REQUENA, DEL VELLÓN AL PÁMPANO. Por Javier González Segura.

                Al igual que en el interior de la Meseta castellana, nuestra comarca (hoy dentro de la Comunidad Valenciana) ha experimentado importantes transformaciones en su orientación económica. Las distintas fases del cambio en la tierra de Requena han estado representadas por la dehesa, la sedería y la viticultura, sin olvidar los omnipresentes cereales.

                En las dehesas de nuestra primera gran etapa histórica, iniciada en la Baja Edad Media, crecían árboles como las encinas, las carrascas y los alcornoques, dando abrigo a los ganados ovinos especialmente que acudían a pacer en sus hierbas, rindiendo buenos dineros. Sus bellotas también eran muy preciadas. La detallada información del Catastro de Ensenada apuntó en 1753 dehesas como Cañada Tolluda, El Saladar, entre otras muchas, y registró las especies de ganado presentes en tierras requenenses, predominando los ovicápridos. Tal sistema de explotación del territorio ha desaparecido en muchísimos territorios de España, conservándose en algunas comarcas de Extremadura o de Castilla-La Mancha.

                A lo largo del siglo XVIII, de gran impulso agricultor, la sedería fue ganando relevancia, y creció el cultivo de las moreras, cuyas hojas nutrían a los valiosos gusanos. Las ordenanzas municipales intentaron protegerlas de las intromisiones del voraz ganado. Paralelamente el cereal se afirmó en nuestros campos, evitando ciertas confusiones de aprovechamiento nacidas a la sombra del sistema de las dehesas.

                La vid era una vieja conocida en nuestra comarca, pero la crisis de la sedería en el siglo XIX impulsó sobremanera su auge. La variedad autóctona de la bobal, bien adaptada a los rigores de la tierra, realizó un gran servicio.

                A comienzos del siglo XXI las dehesas, nuestras cabañas ganaderas y las moreras son un recuerdo, luchándose denodadamente por mantener nuestro paisaje de viñas, ya castigado por el éxodo rural. El viejo vellón ha desaparecido, pues los ganaderos de las pequeñas aldeas requenenses han ido abandonando sus quehaceres. Sus hijos ya no viven en la tierra de sus mayores o no desean dedicarse a tan laboriosa actividad en muchos casos. El oficio de pastor es tan sacrificado como especializado, no atrayendo precisamente a los mozos como en los grandes tiempos de la Mesta.

                La aldea de Casas de Eufemia parece una isla en este mundo transformado. Sus ochocientas cabezas ovinas también aprovechan los pastos de la cercana de los Duques, carente de ganado. Las sequías, tan peligrosas, ponen dificultades a estos luchadores de un universo que parece abocado a la extinción, pero que se niega a ser sepultado.