UN CATORCE DE ABRIL Y UN VIERNES SANTO DE 1933.

                

                Todo día festivo contiene una gran carga ideológica y simbólica. Tiene, además, la virtud de hacer partícipes a todos los seguidores de una idea susceptible de muchos matices, especialmente de los más avezados a las disquisiciones. Y lo hace de forma clara.

                El Viernes Santo tiene una honda significación para el mundo católico. Es una jornada de dolor y al mismo tiempo de promesa en la resurrección. En la Requena del siglo XVII era el día en el que las cofradías salían en procesión con particular boato, con la potestad de invitar a las autoridades eclesiásticas y municipales, lo que ocasionó a veces no escasa irritación.

                    

                La Contrarreforma insistió en estas manifestaciones de devoción, que con el paso del tiempo fueron suscitando menos entusiasmo o incluso abierto rechazo. Los liberales de la primera mitad del siglo XIX no se mostraron contrarios al catolicismo como religión, pero sí a las potestades de la Iglesia. Los más radicales de aquella familia liberal serían los padres del republicanismo, que adoptó muchos puntos de la llamada religión de la Revolución francesa, con sus homenajes a sus mártires y su exaltación en forma de figura femenina de la República, ataviada con indumentarias de gusto clasicista.

                A comienzos del siglo XX, en un momento de fuerte efervescencia cultural en el mundo occidental, el anticlericalismo y el ateísmo ganaron a muchas personas, desde republicanos a anarquistas. Algunos estudios sobre el blasquismo insisten en el magisterio de los primeros sobre los segundos en tierras valencianas. Consideraban a la Iglesia y sus creencias una rémora para el progreso de la sociedad.

                Desde los sectores católicos se intentó contrarrestar esta tendencia de diferentes modos. A veces se apostó por una movilización política de los católicos con la creación de partidos políticos de estilo más contemporáneo.

                Cuando cayó Alfonso XIII, hubo políticos de convicciones religiosas como Gabriel Maura o Niceto Alcalá-Zamora que apoyaron activamente a la República, que muy pronto tuvo conflictos con la Iglesia y parte de su feligresía. Entre el 10 y el 13 de mayo de 1931 se quemaron muchos edificios religiosos en Madrid y en distintas ciudades andaluzas, murcianas y valencianas. El mismo día 13 de mayo el cardenal Segura marchó a Roma en medio de una fuerte polémica. El discurso de Azaña del 14 de octubre de 1931, el de la España que había dejado de ser católica, también causó mucho revuelo. Los puntos de la Constitución republicana que abordaban la separación de la Iglesia del Estado y su prevención hacia los jesuitas tampoco agradaron a varios sectores católicos. Los intentos de acercamiento del cardenal Vidal y Barraquer no tuvieron éxito.

                En un punto de malas relaciones entre el gobierno republicano y la Iglesia se dio la coincidencia en 1933 del Viernes Santo con el segundo aniversario del advenimiento de la República, tan festejada en las calles de Madrid y otros puntos de España aquel 14 de abril de 1931.

                                

                La cuestión inquietó a las autoridades. En Requena, a 8 de abril, expresaron su inquietud en el ayuntamiento personas como José García Tomás, en vísperas de las elecciones municipales del 23 del mismo mes. Se temieron incidentes, pues.

                Al final llegó el 14 y no se tuvieron que deplorar actos de violencia que ofendieran al Viernes Santo o al Advenimiento de la República. Un pequeña oasis de paz en la aperreada España del momento.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA. Actas municipales de noviembre de 1932 a diciembre de 1933, nº. 2870.