LAS CASAS DE LABOR DE REQUENA. POR JAVIER GONZÁLEZ SEGURA.

 

 

    El tiempo y el espacio son los dos factores decisivos en la configuración de un territorio. Así pues, en el caso de la Meseta de Requena-Utiel, la gran extensión de sus términos y los procesos históricos que afectaron a la propiedad de la tierra han sido claves.

    La industrialización requenense, encabezada por la manufactura sedera, dio lugar al origen de una rica burguesía, que se dedicó a comprar numerosas partidas rurales, en las que construir casas y asentar población que cultivase las tierras y manejase los ganados. Todo ello fue a costa de la roturación de las antiquísimas dehesas, otrora importantes para la villa de Requena, así como de otros bienes comunales. Este proceso se conoce como colonización agraria.

    Entre estas pueden encontrarse aldeas, caseríos o casas de labor. La terminología puede llevar a confusión, dado que gran parte de nuestras actuales aldeas surgen del crecimiento histórico y continuado de caseríos, y estos a su vez de las casas de labor de los dichos adinerados industriales. No obstante, a lo largo y ancho del término municipal pueden encontrarse múltiples ejemplos de casas de labor aisladas, como la Casa del Císcar (ya desaparecida), junto a la Rambla de las Salinas de Hórtola; la Casa de Conejeros, al norte del término, o la Casilla del Pinar, situado entre La Portera y Hortunas, en ruinas las dos últimas.

    Es su posterior evolución la que permite aumentar la entidad de ciertas partidas rurales, dando lugar a caseríos de variable tamaño, en los cuales la propiedad de la tierra suele hallarse ya distribuida entre varias familias, aunque en ciertos casos continúan conservándose los antiguos propietarios,  como sucede en la Casa del Churro, próxima a La Portera, poseyendo casas para los trabajadores de las labores.

    Algunos de estos caseríos, condicionados por factores como la cercanía a vías principales de comunicación, o la capacidad de aumento de la superficie agrícola útil y, por tanto de las producciones agrarias, experimentaron un gran crecimiento, constituyéndose decenas de aldeas esparcidas por el término. La gran mayoría de ellas continuaron su desarrollo hasta aproximadamente 1950, año en que comienza el imparable éxodo rural hacia la capital municipal, ciudades como Valencia e, incluso, a países extranjeros. El despoblamiento fue agudizándose año tras año hasta llegar, en ocasiones, a la despoblación total actual, caso de Los Sardineros, Los Alcoceres u Hórtola. Tan solo aquellas próximas a Requena o a importantes ejes de comunicación (Carreteras Nacionales) pudieron hacer frente a tan siniestro fenómeno.

    Las casas de labor, llamadas en ocasiones rentos, y caseríos derivados de ellas superan ampliamente el centenar en el término de Requena. En su creación, una gran parte siguió un determinado esquema, con diferencias variables, en función de las condiciones hídricas y edafológicas en que se localizasen, así como su situación (solanas y umbrías).

    Este planteamiento inicial se ajusta fehacientemente al modelo que indica Adelo Cárcel en la primera parte de su Historia de La Portera (1980).

    Los edificios más destacados eran la casa del rentero, con sus múltiples estancias y, en ocasiones, la del pastor; el corral del ganado; o el palomar, éste solo presente en algunos casos. Con posterioridad, y con el auge de la viticultura a costa del deterioro del modelo productivo cerealista, surgirán bodegas de diversa entidad en función de la extensión de la labor.

    La cuestión de agua, en áreas con fuentes escasas y de caudal intermitente, se resolvía mediante ciertos elementos, atendiendo al tipo de suelo presente en la zona y el fin de la misma. En zonas arcillosas, era frecuente la construcción de charcos “de tierra”, empleados para abrevar el ganado; y de aljibes, que abastecían a renteros y pastores, localizándose ambas estructuras al pie de cerros, o en hondonadas, para aprovechar las aguas de escorrentías de los temporales y nublados. Por el contrario, en terrenos con predominancia de litología caliza, la excavación de charcos no era posible por la permeabilidad del suelo y, por tanto, no cabía la posibilidad de almacenar agua de forma permanente, optándose para ello por la perforación de pozos.

    Otro elemento fundamental fue la era de trillar, superficie llana y compactada de forma redondeada, en la cual se trillaba la parva de los cereales segados en los pedazos y acarreados los haces resultantes con caballerías hasta la misma era. Junto a ella solían plantarse algunos olmos para dar sombra durante el periodo de la trilla, los cuales han llegado en ocasiones a ser verdaderos portentos, como el de Casas de Cuadra o los de la Casilla del Pinar, estos últimos desaparecidos por la terrible grafiosis, que ha diezmado a la inmensa mayoría de los ejemplares notables de toda España. En ciertos lugares en los que el agua no abundaba, se plantaban pinos o se respetaban los ya existentes para aprovechar la sombra, caso del Pino de la Era de La Muelecilla.

    Amén de los citados olmos, solía haber en las inmediaciones del charco o del corral árboles, con el fin de proporcionar sombra al ganado en la estación estival. A menudo, eran pinos o carrascas de gran tamaño que cobijaban los rebaños del intenso calor, a la vez que se refrescaban cuando soplaba el apreciado solano. Es lo que se conoce como sesteo o sestero. Los Pinos del Sestero de la Cueva Zapata constituyen un buen ejemplo de ello.

    El enorme valor histórico y etnográfico que constituye este poblamiento disperso se ha visto, en cierta medida, en peligro de desaparición. Prueba de ello son las asolaciones de algunas de estas antiguas viviendas por sus propios propietarios, que amenazaban ruina tras su abandono décadas atrás. La mayor parte de ellas se encuentran en estado de ruina, con diverso grado de deterioro, y con el consiguiente desvalijo de elementos de cierto valor. Tan solo algunas de ellas han conservado las estructuras e, incluso, se han ofrecido como producto turístico, como puedan ser el Caserío de Sisternas, que cuenta con un reputado Museo Etnográfico; o la Casa del Carrascal, convertida en una potente, competitiva y reconocida bodega. Es este camino el que deberían de seguir muchas de ellas, que todavía mantienen un valor arquitectónico destacado, el cual podría desaparecer en un breve espacio de tiempo.

 

 

                                

 

Pino de la Era de La Muelecilla