LAS ELOCUENTES CLAVES DE BÓVEDA DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO.

                La iglesia del convento de San Francisco, que ahora alberga el Museo de la Semana Santa de Requena, ofrece al observador más curioso no pocos detalles de interés. En las claves de sus bóvedas se dispusieron una serie de figuras de alto valor simbólico. Pueden datarse en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando se potenciaron los elementos decorativos del edificio.

                Si seguimos los motivos representados desde el tramo superior del coro al más próximo al ábside, contemplamos en el primero la paloma del Espíritu Santo. Según el Evangelio de San Mateo cuando Jesús salió del agua (del bautismo), se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre Él. En las siguientes claves de bóveda se escogieron detalles vegetales, algunos ciertamente exuberantes. 

                

 

                De tradición artística clásica, los creadores del siglo XVIII los valoraron altamente. Representan la grandeza de la creación divina, cuyos admirables frutos sustentan a la Humanidad, no solo en lo físico. En la visión franciscana de la naturaleza, una verdadera mística de la contemplación de la creación, descendía la gracia de Dios sobre la misma y hacía florecer sus dones.

                Herrero y Moral rememoraba con cariño a finales del XIX la celebración de la festividad de San Antonio de Padua cada tarde del 13 de junio por los franciscanos de Requena, en la que no quedaba persona decente que no asistiera a ella, a menos de estar enfermo o trabajando en su oficio. Y añade el mismo autor:

                Todo convidaba a la concurrencia: la situación del convento, la grande alameda que procedente de la de Aranjuez lucía al frente de este edificio y a la conclusión de la cuesta o camino que a él conduce, y a la vista tan dominante y deleitable de aquel sitio, la hacían tan agradable.

                Maestros de la predicación, los franciscanos ganaron la devoción de muchos de esta manera tan grata, que no podía dejar de estar presente en la iglesia de su convento, configurada como uno sus más canónicos templos de predicación, capaces de albergar a una muchedumbre que al contemplar las bóvedas asimilaría mejor muchos de sus mensajes.

                Víctor Manuel Galán Tendero.