LA SOMBRA DE LOS COMUNEROS EN TIEMPOS DE FELIPE II. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                

                ¿Una Castilla silenciosa?

                Año de 1583. Felipe II se encuentra en el ápice de su poder. Se ha proclamado rey de Portugal y de sus extensos dominios. Sus ejércitos ganan terreno en los rebeldes Países Bajos. Los metales preciosos indianos llegan con generosidad a Sevilla. El mundo parece suyo. Inglaterra no se atreve a declararle abiertamente la guerra, Francia se desangra en las guerras de religión y el Turco tras Lepanto ya no se conduce con los mismos bríos.

                Antes del revés de la Invencible, de las alteraciones de Aragón y de las censuras veladas de algunos procuradores en las Cortes de Castilla a la política real, se produjeron unos serios incidentes en Requena contra la autoridad local, que demuestran que aún se temía al espectro de los comuneros en una Castilla más activa de lo que a veces se ha supuesto.

                ¿Un expansivo siglo XVI?

                El siglo XVI no fue idílico ni para Castilla ni para Requena, pero conoció una importante expansión demográfica y económica. La ganadería rindió grandes beneficios.

                En Requena se adehesaron valiosos terrenos, lo que redundó en provecho de los propios, que en 1531 ingresaron 646 ducados, en 1543 unos 759, en 1556 unos 1.121 y en 1573-74 alcanzaron los 1.801. Es decir, el crecimiento nominal durante aquel período fue del orden del 178%, mientras que el precio del trigo subió en un 78% entre 1531 y 1589. En otras palabras, descontando los factores inflacionistas la expansión económica fue una realidad.

                De 1543 a 1556 el peaje pasó de 26 a 107 ducados y el pontaje de 20 a 85. Requena tuvo la capacidad de pagar por el servicio ordinario y extraordinario aprobado en las Cortes de Valladolid unos 554 ducados, frente a los 1.939 de Cuenca y su Tierra, o el 49% de sus ingresos concejiles.

                En 1574 el comercio y la ganadería permitieron a Requena diversificar sus ingresos. Las asaduras y el estiércol le rindieron 124 y 12 ducados respectivamente. El municipio todavía controlaba en líneas generales sus términos, especialmente de la Redonda, cuyas licencias ganaderas proporcionaron 63 ducados. La leña también se cobró, como la del ardal de campo Arcís a 6 ducados. Al mantenerse esta disciplina comunitaria las penas por el incumplimiento de las ordenanzas rindieron 36 ducados.

                Tal supervisión impidió que la ganadería devorara a la agricultura. Cultivos y rebaños se complementaron de hecho. El estiércol proporcionó un buen abono a los campesinos. Los beneficios de la hierba de la Vega sirvieron para componer sus vitales azudes. Florecieron las viñas y sus rentas ya se emplearon para sufragar el servicio real de 199 ducados. Los beneficios de los arrendamientos de las viñas a veces se destinaron al Pósito, que también proveyó de dinero en 1563 al municipio para comprar cerca de 5.000 pies de morera del valle de la Alfándiga, repartidas entre los vecinos para plantar en la huerta.

                La roturación de nuevos terrazgos.

                Desde 1546 algunos particulares venían ocupando tierras para panificar en nuestro  accidentado término. Este movimiento cobró fuerza hacia 1576, inquietando sobremanera a la Mesta, que en 1586 logró que el juez de mestas y cañadas condenara a los requenenses.

                Se ocuparon unos pocos pedazos de tierra campa, de varios bancales, de algún ejido y de muchos fragmentos de las veredas que conducían al reino de Valencia, emplazándose entre el Romeral y las fuentes de Rozaleme, el carrascal de San Antonio, Realame y su hondón, la Albosa, la rambla de Venta del Moro, Sevilluela, Camporrobles y el Rebollar.

                 Al no disponer de la preceptiva merced real, se obligó a los particulares a devolver las tierras. Semejante disposición, sin embargo, no era factible y se conmutó la pena por el pago global de casi 70 ducados. Aun así los requenenses reclamaron ante la Real Chancillería de Granada, que en 1589 les dio la razón y determinó la devolución de aquel dinero.

                Los conflictos con la Mesta también fueron frecuentes. En 1590 exigió de Requena casi 80 ducados por dos dehesas. De 1594 a 1600 se acrecentó el adehesamiento y vedado del área de Las Cañadas, antes consagrada a la Mesta, con doscientas fanegas de sembradura. El Honrado Concejo reclamó, pero la villa de Requena se salió con la suya en 1611 aduciendo el perjuicio para su carnicería, viajeros y mercaderes.

                La bonanza se evapora.

                En la década de 1580, cuando Felipe II logró los dominios portugueses, las cosas empezaron a torcerse para las gentes de este rincón de Castilla, como si la expansión estuviera alcanzando techo y las exigencias tributarias del rey comenzaran a pesar en exceso. Las defunciones (con todas las reservas a las fuentes) aumentaron, pasando en la parroquia de El Salvador de 45 registradas en 1576-80 a 193 en 1586-90.

                Los ingresos de los propios y arbitrios descendieron de 1.865 ducados a 1.369 entre 1578-79 y el siguiente ejercicio. En este punto sería más correcto hablar de merma de sus entradas que de dificultades económicas generales. La enajenación de algunos bienes municipales en favor de particulares o de la flamante comunidad franciscana y la menor efectividad en el cobro de las deudas la ocasionaron. Sin embargo, la situación no remontaría a partir de entonces y en 1585-86 las entradas se estabilizaron alrededor de los 1.195 ducados. Durante más de un siglo no se volverían a repetir los magníficos resultados de la década de 1570. De 1581 a 1584 sus alcances tocaron los números rojos tras unos años en los que parecía abundar el dinero.

                Las dificultades se cernieron sobre los requenenses también en materia alimentaria, pese a vivir en un punto crucial de las rutas frumentarias de las Españas. El Pósito, encargado de proporcionar simiente y pan en caso de necesidad al vecindario, pasó de destinar 2.412 ducados en 1570 a 9.516 en 1587, un esfuerzo enorme. Si en 1571 disponía de un fondo de maniobra de unos 2.042 ducados, arrastraba en 1589 un pasivo de 3.023.

                El malestar contra la gestión municipal.

                El concejo estuvo dominado por una minoría oligárquica que copó las regidurías, que a veces tuvo que arrostrar el descontento de otros grupos por el reparto de las cargas fiscales, la gestión de los recursos u otros asuntos. El corregidor participó en estas discordias de manera intensa.

                La vida municipal estuvo plagada de incidencias. En 1561 el potentado Juan Pedrón se opuso al corregidor Lezcano en su juicio de residencia. En 1563 Luis Pérez sufrió sus iras cuando le mandó una noche a sus sicarios paniaguados. El 15 de octubre de 1573 se tomaron cuentas a los regidores Juan de Comas, Juan Pedrón, Pedro Ferrer y Luis de la Cárcel. La hostilidad también se dio en el seno de los mismos linajes, que fueron entroncando entre sí,  y en 1583 el arcipreste Juan Pedrón tuvo que responder de la muerte de Luis de la Cárcel.

                Precisamente en 1583, en un momento de apuro para las cuentas municipales como hemos comprobado, se produjo una importante alteración en Requena contra el regimiento.

                La alteración.

                Requena no era un remanso de paz y en su juicio de residencia Lorenzo de San Pedro, que fuera su corregidor, tuvo que dar cuenta de la agitación promovida por algunos contra la autoridad.

                Presentaba el licenciado la villa alborotada en dos bandos. Cosme Lázaro y Tomás Romero, capitostes de una de las parcialidades, agitaron al común. Incluso los viejos no acostumbrados a llevar armas se sumaron al tumulto.

                Contra los regidores se lanzaron palabras afrentosas, acusándoles de mala gestión de los recursos municipales. Se acusó al corregidor de connivencia con ellos, negándose a hacer justicia.

                Para calmar los ánimos se buscó la asistencia eclesiástica, pero Cosme Lázaro no sólo desoyó la llamada a la concordia, sino que mandó al infierno a los regidores.

                Al final remitió el alboroto, acogiéndose al sagrado de las iglesias algunos de sus promotores como Francisco Preciado y Alonso de Berlanga. No se vertió sangre, pero la voz se alzó mucho.

                El temor a las Comunidades.

                En todo momento el corregidor se presentó ante el rey como una víctima de la maledicencia de sus adversarios locales, cuya enemistad se había ganado por ejecutar justicia.

                Sus juntas perturbaron la estabilidad de la república o sociedad organizada, que para gobernarse bien necesitaba de la diferencia de estados según el corregidor. Al temor a la subversión social se añadió además el de la política.

                El favor a los pobres no debía de pasar por levantarlos contra los mayores en forma de Comunidad.

                El desenfreno del Común o de la mayor parte de los vecinos pecheros conducía a la Comunidad. Tomás Romero se atrevió a apellidarlo o convocarlo militarmente contra los regidores, como si de una urgencia se tratara.

                Como podemos ver el miedo a las Comunidades de principios del reinado de Carlos I todavía estaba presente a finales del de su hijo Felipe II. Desde una localidad se desafió el orden social garantizado por una determinada forma política, la del autoritarismo real. Las apreciaciones del corregidor San Pedro se corresponden con la valoración de Joseph Pérez sobre los comuneros.

                La personalidad de los agitadores y las consecuencias del alboroto demuestran que las palabras del corregidor fueron algo más que una manera de desacreditar a sus enemigos y de reivindicar su actuación.

                Los grandes agitadores.

                Los grandes promovedores del tumulto fueron Cosme Lázaro, su hijo el bachiller Damián, Tomás Romero, Alonso Berlanga, Francisco Preciado el Mozo, Diego de la Carrera, Miguel Navarro, Juan Martínez Cantero y Bernat Zanón.

                Cosme y Damián Lázaro formaban parte de una familia que comenzaba a despuntar en la vida local. Su hombre de confianza fue Tomás Romero, capaz de apellidar a las gentes del común. Tomás captó la voluntad de Bernat Zanón, casado con una hermana de su esposa. Los lazos familiares reforzaron los de carácter político.

                A este núcleo se sumaron algunos descontentos con la vida municipal, como el escribano público Alonso Berlanga, el solicitador del Común en la Corte Miguel Navarro y Francisco Preciado el Mozo, que arrendó la renta de las viñas en 1573-74 y fue denunciado en varias ocasiones por el aduanero. El contrabando causó enormes tiranteces entre las autoridades reales y los requenenses, añadiéndose al movimiento Diego de la Carrera y Juan Martínez Cantero, acusados de matar a guardas.

                Las ambiciones familiares, en suma, se amalgamaron con el descontento de algunos con las autoridades municipales y reales en una situación crítica, adquiriendo la forma de una protesta popular contra los caballeros regidores promovida por elementos mesocráticos.

                Los consecuentes cambios políticos.

                Felipe II no consideró baladí la situación de Requena, demasiado cercana a la Corona de Aragón y en 1586 la desproveyó de su corregimiento, cuyo funcionamiento no le resultó satisfactorio finalmente.

                Consciente del descontento popular y desconfiando de los poderosos para mantener el orden auspició una reforma municipal que al final quedó en agua de borrajas. Se pretendió fugazmente acabar con los regidores perpetuos.

                En un concejo abierto del 18 de julio de 1585 los vecinos hicieron suyos los regimientos y la escribanía. El 11 de octubre de 1587 unas doscientas personas emitieron su voto individual y secreto bajo el amparo legal del alcalde mayor Espada de Alarcón. Se eligió a Fernando Pérez Sendina como primer regidor anual y como segundo a Juan Navarro de Sancho Navarro. Como diputados salieron escogidos Francisco Ruiz del Colmenar, Luis Pedrón el Viejo, Francisco Martínez Godoy el Viejo, Francisco García Lázaro, Alonso Ballesteros y Juan Mateo. Juan de la Cárcel Marcilla consiguió que lo hicieran contador.

                Entre los electos encontramos artesanos ricos, como Juan Navarro, que recibió 714 maravedíes en 1574 por una silla de respaldo para la Sala Capitular. Juan Mateo ya había sido procurador síndico en 1573. Otros no eran personajes precisamente insignificantes, como Luis Pedrón el Viejo.

                Francisco Martínez Godoy era hijo de Alonso, un comerciante valenciano especializado en el comercio de granos que depuso en 1561 contra el corregidor Lezcano. Con casa en la Albosa, informó sobre el cambio de dehesa en provecho de San Francisco y a la altura de 1586 se había apropiado de terrenos para la labranza. Francisco García Lázaro era otro potentado que acensó el pinar de la Derrubiada por la nada menospreciable cantidad de 266 ducados en 1578-79.

                Los nuevos componentes del ayuntamiento no practicaron una gestión subversiva precisamente, limitándose a llevar las cuentas y tratar ciertos temas con mayor atención. Es más, pronto se retornó al sistema de la perpetuidad. En octubre de 1588 se trató ante la Chancillería de Granada la reserva para los hidalgos de la mitad de los oficios, en 1589 el licenciado Pedro Carcajona era alférez mayor y regidor por los hidalgos, y a partir de 1590 encontramos en las regidurías perpetuas a  personas como Francisco Martínez Godoy y a desplazados en 1587 como Pedro Ferrer, Juan Pedrón de la Cárcel o Gabriel López de Almaguer.

                Demostración tardía del miedo a las Comunidades y primer aviso de la crisis social que se abatiría a lo largo del siglo XVII, la protesta de 1583 fue rápidamente metabolizada por los potentados y la monarquía. En el fondo los que protestaron sólo buscaron un acomodo mejor en su mundo, pero nunca su destrucción.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL.

                Consejo de Castilla, Consejos, 25420, Exp. 5.

                ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Documentos nº. 11498 y 11499.

                Libro de actas municipales de enero de 1587 a marzo de 1593, nº. 2898.

                Libro de cuentas del Pósito de 1570-93 (nº. 3550).

                Libro de Montes, 2 (nº. 2918).

                Propios y arbitrios de 1531 (nº. 6147), 1543 (nº. 11481), 1555-56 (nº. 11482) y de 1573-95 (nº. 4721).