EN LA RUTA MILITAR DEL IMPERIO ESPAÑOL. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                Las malas relaciones entre soldados y vecinos.

                En 1636 Calderón de la Barca ambientó en Zalamea de la Serena uno de los grandes dramas del teatro español, en el que el honrado Pedro Crespo reclamaba y hacía justicia por la violación de su hija Isabel a manos del capitán don Álvaro Ataide. El mismo rey Felipe II aprobaba su conducta, convertida en ejemplar a ojos de muchas generaciones. Sin embargo, tratar con los soldados de los ejércitos reales, además de difícil, no siempre tuvo el mismo desenlace de la obra El alcalde de Zalamea, pues aquéllos se salieron con la suya y quebrantaron la voluntad de las autoridades locales a menudo.

                Requena, estratégico punto de paso.

                Requena, en el camino de Madrid y Toledo hacia Valencia, se encontró más de una vez comprometida por el paso de tropas. Puerto Seco desde 1264 y villa de tránsito dotada de privilegios de abastecimiento frumentario, a la que acudían a lo largo del año muchos arrieros y carreteros, la localidad fue de gran valor en el despliegue logístico de los Austrias en el frente mediterráneo. El vecino reino de Valencia tuvo hasta 1609 comunidades moriscas, algunas cercanas a los términos requenenses como las de Cortes de Pallás o Buñol, bajo sospecha de colaboración con las fuerzas del imperio otomano, y desde Castilla la Nueva se reforzó su dispositivo militar en consonancia. En 1574 las fuerzas de caballería ligera del marqués de Pliego y de don Alonso Hernández de Córdoba, de paso hacia tierras valencianas, fueron asistidas por mesoneros requenenses, que recibieron del municipio 2.602 maravedíes por sus servicios.

                Los condicionantes políticos y militares.   

                El declive del poder otomano, por cuestiones internas más allá de su enfrentamiento con Persia, no redundó en un apaciguamiento del Mediterráneo Occidental a lo largo del siglo XVII. Argel mantuvo una vigorosa actividad, y las naves inglesas y holandesas irrumpieron con fuerza, coincidiendo con la plena consolidación del Camino Español que enlazaba la Península con los Países Bajos a través de Italia. La hostilidad creciente de Francia, que desembocaría en la declaración de guerra abierta de 1635 y en la insurrección catalana, añadió mayores dificultades si cabe.

                Peleas entre vecinos y soldados.

                En 1632 tomó temporalmente asiento en Requena la compañía del capitán Jerónimo Olaso, cuyos soldados tuvieron una fuerte pendencia con los vecinos, de resultas de la cual murió el requenense Agustín Ramos. No nos constan los motivos exactos del enfrentamiento, que podía haberse producido por el alojamiento de los soldados en domicilios particulares, lo que era susceptible de provocar robos y vejaciones al vecindario. Lo cierto es que las aguas se consiguieron apaciguar, en circunstancias que no conocemos al no conservarse las actas municipales de aquel año, y a principios del invierno de 1632-33 el corregidor de Requena, el doctor Aldaba mandó al residente Diego Mínguez a la Villa y Corte para dar cuenta de lo acaecido, que recibió por sus servicios ochenta reales, a los que se sumaron los sesenta del procurador y cuarenta del solicitador.

                Los sinsabores de la vida militar.

                Lo cierto es que la vida de los soldados no era nada sencilla, ni de lejos, en un tiempo en el que todavía no disponían de acuartelamientos al modo actual. Sus pagas se retrasaban con frecuencia, en un siglo en el que los mercenarios de origen español ya no eran retribuidos con buenos ducados de oro, cada vez más reducidos a moneda de contabilidad. A pesar de todas las advertencias y buenos deseos, la profesión militar acabó desacreditada en la Castilla del XVII. En las Cortes de 1657 se llegó a afirmar:

                “Y este soldado, sin la satisfacción que se debe a su profesión y a su calidad y que cuando en la guerra no se halla más que hambre, sed, desnudez y otras infinitas incomodidades que padecen los que la siguen solo por ascender a mayores grados de reputación y de honra, si en lugar de aumentársela les quitan la que tienen, dificultosamente habrá quien quiera servir en atención a lo referido y a lo demás que se deja a la ponderación de V. M. de que es tan digna esta materia.”

                Muchos varones jóvenes no encontraron ningún atractivo en seguir la carrera militar, según paternal consejo consignado en El Quijote, y tuvieron que ser forzados a convertirse en soldados. Las autoridades locales, más allá de sus tradicionales deberes de levantar en caso de peligro su hueste, tuvieron que arrancar del vecindario los soldados del rey, con no poca polémica, pues a veces tuvieron que conducirlos en condiciones más semejantes a las de los presos. En Requena se tomaron los tres pares de grillos de su cárcel para llevar a Cuenca a tres soldados en 1633, por lo que el herrero Antonio García Izquierdo tuvo que elaborar otros tres. No en vano también los regidores se encargaron del paso de galeotes por la villa, como don José Ferrer y don Miguel Iranzo en 1636, por el que obtuvieron de los bienes de propios ochenta y siete reales entre ambos.

                Los regidores tratan de evitar lo peor.

                Los regidores perpetuos, fieles servidores del monarca (representado por su corregidor), se encontraron a veces entre la espada y la pared, entre las exigencias de las tropas y la disponibilidad de los vecinos. La posibilidad de enfrentamientos que degeneraran en motín fue bien real, como demostraron los acontecimientos de la Cataluña de 1640 o de la Zaragoza de 1643, los del llamado motín de los valones, en el que los soldados se tuvieron que acoger al sagrado de los templos para salvarse de las iras del paisanaje. En la Requena del invierno de 1638-39 se temió un alboroto semejante de alojarse varias compañías, que hubiera puesto en duda la capacidad de los regidores para controlar la villa. De no recibir nada, los soldados tomarían severísimas represalias, por lo que el regidor Gil Muñoz de Pelea les ofreció un refresco para que pasaran más adelante. Tal refresco se cuantificó en 105 reales y 13 maravedíes, consistiendo básicamente en alimentos.

                El agravamiento del problema.

                A los problemas de consecución y conducción de soldados, y de alojamiento y alimentación de las compañías de paso, se sumaron otros más. De la administración de las armas, necesarias en principio para equipar a los conscriptos, se encargaron en 1637 los también regidores don Juan Ramírez Sigüenza y don Alonso Fernández Sigüenza.

                Con la apertura de hostilidades en Cataluña, las cosas se agravaron. Se impuso a cada grupo de diez casas un bagaje o transporte para diez soldados. A Requena llegaron alcaldes de casa y corte encargados de remitir la gente de Castilla hacia el reino de Valencia por Siete Aguas, evitando toda deserción de unidades con un mínimo de treinta soldados, misión  encomendada a los cabos en las marchas junto a una compañía de caballería a retaguardia.

                Dada la importancia del paso de Requena, acudió el comisario Antonio Barrionuevo en julio de 1642 para levantar tropas en La Mancha, Murcia y Granada con destino a Vinaroz y Tortosa, antemural del poder hispánico en la Península. Aguantar el poder imperial resultó tarea ardua.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.

                Actas municipales de 1621 a 1637, nº. 4732/4; y de 1637 a 1647, nº. 3268.

                Libro de cuentas de propios y arbitrios de 1594 a 1639, nº. 2470.