PRISIÓN Y FORTALEZA, EL CASTILLO DE REQUENA. Por Juan Gómez Cebrián.

 

                La figura del castillo de Requena, con su imponente torre del homenaje, domina el paisaje urbano. Sobre su posición estratégica y sus fases constructivas a partir de un determinado momento histórico ya han escrito con acierto otros autores, reflexionando nosotros sobre aspectos de sus funciones de prisión y de fortaleza.

                El arzobispo de Toledo Jiménez de Rada no logró conquistar Requena a los almohades, pero los reyes de Castilla consiguieron hacerse con su dominio a través de los acuerdos de pleitesía. Se erigieron en los señores de la villa y del castillo, nombrando a sus alcaides siguiendo la Costumbre de España. El monarca retribuía al alcaide anualmente con fondos de su tesoro, y en caso de negligencia o desobediencia sería privado de su cargo y sometido a juicio. Una alternativa más atractiva que la de entregar tan importante castillo en feudo, en la que la alcaidía recaía en un señor con mayores atribuciones y derechos, como el de transmitirlo a sus descendientes. Magnates tan timbrados como el marqués de Villena intentaron convertir Requena en parte de sus dominios en el siglo XV, aplicando en su beneficio la Costumbre.

                Pero Requena no se desgajó del realengo, pese a intentos tan sonados como el del conde de Castrojeriz, y la justicia se aplicó en nombre del monarca. En la Edad Media no se acostumbró a imponer a los delincuentes fuertes penas de prisión, prefiriéndose castigos económicos, corporales o la privación de la vida, pero a veces se recluía a algún infractor a la espera de juicio o por una sanción menor.

                En el siglo XIV las condiciones de seguridad de la cárcel que albergaba el castillo distaban mucho de la idoneidad. No eran mazmorras infranqueables, y algún que otro preso logró fugarse al vecino reino de Valencia. Para remediar la huida impune de un delincuente se concertaron acuerdos de cooperación y extradición entre los reyes de Castilla y Aragón.

                La vida de los presos estuvo marcada entre los siglos XIV y XVII por las corruptelas de todo género y la necesidad más absoluta. Los reclusos no siempre tuvieron alimentos y mantas, pues debían de costearse su mantenimiento con sus propios dineros. Los carceleros tampoco estaban bien retribuidos, y eran muy venales a nivel general, permitiendo dormir en sus casas a aquellos que les pagaran bien. En estas condiciones la fuga fue algo más que un riesgo, con el agravante de las cuadrillas de bandidos que deambulaban por las inmediaciones de Requena. Hasta Buñol el hoy plácido camino se convertía en sumamente peligroso.

                De todos modos el rey contaba en Requena con la mayor fortaleza en doscientas leguas a la redonda. Se reconoció su importancia mucho más allá de la unión de don Fernando y doña Isabel, cuando las querellas armadas entre castellanos y aragoneses fueron pasando a la Historia. En 1497 los Reyes ordenaron pagar de sus ingresos fiscales la friolera de 97.500 maravedíes para mejorar la fortaleza. El tesorero real don Alonso de Morales destinó la fabulosa suma de 1.660.000 maravedíes en 1498 con destino a las guardas y a las artillerías. La pólvora no invalidaba al veterano castillo. En cambio el desplazamiento del centro de gravedad urbano hacia la plaza del Arrabal en la segunda mitad del siglo XVIII lo convirtió en un punto aislado, cuyas torrenteras amenazaban a los vecinos de sus faldas en tiempos de aguaceros y su soledad inquietaba a los viandantes en las noches de invierno. Hoy en día no se encierra en el castillo a convictos ni se libran batallas por su dominio, pero estudiosos, visitantes y particulares lo contemplan como uno de los iconos más queridos de Requena.

                Fuentes. Archivo Municipal de Requena, documento nº. 11.456.