidarias de Enrique IV bajo el mando del provisor Alfonso García de San Felices o Saélices y el capitán don Juan de Figueroa.

                Ya el 19 de aquel mes se instó al alcaide del castillo y de la fortaleza Martín de Zapata a la rendición en once días como máximo so pena de privación de sus oficios. Su respuesta fue tan contundentemente grosera como negativa. Al día siguiente, los carmelitas fray Juan y fray Pedro tampoco recibieron de Ruy Díaz de Mendoza una contestación afirmativa.

                Nuevamente el pregonero Bartolomé García leyó el mandato real el 21 y el 23 desde el torrejón del palenque cercano al castillo, donde se situaron el provisor episcopal, el capitán, Alfonso Sánchez de Requena y el alcalde de la villa.

                La documentación coetánea diferencia con claridad el castillo de la torre emplazada enfrente, la fortaleza de la villa. Los mendocinos dispusieron de importantes artillerías, pertrechos y bastimentos. Eran tan capaces de arrostrar un asedio como de hostilizar la villa lanzando proyectiles desde sus posiciones.

                Ante tal situación, los realistas tomaron posiciones en el mencionado torrejón, la torre donde se veneraría a San Julián Mártir, situada precisamente en la plaza exterior del castillo, si seguimos a don Pedro Domínguez de la Coba.

                Los recientes estudios de Juan Carlos Pérez García en Crónicas históricas de Requena demuestran con gran nitidez que el culto a San Julián sirvió para fortalecer la imagen de Requena como comunidad leal a la monarquía, sin ningún género de fisuras, en momentos muy delicados de nuestro pasado como al atribulado siglo XVII.

                Según los padres jesuitas Antonio Quintanadueñas y Bartolomé de Alcázar, el que fuera segundo obispo de Cuenca, el también santo Julián, fue antes provisor del arzobispado de Toledo, llevando sobre sus hombros su pesado gobierno en los difíciles tiempos de la batalla de Alarcos. Alfonso García se sentiría probablemente identificado con él y durante los enfrentamientos invocaría su protección y ayuda.

                La idea de las intervenciones celestiales en batalla no había decaído precisamente entre los cristianos del siglo XV. Los portugueses dijeron ver señales divinas antes de su derrota ante Tánger en 1437. Sintomáticamente San Julián apareció en el lugar donde se emplazó el torrejón del palenque, lugar de exhibiciones caballerescas que junto a las evoluciones militares de 1467, que no conocemos aún con el detalle deseado, ayudarían a convertir al San Julián del provisor en el de Antioquía, cuya aparición se dataría en el siglo XVII el 7 de enero de 1469. Domínguez de la Coba lo haría justo un año antes. En ambas propuestas la guerra se suponía a punto de ganar.

                En todo caso, los orígenes de su culto se remontaron a una época marcada por la discordia entre los requenenses que siguieron fidelidades contrapuestas. Por aclarar queda todavía el papel que pudieron desempeñar en este asunto los carmelitas, emisarios del provisor ante los contrarios.

                Tablas militares e intervención del marqués de Villena.

                Los mendocinos batieron las posiciones de los realistas desde el castillo. Sus trabucos, similares a las catapultas, ocasionaron enormes daños en las casas de la villa. Se quemaron algunos de sus tramos y se libró una guerra urbana de posiciones muy similar a la de Cuenca años atrás, también desgarrada por las parcialidades. Unos y otros se sirvieron de las rentas reales para sus propósitos, pues los combates distaron de ser baratos. Los aventureros de toda laya se vendieron al mejor postor a la hora de luchar. Algunos vecinos cayeron cautivos y se exigió de sus familias acrecidos rescates según una costumbre muy arraigada.

                En aquella Requena en discordia comenzó a maniobrar una notable personalidad, la de don Juan Fernando Pacheco, el célebre marqués de Villena, cuya figura tan pocas simpatías ha suscitado en series televisivas como Isabel. Señor de Utiel desde 1444, fue un político astuto atento a su engrandecimiento personal, algo muy común entre los magnates de la época. Cercana a su marquesado, Requena reforzaría enormemente su poder en la frontera con el reino de Valencia.

                El de Villena privó a su yerno don Rodrigo Alonso de Pimentel, conde de Benavente,  de la posibilidad de ser maestre de Santiago, ya que forzó su elección en Ocaña en 1467. En cierta compensación le cedió un juro de heredad anual de 35.000 maravedíes sobre las alcabalas de Requena, lo que no dejaba de ser también una manera de reforzar sus posiciones frente a los mendocinos al implicar las fuerzas del de Benavente.

                En aquel mismo año evitó participar en la segunda batalla de Olmedo. Tras la sospechosa muerte del primer Alfonso XII de nuestra Historia, se reconcilió en el verano de 1468 con el débil Enrique IV, que el 22 de abril había agradecido a Requena su defensa contra los de Mendoza con la concesión de un mercado franco de alcabalas y otros gravámenes los jueves de cada semana.

                Los mendocinos no habían conseguido quebrantar la resistencia de sus oponentes, pero todavía no habían sido vencidos y conservaban el castillo y la fortaleza. Pasada la guerra civil, sin embargo, su posición se encontraba debilitada. Pacheco estaba en condiciones de movilizar los recursos de la Orden de Santiago. El comendador Pedro de la Plazuela, alcaide de Uclés, fue el primero en entrar en liza contra aquéllos, por lo que exigiría después compensación sobre las arcas regias.

                El primero de julio de 1469 don Álvaro de Mendoza aceptó negociar una tregua por medio de don Luis Hurtado de Mendoza con don Pedro de Barrientos, señor de Serranos y sobrino del conde de Alba don García Álvarez de Toledo. Duraría hasta finalizar diciembre con la condición que don Álvaro y don Pedro tomaran las rentas de la villa y su tierra, con sus diezmos y aduanas, excepto las alcabalas y tercias reservadas para el pago del juro del conde de Benavente y el de la villa de 2.000 maravedíes (reconocido expresamente por el rey el 22 de agosto de 1468). Nuestro concejo pondría sus fieles en la aduana con sus guardas para administrar y suministrar el dinero.

                De cualquier forma, la tregua no se antojaba tan firme y Pacheco aspiraba a algo más a medio plazo. El 6 de julio llegó a una concordia defensiva con las autoridades municipales de Requena, presentándose inteligentemente como el defensor de la Corona.

                Se comprometía a recuperar las fortalezas de Requena y Mira. Tomada la requenense, la tendría el marqués de juro y fidelidad. Para lograrlo, nombraría un capitán que restituiría al concejo puertas, torres y fortificaciones sin tomar rehenes. Las rentas reales, en consonancia, sufragarían el dispendio de sus tropas.

                En principio Pacheco se comprometía a mantener Requena en el real patrimonio sin quebrantar sus privilegios y fueros, guardando su honra y respetando los propios y las rentas del monarca, incluyendo las de carácter eclesiástico. Tampoco se entrometería en el corregimiento ni en la designación de oficios de alcaldes, alguacil y regidores, útil procedimiento para controlar la vida local.

                La parcialidad contraria a los Mendoza lograba una serie de concesiones, pues los compradores de bienes de los traidores como don Alfonso García, Antonio de Calahorra, su viuda y otros no podían ser privados de sus adquisiciones.  

                La laboriosa resolución del conflicto.

                La presión surtió su efecto y el 6 de septiembre de 1470 don Álvaro se resignó a entregar sus derechos sobre Requena y Mira. Claro que el 27 del mismo mes Requena, con los derechos del puerto, sería entregada al nuevo marqués de Villena a cambio de las villas del Infantado, pues era “villa de más renta que las tres del Infantazgo”. Nuevas luchas se oteaban en el horizonte.

                Otros protagonistas de las luchas también lograron compensación. Don Pedro de Barrientos consiguió la alcaldía de sacas de Cuenca y Requena finalmente el 28 de marzo de 1476.

                El deseo de 1471 de poner orden en la hacienda real, en consecuencia, no resultó nada fácil. A don Fernando y doña Isabel les aguardaba una ardua labor, máxime cuando algunos no se conformaron con el resultado, como el descabalgado don Álvaro de Mendoza.  El 29 de junio de 1486 el concejo convirtió a Martín de Comas en su procurador en la demanda de Álvaro de Mendoza para compensación de gastos. Los reyes advirtieron el 26 de marzo de 1487 al arzobispo presidente de su audiencia y chancillería y a sus oidores que no atendieran la demanda, pues sería agraviar a una villa que había padecido mucho durante la guerra. El 28 de febrero de 1504 se absolvió finalmente a Requena del pleito y se le dio por libre.

                El provisor Alfonso García de Santa Felices se tuvo que enfrentar durante mucho tiempo a una existencia amarga. Hasta la primavera de 1477 no consiguió que el guarda mayor de la ciudad de Cuenca Juan Hurtado de Mendoza le permitiera entrar en la ciudad, ya desprovisto de la dignidad eclesiástica citada, a instancias de los reyes.

                La reconciliación entre los vecinos tampoco fue sencilla y hasta 1480 no se perdonó a los mendocinos por los reyes. A finales del siglo XV los Cárcel volvieron a tomar asiento en el consistorio con los Comas, lo que no evitó futuros problemas.

                La consecución del equilibrio entre el cabildo de los caballeros de la nómina y el concejo, entre la oligarquía local y los grandes magnates y entre éstos y la autoridad real se logró con enormes dificultades entre los siglos XV y XVI. La guerra de don Álvaro de Mendoza fue uno de sus más destacados episodios requenenses.

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                Libro de Mira y otros asuntos, nº. 1381.

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                COLECCIÓN PÉREZ CARRASCO, Referencia antigua 2º/2. Años de 1467 a 1469.

                Imagen, no exenta de idealismo, de una batalla por una ciudad en el siglo XV.