PRETENSIONES ARAGONESAS SOBRE REQUENA Y LA CASTILLA ORIENTAL (1250-1304). POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

            Requena, objeto de deseo de castellanos y aragoneses.

            Situada en el cruce entre la Meseta y las planicies mediterráneas, Requena y su tierra fue apetecida por las grandes coronas cristianas de Castilla y Aragón. Las pretensiones aragonesas sobre las tierras requenenses no fueron anecdóticas, inscribiéndose en un ambicioso programa de expansión peninsular, que pese a no rendir los frutos deseados no dejó de existir.

            La preocupación aragonesa por el destino peninsular.

            En su Crónica el rey Pedro IV de Aragón consignó con acritud como su antiguo protegido don Enrique de Trastámara, ya rey de Castilla, evitó cumplir su promesa de entregarle Molina, Almazán, Soria, Cuenca, Requena, Moya y otros lugares, induciéndole a no entregar a su hija la infanta doña Leonor en matrimonio al infante don Juan, primogénito de Enrique II.

            A primera vista puede parecer un exceso del monarca aragonés, cegado por la ambición de haber entronizado un “títere”, alejado de toda realidad y henchido de retórica vana. Diríase que don Pedro trata de justificar un fracaso, sin más.

            El Ceremonioso no superó en ambición a su abuelo Jaime II, y sus metas siguieron el camino de los designios del Casal de Aragón en Hispania. Que no se consiguieran no significa que no se intentaran por distintos medios, pues la política mediterránea aragonesa necesitó de la peninsular para alcanzar buen puerto. Adelgazar los dominios de Castilla por el Este rendiría mayores tierras y oportunidades a la Corona de Aragón, proporcionándole una tentadora profundidad estratégica, alejando posibles incursiones contra las apreciadas Valencia y Játiva. La victoria aparejaría un equilibrio hispánico más favorable a los aragoneses.

            Jaime I y el imperio de Alfonso X.

            Aragón y Castilla compartían intereses y objetivos desde fines del siglo XI. En Tudillén (1151) acordaron combatir a Navarra y un primer reparto de Al-Andalus, sometiéndose Ramón Berenguer IV al vasallaje de Alfonso VII el Emperador. En la toma de Cuenca (1177) Alfonso VIII contó con la asistencia de Alfonso II de Aragón, quien resignó en Cazola (1179) la conquista de Murcia al rey castellano para liberarse de tal vasallaje. Ni aragoneses ni catalanes vieron con buenos ojos la obediencia a un señor supremo radicado en Castilla, con aspiraciones de autoridad imperial. Fernando III empleó la idea y los mecanismos de la cruzada para robustecerla. Su hijo Alfonso X, aspirante al cetro del Sacro Imperio Romano Germánico, la enalteció en las Partidas.

            Ante los bríos castellanos Jaime I aunó el realismo político, la ambición territorial, el sentido de la caballerosidad y el patriarcalismo en sus acciones hispánicas posteriores a sus grandes conquistas.

            La firma del tratado de Almizra en 1244 entre aragoneses y castellanos no evitó la prosecución de agrias disputas. En 1257 el realismo aconsejó el entendimiento. Don Jaime y su yerno don Alfonso suscribieron el acuerdo de Soria, fijándose la frontera entre sus dominios desde Alfaro hasta Requena y por los límites valencianos decididos en Almizra. Los daños ocasionados a lo largo de esta frontera por los unos y los otros serían resueltos por la vía arbitral.

            El buen entendimiento entre ambos monarcas se manifestó con motivo de la insurrección de los mudéjares de la Corona castellana ayudados por la Granada nasrí. Pese a la oposición de gran parte de la nobleza del Reino de Aragón, Jaime I entró en campaña contra los mudéjares sugestionado por la idea de evitar una nueva Pérdida de España a manos del Islam. Era un momento propicio para la ambición. El 21 de noviembre de 1265 estableció en la entonces castellana Alicante el orden de combate a seguir: sus hombres no atacarían sin recibir sus órdenes, se aprestarían a la alerta del “via fora”, se extremarían las precauciones nocturnas, se mantendría la concordia entre los compañeros, y se protegería en todo momento al rey. Se forjó una sólida columna, cuyo despliegue táctico se asemejaba al de los cruzados en Arsuf bajo Ricardo Corazón de León (1191), que hizo posible el triunfante resultado de la campaña murciana. Sin embargo, los éxitos del Conquistador no pusieron en tela de juicio lo acordado en Almizra y en Soria. El realismo del rey aragonés le aconsejó otra estrategia política.

            En el Llibre dels feits Jaime I opuso a los planteamientos cesaristas alfonsíes sus virtudes caballerescas, que lo erigían en el primus inter pares de todos los monarcas y señores de Hispania. No dudó en contraponer su respeto a lo acordado en Cazola (rechazando la entrega de Alicante por Zayyan en trueque de Menorca) con la felonía del entonces infante don Alfonso, ansioso de apoderarse de Játiva, así como la interesada acogida del ya Alfonso X a Al-Azraq en Alicante con su generosa respuesta ante los mudéjares murcianos en armas.

            La afortunada singladura militar y política de Jaime I le hizo asumir un notorio carácter patriarcalista. No vaciló en el Llibre en silenciar la estimable acción de su hijo don Pedro en tierras murcianas en las postrimerías del mes de agosto de 1265. Fustigó a sus hijos por no cabalgar contra Almería tras la caída de Murcia imitando los usos caballerescos de su juventud. Aleccionó en 1271 a su yerno don Alfonso en Alicante acerca de Granada y de otros temas políticos, y nuevamente le sermoneó en Tarazona en las Navidades de 1272. El egregio padre de reyes parecía más creible que el difuminado imperator hispánico.

            La porosa frontera.

            Las tierras recién ganadas a los musulmanes compartieron los mismos problemas con independencia de su adscripción a Aragón o Castilla. Las donaciones de bienes y las promesas de mejora legal no siempre retuvieron a los inquietos repobladores, prestos a conseguir fortuna en otros lugares fronterizos. Se forjaron compañías ad hoc bajo el caudillaje de los más intrépidos, que actuaron por su cuenta (bajo el influjo de la figura del Cid) o siguiendo las empresas de los reyes. En la primavera de 1266 unos cien caballeros a las órdenes de don Artal de Luna y de don Eiximén de Urrea se establecieron en el Alicante ganado por Jaime I para su yerno. De sus raciones para cinco meses vendieron 30.000 soldadas, interesándose en muchos casos más por el lucro que por el poblamiento estricto.

            La gran rebelión mudéjar que conmovió el reino de Valencia en 1276-77 tentó las ambiciones de los fronteros castellanos hasta tal punto que en 1276 don Pedro de Aragón tuvo que comunicar a los oficiales y prohombres de Requena el estado de tregua con los muslimes valencianos. Los requenenses llegaron a capturar personas y robar objetos de la comunidad mudéjar de la valenciana Chulilla, ordenando el rey de Castilla su entrega, lo que no dejó de ocasionar querellas con los vasallos cristianos y musulmanes del rey aragonés en 1277.

            Tales movimientos alumbraron una visión de la frontera entre las dos Coronas que sobrepasó en ciertos casos el trazado más oficial. En 1277 el rey aragonés notificó el favor que dispensaría a los judíos convertidos con siervos musulmanes desde Cocentaina, próxima entonces a la raya con Castilla, a Játiva y a las castellanas Alicante, Murcia, Villena, Elche, Valle de Ayora y Requena, lo que no dejaría de influir en futuras decisiones.    

            Pedro III, en la estela de Alfonso el Batallador.

            Don Pedro hizo suyo el legado de realismo, ambición, caballerosidad y patriarcalismo de su progenitor. Su espectacular empresa siciliana lo culminaría en ciertos aspectos.

            Las discordias en la corte castellana le sirvieron en bandeja la ocasión de hablar en nombre de los intereses de su sobrino don Sancho. Desde Molina de Aragón convocó en mayo de 1280 junto al susodicho a los hombres de los concejos de los obispados de Sigüenza, Osma, Calahorra y Cuenca para que acudieran en servicio militar a Calahorra el primero de junio para proteger la frontera con Navarra. Tal extensión geográfica anuncia en cierta forma las reclamaciones de Pedro IV a Enrique II. Asimismo vemos que el Reino de Navarra no escapó tampoco a las ambiciones aragonesas: en el llamamiento latía aún el recuerdo de los dominios enseñoreados por Alfonso el Batallador tras su separación de la reina doña Urraca. Dominador de Soria, en su polémico testamento dispuso sin empacho de localidades como Belorado, San Esteban de Gormaz, Almazán o Calahorra.

            Pero las realidades del poder impusieron una severísima reducción de tal mapa. El 27 de marzo de 1281 Pedro III arrancó de don Sancho en Ágreda la entrega sin dilaciones de los castillos del Poyo y de Ferrejón, y la del Valle de Ayora con sus castillos (Ayora, Palaziolos, Teresa, Xaraful, Zarra, Chalaiz y Cofrentes) a partir de Pascua de Resurrección. Asimismo cuando entrara a reinar en Castilla don Sancho entregaría al aragonés el castillo y la villa de Requena con todos sus derechos inherentes. Este acuerdo permitió establecer alrededor de Requena una zona de comunicación entre los dos, por donde sus caballeros y comerciantes podían circular con mayor seguridad. Antes de celebrar Cortes en Zaragoza Pedro de Aragón le propuso celebrar una entrevista entre Requena y Buñol el día de la Santa Cruz de Septiembre (14 del mes) de 1282.

            De todos modos el balance era modesto. La rectificación favorable a Aragón de la frontera valenciana no incluyó finalmente Requena, nunca entregada por el rey Sancho IV. Se inauguró una fallida y pretenciosa estrategia aragonesa de apoyo a candidatos al trono castellano que lejos de cumplir sus promesas se convertirían en encarnizados adversarios de sus aliados de la víspera. 

            Los candidatos aragoneses al trono castellano.

            Los problemas internos derivados de la contundente oposición de los nobles aragoneses y las complicaciones de las guerras mediterráneas, que condujeron a la guerra con Francia, impusieron prudencia frente a Castilla a la espera de días más faustos.

            Tras la decepción de don Sancho, el Casal de Aragón puso sus ojos en los apartados nietos de Alfonso X, los infantes de la Cerda. El apurado hijo de Pedro III, Alfonso III jugó tal carta en su enfrentamiento con Sancho IV entre 1289 y 1290.

            En su irrupción en Castilla reiteró el comportamiento de superioridad caballeresca acuñado por su abuelo y proseguido por su padre. Durante cuatro jornadas esperó desafiante al rey don Sancho. Atacó con denuedo los lugares que se resistieron a acatar a don Alfonso de la Cerda, tomando Serón, que juró fidelidad al de la Cerda como monarca. Allí le dejó una fuerza de mil caballeros y de muchos peones, tanto almogávares como hombres de armas, asistidos materialmente desde los puntos de la frontera aragonesa.

            El enfático Ramón Muntaner mantuvo que don Alfonso de Aragón hubiera conquistado mucho más de no haber recibido el aviso del conde de Ampurias y del vizconde de Rocabertí sobre la preparación de fuerzas en el Languedoc por el rey de Francia contra Cataluña. La experiencia de su sucesor, su hermano don Jaime, demostraría que no todo era tan elemental.

            Los imperativos de la conquista del reino de Murcia.

            Precisamente Jaime II jugó con decisión la carta de don Alfonso de la Cerda, que tomó el título de rey de Castilla. El 3 de febrero de 1295 en la villa de Serón entregó al aragonés la obediencia con todos sus derechos del reino de Murcia, Molina y Requena. Instó a sus gentes a rendirle la debida pleitesía.

            Mientras en el reino murciano los prohombres de Alicante, Orihuela y la misma Murcia juraron fidelidad a Jaime II, Requena se mantuvo fiel a Castilla. El 23 de agosto entró en nuestra localidad el ayo del infante don Juan Manuel, Gómez Ferrando, con una compañía de caballería, así como una fuerza de caballeros, ballesteros y peones comandada por Sancho Meder de Huete.

            El frente requenense fue un temible contratiempo para los aragoneses empeñados en dominar el vasto territorio murciano y en incursionar en otros puntos de la Castilla oriental. Lorca fue un hueso duro de roer, y en el verano de 1297 se tuvo que alzar un nuevo ejército en el reino de Valencia para abatirla. En aquel año se acordó una tregua real con Requena, Moya y Cañete, obligando a concejos como el turolense a respetarla escrupulosamente.

            La caída de Lorca en diciembre de 1300 no condujo al triunfo aragonés. Los castellanos reaccionaron con vivacidad, y Jaime II no pudo imponer al de la Cerda ni conseguir todo lo prometido. En Torrellas (1304) sólo logró Alicante, Elche y Orihuela. Requena había mantenido firme su castellanía.

            Fuentes.

            ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN, Real Cancillería.

            Selección documental remitida al Archivo Municipal de Requena por don Juan Pitarque Ferré.

            Pergaminos, Carpeta 142 (602r y 769r).

            Registro 10 (6r a 7r), 40 (16v), 46 (198v), 47 (89v y 106r) y 104 (51r).