¿TIRAMOS NUESTRAS ALDEAS AL VERTEDERO DE LA HISTORIA? POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                La España actual experimenta procesos contradictorios desde el punto de vista territorial. Sus principales ciudades se desbordan en varias coronas que abarcan, fagocitan en verdad, otros núcleos urbanos de menor entidad demográfica. Nuestras grandes áreas metropolitanas padecen problemas de saturación, segregación, servicios públicos, circulación y contaminación, que dificultan la vida de una parte importante de su ciudadanía. Por el contrario, capitalizan una parte importante de la inversión y de las iniciativas empresariales, los grandes nervios del desarrollo económico, por lo que las infraestructuras las observan y tienen como sus principales puntos de referencia.

                Otro cantar se escucha en las localidades del interior que pierden población en beneficio de otros centros. Sus vecinos cada vez son más mayores y la infancia frecuenta cada vez menos sus calles, parques o escuelas. Los grandes inversores no acostumbran a considerarlas, excepto para alguna empresa que despierta más de una polémica, y las oportunidades económicas pasan de largo. Aquí no se da, ni de lejos, ninguna expansión en coronas o círculos, sino una verdadera regresión en sus núcleos dependientes, sus barrios exteriores, pedanías, aldeas y caseríos, cuya vida ha sido bastante intensa hasta hace históricamente pronto.

            

                Es cierto que el desarrollo económico, tal y como se ha verificado desde el Plan de Estabilización de 1959, ha conducido al final a esta dualidad. Que no debería de haber sido así, estamos todos de acuerdo, entre otras cosas porque la expansión de las grandes ciudades en la Europa mediterránea siempre ha estado vinculado al de su entorno territorial, al de sus términos. La civilización romana, que tanto se ha tomado como referente, se fundamentó en una intensa colonización agraria dirigida desde destacados centros locales, con importantes funciones ceremoniales. Su admiradora la Italia del Renacimiento contó con orgullosas urbes que fertilizaron con sus inversiones e iniciativas los campos circundantes, y lograron una destacadísima potencia artesanal, comercial y financiera antes de la emergencia de la Inglaterra industrial.

                En España las cosas no han sido muy diferentes en los siglos del pasado, pues sus gentes han sido en muchos casos auténticos herederos de los romanos. La Barcelona del siglo XI, que se enriqueció con el comercio con Al-Ándalus, no descuidó en lo más mínimo sus espacios rurales del Llobregat, cuyos beneficios alimentaron considerablemente su capital. Sus condes sostuvieron sonados pleitos con linajes como los Moncada por su célebre Riego. La Soria del XIII, atenta a las oportunidades de ganancia de la extensa área irrigada por la Ruta Jacobea (superior a su trayecto estricto), gozó de una enorme cantidad de aldeas con dedicación agrícola, ganadera y artesanal. Cuando Jaime I de Aragón habló con Sancho VII de Navarra sobre un ataque a Castilla, no dejó de señalar su enorme cantidad de aldeas.

                Las comunidades de villa y tierra, en las que un núcleo urbano dirigía una pléyade de aldeas, tuvieron un gran arraigo en parte de Castilla la Vieja. En aquéllas surgieron personas e intereses poco deseosos de someterse a los dictados de la villa o la ciudad de turno, y surgieron organizaciones que los representaron dentro del municipio. Fueron las universidades de la tierra, con voz propia ante la autoridad real, aunque sin romper la unidad legal con la cabecera municipal. El modelo también se dio en parte de Aragón, en Calatayud o Daroca, por ejemplo.

                En cambio, en el reconquistado reino de Toledo las cosas no giraron de igual manera, en parte por los condicionantes de la Repoblación. Se establecieron aquí también núcleos urbanos dotados de personalidad legal y de extensos términos, pero no se produjo una floración similar de aldeas y en áreas como la de Requena no se gestó ninguna universidad comparable a la soriana. Utiel podía haber encabezado una potente institución de este género a principios del siglo XIV, pero al final optó por la segregación y en constituirse en municipio independiente en 1355.

                La expansión de las actuales aldeas de Requena es reciente históricamente. Resumiendo mucho, excesivamente, se podría sostener que la Historia de la relación entre aquéllas y el núcleo urbano (villa primero, después ciudad) ha pasado por dos grandes ciclos de flujo y reflujo, de corsi i ricorsi en términos del filósofo napolitano Vico, que ya aplicara Julio Caro Baroja para explicar la Historia vasca.

                En un primer flujo o corsi se estableció la villa, dotada de extensos términos. Las labores agrícolas, compatibilizadas con la explotación ganadera, ganaron fuerza en el siglo XVI especialmente, cuando Mira alcanzó su independencia y Camporrobles exigió un trato mejor a nivel práctico e institucional. El reflujo vino con la difícil situación del XVII: las cargas tributarias de un imperio como el de los Austrias Menores en dificultades perjudicaron a los aldeanos y mermaron las energías de la villa.

                Desde el siglo XVIII la villa volvió a ganar fuerza. La actividad sedera trajo riqueza que en parte se canalizó hacia los campos. Cuando entrara en decadencia aquélla en el XIX, la viticultura llegaría a cobrar fuerza y las aldeas florecieron hasta bien entrado el XX.

                Las circunstancias de la difícil postguerra prolongaron tal situación, pero el reflujo vendría con los cambios introducidos en la vida española desde los cincuenta hasta la actualidad. Las aldeas han perdido población dramáticamente, en una dinámica igual a la de cabeceras municipales de comarca como Venta del Moro, entre otras. El propio núcleo de Requena también pierde efectivos.    

                Es posible que se diga que volvemos a nuestra organización territorial de la Baja Edad Media, de un núcleo destacado en medio de una enorme extensión. Claro que a día de hoy las personas tienen otras expectativas a las de aquella época, pues el mundo ha cambiado mucho.

            

                Quizá sea necesario preguntarse qué han aportado a lo largo de muchos años las aldeas al núcleo urbano. Diría que bastante más que contribuciones de una u otra forma, llámense donativos, sisas o consumos. Las aldeas históricas de Requena (sin contar Utiel, Mira, Camporrobles, Fuenterrobles, Villargordo del Cabriel, Venta del Moro y Caudete de las Fuentes) posibilitaron el control de un territorio bastante extendido y accidentado, según testimonios de los propios responsables del siglo XVI, centuria a la sazón más pacífica que las dos anteriores, pues al menos castellanos y aragoneses ya no se combatían so capa de varios pretextos. Por supuesto, los recursos naturales, fiscales y humanos de las aldeas siempre fueron requeridos. El municipio de Requena no hubiera podido afrontar muchos compromisos tributarios sin la joya de sus propios, las dehesas. Vinieron de la mano del aborrecible servicio de los millones, en teoría para sufragar la Gran Armada de 1588, los alcaldes de aldea, a los que también se encomendarían tareas de alistamiento militar. Por si todo ello fuera poco, los terrazgos de las aldeas engrosaron el patrimonio de destacados prohombres locales, del Antiguo Régimen y del Nuevo, antes absolutistas, liberales después con la desamortización de por medio. Los capitales que consiguieron así consolidaron todo un sistema de vida, toda una forma de entender la sociedad.

                Con igual legitimidad se podría hablar de la contribución del núcleo a las aldeas. Tampoco fue baladí. Aguantar los requerimientos de tipos tan imperativos como los de los reyes de antaño no fue sencillo, pues la esencia de la comunidad política de muchos siglos fue el servicio a un monarca a cambio de la concesión o la confirmación de unos privilegios, y los regidores de Requena tuvieron que capear muchas exigencias que hubieran puesto contra las cuerdas a administraciones menos diestras y con bases económicas menores. A las aldeas también se trasladaron personas del núcleo urbano, igualmente afectadas por apremios y cargas tributarios, contribuyendo con sus energías a impulsar una roturación del territorio, una colonización verdadera, que con los años daría magníficos frutos. La dinámica histórica de muchas aldeas emana de este corazón capaz de bombear sangre y vida.

                En verdad, podemos decir que el núcleo urbano y las aldeas han conformado y conforman un sistema de iniciativas, organización y energías integrado, una auténtica universidad en términos orgánicos. Las aldeas, de perderse, son como el bosque que se quema, que priva a los seres humanos de un activo precioso. Supongamos, en una perspectiva ciertamente apocalíptica, que al concluir el 2119 (cuando muchos de nosotros estemos Dios sabe dónde, váyase usted a saber) Requena haya perdido sus aldeas, reducidas en el mejor de los casos a topónimos que solo mueven la curiosidad del extravagante erudito de turno. En la histórica tierra de Soria antiguas aldeas se encuentran a día de hoy en tal condición: las conoce el medievalista y el pastor a punto de decir adiós a este valle de lágrimas. En tal caso, es probable, que el extenso término requenense padezca degradación medioambiental y pérdida de recursos inapreciables en un tiempo en el que el llamado cambio climático, con todos los matices que se quiera, puede añadir importantes riesgos. Nuestra calidad de vida mermará inevitablemente, y con una población, riqueza y bienestar comparativamente menores Requena, la de la Avenida y otras vías públicas, quedará más marginada aun en un territorio periférico. Grandes de nuestra Historia como Benavente, Tordesillas o Medina del Campo (¡quién te ha visto y quién te ve!) demuestran que las altas torres caen. Quizá nos convirtamos en el mejor de los casos en una sucursal de núcleos más poderosos y opulentos, más allá incluso del Cap i Casal o de la Villa y Corte. Se perderá idiosincrasia, algo tan entrañable de cualquier lugar, y nuestra histórica energía, que en muchas ocasiones nos ha hecho depender de nosotros mismos y salir de verdaderas simas. Triste destino el de la tierra que pierde sus aldeas en los días de la aldea global. Entonces, ¿tiramos nuestras aldeas al vertedero de la Historia?