LAS VIÑAS DE FUENTERROBLES, ESCRUTADAS SABIAMENTE POR DON FRANCISCO ARROYO.

                

                Cuando alguien compra una botella de vino, muchas veces me temo que no sea consciente del enorme esfuerzo que comporta. Su elaboración ha seguido un complejo y no poco tortuoso proceso que con maestría nos muestra don Francisco Arroyo Martínez en La cultura de la viña en Fuenterrobles (Ayuntamiento de Fuenterrobles-Diputación Provincial de Valencia, 2016). Provisto con la elocuencia de los datos (la mejor carta de presentación del historiador), nos describe con sencillez cómo se han trabajado las viñas en su querida localidad. Se trata de una obra muy recomendable para todas aquellas personas interesadas por el tema, la agricultura, el desarrollo sostenible y la sociedad rural en este comienzo del siglo XXI, tan dado a hacer balances a la espera de algo más grande y mayor; apta para los estudiantes universitarios o en camino de serlo (como mis buenas gentes de Geografía de Segundo de Bachillerato), apta para todos los que nos gusta leer algo sincero y bueno.

                Lo cierto es que la viña se ha encontrado y se encuentra amenazada por enfermedades como el oídium o el mildeu, zooparásitos como el llamado sapo o la filoxera, accidente fisiológicos como la clorosis o el crecimiento de la flor, y por las consabidas heladas y pedriscos. ¡Casi nada! Son problemas muy serios que cubren de amargura los hogares de demasiados campesinos.

                Precisamente, la obra de don Francisco Arroyo es un canto al esfuerzo que históricamente han hecho los campesinos de Fuenterrobles, su gente, para alegrarse con la lozanía de los viñedos. Seguir la pista de las primeras plantaciones de viñas allí no resulta sencillo, pues una hijuela de 1724 demuestra que el magno catastro del marqués de la Ensenada no siempre nos ofrece toda la información. Cualquier historiador de la economía del Antiguo Régimen está familiarizado con el fenómeno de la ocultación fiscal, que no desapareció posteriormente como es de sobra conocido.

                El cultivo de cereal era muy importante en el Fuenterrobles de comienzos del siglo XIX, al modo de lo que sucedía en otras poblaciones españolas, pero en la segunda mitad de aquella centuria fue abriéndose paso la viticultura a impulsos de la favorable coyuntura exportadora. Las plantaciones a medias la favorecieron, y la naturaleza de las plantas de bobal acogidas a los glacis calizos de la sierra de la Avicuerca opuso resistencia a la difusión de la filoxera. Nuevas modalidades de plantaciones a medias se introdujeron a partir de 1940, lo que no dejó de favorecer a varias familias de campesinos con ciertos medios, y la Guerra Civil no devastó las viñas locales dado el alejamiento de los frentes. Sin embargo, la escasez de la postguerra y la política de la Autarquía inclinaron al cultivo de cereales, también muy necesarios para el mantenimiento de las caballerías tan útiles para la viticultura. Con maestría nos conduce el autor de 1952, año de finalización de la cartilla de racionamiento, al ápice vitivinícola de 1980, desde los labradores con carro y sin caballeriza, que ya han visto partir a alguno de los suyos a otros páramos, a la mecanización que ya no requiere de la fuerza animal y de la misma provisión de cereales.

                La Guerra Civil, como bien se indica en la obra, ralentizó el proceso de mecanización en marcha años antes. Los campesinos, en consecuencia, tuvieron que hacer buen uso de sus fuerzas físicas, de su ingenio y de su experiencia, una valiosa escuela que queda consignada con afecto por don Francisco Arroyo, que se ocupa de aspectos tan importantes como la plantación de viña en un área a tresbolillo, el empleo de distintos tipos de arados, etc. De manera serena, se hace en la obra un auténtico homenaje a la agricultura respetuosa con las posibilidades del medio ambiente, algo que hoy en día preocupa al ecologismo seguido por muchas personas.

                De manera muy personal, y discutible si se quiere, destacaría tres aspectos de la vida campesina al albur de las viñas consignados en este sustancioso estudio. La división de la herencia entre los descendientes de un cabeza de familia disminuía la riqueza de los campesinos de una familia que había accedido a la tenencia de tierras por las citadas plantaciones a medias. El minifundismo resultante no mejoró la condición de los campesinos, y se valida el aserto de que la tierra para quien la trabaja es una falsa solución cuando se carece de los debidos medios de producción (capital, abonos, aperos agrícolas, etc.). En vista de ello, se debe de acudir a la aparcería o al peonaje, y don Francisco nos recuerda que algunos jornaleros que cavaban los hoyos de las viñas llegaron a ganar hasta 7 pesetas diarias, una retribución que se distaba de pagar en otros puntos de España y que algunos se gastaban al día siguiente en Valencia, otro fino detalle de cierta mentalidad campesina cercana al carpe díem. Con el conocimiento que da el tratar a los veteranos de la viticultura local, el autor nos indica que en Fuenterrobles el ayuntamiento no establecía el comienzo oficial de la vendimia, como sí que sucedía en la Requena del Antiguo Régimen, por ejemplo. Aquella labor se iniciaba el lunes siguiente al domingo del Rosario.

                El trabajo en las viñas forjó el contemporáneo Fuenterrobles, en el que se pasó del trullo a la bodega, a la que acudían muchos cultivadores para poder comercializar su producción. Como a veces no había vendido la bodega todo el vino de la cosecha anterior, el campesino aportaba la del año presente sin haber cobrado todavía. A veces, la bodega avanzaba dinero a algún viticultor, lo que le permitía trampear en la medida de lo posible en un mundo con instituciones de crédito y seguros agrarios deficientes. Con harto esfuerzo se puso en pie la Cooperativa Santa Rita, devoción francamente elocuente, a 29 de enero de 1959. El cooperativismo en nuestra comarca fue también animado desde la Estación de Viticultura y Enología de Requena, con figuras tan señeras como Janini, pero eso no empequeñece en absoluto la abnegada labor de unas personas que pusieron lo mejor de sí en sus viñas, en sus quehaceres diarios, en el verdadero vino de la vida.

                Víctor Manuel Galán Tendero.