LA TISIS (LA TUBERCULOSIS). POR PEDRO MONTOYA GARCÍA.

            PRESENTACIÓN NOVELA: «EL NACIMIENTO DE UNA ALDEA»

            ¿Eres un hombre o mujer del campo? ¿Es el campo parte de tu ser, sin el cual no podrías narrar tu vida?  ¿Has crecido a merced de un clima siniestro?,  bondadoso unos años y justiciero otros. ¿Has frotado tus manos  en las escarchas, cambiado tus camisas en las solanas?  Ven a la presentación de la novela «Ripias. El nacimiento de una aldea». Narraremos las anécdotas que concibieron el libro, y si tienes historias interesantes sobre la vida del campo,  acude a contarlas.

             Jueves, 1 de diciembre en el Espacio Cultura Feliciano A. Yeves.

                                          LA TISIS (La tuberculosis)

 

            El sanatorio improvisado para pobres agonizantes, donde el santo doctor en ese momento practicaba, quedaba pequeño frente a la pena tan grande que abarcaba la amplia sala. Camas cubiertas con sábanas blancas se extendían en forma de frías lápidas; sobre ellas, colgaban las notas los sanitarios, a modo de epitafios. Desde el instante me encontré ante aquella imagen, un remordimiento por pensar únicamente en mi bienestar me cruzó el corazón. No tardé, en cuanto me permitieron, pasé de egoísta enfermo a dedicado enfermero; en especial para con las pequeñas criaturas con las que compartía enfermedad y, junto a alguna de ellas, pronto escucharíamos la voz de nuestro Padre. A esos pequeños, primero que nada, dediqué mis preocupaciones y cuidados.

            El buen médico, agradecido por mis desvelos, en un empuje de sinceridad, primero me recomendó; luego con insistencia me convenció de la razón para pasar en calma mis últimos momentos en la vida. Ni la vacuna en proceso de ensayo, ni la tuberculina, ni cirugía en mis costillas ni la presión de aire para comprimir mi pulmón… ninguno de los medios terapéuticos conocidos me reportarían mejores beneficios que un sanatorio. Los pronósticos del médico sobre cómo transcurriría mi vida, predichos junto al río Júcar, cercano ya a su desembocadura, los escuchaba con el recuerdo de la comparación de Fernández de Andrada. «Como los ríos que en veloz corrida / se llevan a la mar, tal soy llevado / al último suspiro de mi vida.» Los consejos me los recetaba el señor  médico con tal franqueza, amén de estar tan bien sujetos a una indudable sabiduría médica, no permitían ni imaginar la más pequeña duda sobre la conveniencia de atenerme a su indicación. De tan buen juicio me parecieron decidí pasar los últimos días en una aldea tranquila a mitad de camino entre las nieves de la sierra y la humedad del mar. Donde el invierno no fuera duro en exceso y durante aquellos veranos me alcanzara el respirar, donde pudiera, al frescor de las noches, descansar sin padecer calor.

            Río arriba, la aldea elegida para mi retiro quedaba con paso raudo a un suspiro del curso medio del Júcar. Era la única batalla, aunque fuera poética, que en mi imaginación podía ganar al bacilo; la contienda transcurría ajustada a los pronósticos acertados del señor médico, pues tal como anticipó, mi vida así transcurría hacia la mar.

 

 

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