Un gran Estado Ibérico al sur del Cabriel. Parte 2. Una magnífica convivencia. Por Javier Jordá Sánchez.

¿Cómo era esa “ciudad estado” ibérica que describe Lorrio?

  Como hemos descrito anteriormente, Lorrio esclarece la tipología del territorio de Cerro Meca como muy extenso, centralizado, comercial, potente y sobre todo por su gran importancia como lugar de cruce de comunicaciones entre territorios lejanos.

  Los numerosos lugares de rito o religión que se dan en toda su área incrementan la relevancia de ese “Estado-ciudad”, siendo especialmente relevantes los situados en su periferia, o más acertadamente, en las zonas de unión con los estados ibéricos vecinos. Elementos que implican las intensas relaciones entre éstas, en esta zona de Hispania por lo menos.

  Aquí comprobamos otra vez, de forma muy acentuada, lo que nos repite tantas veces D. Víctor Manuel Galán Tendero, la similitud de las relaciones territoriales hispanas con el modelo de ciudades griegas de las “anfictionías”. En la antigua Grecia, las anfictionías consistían en ligas de tribus, de origen religioso, y por cuya excusa se reunían en un lugar sagrado para llevar a cabo ceremonias, pero que servían también para tratar otros temas comunes, como políticos o de relaciones.

Dama oferente del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo). Formaba parte del complejo ritual al sur del estado de Meca, lindante con sus vecinos.

  Este sistema de organización hace sobreentender las cumplidas relaciones entre estados, y da a Meca la imagen de núcleo centralizador de rutas viarias comerciales, que a su vez se relacionaban de manera política y religiosa conformando un entramado parecido a una red. Si idealizamos, podríamos imaginar esas fechas en las que peregrinaban abundantes gentes al lugar ritual del Cerro de los Santos, donde largas colas competían por realizar las mejores ofrendas en el lugar común de sus ancestros, momento aprovechado por los estados colindantes para entablar relaciones, mantener contactos, recomponer los antiguos tratados, formalizar casamientos, reescribir las vetustas leyes, etc..

  Numerosas millas de carriladas cruzaban el territorio de Meca hacia todas las latitudes, de las cuales aún tenemos la suerte de poder ver muchas de ellas, algunas de factura impresionante, como las mismas del oppidum de Meca.

Carriladas de carro ibéricas en el oppidum ibérico de Cerro Meca.

  Meca, al que yo denomino “Aras”, era un impresionante cerro amesetado a gran altura, fuertemente fortificado, que controlaba unas rutas de gran importancia, una de las cuales era el acceso hacia el norte hasta el vecino estado ibérico de la Tierra del Cabriel y el Magro, al otro lado del río Cabriel.

Cerro Meca (Ayora)

Podríamos concluir

  Dos estados vecinos, al sur y al norte del río Cabriel convivieron. Fueron dos estados muy potentes y poblados, fuertes comercial y políticamente. Tuvieron características bien diferentes, pues el de Los Villares tuvo un poblamiento muy diversificado y distribuido, con varios grandes poblados, mientras que Meca ocupo un lugar muy por encima del resto de hábitats de su territorio, fue ciudad única. Sus relaciones debieron ser bastante positivas a lo largo de los siglos, como parecen confirmar ciertos datos arqueológicos que muestran pocos poblamientos defensivos entre ambos. Hemos visto en la frontera natural que ocupaba el difícilmente transitable río Cabriel, cómo se repetían los vados, comunicados por puentes de madera, que disponían a ambos lados de hábitats iberos que ejercían la labor de lo que hoy serían casas de postas o bien puestos aduaneros.

  Así mismo podemos fijarnos que el paso natural del Valle de Cofrentes, desde él mismo hasta la llanura de Los Pedrones, no dispone de grandes o medianos poblados fortificados en altura, a manera distinta de lo que ocurre en los límites norte, este y oeste del estado de la Tierra del Cabriel y el Magro.

  Diríamos que: existió una magnífica convivencia entre dos potentes estados ibéricos al norte y al sur del río Cabriel.

• “EL CASTELLAR DE MECA: ANATOMÍA DE UN OPPIDUM IBÉRICO, de Alberto J. Lorrio Alvarado”

Autor: Javier Jordá Sánchez