UN PRIMIGENIO EJEMPLO DE GLOBALIZACIÓN, EL DEL BACALAO. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

 

                Requena, el abadejo y su consecución.

                Hoy en día somos conscientes de vivir en una aldea global de noticias que dan la vuelta al mundo con extraordinaria rapidez y con productos a nuestro alcance que han pasado por más etapas que Alejandro el Grande, Julio César o Napoleón.

                Internet se ha erigido en la autopista de la globalización y todo tiempo anterior se nos antoja rudimentario. Sin embargo, este mundo hunde sus raíces en los históricamente precedentes, en el de las grandes navegaciones que pusieron fin al de las civilizaciones separadas.

                Productos como el bacalao ejemplificaron esta primigenia globalización. Desde Terranova franceses e ingleses, entre otros, lo condujeron a la Europa mediterránea. En Requena se consumió durante la Época Moderna bajo el nombre de abadejo, pez distinto al bacalao pero lo suficientemente similar como para ser sinónimo del mismo en muchos lugares españoles.

                En el invierno de 1758 Requena carecía de bacalao, grave problema de cara a la Cuaresma. Del viaje de Terranova a Requena a través de Alicante del preciado pan del mar y de los desvelos para lograrlo hablamos a continuación.

                

                

                La Cuaresma y sus prescripciones alimenticias.

                La Iglesia Católica, reformulando usos anteriores, estableció a partir del siglo VIII con mayor insistencia el tiempo de la Cuaresma, de abstinencia sexual y ayuno de ciertos alimentos. Se vinculó la actividad sexual con la carne roja, que quedó prohibida oficialmente, a la par que se estimaron muy apropiadas las carnes frías procedentes de las aguas.

                Los pescadores de la Europa cristiana tuvieron desde entonces un buen aliciente para sus quehaceres. Las expectativas de negocio y el placer de la aventura los llevaron más allá de sus mares más cercanos.

                Las virtudes del bacalao.

                Muchos pueblos de navegantes se lanzaron a la pesca de la ballena y del arenque, lo que reflejó en su cultura oral y escrita, pero el bacalao se convirtió en su presa predilecta en bastantes casos.

                Muy abundante en el Atlántico Norte, el bacalao ya convenientemente salado ofrece la ventaja de conservarse mejor que otros pescados, proclives a la rápida putrefacción. Entre capas de paja sus lomos pueden mantenerse razonablemente bien hasta dos años. Además su valor proteínico es muy importante. Otro maná de los pobres en términos del maestro Braudel.

                La temperatura ideal del agua oceánica para este pez se encuentra entre los dos y los trece grados centígrados, una temperatura no muy fría en el Atlántico Norte. El descenso térmico a partir del siglo XIV en la zona cercana a Groenlandia, que obstaculizó las rutas seguidas por los vikingos anteriormente, tuvo importantes consecuencias.

                Los bancos pesqueros de Terranova.

                El comienzo de la Pequeña Edad de Hielo desplazó hacia la costa de Norteamérica los principales caladeros bacaladeros, particularmente en Terranova. La temporada de pesca discurría desde finales de la primavera a finales del verano.

                En su explotación participaron de manera temprana los vizcaínos y los guipuzcoanos. Los portugueses los frecuentaron en el siglo XVI con éxito y los franceses disfrutaron de su dominio en el XVII, pero tras la guerra de Sucesión Española los británicos se lo arrebataron y en 1715 negaron todos sus derechos históricos a los vascos.

                

                Los bacaladeros ingleses.

                Los pescadores ingleses habían armado naves de gran capacidad marinera para faenar en el Atlántico desde la Plena Edad Media. Sus rivalidades con la Hansa fueron notorias.

                El puerto de Bristol era el principal centro de la pesca del bacalao. Desde allí partían las naves que arribaban a Portugal, donde se proveían de sal antes de emprender su travesía a Terranova. Tras cargar las piezas de bacalao se dirigían nuevamente a Portugal, proveyéndose en su retorno hacia Bristol de vino, frutas y aceite de oliva portugués.  

                En el siglo XVIII se habían convertido los británicos en los mayores proveedores del pan del mar en los puertos españoles, sobresaliendo al respecto el de Alicante.

                El centro portuario y comercial de Alicante.

                A mediados del siglo XVIII la ciudad de Alicante se había consolidado como uno de los principales puertos del Mediterráneo español. A las ventajas naturales de su rada se unieron las de protección de su castillo en la cima del Benacantil a la hora de acoger a las naves de variopinto pabellón.

                Los comerciantes extranjeros, algunos de los cuales terminaron afincándose, tuvieron un importante peso. A cambio de productos como el vino de su Huerta aquéllos desembarcaron grandes cantidades de bacalao, entre otras cosas.

                Desde 1578 llegaba a Alicante el procedente de Terranova, que a su vez se dirigía hacia el interior de Castilla. En Madrid era muy apreciado por las autoridades.

                Las malditas guerras mundiales del siglo XVIII.

                En circunstancias de paz los meses que iban de octubre a diciembre eran los de mayor afluencia de bacalao a Alicante y a otros lugares con el fin de acopiarlo para la Cuaresma.

                Sin embargo, las guerras mundiales no son exclusivas del siglo XX, ya que se libraron desde el XVII. En el Siglo de las Luces británicos y franceses, con los españoles por medio, libraron una feroz disputa por el control de la América Septentrional, el Atlántico, la costa del golfo de Guinea y la India.

                Con la guerra de los Siete Años en marcha en 1758, faltó el bacalao en Alicante, cuyas recaudaciones de los derechos de saladura cayeron. Entre 1754 y 1757 se pasó de desembarcar 55.254 quintales a 14.965, de cincuenta a dieciocho naves.  

                El perjuicio alcanza Requena.

                La falta de abadejo por la carencia en Alicante se hizo patente en Requena el 30 de enero de 1758, cuando la Cuaresma estaba a punto de echarse encima.

                La situación era excepcional y no encontramos en las siempre corteses con los historiadores actas municipales requenenses nada similar. El municipio nombró comisario a Pedro Moral de la Torre para que comprara en Alicante de 50 a 100 quintales, lo que no resultaba excesivo dado el volumen de descargas apuntado. No en vano a mediados del XVIII hubo interés desde Requena por mejorar la carretera con Alicante que discurría por el interior.

                El proteccionismo municipal entra en acción.

                Se procedió de la misma manera que durante una crisis de subsistencias frumentaria. Los fondos salieron de las arcas municipales y se asignaron 15 reales diarios a los que acudieran a la ida y a la vuelta con caballerías para el acarreo.

                No obstante se temió que algunos avispados mercaderes hicieran su agosto antes de Cuaresma y se señaló a los tenderos que no deberían hacer prevención ante el despliegue de la responsabilidad del municipio.

                El penoso resultado.

                Los buenos propósitos eran una cosa y la realidad otra, en especial ante un cúmulo de factores tan variado.

                En la Cuaresma de 1758 los vecinos de Requena no dispusieron del ansiado bacalao, pero entre el 3 de mayo y el 4 de julio comenzó a fluir.

                Ahora se acercaba el tiempo de los calores y los tenderos de mercería que finalmente lo habían adquirido para su distribución se encontraron en un aprieto. Desde el almacén municipal se mantuvo por 40 reales el quintal y se pensó en venderlo a doce cuartos la libra. Ahora molestaba la carga a los particulares y al ayuntamiento.

                Al final se reservó el segundo la venta al sufrido vecindario hasta la siguiente Cuaresma, pese a que se tolerara al forastero mayorista por respeto a la libertad de comienzo, otro indicador de la globalización en ciernes con su cara y su cruz. 

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Libro de actas municipales de 1754-58, nº. 3260.

                Bibliografía.

                BOY, Jaime, Diccionario teórico, práctico, histórico y geográfico de comercio, primer tomo, Barcelona, 1839.

                FAGAN, Brian, La Pequeña Edad de Hielo. Cómo el clima afectó a la Historia de Europa (1300-1850), Barcelona, 2008.

                GIMÉNEZ, Enrique, Alicante en el siglo XVIII. Economía de una ciudad portuaria en el antiguo régimen, Valencia, 1981.