LA VOZ. POR PEDRO MONTOYA GARCÍA.

            PRESENTACIÓN NOVELA: «EL NACIMIENTO DE UNA ALDEA»

            ¿Eres un hombre o mujer del campo? ¿Es el campo parte de tu ser, sin el cual no podrías narrar tu vida?  ¿Has crecido a merced de los caprichos de un clima siniestro? ¿Has frotado tus manos  en las escarchas, cambiado tus camisas en las solanas?  Ven a la presentación de la novela «Ripias. El nacimiento de una aldea». Si tienes historias interesantes sobre la vida del campo,  acude a contarlas.

             Jueves, 1 de diciembre en el Espacio Cultura Feliciano A. Yeves a las 19.00 horas.

                                                 LA VOZ

 

            Sin embargo, la virtud más grande del santo emanaba de su garganta: su voz. Grandes señores de la Iglesia de todos puntos de España venían a la catedral de Valencia a escuchar las misas cantadas de don José. Sobre el altar, con su espléndida y reluciente alba blanca de mangas anchas, extendía sus grandes brazos y daba forma con su cuerpo a una gran cruz. Desde allí, como el Coloso Nerón en su pedestal, con su fina garganta cantaba los Evangelios acompasado con el órgano de la catedral y las voces puras de los pequeños del coro. Allá en lo alto de las cubiertas de la Catedral, las piedras centenarias, esas piedras férreas sujetas una a otra; esas piedras estoicas para soportar el peso de las bóvedas se tornaban frágiles para retornar las sutiles voces les llegaban convertidas en eco… un eco majestuoso… Los arcos góticos en forma de liras armonizaban el sonido a través de toda la nave central, desde el primer banco hasta el último, pegado a la torre del Micalet. Imposible para corazones frágiles soportar tal hermosura y no dejarse humanizar. Los llantos vencían no solo a las mujeres, sino también, o incluso más, a muchos hombres. Se decía en voz baja, no fuera de mal gusto, lo más cerca podía uno sentirse del Señor era al asistir a las misas de don José. Tan profundo era el sentimiento, tal era la paz sentida por los fieles ante tal don bendecido por san Pedro, que nuestro Señor Jesucristo de seguro estaría junto a sus hijos en Valencia; sin duda, Él también disfrutaría del sentimiento de paz que albergaba dentro del templo mientras sus alabanzas eran cantadas. Don José poseía el don de convertirlas en celestiales con su garganta.

            La voz de don José le sirvió de mucho: donativos, favores y prebendas se obtenían con mayor facilidad al pedirlas un pastor con tanta facilidad para conmover los corazones. El apoyo de don José y sus influencias en la Iglesia nos reportarían una ayuda inestimable, era cuasi hermano de un canónigo del Obispo; dicho Obispo, agradecido, presumía ante personas importantes de la Iglesia y de otros estamentos, de las misas tan bellas se cantaban en su catedral. Ante todas esas autoridades el párroco de El Herrero, el rechoncho de don Francisco, se avendría a dejar de molestarlos. Sobrada era la fuerza de don José para llevar a cabo la boda. Con esa idea bajaba mi hermano Fernando a Patraix.

            

 

 

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