LLORAR EN APARIENCIA LA MUERTE DEL REY. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

 

                En la Europa del Antiguo Régimen el fallecimiento de un rey se acompañó de notables muestras de dolor, pues pasaba a mejor vida el elegido por la gracia de Dios para regir los destinos del reino. En teoría moría el padre y señor de sus vasallos.

                La forma de dar sepultura a sus difuntos y la manera de despedirse de ellos denotan cómo es una sociedad. Los ritos fúnebres, en consonancia, han interesado a los historiadores.

                El 9 de julio de 1746 llegó la hora de Felipe V, el primer titular de la dinastía borbónica, el nieto de Luis XIV que terminó reinando en España con una espantosa guerra sucesoria por medio. Héroe para algunos y para otros villano, fue un hombre celoso de su autoridad en sus mejores momentos y un tipo depresivo en demasiadas ocasiones.

                Las cosas de palacio iban despacio, máxime en aquel tiempo de comunicaciones lentas. La carta que notificaba su defunción y ordenaba la realización de exequias según lo acostumbrado llevó fecha del 26 de julio, recibiéndose en Requena el 2 de agosto. Se consignó la carta en el libro capitular del municipio, registrándose en el archivo del cabildo eclesiástico y de las comunidades del Carmen y San Francisco.

                La expresión de dolor y quebranto a través de las honras fúnebres demostraba que los requenenses eran buenos vasallos. El regidor decano don Vicente Ferrer de Plegamans fue el encargado de ejecutar las exequias.

                El día 4 comenzaron las honras. Los curas fueron apercibidos para clamorear las campanas a toques de primeras y segundas oraciones. El 5 por la mañana se volvió a hacer lo mismo.

                A las nueve horas de ese mismo día el luto revistió las casas consistoriales y los munícipes se dirigieron desde allí en procesión al Salvador, donde los recibió el arcipreste.

                En el templo se dispuso un túmulo, de gusto tan barroco, en su segundo cuerpo. Se rodeó de luces y blandones, disponiéndose en su estructura el crucifijo, varias calaveras, la corona y el cetro de evidente simbolismo. Toda honra mundana cedía ante la gloria divina.

                También se dispuso en el frontis de la iglesia un altar. Todo estaba preparado para la solemne función religiosa.

                Las comunidades religiosas sentadas en los bancos de ingreso cantaron un nocturno con música fúnebre y salmos. Tras sus responsos u oraciones de difuntos cantadas, tomó la capa el arcipreste para entonar el responso y salmo De profundis.

                Los munícipes regresaron a la sala de las casas consistoriales, donde escucharon un último responso antes de retirarse. Habían exteriorizado su dolor formalmente según las normas de una sociedad en la que la apariencia tuvo una importancia enorme. Otra cosa sería su sentir particular, que no se refleja en la documentación prudentemente.

                El 22 de agosto los compungidos vasallos tenían que mostrarse jubilosos con la proclamación del nuevo rey don Fernando. El a rey muerto, rey puesto fue a veces más complejo y formulista de lo que a veces se piensa.

                Fuentes.

                ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA. Libro de actas municipales de 1743-48, nº. 3261.