MIENTRAS RUEDA LA DILIGENCIA. POR RAFAEL BERNABÉU LÓPEZ.

 

                Si el bolsillo diera su consentimiento –aparte de la salud y el humor-, no cabe duda que todos iríamos de porrate en porrate como las cajas de los turroneros. Porque el viaje, entre otras muchas cosas lisonjeras, enseña, recrea y tonifica.

                Antaño, casi nadie se movía del pueblo. Sin duda, quienes más se alejaban eran los Caballeros de la Nómina del Rey en su anual recorrido por los mojones del término o los regidores de nuestro ilustre concejo suscribiendo concordias con los municipios colindantes.

                Sin embargo, nuestra situación frontera, en el llamado carril de Valencia a la Corte, reunía diariamente a numerosas carretas, galeras, literas, trajinantes y arrieros que en caravana y escoltados por grupos de gente armada, cruzaban las Cabrillas.

                Este diario pernoctar de las más variadas gentes y gentuzas forasteras justificaba el crecido número de mesones que existían desde las Ollerías hasta la calle de San Agustín; en los que, según un dicho antiguo, las pulgas saltaban del harapo a la seda. De todos estos mesones, el más distinguido era el de la Carlota, en la calle del Peso; anulado al desviarse la carretera y construir don José García Ibáñez (Capote) el inmenso parador de San Carlos.

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                En aquellos tiempos, el ideal de comodidad y rapidez lo constituían las diligencias; pese a que, salvo algún or-vive, todo se hacía reposadamente, profundamente, ceremoniosamente.

                Hace cosa de doscientos años, la poca que tenía necesidad de viajar lo hacía en diligencia, cuando no en carreta o a caballo.

                La diligencia era entonces el vehículo por excelencia; pero… Imagínense ustedes un carromato tambaleándose por endiablados caminos, entre barrizales y nubes de polvo; con mil atascos que el postillón resolvía con su látigo y la típica oratoria que dio nombre al cerro de la Hostia…

                Dentro de aquella maldita jaula, los infelices viajeros iban de un lado a otro, entre zarandeos y congojas que los ponían en trance de cambiar doblones y pesetas.

                El servicio regular de diligencias entre Requena y Valencia data de mediados del siglo XVIII.

                Nuestra diligencia era de cinco caballos y tenía su estación de servicio en el parador del Conde o del Carmen (propiedad entonces de don Nicolás García-Dávila, conde de Ibangrande); luego, en el Portal y, por último, en el de San Carlos.

                De buena mañana, unos bocinazos prevenían a los viajeros. Tras las despedidas y reiteradas recomendaciones, restallaba la fusta del mayoral, y el pesado vehículo, entre adioses y cascabeleos, abandonaba la ciudad.

                Horas después, en la venta del Relator o en Venta Quemada, cambio de caballos; pues lo de la parada y fonda no rezaba con los que llevaban avío para una semana y una bota de media arroba para distraerse de tan largo camino.

                Por la tarde, se escalaba penosamente el Portillo de Buñol, llegando los molidos viajeros a la posada de Chiva, donde finalizaba la primera etapa.

                Al día siguiente, al rodar de nuevo en pos de los paradores del Poyo y del Ciprés. El cruce de la llanada de Cheste-al-campo era ya coser y cantar.

                Al fin, el bravo conductor detenía su polvoriento carromato junto a la muralla, en la puerta de Cuarte. Y entre dos luces, la diligencia hacia su entrada triunfal en la famosa Valencia, rindiendo viaje en el parador de la Carda, próximo al mercado.

                Y los viajeros, renqueando como inválidos, abandonaban aquella maldita nave, dando gracias al Altísimo por el feliz arribo.

                Dos días después, la diligencia emprendía el regreso con nuevas víctimas que llegaban derrengadas y maltrechas a la famosa Requena.

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                Dos eran, pues, los viajes semanales de la diligencia requenense, en los que, a lo sumo, iban y venían un par de docenas de viajeros; si bien los carreteros –oficio muy lucrativo en aquellos tiempos- acomodaban a su clientela sobre pellejos de vino y fardos de seda.

                De todas formas, el viaje en aquellas condiciones debió constituir un verdadero suplicio; si se tiene en cuenta que de Requena a Valencia habían 12 leguas; a Cuenca por Mira, 22, y a Madrid, por San Clemente, 42.

                Pero el servicio de diligencias experimentó una notable mejoría en 1847, al terminarse la nueva carretera de las Cabrillas. Desde entonces se cubría el viaje de ida y vuelta a Valencia en dos fechas.

                Y, por si faltaba algo, habían sujetos de ágiles piernas que resolvían a las mil maravillas los casos urgentes. Uno de aquellos andarines era el popular Florentín Navarro (el tío Marquillo), quien es fama que abría y cerraba su trote a la capital en 17 horas.

                Luego vino el ferrocarril, inaugurado en Requena el 15 de noviembre de 1885, que no tardó en anular el tráfico carretero y cerrar las puertas de aquellas bulliciosas posadas que un día fueron alivio de caminantes.

                La llegada del motor revalorizó el rango de las carreteras. En este punto, hemos de recordar el primer automóvil que llegó a nuestros lares a principios de siglo, rugiendo y saltando como una fiera a quince por hora. Lo pilotaba el intrépido conde de Villamar.

                Hoy, tras el triunfo definitivo del motor, nadie se acuerda de las crujientes diligencias, ni de las galeras de la gente prócer ni de las tartanas del tío Gato y del tío Saluda.

                La gente tiene tanta prisa, que se lanza a velocidades suicidas sin reparar en los trágicos avisos de la muerte, agazapada en cualquier barranco Rubio o Moreno.

                Estampas Requenenses, XV Fiesta de la Vendimia, Requena, 1962, pp. 61-68.