LA RESTAURACIÓN NO RESTAURÓ LAS FINANZAS DEL HOSPITAL. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

                

                La vida política española.

                La Restauración ha sido a veces presentada como un intento de proseguir de forma más apacible la vida pública española tras los sobresaltos del Sexenio, según los criterios formales del entonces admirado parlamentarismo británico. La historiografía ha puesto en claro las fuerzas sociales que la promovieron y el funcionamiento real del llamado sistema canovista.

                Antonio Cánovas del Castillo, alma de la Restauración, fue un conservador inteligente que quiso evitar los pronunciamientos militares para acceder al gobierno al modo del reinado de Isabel II. De forma tasada, supo hacer concesiones, que le valieron la inquina de los más acérrimos. Las elecciones del 20 de enero de 1876 siguieron las pautas de la Constitución de 1869, por sufragio universal masculino, y arrojaron una mayoría conservadora. Tuvieron carácter constituyente. El 30 de junio de 1876 se promulgó una nueva Constitución, que perduró con altibajos hasta 1931. Bajo un sufragio censitario masculino, los conservadores lograron la mayoría el 20 de abril de 1879. Fue práctica corriente que el rey encargara formalmente la presidencia del gobierno a una figura destacada para que se fabricara la oportuna mayoría parlamentaria en las elecciones. Se buscó disponer de una oposición respetuosa y partícipe del sistema, y en marzo de 1880 bajo la égida de Sagasta se fundó el partido liberal, que en las elecciones de 1881 los liberales tuvieron su mayoría, que en abril de 1884 pasó a los conservadores de forma concertada.

                La Restauración pretendió el control del territorio español en connivencia con las oligarquías locales, fundamento del caciquismo. Desde 1808 las revoluciones en España habían dado pie al alzamiento de juntas locales, que más tarde la nueva autoridad desarticulaba por todos los medios. Muchos españoles entendieron el municipio no solo como una instancia administrativa, sino también en clave de espacio de libertad ciudadana. El régimen restaurador se inclinó claramente por la primera opción. La ley municipal del 2 de octubre de 1877 redujo el cuerpo electoral de la inmensa mayoría de las localidades españoles a los varones mayores de veinticinco años que residieran al menos dos años antes allí, pagaran contribución o dispusieran de un título. En toda población con más de 400 habitantes solo serían elegibles los mayores contribuyentes y en la de más de 6.000 el rey nombraría el alcalde entre los concejales, renovados cada dos años.

                Requena a comienzos de la Restauración.

                A Requena, con 13.527 habitantes en 1877, se le aplicó este sistema. A 19 de diciembre de 1876 ya se había ordenado la renovación total de ayuntamientos y la correspondiente formación de listas electorales según los nuevos criterios políticos.

                Todavía muchos particulares reclamaban indemnización económica por los materiales que se les tomaron de sus domicilios y fincas para la fortificación de la ciudad ante los carlistas. Con unas finanzas exhaustas y una población cansada de los conflictos, el fin de la guerra civil fue un verdadero alivio que fue más allá de la felicitación oficial al gobierno del 22 de febrero de 1876.

                Con independencia de las disposiciones sobre el gobierno municipal, los ayuntamientos continuaron arrastrando un sistema de financiación ineficaz y perjudicial para el vecindario, el de los consumos sobre los productos de primera necesidad, oficialmente reimplantados en 1874. El 30 de enero del 76 ya se nombró una comisión de peritos repartidores de los consumos. La situación se agravaba si tenemos presente la situación de pobreza de demasiados requenenses y la prestación municipal de servicios asistenciales y sanitarios, atendidos por la junta de beneficencia de la que dependía el veterano hospital de pobres.

                Todas estas dificultades no coartaron la ilusión de crear una Requena mejor, más acorde con las comodidades de la nueva sociedad de la segunda mitad del siglo XIX. Se redactaron ordenanzas de aguas, se proyectaron nuevos caminos comarcales junto al tendido de una línea de ferrocarril entre Valencia y Cuenca, se quiso disponer de un nuevo alumbrado público con aceite universal y se pensó en alzar una estación telegráfica y una plaza de toros.

                Esperanzas fugaces.

                El 14 de abril de 1876 el hospital ingresó la suma de 48.000 reales en concepto de las láminas u obligaciones del Tesoro Público. Al menos el 22 de abril se pudieron reparar los baños de cinc y las estufas del hospital, y también se otorgó un préstamo de 48.000 reales a Eusebio Ramos al 6% de interés.

                A 7 de octubre del 76 se reclamaron los intereses por las láminas. Se consideró, no obstante, el 16 de noviembre la solicitud de nueva prórroga de Nicolás Pardo de su préstamo de 24.000 reales para vender mejor sus fincas.

                Un balance harto provisional.

                El 20 de enero de 1877 la recepción del patrimonio de Nicolás Cantero supuso la entrada de 298.409 pesetas, pero el panorama, de todos modos, era menos halagüeño.

                Entre 1860 y 1882, según datos de Francisco Comín, el total de deuda pública en circulación pasó del 63% de la renta nacional al 182%, mientras el Estado osciló entre el 10´9 y el 13´2% de gasto en la susodicha renta. Hemos de tener presente, a título de comparación, que a comienzos del siglo XXI la deuda en circulación era el 56% de la renta y el gasto de 26´1%.

                No se cobraron más estancias de militares. A 27 de marzo solo se habían percibido 138 de las 672 pesetas de los censos. Tampoco el ayuntamiento pagó las deudas contraídas durante la pasada guerra carlista.

                Los arreglos de la deuda pública y las economías.

                El 8 de mayo, por desgracia, se redujo a un tercio la cantidad de 28.000 reales anuales de las láminas al 3%. Las economías o los recortes del Tesoro Público comenzaron a imponer su imperio.

                Entonces los gastos superaron a los ingresos. Se acordó en junta la bajada de las asignaciones, la supresión de plazas como la de ayudante (ocupada por Francisco Novella) y prestar al 8% de interés.

                Se decidió el 4 de agosto que al farmacéutico se le asignaran 1.200 reales al año, unos 200 menos. Los facultativos percibirían a partir de ese momento diariamente cuatro reales, el médico tres, el cirujano uno y la misma suma el contralor.

                Las ejecuciones de deudas.

                El 28 de octubre de 1878 se embargó al endeudado Miguel Pardo. Blas García Pedrón se encargó de tal operación y tuvo en cuenta que ya había recolectado la uva y elaborado el vino. Juan Gualberto Montés sufrió la misma circunstancia.

                El 16 de junio de 1879, nuevamente, se insistió en cobrar anteriores adeudos.

                Los intentos de enderezar la situación.

                El 23 de agosto de 1879 la alcaldía recayó en Canuto Gil Navarro, que presidió la reunión de concejales como Juan Carretero, Andrés Donato, Narciso Moral, Antonio Cervera, José Royo o Benito Jordá. En la  junta de beneficencia tuvo asiento el veterano Norberto Piñango, histórico del progresismo requenense y muy activo durante el Sexenio.

                En este ambiente de conciliación entre las distintas familias liberales, auspiciado desde la cúspide, se intentó llevar a cabo una mejora de la gestión asistencial. Se decidió que las reuniones de la junta se celebraran los miércoles a partir de las 20.00 horas. No obstante, el 27 de agosto se reconoció la dificultad de equilibrar el presupuesto.

                Los remedios propuestos no difirieron de los anteriores. El 2 de septiembre de 1879 se autorizó el préstamo al 8% a Antonio Pérez Sánchez en compañía de sus dos hijos. Se cuestionó el 22 de octubre al contralor Nicanor Sisto. El 29 de noviembre Piñango volvió a reclamar haberes en Valencia.

                En estas circunstancias, se comenzó a estudiar el origen histórico del hospital de pobres. El 12 de febrero de 1880 Piñango fue encargado de investigar la fundación del hospital en la documentación conservada en iglesias como la de San Nicolás, secundado por Juan Valero y José García Sisternas. Es muy probable que pensara en reivindicar el patronato municipal. Sus pesquisas no dieron fruto y el 19 de marzo de 1880 se reconoció el patronato del cura párroco de San Nicolás según el antiguo Consejo de Castilla.

                Más tarde, con la aprobación del nuevo reglamento del hospital del 9 de abril de 1881 y de la donación de María Moral y Penén de 28 de diciembre de 1892 la institución entraría por otros derroteros.

                 Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO DE LA FUNDACIÓN HOSPITAL DE POBRES DE REQUENA.

                Actas de la junta de beneficencia de 1838 a 1880.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Actas municipales de 1875-76, nº. 2771.

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http://cronicas-historicas-de-requena.webnode.es/news/los-aprietos-del-hospital-de-pobres-durante-la-iii-guerra-carlista-y-despues-por-victor-manuel-galan-tendero/