UNA RUTA ROMANA Y MEDIEVAL POR LA TIERRA DEL CABRIEL Y EL MAGRO. Por Víctor Hernández, Víctor Manuel Galán y Javier Jordá.

 

         El estudio de las persistentes calzadas romanas.

         Desde hace varios años, los historiadores han estudiado la red de caminos de los romanos en Hispania, más tarde también empleada por los andalusíes. Por donde transitaron las legiones, cabalgarían las huestes califales. El análisis de los Vasos de Vicarello (siglo I), del Itinerario de Antonino (siglo III), la Tabula Peutingeriana (400) y del Ravennate (siglo VII) es de singular importancia para dibujar el trazado de las calzadas romanas y ubicar sus distintos puntos de tránsito.

            A la caída del Imperio romano en el Oeste de Europa, sus vías no cayeron precisamente en el olvido. San Isidoro se refirió a las mismas y el monarca visigodo Leovigildo se preocupó por la preservación de los vitales lados o arcenes de las calzadas, dictando las oportunas disposiciones legales. Los conquistadores musulmanes se sirvieron de las calzadas para extender su dominio sobre la Península.

            El estudio de la toponimia es de gran ayuda para conocer los espacios viales andalusíes, asociados estrechamente a los espacios de defensa como bien ha apuntado Francisco Franco Sánchez. No pocos nombres de lugar contienen las palabras árabes de manzil (procedente de la mansio romana), mahalla o campamento de final de una etapa del camino, balat o pavimento enlosado (derivado del existente en un palacio), sikka o espacio entre dos carriles, burt o puerto de montaña, etcétera. El repertorio de caminos que nos dispensa la obra de Al-Idrisi (1099-1175) nos permite seguir la red viaria fundamental de Al-Ándalus.

            Las estrategias viales y defensivas del poder cordobés.

            La formación e implantación de un poder musulmán independiente políticamente del Califato en la Península se enfrentó a un enorme cúmulo de dificultades. El primer emir de Córdoba, Abd ar-Rahman I (756-788), impulsó la creación de una red de torres enlazadas visualmente por un sistema de señales. Una de mayor importancia o central ejercería la función de mando de un tramo del camino.

            Los posteriores gobernantes perfeccionaron las comunicaciones de Al-Ándalus. El que sería el primer califa de Córdoba, Abd ar-Rahman III, decidió hacia el 943 el establecimiento de paradores o qusur entre la capital y Aranda del Duero a través de los pasos de la sierra de Guadarrama.

            El expansionismo de Abd ar-Rahman III y las calzadas.

            Caminan las legiones romanas, cabalgan las huestes de Abderramán III. Donde pisaron las alpargatas romanas hacia el S III d.C., siete siglos después, hacia el 935 d.C. levantaban el polvo del camino las pezuñas de los caballos arábigos.

            Nada más acceder al poder en el 912, el nuevo emir de Córdoba emprendió una expedición contra Calatrava, en la ruta hacia Toledo. Por aquellos días, su autoridad se encontraba muy cuestionada por la aparición de distintos poderes locales.

            Derrotadas sus fuerzas en San Esteban de Gormaz en el 917, perseveró en el 920 para reforzar su dominio sobre la ruta Toledo-Medinaceli-Tudela. Consiguió afirmar su autoridad en el 924 de Lorca a Játiva, logrando la sumisión del linaje de estirpe bereber de los Banu Zannun, de gran relevancia en Huete y Cuenca. En el 928 logró acabar con la resistencia de Ibn Hafsun, y al año siguiente se proclamó califa.

            A continuación, se aplicó a la sumisión de Mérida (929), Toledo (930-2) y Zaragoza (934-7), puntos tradicionalmente rebeldes al poder cordobés que terminarían convirtiéndose en los núcleos de las nuevas demarcaciones defensivas o fronterizas andalusíes frente a los poderes de la Cristiandad ibérica.

            La campaña de Zaragoza determinó a las fuerzas califales a pasar muy cerca de nuestras tierras. 

            Un itinerario de las antiguas calzadas, también empleado por los andalusíes.

            Veteranos caminos cruzaban desde antaño las llanuras, hoy castellanas, y sus ríos hasta llegar a las recias tierras hoy aragonesas, desde la actual provincia de Albacete a la de Zaragoza, un trazado muy importante para la Tierra del Cabriel y el Magro.

            El Itinerario de Antonino o de Antonino Augusto Caracalla fue inicialmente redactado hacia comienzos del siglo III y hasta el IV fue modificado. Se conserva una copia de la época del emperador Diocleciano (284-305), y al parecer se hizo para localizar geográficamente mansiones y poblaciones con fines recaudatorios. Apuntaba las millas romanas que separan unas de otras, por lo que se ha podido identificar la ubicación de numerosas ciudades hispano-romanas.

            Del viario romano, solo constan los caminos del Pretor, equiparables  a lo que hoy en día serían las carreteras del Estado; es decir, que faltarían las calzadas secundarias e incluso otros caminos de singular valor. En total se hitan treinta y cuatro rutas, de las que la trigésimo primera era la que pasaba por nuestra comarca.

            Por otra parte, la ruta de Córdoba a Zaragoza de las campañas de Abd ar-Rahman III fue descrita por el cronista Ibn Sahib as Sala. Se refieren los lugares de acampada del ejército a lo largo del camino, ya cerca de castillos, ya próximos a poblaciones.

             Se puede observar que desde aproximadamente la actual población de Balazote las dos rutas enunciadas compartieron el mismo trazado hasta llegar a Zaragoza, ejemplo del empleo de los mismos caminos durante siglos, a pesar de las dudas que los emplazamientos de ciertos puntos todavía despiertan hoy.

            Esta es la ruta XXXI del Itinerario de Antonino:

Caput Fluminis Anae

7 millas

Libisosa (Lezuza)

14

Parietinis (Peñas de San Pedro)

25

Saltici (Chinchilla de Montearagón)

16

Ad Putea (Hacia término de Enguídanos)

32

Valebonga (por el Rincón de Ademuz)

40

Urbiaca

20

Albonica (por Alba)

25

Agiria (por Villafranca del Campo)

6

Carae (La Caridad, Caminreal)

10

Sermonae

29

Caesaraugusta (Zaragoza)

28

 

Y la seguida por el califa de Córdoba desde Cástulo a Zaragoza:

Qastulona

Castulo (Linares)

hisn Sant Atisban

San Esteban del Puerto

Al Gudur

Alcaraz

Balat Sufur

Balazote

Santaliya

Chinchilla de Montearagón

Qantarat Turrus

Alcalá del Júcar

Qahdaq

Caudete de las Fuentes

Al Batah

El Molón (Camporrobles)

Rub Wah

En el área de Garaballa

Landit

Landete

Farhan (en río Wadi)

Por el Rincón de Ademuz

Billal

Villel

Tiruwal

Teruel

Salis

Cella

Qalamusa

Calamocha

Daruqa

Daroca

Quwart

Cuarte de Huerva

Saraqusta

Zaragoza

 

            La exposición del viario andalusí tras la conquista cristiana de Zaragoza.

            En el 1118 Zaragoza cayó en manos del rey de Aragón Alfonso el Batallador. Hombre de grandes energías guerreras y no menores afanes cruzados, acarició la idea de alcanzar el dominio de la ciudad de Valencia y de embarcarse hacia Tierra Santa.

            Entre el 1124 y el 1126 emprendió una osada expedición. Conocedor del descontento de las comunidades mozárabes con los almorávides, alcanzó Vélez-Málaga a través de tierras valencianas, murcianas y granadinas. Finalmente, regresó por Cuenca y Albarracín.

            La conquista cristiana de la Frontera Superior de Al-Ándalus determinó la marcha de muchos musulmanes hacia tierras peninsulares de su preferencia, además de una temible amenaza sobre el Sharq Al-Ándalus u Oriente ibérico. Los almohades, últimamente más apreciados por la historiografía, trataron de solventarla.

            En el 1172 el califa almohade Abu Yaqub Yusuf emprendió una campaña para afirmar la posición musulmana de Cuenca, amenazadas por las ya cristianas Huete (cuyo alfoz llegaba al Júcar), Albarracín y Teruel. El mantenimiento de Cuenca significaba salvar los caminos desde el centro peninsular a Valencia y desde la Bética al sistema Ibérico.

            El citado Ibn Sahib As-Sala nos da noticia de tan atribulada expedición, que pasó por nuestras tierras. En la canícula del año mencionado, las agotadas fuerzas califales alcanzaron en su retorno el puente de Agriyala Cabrial, identificable con el del Pajazo, donde celebraron la fiesta de los sacrificios. Pasaron por la pradera de Al-Qabdaq (Caudete), en las inmediaciones del castillo de Requena, en su camino hacia la ciudad de Murcia, donde el califa nombró los gobernadores de las demarcaciones defensivas o distritos que deberían pararle los pies a los expansivos cristianos. Tal fue el caso del qaid de Chinchilla y su frontera Abu Utman ibn Musa. Desde las estratégicas Balazote (Balat Sufut) y Chinchilla o Santaliya se controlaba el paso hacia Alcalá del Júcar (Qantarat Turrus), la citada Al-Qabdaq, Al Batha o el Molón de Camporrobles, Rub Wah (en el área de Garaballa), Landit (Landete) y por el Rincón de Ademuz o Farhan.

            Castillo de Tejeda, en Garaballa, sobre el río Ojos de Moya, de Mira o de Algarra.

                

            Al Norte de Balazote los cristianos se mostraron militarmente activos. Sin embargo, los almohades se mantuvieron muy firmes hasta la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Los problemas económicos de la Castilla de finales del reinado de Alfonso VIII y la crítica situación política del reino a la muerte del mozo Enrique I no impidieron a los castellanos proseguir su expansión hacia el Sureste hispánico, procurando el dominio de los principales nudos de comunicación andalusíes. Desde los mismos, podrían forzar la rendición de grandes territorios.

            El control previo de Alarcón resultó de gran ayuda. En 1213 tomaron los castellanos con gran esfuerzo Al Gudur o Alcaraz, estratégico punto de la Vía Augusta dotado de un imponente castillo que se elevaba sobre un terreno feraz. El arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada fracasó ante Requena en 1219, pero en 1223 los concejos de Cuenca, Huete, Moya y Alarcón emprendieron una cabalgada contra los dominios valencianos de Zayd Abu Zayd, que tuvo que rendir pleitesía a Fernando III temporalmente. Los acuerdos previos con los reyes de Aragón vedaron a los castellanos avanzar hacia Valencia. En 1238 el obispo de Cuenca Gonzalo Ibáñez rindió Requena muy probablemente por pacto con los musulmanes y en 1242 las fuerzas castellanas tomaron Chinchilla, lo que les permitió penetrar en el interior de Murcia.

            La antigua ruta XXXI del Itinerario de Antonino había caído definitivamente en manos cristianas, aunque repartida entre castellanos y aragoneses. Los municipios de ambas Coronas, como Requena y Ademuz, sostuvieron intensas relaciones a través de aquel camino en la Baja Edad Media y después. Al fin y al cabo, cuando se habla de la personalidad histórico-cultural de nuestra comarca no debe olvidarse su dimensión ibérica, en la diagonal que desde Soria-Zaragoza va hasta La Mancha.

            Bibliografía esencial.

            FRANCO SÁNCHEZ, Francisco, Vías y defensas andalusíes en la Mancha Oriental, Alicante, 1995.

           GALÁN TENDERO, Víctor Manuel, “¿Qué guardó el Almazén de Requena?”, OLEANA, nº 27, Requena, 2013, pp. 35-56.

            La campaña de Abdarrahman III en 935, en lahistoriademira.blogspot.com.es

            Autores.

            Víctor Hernández Ochando, Víctor Manuel Galán Tendero y Javier Jordá Sánchez.