PROSECUCIÓN DEL DIÁLOGO ACERCA DEL HOSPITAL DE POBRES DE REQUENA. POR ALFONSO GARCÍA RODRÍGUEZ.

 

         No era mi intención establecer ninguna discusión con Miguel Guzmán, administrador del Hospital de Pobres, sobre lo que escribí en mi anterior artículo: Noticias decimonónicas sobre el Hospital de Pobres”, sino más bien manifestar las contradicciones, imprecisiones y errores conque a veces se refieren los hechos del pasado. Cosa, por lo demás, frecuente en temas y noticias de mayor alcance que ésta.

          Cuando escribí el artículo en el mes de octubre, dije entonces que si bien estaba de acuerdo en “aclarar ciertos mitos populares” dudaba igualmente de que fuéramos capaces de conseguirlo, y creo que los hechos me están dando la razón. No obstante, me parece oportuno responder a Miguel Guzmán, puesto que si bien de la dialéctica no está claro que siempre surja la luz, precisar y explicar con detenimiento el origen de la información causante de la controversia, siempre es positivo.

           El punto adecuado para iniciar la respuesta a las puntualizaciones del administrador actual es la noticia acerca de los compradores del edificio conventual durante la desamortización de Mendizábal. En primer lugar debo precisar que lo único que sostengo acerca de las noticias sobre la compra del edificio (el convento de San Francisco) es que son confusas. Es más, después de leer las aclaraciones de Miguel Guzmán, continúo pensando lo mismo, porque tan razonable es, de acuerdo con los documentos presentados, deducir que fue comprado por unos requenenses para donarlo a la Junta de Beneficencia para su  adecuación como hospital, como que fue el Ayuntamiento quien lo compró. Lo creo porque el fin y el resultado fue el mismo. Un elemento que confirma además esta idea es la connivencia (como apunto en mi artículo y parece que Miguel Guzmán se muestra de acuerdo con ello) entre ediles, alcaldía y Junta de Beneficencia, pues eran, por decirlo con la mayor claridad, los mismos: la oligarquía que gobernaba la ciudad.

            ¿Entonces por qué la “polémica”, si es que cabe denominarlo así? Debo recordar, porque lo explico en el libro que he finalizado recientemente y en el artículo publicado en este blog el mes de octubre que, al exponer mis dudas, sólo manifiesto lo que veo en los documentos: dos explicaciones diferentes de un mismo hecho. El origen de la duda se encuentra en las publicaciones de  Bernabéu, donde narra la compra del Hospital de las dos maneras. Pero Bernabéu lo único que hizo fue relatar lo que había leído en los libros de Acuerdos, en donde se dice tanto una cosa como otra: que fue comprado por orden del Ayuntamiento y que diez años después fue cedido por unos requenenses. En mi caso lo que hago es comprobar el origen de estas fuentes y, efectivamente, en los libros de Acuerdos y de Correspondencia (Libros de Salidas) se encuentran documentos que dicen una cosa y la otra.

            Lo que desconocemos es el motivo, ¿fue una equivocación o había voluntad de ocultar quién hizo la compra? Desde luego no parece que el Consistorio tuviera  interés en manifestar que él era el comprador, ya que se sirvió de un testaferro, un empleado del Ayuntamiento. Todavía nos parece más extraño que pretendieran ocultarlo los benefactores requenenses, más aún si el dinero de la compra lo pusieron ellos.

            No podemos conocer la respuesta porque las actas del Ayuntamiento generalmente sólo nos indican los “acuerdos”. El régimen liberal no estaba asentado y la situación política era lo suficientemente complicada como para que no se hicieran demasiadas explicaciones sobre las decisiones que adoptaban los ediles ante cada problema que se planteaba. Es conveniente recordar el proceso depurativo que se hizo contra algunos ediles y funcionarios cuando se restauró el absolutismo después del Trienio Liberal, para lo que se emplearon los libros de acuerdos del Concejo.

            Hay  otra explicación, posiblemente más sencilla y que responde mejor a uno de los problemas más importantes de los ayuntamientos liberales: la ruinosa situación de las haciendas municipales. Es fácil imaginar que el Consistorio, ante la situación de deterioro en la que se encontraba el edificio del antiguo Hospital de Caridad, quiso aprovechar la ocasión que le ofrecía la desamortización para comprar el convento de San Francisco, un edificio espacioso, ventilado y apropiado para hospital, una vez reformado. Como puede leerse en las actas, la decisión la toma el Ayuntamiento, pero como sucedió con otros proyectos de ese periodo, ante las dificultades presupuestarias que las numerosas obligaciones que el nuevo régimen imponía (por ejemplo: una beneficencia y una educación pública), es más que probable que no se pudieran atender los pagos. Y aquí es donde creo que intervienen los benefactores al asumir la compra del edificio y su posterior donación para transformarlo en hospital. ¿Es necesario recordar que la Ley Municipal obligaba a los ediles a responder con sus bienes del déficit presupuestario? No hay más que leer algunas actas de los libros de Acuerdos de este periodo. 

            Otro aspecto que me puntualiza Miguel Guzmán en su respuesta es el cambio estatutario y de nombre del hospital. Y efectivamente estoy de acuerdo con él: “el hospital siempre fue el mismo”, pues aunque con denominaciones diferentes,  estuvo invariablemente bajo la tutela de la Iglesia (el patrono era el párroco de San Nicolás), como era natural en la sociedad del Antiguo Régimen. Lo que mantengo en mi artículo es que el cambio que se realizo el año 1881 no fue neutral. Fue la reacción natural del antiguo patrono para recuperar su ascendencia sobre esta institución, aprovechando una nueva coyuntura política más favorable a los intereses de la Iglesia, propiciada por el regreso de los “moderados” (el Partido Conservador) al poder.

            Requena el año 1881 era todavía un centro político de primer orden y un fiel reflejo de las luchas políticas que reportó el régimen liberal. No podemos soslayar la oposición de la Iglesia a los liberales, especialmente a los progresistas, por su política laica, por llevar a efecto la desamortización y por su intervención en la enseñanza. Pensar que los cambios son sólo de titularidad es, desde mi punto de vista, una interpretación equivocada. Cuando se modificaron los estatutos no sólo se cambió el nombre a la institución, se estaba haciendo política, de la misma manera que la hicieron los liberales cuando desamortizaron los bienes de la Iglesia o cuando decidieron traspasar la beneficencia a los municipios. Y en el siglo XIX se hizo mucha política, como reflejan los enfrentamientos ideológicos y las guerras carlistas y, en ellos, ninguna institución, y menos la Iglesia, fue neutral.

            En cuanto al último punto del comentario que hace Miguel Guzmán, no puedo decir nada más que siento que mis palabras puedan interpretarse como una crítica a la labor del Hospital o de la Fundación. Nada más lejos de mi intención.

            En mi descargo diré que desconocía parte de la labor actual del Hospital de Pobres, por eso, lo que dije al final del artículo era una obviedad para mí: “que actualmente no atiende a los pobres”. No había juicio en ello, simplemente manifestaba que el Hospital no ofrece ahora asistencia hospitalaria a la gente más necesitada y en ello no había ninguna intencionalidad. La sociedad actual, gracias a las políticas sanitarias de los gobiernos democráticos, no precisa de la existencia de este tipo de instituciones. Aunque en un futuro, no muy lejano, es posible que tengamos que necesitarlas  de nuevo.

            Me congratulo, pues, de la explicación que Miguel Guzmán nos hace de los fines que actualmente realiza la Fundación y deseo que nos sirva para conocer mejor sus actividades. Por mi parte, con las mejoras que se han realizado para el mantenimiento del edificio y evitar su ruina definitiva, me doy más que satisfecho. Si además ayudan a personas necesitadas, tanto mejor.