LOS PASTORES DE LA VILLA Y CASERÍOS EN TIEMPOS DE ENSENADA. POR JAVIER GONZÁLEZ SEGURA.

    El Catastro del Marqués de la Ensenada, fechado en 1752, permitía dar a conocer la situación económico-social de cada uno de los vecinos de Requena y de sus alrededores. En este caso, el estudio de un sector de éstos, los pastores, según tal documento, revela el contraste entre sus vidas hace más de 250 años y la vida de los que conocemos en la actualidad.

    De todos los vecinos registrados pertenecientes a esta villa y a sus aldeas, 2401, eran 55 los que se encargaban de cuidar y criar la mayoría del total de las reses ganaderas, es decir, los que ejercían su oficio de pastor. El análisis para conocer más de cerca a estos paisanos y adentrarnos en su vida cotidiana se centrará en varios aspectos. Atendiendo  a su Estado Civil, de todos ellos, una sexta parte eran solteros y, el resto, casados. De estos últimos, 35 tenían hijos, unas tres cuartas partes, aproximadamente.

    En cuanto al trabajo, es significativo que, de los 55 pastores, cinco sextas partes servía en su oficio a otros, con una soldada media, en cada año, de 345 reales y medio, incluyendo el “ aorro de Cavezas de ganado”, que algunos amos apuntaban como parte del salario junto con el dinero propiamente dicho.

    Teniendo en cuenta la propiedad del ganado, dos terceras partes de estos vecinos poseían cabezas propias, mientras que el resto no disponían de ellas o, si tenían, lo era gracias al ahorro de cabezas, dispuestas por parte de los señores a los pastores, como se ha comentado anteriormente. De estos ganados propios, y si se hace una distinción en tamaños, extraemos en claro lo siguiente: predominan aquellos pequeños (de 1 a 25 cabezas), con 23 rebaños, y ocupan un lugar menos relevante los medianos (de 25 a 50 reses) y los grandes (a partir de 50 cabezas), con 7 y 9 ganados, respectivamente.

    Según las propiedades, apreciamos que solo uno de cada ocho tiene en su haber alguna viña o majuelo (viña joven, de pocos años); que prácticamente 10 de todos ellos poseen algún pedazo de huerta o alguna tierra de sembradura y que más de la mitad ha heredado o se ha hecho con casas, o parte de ellas, y/o cuevas.

    Las caballerías ocupan un lugar no muy destacado, puesto que ni la mitad de todos los pastores reunía alguna de ellas. Aquellos que sí lo hacían, tenían burros/as y burruchos/as, únicamente ganado asnal.

    La presencia de cerdos era importante, ya que una quincena de éstos poseía. Todos ellos, cebones/as, eran criados para la matanza.

    De este exhaustivo estudio podemos sacar ciertas conclusiones muy interesantes que nos ayudan a entender la vida de aquellos que solo vivían por y para sus animales. Es lógico que el número de caballerías no tuviera tanta importancia como en otras actividades agrarias, tales como la labranza o el arrastre de madera, puesto que algunos de los pastores solo precisaban de uno/a o dos burros/as para transportar el “hato” o “avío” (comida del día) durante la jornada, por aquellos lugares donde pasteaba el ganado y, durante la época de las parideras, los corderos y cabritos que fueran naciendo a lo largo del día, que se colocaban en las “alforjas” de los asnos para evitar así llevarlos a cuestas hasta regresar al corral y para evitar posibles extravíos. Bien cierto es que, de los pastores que quedan en las cercanías, son pocos ya los que llevan junto con el rebaño estos serviciales animales. Esta disminución se deba quizás a que, estos ganados, no compiten por los pastos cercanos como antaño lo hacían por la presencia de un mayor número de atajos, hoy en claro descenso, y, por tanto, que no se alejen tanto del lugar de encierre.

    Otra curiosidad que uno puede atisbar es la abismal diferencia que hay en la utilidad de entre varias especies ganaderas. Es llamativo el caso de que, de hasta 83 cabras o de dos burras no resulte ni un solo maravedí de beneficio y que un solo cebón sirva unos 18 reales.

    Este hecho denota la importancia que, a lo largo de los siglos, ha tenido el cerdo en nuestra región, de carácter tanto económico como cultural, puesto que la cría de uno o dos de ellos en cada familia, para la posterior matanza, aliviaba o solventaba las economías domésticas en la época invernal, principalmente.

    Nuestra comarca, la Meseta de Requena-Utiel ha mantenido una ganadería que se ha especializado, en el transcurso de las centurias, desde las antiguas dehesas, pasando por el auge de la sedería y por grandes extensiones cerealísticas, hasta el gran manto, verde en el estío, marrón en el frío invierno, que cubre la Vega del Magro y de otros tantos cursos de agua y que supone una real amenaza de extinción a esta primitiva actividad económica. Se trata de los viñedos, otrora escasos y diezmados por la filoxera y, hoy, el cultivo predominante en dicha zona.    

    Por todo ello, es un verdadero placer examinar estos documentos que, a pesar de las guerras que hemos sufrido en estos dos últimos siglos y medio, se han conservado y han permanecido prácticamente intactos. Gracias a éstos, podemos incluso apreciar la vida de que disponemos en la actualidad, llena de comodidades y sin apenas apuros, muy distinta de la de aquel entonces.