LA SOGA. POR PEDRO MONTOYA GARCÍA.

                                                 LA SOGA

 

Por encima de la soga, allí, la cara demacrada de Justiniano por las quemaduras, con la lengua ligeramente sacada. Sus ojos miraban a ningún lugar con una sonrisa de satisfacción al no sufrir más dolores; por debajo, el cuello alargado sujetaba su cuerpo tieso. Sin duda, un cadáver colgaba en el corral, en el mismo sitio donde se cuelga a los animales para preparar la matanza.

Mi hermana, al ver el cuerpo de quien ya nunca sería su marido, quiso de inmediato bajarlo, para evitar el trágico balanceo corto seguía sujeto el cuerpo. Segundo la detuvo con el brazo; se dirigió a su hermano:

—Dionisio, ¿qué es este delito?, padre no podía levantarse. ¿Por qué le has ayudado a colgarse?

Mi hermana con el escalofrío en el cuerpo al escuchar esa inesperada pregunta, miró a Segundo asustada: era un asesinato.

—Padre así lo quiso. La muerte canalla disfrutaba de verlo en tanto dolor y no entraba en la casa para llevárselo hasta hubiera sufrido por demás. He sido un buen hijo.

Dionisio, sentado junto al cuerpo colgado de su padre, con una mano acariciaba el pie del cadáver entretanto no levantaba la vista fija en el suelo.

—Durante los dos últimos días no mentó ni media palabra, no más algún sonido, quejas de dolor… No pudo pedirte lo mataras.

Segundo miraba a su hermano ido, desde el sorteo de los quintos la locura le había hechizado. Dionisio seguía callado.

—¡Dionisio!, ¿has colgado a padre?

Al escuchar esa pregunta, Dionisio, poseso de furia, se encaramó hacia el lugar donde era costumbre colgar las escopetas las familias: sobre el cincel de la chimenea. Al ver sus intenciones, Segundo se apresuró todavía más rápido a detenerlo, tiempo justo le llegó para no dejar a su hermano encañonarse a sí mismo; forcejearon con las cuatro manos luchando por llevarse la escopeta, mientras mi hermana se apoyaba en la pared, quieta y paralizada por el pánico no tuvo valor ni para salir escapada del corral. Segundo, más alto, con más fuerza, logró apartar la escopeta y cuando cañón apuntaba al techo, disparó el arma, no había pólvora en la cazoleta. Dionisio dejó de hacer fuerza, Segundo lo aprovechó para darle una manotada a su hermano en el pecho, con tanta furia para tumbarlo sin remisión.

—¡¿Por qué has matado a padre, hi de puta?!

—Necesito ocho mil reales para pagar la redención de las quintas, debo ingresarlos en el Banco de San Fernando o me mandarán a buscar preso por desertor, no me presentaré en la Caja de Reclutas, ¡no!, ¡no!, ¡no!, ¡antes me mato!

Segundo se llevó las manos a la cabeza: «¡Ocho mil reales! ¡Madre de Dios!». Eran muchos, muchos años de trabajo de su padre y hermanos para ahorrar esa suma. Se llevaría gran parte de todos los sacrificios de tantos años de la casa. Justiniano, su padre, nunca hubiera cedido ocho mil reales (tantos caudales, desde luego no) para pagar la redención del alistamiento de cualquiera de sus hijos. Sin ningún remordimiento, dejaría al vástago le correspondiera vestir el uniforme allá donde le tocara, en guerra o paz y que Dios quisiera darle buena fortuna. Justiniano no accedió a gastar ningún real en los funerales de los hijos dejaron este mundo, con la mortaja y tierra encima bastaba: «Los reales, para la comida de sus hermanos vivos».

El miedo llevó a su hermano a rematar al padre.

—Dionisio, desgraciado, padre no dejó escrita ninguna herencia. Somos once hermanos; tus hermanas van a querer partir… cuando tengan cuatro perras mirarán de dejar las casas donde sirven. La parte de la herencia de padre no te va a llegar para darte los ocho mil reales, ni incluso junto a la mía. Vas a enterrar a tu padre y vas a tener que alistarte.

Al terminar de decir esto, Segundo con furia fue a golpear de nuevo a su hermano… pero se paró y descolgó el cuerpo de su padre.

Dionisio, sentado, rompió a llorar, pidió el abrazo de su hermano.

—¡No quiero ir a filas!

 

 

 

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