OLVIDAD FILIPINAS. POR PEDRO MONTOYA GARCÍA.

¿¡OLVIDAD FILIPINAS!?

 

    La historia de Mariano Mediano, otro de los héroes olvidados de Filipinas, me causó un golpe tremendo muchos años atrás. El libro donde se relatan todas sus desventuras sufridas: Olvidad Filipinas, te lleva a sentir desde el interior, como una víctima más, el horror que aquellos hombres sintieron en sus propias carnes durante la pérdida de nuestra colonia; además, te obligaba a una reflexión: «¿Eran tan fuertes?»

    El pasado tres de febrero tras escuchar a los autores de Los últimos de Filipinas volví a recordar todas aquellas sensaciones. Aunque no lo he terminado, es un libro magníficamente documentado; en el cual, desde las primeras líneas te envuelven el cariño y la empatía de los dos autores a todos aquellos hombres; y esos dos sentimientos son una auténtica “puerta del tiempo” que te trasladan sin darte cuenta a Filipinas…, son esos momentos de lectura cuando realmente disfrutas de “La Historia”; donde a través de la lectura te conviertes en parte de aquellos que son “Historia” y no tan sólo de aquellos que la leen... y para cuando lo cierras, debes pellizcarte para percatarte que sigues en España, en el presente. 

                                

    ¿Cómo pudieron sobrevivir a aquel martirio?  De forma recurrente te vuelve la pregunta anterior: «¿Eran tan fuertes?»  La única respuesta atino es aquella de que eran hombres del campo. En la tierra donde nació Loreto Gallego, como la mayoría del resto de aquellos jóvenes de Baler, desde muy corta edad, y estoy hablando a partir de los ocho años, ya en sus manos podían apagar las llamas de los cigarros sin dañarse. Eran niños que podían pasar largas temporadas de siega con jornadas habituales de doce horas diarias. No era diferente en las capitales, la Ley Benot de 1873 prohibía el trabajo a menores de 10 años y establecía un máximo de horarios según determinadas edades — como digo la jornada habitual era de doce a quince—; por desgracia,  el impacto de la ley fue muy escaso en las pocas industrias del país y ninguno, en absoluto, en el campo y las minas. Sin duda: «¡Eran de acero! ». La hoz, la azada, el hacha, el cayado… los convertía en hombres de acero. Pero para soportar todo aquello, no bastaba con ser fuertes de cuerpo, debían ser también muy fuertes de mente.  Tal vez sean las dos caras de la misma moneda, no solo se endurecía el cuerpo desde pequeños, al tiempo se endurecía la mente.   

    Steven Spielberg y Tom Hanks produjeron dos series: Band of Brothers (Banda de Hermanos) y Pacific (Pacífico), en reconocimiento al ejército de tierra y la armada americana. En ambas a través de los ojos de soldados, suboficiales y oficiales retratan la crudeza de la guerra y sus secuelas… pero al mismo tiempo, rinden homenaje con nombres y apellidos reales la labor que realizaron hombres reales; y lo más destacado, sin entrar en discusiones en torno al maniqueísmo abyecto en que se ha convertido hoy en día el patriotismo “bueno” y “malo”, el patriotismo “antiguo” y el “moderno”; como si fueran excluyentes; como si no pudieran convivir los dos; como si uno hiciera malo al otro; como si don Miguel de Unamuno no hubiera desgarrado ya el alma española… 

    En la foto en la parte inferior, donde posan reunidos todos los soldados y los dos oficiales tras el regreso, ¿no destella esa foto una Banda de Hermanos?, ¿no lucharon esos hombres en el Pacífico? A nosotros nos queda una película recién estrenada llena de inexactitudes históricas, con personajes bautizados con nombres inventados, en las que se trata de suavizar la “Historia” en aquello concerniente a la heroicidad, para que no parezca demasiado “facha”; sin embargo, no duda en criticar, como es de justicia, todos nuestros defectos, nuestros vicios; en definitiva, aquellas razones de nuestra decadencia que describirían también los genios de la Generación del 98. ¡En fin!

     Mariano Mediano regresó más tarde que los “últimos”, en realidad los “últimos” no fueron los últimos, desengañado y dolido por la tragedia de aquella experiencia pidió: ¡Olvidad Filipinas!, al menos eso expresa el libro con ese nombre. No debemos, no podemos, el legado nos dejaron es demasiado grande, así lo retrata el libro Los últimos de Filipinas. Desde el favor se me ofrece en esta página, Crónicas Históricas de Requena, aprovecho para rendir homenaje a todos aquellos hombres. A Loreto Gallego García, con estas modestas palabras (no dispongo de las posibilidades de Steven Spielberg y Tom Hanks) tallo la estatua que no podemos ver en su pueblo, que aunque no sea sobre piedra y con sudor como honraría a un hombre del campo y a un gran soldado…, bueno, ¡qué le voy a contar yo de esa España desagradecida a uno de Baler!