LAS PINTURAS MURALES DE SAN NICOLÁS DE REQUENA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

            La importancia del hallazgo.

            En el curso de las labores de estudio y rehabilitación del templo de San Nicolás de Requena se han descubierto recientemente unas pinturas murales de singular valor histórico, cuyo estado de conservación es regular.

            San Nicolás constituye un verdadero archivo arqueológico, muy capaz de enriquecer nuestro conocimiento de las épocas menos documentadas de la Historia de Requena, alegrando sobremanera a todos este hallazgo.

            Hemos de agradecer el buen trabajo llevado a cabo por el equipo coordinado por el cronista don Fermín Pardo, que lo ha hecho posible. Su difusión a través de iniciativas digitales como la dirigida por don Javier Jordá ha congratulado a todos los vecinos.

            Bien podemos decir que Requena tiene un motivo más de orgullo, que seguramente no será el último.

            Las pinturas murales.

            Pese a que una imagen vale más que mil palabras, no está de más describirlas.

            En una primera escena se aprecian de izquierda a derecha tres figuras vestidas respectivamente con ropajes blancos, rojos y azules. Cada una toca un instrumento musical, reconociéndose el laúd en la de azul y una especie de clavicornio en la de rojo. Las tres están tocadas por halos, insinuándose alas en una. Su frontalismo se aminora dirigiendo hacia su derecha las miradas de unos ojos vivaces, elaborados con sumaria efectividad. Su sonrisa es contenidamente alegre, expresando el goce de la serenidad. Una especie de turbantes cubren sus cabellos, recortándose sus figuras sobre un fondo de cromatismo rojo y azul. Sobre ellas se dispone una cartela epigráfica parcialmente conservada, redactándose en latín con la ayuda de letras capitales de elaborada decoración en los astiles, de un tipo gótico, sin desdeñar el uso de abreviaturas. Estaríamos ante unos ángeles músicos.

            La otra escena muestra una dama sobre un fondo grana. Su postura corporal expresa una cierta languidez pese a no conservarse muchos elementos de su faz. Sus hermosos cabellos rubios no se encuentran velados. Está encinta, como bien resalta la dirección de su mirada y los pliegues de su elegante vestido blanco, tomado primorosamente con recogimiento deferente por sus alargadas manos por la parte umbilical, auténtico punto cardinal de toda la escena.

            ¿Una Anunciación?

            Tal dama no sería otra que la Virgen María antes de alumbrar al Salvador. En las representaciones de su Anunciación no aparecieron los ángeles músicos junto a ella hasta que así se hiciera en la catedral de Reims hacia el 1235.

            La cuestión de la Anunciación ya consta en el no canónico Evangelio armenio de la infancia del siglo VI. Tanto en el Protoevangelio de Santiago como en el Pseudo Mateo Santa María Virgen aparecía sola sin el acompañamiento angelical.

            El valor de la música celestial.

            Sin embargo, la música de los ángeles del cielo era imprescindible en la Anunciación. El acercamiento a las armonías celestiales se consideró posible durante la Alta Edad Media a través de la sinfonía del alma. El gran San Isidoro abordó con su habitual destreza estas complejas cuestiones matemático-musicales de significación religiosa.

            La música, por consiguiente, transmitía la promesa de salvación redentora a los cristianos, vinculándose con toda coherencia a la próxima llegada del Mesías.

            La expectación del parto.

            La Santa María de San Nicolás de Requena no está a punto de concebir el fruto en su vientre, como en la Anunciación, sino de dar a luz.

            Nos encontramos en realidad ante Nuestra Señora de la O, cuya festividad de la expectación del parto del 18 de diciembre fue aprobada por el X Concilio de Toledo (656) al coincidir algunos años la celebración de la Anunciación con el tiempo de Cuaresma.

            Lo de la O se puso en homenaje de las Antífonas de la O de las Vísperas. Eran las antífonas melodías breves y sencillas que se cantaban como estribillo antes de los versículos en los servicios religiosos. La cartela superior de los Ángeles Músicos de San Nicolas de Requena sería parte de una antífona.

            El parto de Santa María Virgen.

            Quien más defendió la virginidad de Santa María en la Alta Edad Media fue San Ildefonso, precisamente el arzobispo de Toledo del 657 al 667 que escribiera De virginitate Sanctae Mariae contra tres infideles, en la que fustigó a los escépticos judíos, entonces perseguidos en la Hispania visigoda.

            La tradición se complace en recordar que la Virgen honró a San Ildefonso con sus apariciones. Cuando celebraba la Eucaristía en cierta ocasión Santa María se le mostró entronizada en un sillón episcopal. Aquel día fue precisamente un 18 de diciembre.

            Las representaciones de Nuestra Señora de la O.

            Su figura ha sido plasmada siguiendo dos grandes líneas iconográficas.

            La bizantina de la Blacherniotissa se recrea en su actitud de orante, portando sobre su pecho un óvalo que enmarca la imagen del Niño Jesús.

            La aparecida en San Nicolás de Requena se relaciona con el Apocalipsis de San Juan, en el que Santa María encinta contempla la llegada del Salvador tras los dolores del parto, gráfica alegoría del Juicio Final precedente de la llegada del Reino de los Cielos.

            El legado visigodo y la posible datación de las pinturas.

            Como hemos visto se veneró a Santa María en la Hispania visigoda, consagrándole el templo catedralicio de Toledo el 13 de abril del 587. Recaredo I, que ordenara la conversión del reino al catolicismo, obtuvo del Papa San Gregorio una imagen de la Virgen como obsequio especial según la tradición. Conocemos por fuentes históricas la mediación de San Gregorio en las guerras entre visigodos y bizantinos. Asimismo la tradición de una imagen mariana asociada a la realeza visigoda se conservó en la conquense Virgen de Riánsares, erigida en patrona de Tarancón.

            Las comunidades mozárabes, tan importantes en el territorio de Toledo, mantuvieron bajo dominio musulmán la intensa devoción hacia Santa María, el gusto por el boato ceremonial y la música sacra, y el vivo interés por la correcta interpretación del Apocalipsis, a menudo tomado en clave política presentista: las crisis del poder islámico en la Península acompañado de encarnizadas luchas en la segunda mitad del siglo IX o en la primera mitad del XI preludiarían el restablecimiento cristiano tras la Pérdida de España. Celebrada con especial afecto la festividad de la expectación del parto en el rito mozárabe, representaría aquella promesa de liberación a todos los niveles.

            Los reyes de León y Castilla asumieron el ideario de la recuperatio peninsular en calidad de emperadores hispanos, en especial tras la toma de Toledo en el 1085. Este ideario político reforzó sobremanera las aspiraciones hegemónicas del arzobispado toledano, tan bien servidas por el más que notable don Rodrigo Jiménez de Rada, cuyos bríos de Cruzada se estrellaron contra Requena en el 1219.

            Rendida Requena se homenajearía su liberación con un programa iconográfico grato al mozarabismo toledano, visto con agrado tanto por el arzobispo como por el rey de Castilla, atentos a las ambiciones de Aragón. Cierto arcaismo románico de los Ángeles Músicos junto a la sofisticación de los pliegues del vestido de Nuestra Señora de la O nos invitan a considerar el horizonte temporal de la segunda mitad del siglo XIII.

            Sobre la consagración del templo a San Nicolás.

            Desde hace siglos ha tenido fama de ser San Nicolás la iglesia más antigua de Requena, un punto que los trabajos arqueológicos precisarán con detalle. Por ahora no sabemos cuándo se inició la advocación al santo.

            El culto a San Nicolás ganó en popularidad a partir del 1087, como es de sobra conocido, y gozó de la predilección de reyes tan señeros como Alfonso X el Sabio. Fue Nicolás el santo obispo de Myra que asistiera al Concilio de Nicea del 325, donde se enfrentó con fogosidad a los arrianos, pese a no pocas recriminaciones. La tradición sostiene que en agradecimiento la Virgen lo cubrió con su velo en muestra de haber reconocido debidamente Su relevancia.

            Actualmente lo celebramos el 6 de diciembre, pero la Iglesia Ortodoxa lo hacía el 19 del mismo mes, un día después de la fiesta de la expectación del parto. Quizá por tal motivo se desplazara su celebración, estructurando de otra manera el importantísimo tiempo del Adviento. No olvidemos que San Nicolás es taumaturgo u obrador de prodigios milagrosos, siendo de gran ayuda en el camino a la perfección espiritual sus apreciados dones o regalos, tan queridos en nuestras navidades.

            Si nuestras tradiciones locales estuvieran en lo cierto, el más antiguo templo de Requena se consagró al que anunció la grandeza de Santa María, madre del Salvador, pues en tan sagrado lugar se conservó la fe, quizá por mozárabes, a la espera de la llegada del triunfo del Redentor.

            Bibliografía.

            FONTAINE, J., El mozárabe, Madrid, 1978.

            SANTIAGO DE LA VORÁGINE, La leyenda dorada. Edición en 2 vols. de fray José Manuel Macías, Madrid, 2004.