LOS NAPOLEÓNICOS EN SAN FRANCISCO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

 

                Requena cae ante las fuerzas de Napoleón.

                En enero de 1812 las tropas de los patriotas españoles no pueden mantener Requena. Batidos en Valencia y en otros frentes peninsulares, parecen a punto de perder la que posteriormente se conocería como la Guerra de la Independencia.

                La plaza requenense interesa sobremanera a los napoleónicos, enclavada en la ruta que desde Madrid y Toledo alcanza tierras valencianas, especialmente valiosa para otear la Submeseta Sur. Todo movimiento de flanqueo de las unidades españolas hacia Valencia puede ser evitado desde aquí.

                Las tropas napoleónicas.

                El genio de Napoleón ha sabido conservar y engrandecer el legado militar de la Asamblea Nacional, el de las tropas de recluta forzosa que combaten por la Nación. Sus prefectos quebrantan las resistencias locales a la conscripción, y los jóvenes de 16 a 25 años visten el uniforme militar en distantes campos de batalla de sus pueblos de origen. Los fulgurantes triunfos napoleónicos afilan su espíritu combativo, pleno de afán de botín y de gloria, compensando circunstancialmente la tentación de desertar.

                El modelo militar que en la Francia de 28.000.000 de habitantes ha tenido éxito se aplica en los dominios imperiales como el Reino de Italia o la Confederación del Rhin. Siempre contempló Napoleón con gran simpatía el uso bávaro, más barato que el francés en las grandes campañas. Originario de la levantisca Córcega, Bonaparte nunca haría ascos a la procedencia de sus generales, entre los que se contaron 70 italianos, 32 polacos, 20 alemanes, 19 ingleses e irlandeses, 18 holandeses, 15 suizos y 10 belgas. En Requena desplegaría sus talentos contra los españoles el general italiano Saveroli.

                A nadie extrañe que entre las tropas “francesas” acuarteladas en Requena encontremos unidades italianas y alemanas. A los franceses del 28º y 75º regimiento de línea, del 28º de ligeros y de los zapadores se sumaron los italianos del 2º, 4º y 6º regimiento de línea, de la artillería y su tren, de la artillería montada y de los dragones de Napoleón, además de los alemanes de los regimientos Nassau y Baden.

                Acuartelarse.

                La columna imperial de Cuenca procura aplastar la resistencia de un país sometido a fuertes padecimientos, en los que la autoridad napoleónica sólo se respeta por las armas. Tan pronto como abandona un lugar en pos de otro objetivo, retornan los escurridizos patriotas. Muy lejos quedan las buenas intenciones del rey José I, cuya autoridad no parece exceder un Madrid hambriento a punto del colapso.

                Se impone el establecimiento de una guarnición importante en Requena. Pero los alojamientos pueden acabar con la escasa paciencia de sus gentes, encendiendo con mayores bríos el fuego de la rebelión.

                Los conventos de los aborrecidos frailes, a los que se responsabiliza de instigarla, sirven de cuartel. En el Carmen la soldadesca perjudica la buena marcha del culto desde febrero de 1812 y ocasiona un serio problema de inseguridad. El espectro anticlerical de la Francia revolucionaria cobra vida en Requena, alimentando la hostilidad del vecindario. De poco sirve que se arriende para acuartelamiento la posada de don Juan Enríquez de Navarra, al que se le prometen 3.000 reales, cuyo cobro le será muy difícil.

                El refugio de San Francisco.

                Acuciado por tan sangrantes problemas, el comandante de armas coronel Menchée fija su atención en un punto elevado provisto de una buena construcción, el convento de San Francisco, habiendo sido expulsados los frailes de la seráfica orden.

                El 10 de marzo ordena obrar allí con la asistencia del sufrido municipio. Requena tendrá que enviar a los trabajos a cien de sus hombres, y otros cien más Utiel, Caudete, Fuenterrobles, Camporrobles, Mira, Villargordo del Cabriel y la Venta del Moro, provistos de espuertas, azadones, picos y picolas. Se les emplaza a las nueve de la mañana del 12.

                La administración española queda avasallada por los ocupantes, y el tambaleante corregidor no tiene más remedio que secundar la decisión. Los alcaldes de vara citarán a los trabajadores, y los alcaldes de barrio cobrarán la redención de 10 reales pagada por todo impedido y anciano. El dinero se entregaría a don Basilio Sáez, encargado de pagar a los maestros alarifes, los peones y los materiales.

                Evidentemente la concurrencia de los diputados de los pueblos ante Menchée fue más presión que negociación.

                Los sinsabores de la ocupación.

                Los gastos de guarnición se acrecentaron con los de fortificación de San Francisco, máxime cuando los recursos locales yacían en un punto muy crítico. En mayo los Bienes Nacionales se vieron como agua de tal mes ante semejante atolladero.

                Menchée intentaría ganarse la colaboración de los poderosos locales, hartos de la espantosa inseguridad de la guerra en todos los aspectos. Al fin y al cabo las tropas españolas se mostraban igual de insolentes en los caseríos a la hora de exigir las raciones de alimento.

                La conservación de la municipalidad rebajaba los riesgos de la dominación, pero entrañaba otro problema. Acostumbrados a bregar con intendentes y corregidores en materia de órdenes y tributos, los poderosos también podían burlar al señor comandante de la plaza, que se tendría que conformar con las migajas. Quedaría desacreditado ante su superioridad, empeñada en ganar la guerra en la Península.

                Ni corto ni perezoso Menchée ordena el 13 de junio que cada 24 horas un notable sería su rehén en San Francisco, sin exceptuar a los regidores municipales, que no tardarían en intrigar para ser perdonados de tal determinación.

                Transigió por pragmatismo el comandante, que a finales de 1812 se quejaría al alto mando de los movimientos de las fuerzas españolas, de las deserciones de sus soldados y de los costes excesivos de la ocupación, que cifraba en un mínimo de 4.442 reales mensuales.     

                Mientras proseguían las obras del fuerte de San Francisco, comisionándose al respecto el 3 de enero de 1813 a don Antonio Sáez y don Ginés Herrero y Cros. El día 16 se ordenaría la confección de padrones de contribución vecinal para atender a las fuerzas acantonadas y de paso.

                Los ganados del fuerte.

                De vital importancia era la provisión de animales de carga y de carne para los napoleónicos aposentados en San Francisco. Con la inestimable ayuda municipal se acordó a principios de 1813 que el número de pastores custodios del ganado del fuerte sería proporcional al de la cifra de reses.

                Cada pastor percibiría un jornal diario de 8 reales, una cantidad nada menospreciable en la mísera España de la época. Al mayoral se le asignaban 3 reales y la ración.

                El régimen hospitalario.

                Las pésimas condiciones sanitarias de los ejércitos mermaban sus filas tanto como las batallas, amenazando con extender la enfermedad entre una población muy susceptible al contagio.

                Patriotas y napoleónicos se preocuparon de mejorar la asistencia en los hospitales, lugares de curación y acogida con una larga tradición. El 16 de enero de 1813 Menchée y el concejo vuelven a colaborar en el establecimiento del régimen y gobierno del Hospital Militar existente en el Fuerte.

                El comandante de armas designaría a los facultativos, conviniendo su retribución la municipalidad, cuya base la constituirían 5 reales diarios. Para ahorrar dispendios un solo individuo ejercería las responsabilidades de dirección, control y comisaría, recibiendo 16 reales al día. Las gratificaciones extraordinarias no se permitirían.

                Se establecía una plantilla suplementaria integrada por el guarda del almacén (pagado con 10 reales diarios), el enfermero mayor (también con 10), el practicante mayor (con 8), el practicante de medicina (con 5), el de cirugía (igualmente con 5), y el cocinero de los alimentos de los enfermos (con 5 también). Los tres practicantes deberían de asistirse mutuamente.

                A los facultativos correspondería fijar el número de pacientes y asistidos, y de recetar con sello para despachar en las boticas habilitadas bajo la directa autoridad de la comandancia de la plaza.

                Al menos sobre el papel se quiso actuar con rigor, tiento y equidad.

                Los napoleónicos emprenden la marcha.

                De febrero a junio las fuerzas de Napoleón plantaron cara con determinación en el Este de la Península. Por Requena pasaron distintas unidades de su ejército, que pusieron a prueba la capacidad del hospital militar.

                Las hambrientas tropas del general Elío nunca lanzaron un ataque directo contra la sólida posición napoleónica del fuerte de San Francisco, conformándose con maniobrar contra un rival que con astucia se iba replegando, cuya caballería fue capaz de imponerse en el combate del Rebollar.

                El legado napoleónico en San Francisco fue mucho más allá del año y medio de ocupación. Dejó un fuerte que se erigiría en un baluarte de la Requena liberal contra los carlistas, un establecimiento hospitalario llamado a tener larga vida y la delicada cuestión del futuro de los franciscanos en Requena, en una España a punto de desgarrarse en el torbellino de las guerras civiles.    

                Fuentes documentales.

                ARCHIVO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Libro de acuerdos del concejo de 1808-12, nº. 2733.

                Libro de acuerdos del concejo de 1813-16, nº. 2732.     

 

 

 

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