UNA VILLA EN LOS INICIOS DE LA GLOBALIZACIÓN. POR JUAN CARLOS PÉREZ GARCÍA.

 UNA VILLA EN LOS INICIOS DE LA GLOBALIZACIÓN

Sobre el libro Requena bajo los Austrias

JUAN CARLOS PÉREZ GARCÍA

 

 

        La bibliografía sobre la España de los Austrias es hoy abundantísima. No podía ser de otra manera dada la relevancia del período histórico, que ocupa casi 200 años, y la crucial acumulación de acontecimientos y procesos históricos durante esos dos siglos. Sin este tiempo difícilmente se entiende la España actual: el absolutismo y la presencia de diferentes sistemas de autonomía y acción política autónoma; la liquidación de la diversidad cultural y religiosa (el expulsionismo, esa especie de enfermedad tan hispana comenzó antes, en 1492, con la expulsión de los judíos, pero influyó sobre lo que se hizo finalmente con los moriscos en 1609); la creación de una maquinaria de Estado montada sobre dos grandes patas: la España europea y la americana, con sus respectivas interacciones económicas, sociales y culturales; las responsabilidades exteriores adquiridas a partir de unos intereses dinásticos, etc.

      Todos estos temas han sido objeto de investigaciones profundas y serias. Sin embargo, resulta curioso que sea bastante poco lo que sabemos de las localidades que entonces se denominaban villas. De las ciudades tenemos algunas buenas monografías, pero incluso la relevante Cuenca carece de un estudio al respecto. Las villas apenas han encontrado investigadores solventes, precisamente cuando desempeñaron también un papel importante durante los dos siglos de la dinastía.

      Por estas razones el libro de Víctor Galán sobre Requena bajo los Austrias es sumamente importante. No disponíamos hasta ahora de una monografía de este tipo. El viejo libro de Bernabéu[i] es más amplio, aunque una parte, lógicamente significativa es la de la Requena de los siglos XVI y XVII. El libro que reseñamos se lee con agilidad y presenta al lector un panorama global de la villa de Requena en poco más de 250 páginas. El esfuerzo de claridad del autor es considerable y el resultado bueno finalmente.

       Víctor Galán ya tiene en su haber algunos otros libros. Es interesante subrayar su colaboración con Enrique Díez en varias obras acerca de la tierra de Soria en el período medieval y moderno. Pero el libro que ahora estamos reseñando es el primero que dedica a Requena. A esta villa ha dedicado muchísimo tiempo desde que se instaló en ella; en su archivo ha pasado horas y horas escudriñando los viejos papeles, y el resultado son numerosos artículos y ahora este libro.

        Varios son los fines que pretende lograr el autor con su trabajo. Por una parte, se trata de contribuir a alejar el fantasma del espíritu del campanario, el mal que ha aquejado a la historia local: la tendencia al ensimismamiento, en tanto no se contribuía a analizar el entorno global al que pertenecía la localidad. El autor deja claro que:

A veces algunos piensan que la historia local sólo interesa y concierne a los parroquianos por motivos muy suyos. […] La auténtica administración local del tiempo radicaba en este municipio con competencias muy superiores al actual. Sin su concurso el imperio Habsburgo hubiera quebrado…”. [p. 11].

        Conectado con este primer gran objetivo, se encuentra otro: alejar la idea de una sociedad siempre al borde del estallido volcánico que vive petrificada en un sistema de órdenes rígido. En cambio, el autor se encarga de subrayar que se trata de una sociedad en movimiento. De hecho, el libro revela que el último tercio del siglo XVII puso los cimientos del cambio en el siglo de los Borbones: roturación del término para instalar cultivos, inicio de la industria textil de la seda, procesos de cambio social en la élite rectora de la micro-sociedad requenense, etc.

      Estos dos objetivos están bien cubiertos a lo largo de la obra, que se inicia con un capítulo [pp. 11 a 47] dedicado a ofrecer un panorama global del sujeto del libro. Aunque en principio parece dedicarse a analizar las raíces medievales de Requena, con la conquista, la concesión de privilegios, las relaciones sociales entre dominadores cristianos y dominados musulmanes (mudéjares, ahora), lo cierto es que remata realizando un análisis global de la Requena del Antiguo Régimen; al adentrarse incluso en el siglo XVIII. Esta es una parte extraordinariamente útil del libro, y sobre todo proporciona a los lectores y a los profesores una visión global de los grandes problemas y cuestiones que dominaron a lo largo del tiempo de los Austrias. No estaría de más que los institutos de la comarca utilizaran el libro en el aula, especialmente este capítulo.

      La visión que proporciona es compleja, nada unilineal o simplista; en palabras del autor:

“El fenómeno histórico es poliédrico y se resiste siempre a ser domado por los bienintencionados historiadores que tratan de descubrir los arcanos de su funcionamiento, pues no siempre las influencias entre economía y política son lineales ni el motor histórico es el mismo” [p. 39].

      Le falta decir que la esfera cultural y religiosa sufre el mismo mal.

      Resulta de gran interés el apartado que dedica, dentro de este primer capítulo, a la obra atribuida a Pedro Domínguez de la Coba. La hipótesis de que la obra es una masa multiforme de diferentes elementos ya fue puesta de manifiesto al publicarse. Lo más novedoso es su análisis de las manos que intervinieron: el propio Domínguez de la Coba, Martínez Cros y, finalmente, Ginés Herrero, para componer una corografía, un género literario entonces en boga. En cambio, deja pendiente la gran incógnita: “Sorprende,…, que una obra que no contradecía el orden intelectual de la Contrarreforma quedara anónima sin publicar entonces” [p. 40]. El relato traza una ágil línea evolutiva de la escritura de la historia de Requena desde ese siglo XVIII a la obra de Rafael Bernabéu en el siglo XX.

      La originalidad del segundo capítulo no puede menos que subrayarse. El título de la misma, “La doma real, el pilar del poder de los Austrias” [pp. 49-74], es suficientemente elocuente. Se subraya en él el papel que los conflictos bélicos y sociales del período bajomedieval tuvieron en el reforzamiento del poder real. Esta es una vieja idea que las fuentes vienen a corroborar a nivel global, pues desde el momento en que tiene lugar el ascenso de la Casa de Trastámara (1379) su propósito es consolidar el poder de la nueva dinastía y borrar el origen de la misma. Sin embargo, la ausencia de fuentes sobre el período, en particular actas de las reuniones del gobierno municipal, no permiten al autor trazar la evolución del corazón de la época: la relación entre guerras y fiscalidad que estarían en los cimientos del absolutismo que irá forjándose en el tiempo de los Austrias. El conflicto define a esta Requena (en la raya, con el conde de Castro, con el marqués de Villena), pero empieza a sobresalir la importancia económica del Puerto Seco: una “Requena de intercambios y paso de carreteros” [p. 62], que se destacó como un lugar codiciado por inversores y gentes en busca de mercedes.

      Galán caracteriza el reinado de los Reyes Católicos como un tiempo de “frágiles consensos sociales” [pp. 59-63], sobre todo por las rivalidades de una sociedad política organizada en bandos y las fortísimas desigualdades fiscales que provocaban, o estaban al borde de hacerlo, fuertes conflictos a nivel interno de la villa. Subraya un factor relevantísimo: el problema casi sempiterno del equilibrio entre dedicación ganadera de la tierra, en las dehesas de que estaba dotada la villa, y las tierras dedicadas al cultivo de cereales. Del cuidado de este equilibrio dependía el adecuado abastecimiento del cereal para la villa. El autor concluye que el período de gobierno de Fernando el Católico, en solitario en Castilla, una vez muerta la reina Isabel, es el de la consolidación de la orientación ganadera y mercantil de Requena, al producirse una serie de reajustes fiscales y acuerdos con los poderes de su entorno que facilitarían el despliegue de estas actividades.

      El libro plantea el “movimiento”[1] de las Comunidades bajo una óptica comparativa, esencialmente con los movimientos en las villas y ciudades de Castilla, pero no descuida descartar la relación con el movimiento de las Germanías. La cercanía a la experiencia comunera de Cuenca es algo claro, pero se echa en falta un análisis más pormenorizado de la rivalidad con Moya y su puerto. El trabajo de Sara Nalle[ii] indica que las rivalidades entre ambas villas eran especialmente de tránsito mercantil, lo que al propio tiempo vendría a trazar un vector que diferencia la Comunidad de Requena con respecto a la de Cuenca: una industria textil poderosa en este caso frente al tráfico mercantil y el paso de ganados.

      Es una constante en el libro que la villa poseía una economía atractiva, basada en la madera, los ganados, el comercio y la industria textil, especialmente en el capítulo tercero, en el que se interroga sobre si el siglo XVI puede considerarse un Siglo de Oro, al hilo de las denominaciones tradicionales. Es decir, la cuestión, tantas veces explicitada, del contradictorio actuar de un deterioro económico que llega a ser aplastante, o casi [en la página 196, el autor comenta que Requena estaba abrumada por la crisis, lo que no significa que estuviera en una situación de aplastamiento: “… no sólo los ingleses fueron tenaces a la hora de remontar los problemas” ]. Se nota aquí la influencia de Ramón Carande y Felipe Ruiz Martín y es precisamente en el análisis de los datos económicos donde se percibe una mayor brillantez en los análisis. El autor anota cuidadosamente los datos de impuestos, rentabilidad o precio de dehesas, etc. Esta pasión por el dato económico es muy clara [p. 80] y le permite llegar a conclusiones tan fundamentales para la historia de Requena como la que sigue:

“En esta tesitura se entiende que las exigencias de dinero de la política imperial causaran severos inconvenientes a los requenenses, que tuvieron que recurrir a nuevos adehesamientos para salir de apuros y a las aborrecidas sisas”. [p. 80]

        Las exigencias de la Corona serían tan tremendas que, contando con una expansión dentro de la época de la revolución de los precios, teniendo presente la expansión del comercio y la animación de los negocios financieros e inmobiliarios, teniendo en cuenta que toda esta bonanza se reflejó en el ascenso demográfico, la situación más onerosa para los requenense sería la carga imperial [p.104]. Este planteamiento es el coincidente con la historiografía actual[iii], y que el autor relaciona con una efervescencia social notable en los años de 1560: las protestas de los caballeros de la nómina, la aparición de sectores opuestos a los regidores, la corrupción y los ataques a los carmelitas. En los años 60 Requena ofrecía la “imagen de paz aparente” [p. 107], a la espera de una degradación aún mayor de la situación económica en la década de 1570.

      Para el autor “El siglo de oro más bien fue de hierro para muchos requenenses”, mientras se produjo aquella “burbuja militar” (un término acertado, por otra parte), ya que “Las fuerzas y compromisos multinacionales de la dinastía terminarían pasando una penosa factura que se dejaría sentir con dolor en el siglo XVII” [p. 113].

 

    La inspiración cervantina del capítulo cuarto [p. 115] viene al pelo de la profundidad de la crisis económica y las enormes desigualdades que la sociedad padecía. El autor subraya de nuevo la idea de los desmesurados compromisos exteriores, en una línea que recuerda a historiadores ya clásicos del modernismo español[iv], que, en coordinación con unas desmesuradas desigualdades sociales hicieron inviable o muy difícil algún tipo de recuperación.

      En un análisis sumamente esquemático, V. Galán pasa después a analizar una serie de problemas coyunturales que se encuentran a caballo entre los dos siglos (significativamente el capítulo se titula “Batallando contra gigantes, 1586-1621”): análisis de los datos demográficos, la presencia de una serie de malos años agrícolas y finalmente el gran interrogante que ha traído de cabeza a muchos historiadores: ¿cómo es posible que la sociedad castellana, sometida a la durísima experiencia de una profunda crisis, con unas guerras abiertas de una naturaleza totalmente nueva (la “revolución militar”), no protagonizase ningún movimiento revolucionario? Esto es lo mismo que preguntarse por qué otros países, sobre todo del Norte, realizaron revoluciones políticas y sociales importantísimas y España permaneció sin hacerlas.

      De acuerdo con la investigación que andamos comentando en esta reseña este planteamiento sería inadecuado. Requena sí que poseía un común receloso y agitado contra los miembros de su gobierno municipal. No sólo esto las tensiones sociales eran de tal naturaleza que el propio sistema de elección de las regidurías tuvo que ser cambiado para volver al sistema electivo de 1506, y además los propios hidalgos se muestran con capacidad para reclamar su mitad de oficios en el concejo. Las propias ordenanzas municipales reflejarían entonces el choque entre el proclamado ideal de buen gobierno de la comunidad y la realidad cotidiana de los manejos en provecho personal y las corruptelas de toda índole. En suma, “Requena compartió los mismos problemas y anhelos de otros municipios castellanos” [p. 129]. En el caso de una sociedad volcada a los ganados que van y vienen y al tráfico mercantil es posible –este es nuestro parecer- que el contrabando actuase como válvula de escape en una época de gravísimas dificultades.

      Es en el capítulo quinto en el que el autor profundiza en los efectos de la crisis, al enfrentarse el país a una auténtica guerra mundial (la de los Treinta Años): pósito endeudado, problemas para reclutar mozos, alojamiento de soldados, problemas de recaudación fiscal. La sección “Hacer de la necesidad virtud” [p.145 y siguientes] subraya el papel del adehesamiento como sistema más usado para superar la dificultades. En este tiempo uno de los aspectos fundamentales es el del confesionalismo, término que ha semi-sustituido al de Contrarreforma, y que permite englobar en un todo el fenómeno religioso, social y político que se inaugura en el concilio de Trento. Para el autor, en asunto de creencias religiosas es mejor andar con cuidado: una cosa es lo externo, la imagen que pretende ofrecerse ante los demás y ante las vigilantes autoridades, como la Inquisición, y otra la realidad de la fe. En cualquier caso, indica algunos aspectos que merecen ser tenidos en cuenta: el milagrerismo y el papel de los franciscanos como ariete de la contrarreforma. Como historiador atento, cita el estudio de Alabau[v], importante al evidenciar, con su análisis de la documentación inquisitorial, la docilidad religiosa de los requenenses de la época, quizás un factor interesante a la hora de explicar la ausencia de grandes movilizaciones de protesta en una sociedad muy baqueteada por todas partes.

      Es cierto que el autor elabora un discurso explicativo de esta cierta quietud social [pp.178-185]. Maneja por ejemplo el consenso que se establece entre la misma oligarquía, sobre la base de los enlaces matrimoniales y la búsqueda de honores:

      “La concesión de hábitos de órdenes como la de Santiago evitó las diferencias entre la nobleza de espada y de toga propias de Francia” [p. 180].

        Las fiestas contribuyeron a la distensión social, pero sobre todo el esfuerzo del pósito en años tan malos como el de 1651-52 fue crucial para amortiguar las dificultades. Precisamente los Libros de Cuentas del Pósito, guardados en el Archivo Histórico Municipal, han sido concienzudamente vaciados por el autor, y se convierten, junto a los Libros de Actas Municipales y los Libros de Cuentas de Propios y Arbitrios, en fuentes espléndidas para que el historiador obtenga una imagen muy convincente de la evolución de la situación económica en estos dos siglos.

      Una característica fundamental del libro de Galán Tendero es la profusa utilización de documentos de archivo, como los mencionados antes. El autor ha huido de realizar una relectura y reescritura del libro de Bernabéu, por el que no escatima aprecio. Pero no ha creído adecuado proceder a una actualización. Esto significa que estamos ante un relato propio, original, fruto de la lectura detallada de unas fuentes a las que en demasiadas ocasiones se suele forzar con el ánimo de que respalden las opiniones de tal o cual historiador sin que este mensaje se desprenda del documento. Pegado al documento; así está Galán Tendero a lo largo del libro. Y este es un mérito notable cuando proliferan trabajos dedicados a la reescritura de lo ya publicado. Es un logro extraordinario que alejará por fin la imagen de una villa de la que no se conocen sino las noticias ya tradicionales, y además permite trazar la evolución histórica de dos siglos, de acuerdo con los cañamazos actuales existente en la historiografía patria.

      El cierre de este panorama se hace coincidir con el reinado de Carlos II (1666-1700) y se completa con un epílogo acerca del “Austria que pudo reinar” [pp. 199-245]. Si la tesis central del libro es la tensión-cooperación entre los dos grandes polos del poder: el municipio y las elites que lo rodean ante la Corona y sus órganos de poder, el núcleo central de las conclusiones del autor viene sintetizado en el título del propio capítulo: “El valedor e incumplidor municipio”. Es la oligarquía gobernantes la que hace su santa voluntad, porque al Rey se le rinde pleitesía, se reciben las directivas de los Consejos y de sus funcionarios, pero no siempre se le obedece. Aquella elite que había sido domada durante la etapa de la dinastía Trastámara y en la revuelta de las Comunidades, había ido aprendiendo a nadar y guardar la ropa, e incluso a llevar la iniciativa por sí misma buscando los resquicios de la ley y la lentitud propia de una gigantesca maquinaria burocrática.

      Quizás la tesis de J.H Elliott sobre el gigantesco entramado de consensos de la Monarquía Compuesta Hispánica sea también aplicable a la situación construida en Requena. De hecho, para Víctor Galán, la clave del reinado del último de los Austrias está en tres elementos [p. 211]:

-      “la cooperación entre interesada y forzada de unos poderosos bastante veletas”;

-      intentar no incomodar a los corregidores y aplicarles pomada en las espaldas cuando resultase conveniente;

-      y una elite concejil atenta a la preservación y acrecentamiento de sus propios intereses y solidificada por los matrimonios inter-elitistas.

        En cualquier caso, al igual que en tantas regiones y comarcas de la Monarquía el reinado es el de la cimentación de la recuperación que finalmente tendrá lugar con el espectacular restablecimiento del siglo XVIII. Con la particularidad de que Requena labra su propio futuro sobre fundamentos nuevos: la expansión roturadora destinada a incrementar la superficie de cereales, proceso que encuentra el respaldo del pósito como ente crediticio, y la reanimación del sector comercial y artesanal. Con respecto a la expansión de la labranza de tierras, hay que anotar que una de las ideas más repetidas, y en consecuencia más esquemáticas y poco matizadas, es la de que el peso considerable de los intereses ganaderos –en definitiva, el poder de la Mesta-, habría significado un muro al progreso agrario, o, lo que es lo mismo, un muro para la expansión global del sistema económico y de la demografía. Si en algún momento lo fue, el sistema de adehesamiento sobre el que descansó durante tanto tiempo la economía local requenense, se comportó en el tramo final del siglo XVII como un colaborar eficaz del sistema agrario:

“Sin la fuerza de tracción, los abonos y los productos brindados por sus animales, muchos labradores hubieran perdido riqueza.” [p. 217]

        Respecto a la expansión mercantil e industrial, subraya la propia implicación de la oligarquía, con intereses directos no sólo en la apropiación de tierras concejiles, sino también en el sector industrial; así, el propio concejo iba a admitir entre la elite que lo dominaba a elementos elevados desde el negocio industrial:

“La Requena medieval alrededor de la alcazaba ya quedaba lejos y estaba a punto de nacer la sedera de hábitat más disperso gracias a la de tiempos de los Austrias”. [p. 244]

        Así como, eran los propios requenenses los que, aprovechando un cierto reformismo fiscal de la Corona, percibieron la oportunidad de cambios, también se dieron cuenta en 1701 que la defensa de su villa y de su tierra dependía de ellos mismos, ante los ejércitos que se enfrentaron en la Guerra de Sucesión.

      Quiero dejar para el final algunas consideraciones globales que hasta ahora no he realizado. Debo insistir en que los profesores de instituto ya disponemos de un material magnífico para enseñar en nuestras clases; basta de excusas: esto debe llegar al ámbito de la historia en los institutos.

      En segundo término, este libro demuestra también una voluntad del autor por encontrar la personalización adecuada a los procesos históricos. Tantos años de despersonalización, de análisis de estructuras, hasta de ensombrecimiento de las personas, habían conducido a la historia a un dique seco. Este era una cuneta en la que patinó también la historia local en su momento: un estudio de las estructuras demográficas, económicas y finalmente el marco institucional. Por fortuna, la historia social ha venido al rescate. Víctor Galán se muestra en el libro como un perspicaz historiador que conoce cabalmente el papel de las personalidades. Y aquí hay muchas. Sería un reto recopilar los nombres que se dan cita a lo largo de este trabajo. No existen épocas sin hombres.

      El libro es interesantísimo. Está bien construido y permite seguir las peripecias de la sociedad de Requena sin dificultades. Me sorprende que el autor se plantee preguntas de este calibre: “¿La crisis de la conciencia requenense?” [p. 223]. No cabe duda que la cuestión es muy ambiciosa. Ir al hilo de lo que trazó P. Hazard hace décadas sobre la emergencia de un pensamiento y una práctica política y científica que iba a producir el iluminismo dieciochesco es legítimo, pero resulta infructuosa ante el tradicionalismo, la vigilancia inquisitorial (sobre el libro fue especialmente incisiva, especialmente en un área de tránsito e intersección entre costa e interior) y la propia fuerza alcanzada por el contrarreformismo. Encontrar un pensamiento racionalista y tendente a esquivar el rígido control de la tradición habría sido un hallazgo espectacular. Naturalmente nunca se puede descartar, pero no parece propio de una sociedad tradicional y que ha aprendido a esquivar las directrices de los poderes. Este proceso de sobrellevar las cosas en el absolutismo “bajo un rey espectral” [p. 206-213] no puede ser comparado a un proceso revolucionario. Es más propio de una sociedad domada, en los términos que emplea el propio autor, domada tanto por el poder político como por el religioso:

“En Requena (…) no hubo ninguna Gloriosa Revolución, pero sí una clara paradoja de obediencia e incumplimiento hacia la autoridad de un rey que nunca estuvo en condiciones de obrar milagros”. [p. 200]

 

 



[1] Es significativo que Galán emplee este término. No elige ni revolución ni revuelta, términos tan en boga en otro tiempo. Quizás trata de curarse en salud ante un conflicto que no pareció describir grandes cambios en las estructuras del poder villano.



[i] BERNABÉU, R., (1982), Historia crítica y documentada de la ciudad de Requena. Ayuntamiento de Requena.

[ii] NALLE, S., (1996),”Moya busca nuevo señor: Aspectos de la rebelión comunera en el Marquesado de Moya”, Moya. Estudios y documentos I, pp. 93-102, Cuenca.

[iii] GELABERT, Juan E., (1997) La bolsa del Rey. Rey, reino y fisco en Castilla (1598-1648), especialmente capítulo 4, “Fiscalismo y sociedad en Castilla”, que relaciona el elevado peso de los impuestos sobre una sociedad aquejada de muchos problemas; pp. 327-378. Barcelona.

[iv] DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. , (1988), El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid.

[v] ALABAU, J., (2015), Inquisición y frontera. La actuación del Tribunal del Santo Oficio en los antiguos Arciprestazgo de Requena y Vicariato de Utiel (en el Obispado de Cuenca), Cuenca.