LOS HALLAZGOS ARQUEOLÓGICOS DE 1827 EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA CARRETERA DE MADRID POR LAS CABRILLAS (BUÑOL)


LOS HALLAZGOS ARQUEOLÓGICOS DE 1827 EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA CARRETERA DE MADRID POR LAS CABRILLAS (BUÑOL, VALENCIA) por Ferrán Arrasa  e Isabel Izquierdo

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RESUMEN:

En este artículo estudiamos los hallazgos arqueológicos que tuvieron lugar en elaño 1827 durante la construcción de la carretera de Valencia a Madrid a su paso por el paraje de Las Cabrillas (Buñol). Las piezas mencionadas en la noticia manuscrita que el director de las obras, J.
Cortines, envió a la Real Academia de la Historia permiten deducir la existencia de un asentamiento ocupado entre los siglos II aE y II dE y posiblemente situado junto al camino que desde la ciudad de Valentia se dirigía hacia la Meseta. Entre las piezas encontradas destacan dos figuras de bronce que representan a Hércules y un jinete ibérico, la única conservada en el Museo Arqueológico Nacional.

ARCHIVO DE PREHISTORIA LEVANTINA
Vol. XXVII (Valencia, 2008)


INTRODUCCIÓN
El cuerpo de ingenieros del ejército se creó bajo el reinado de Felipe V, y en él se formaron durante el de Fernando VI numerosos oficiales para dirigir las primeras obras de carreteras. La institución responsable de su formación fue, entre los años 1720 y 1803, la Real y Militar Academia de Matemáticas y Fortificación de Barcelona. En 1803, el rey Carlos IV promulgó una nueva Ordenanza del Real Cuerpo de Ingenieros mediante la que se constituyeron el Regimiento Real de Zapadores Minadores y la Academia de Ingenieros con sede en Alcalá de Henares. El primer jefe de ambas instituciones fue el coronel de Ingenieros V. Heredia, quien tras su muerte fue sustituido en 1804 por el también coronel M. de Pueyo, que siguió ejerciendo sus cargos hasta 1808, cuando al inicio de la Guerra de la Independencia se disolvió la Academia. En el primer tercio del siglo XIX este cuerpo tuvo un protagonismo absoluto en la planificación y ejecución de las
principales carreteras del país. Pues bien, entre los 87 oficiales del Real Cuerpo de Ingenieros procedentes de dicha Academia, y perteneciente a su primera promoción, con fecha de ingreso en febrero de 1803, se encontraba J. Cortines (Capel, Sánchez y Moncada, 1988: 199), quien en 1827 –cuando ya había alcanzado el rango de Teniente Coronel– dirigía las obras de construcción de la carretera de Madrid y dio testimonio de los hallazgos que aquí estudiamos.

José Cortines Espinosa,1 nacido en Caracas (Venezuela) en 1782, ingresó como cadete en el regimiento de infantería de Voluntarios de Castilla y siguió estudios en la mencionada academia, de la que en 1805 pasó a ser profesor (Ibid., 1988: 210 y 251). Durante la Guerra de la Independencia cayó prisionero en Zaragoza y permaneció cautivo en Francia durante 6 años. Una vez reincorporado a su puesto, dirigió las obras de la citada carretera a su paso por Las Cabrillas y posteriormente los trabajos preparatorios para la construcción del canal de Urgell (Lleida). En 1839 fue nombrado Comandante General de Ingenieros del Ejército de Operaciones del Norte, intervino en el Convenio de Vergara y fue ascendido a Mariscal de Campo. Posteriormente, a las órdenes de Espartero, luchó en Castelló, Teruel y Catalunya, ascendió a Teniente General y fue nombrado senador. Fue miembro de la Real Academia de la Historia (en adelante RAH) y de la Sociedad
Arqueológica de Cuenca. Murió en Madrid en el año 1856. En el campo de la ingeniería civil, la Escuela de Ingenieros de Caminos y Canales se fundó en el año 1799, siguiendo el modelo francés, con la finalidad de formar técnicos con una mayor especialización y dedicación a las obras públicas, hasta entonces encomendadas a arquitectos e ingenieros militares, siempre supeditados a las tareas castrenses y sujetos a los avatares de la carrera militar. Como consecuencia de la Guerra de la Independencia y de la inestable situación política posterior, no fue hasta 1836 cuando esta Escuela empezó a funcionar con normalidad. Pero el trabajo continuado de los ingenieros
civiles no se iniciaría hasta 1841, cuando asumió la Dirección General de Obras Públicas P. Miranda, quién organizó los distritos de obras públicas y puso las bases de las actuaciones posteriores (Sáenz, 1990). Por ello, la presencia de ingenieros militares en la dirección de obra de algunos caminos fue todavía frecuente hasta esta década. Este fue el caso del Nuevo Camino Real de Madrid a Valencia, cuyas obras estuvieron repletas de incidencias y cambios de dirección. Su finalización se produjo en 1849 bajo la dirección de L. del Valle Arena, quién substituyó a E. Aquino en 1841 y permaneció hasta 1847, cuando fue promovido al frente del Distrito de Valencia; fue justamente esta obra la que más fama le dio, con la construcción del monumental puente sobre el río Cabriel en el paraje de Contreras entre los años 1848 y 1851 (Sanchis, 1993: 31, 91-92).

La realización de importantes obras de construcción y reparación de caminos deparó importantes hallazgos arqueológicos desde el siglo XVIII. Podemos recordar aquí los casos de Sagunt, en abril de 1745, donde se encontró parte de una domus a la salida sur de la población, de cuyos restos es particularmente conocido un mosaico que representaba a Baco cabalgando sobre una pantera (Olcina, 1991); y de Valencia, en cuya salida meridional se encontraron en 1766 los restos de una villa suburbana entre los que se recuperó un miliario del emperador Adriano (Sales, 1766). En el siglo que nos ocupa volverán a producirse estos hallazgos, ahora en la construcción del ferrocarril, como fue el caso de las 19 urnas funerarias de época ibérica encontradas en Alcossebre (Alcalà de Xivert) en enero de 1864, recogidas por el mismo ingeniero jefe de las obras J. de Llano (Anònim, 1873: 40; Arasa, 2005a: 172-173), que fue el primer director de la Sociedad
Arqueológica Valenciana, fundada en 1871 por diversos miembros de la SociedadEconómica de Amigos del País de Valencia (Goberna, 1981; Papí, 2002 y 2004).
Los descubrimientos anteriormente mencionados de Sagunt y Valencia fueron realizados en dos de las más importantes ciudades romanas situadas en territorio valenciano y se fechan en el período imperial. En el caso de Saguntum fueron estudiados por el comisionado real y miembro de la RAH M. B. Muñoz, y en el de Valentia por el cronista de la ciudad y también académico A. Sales. El hallazgo de Buñol presenta diferencias notables respecto a ellos puesto que se trata de un yacimiento arqueológico de carácter rural, su cronología se extiende entre los periodos tardorrepublicano e imperial y –lo que parece más destacable– es el mismo ingeniero, el teniente coronel J. Cortines, quien lo dio a conocer mediante un informe manuscrito enviado a la RAH. Esta institución, como venía siendo habitual desde su fundación en 1738, y particularmente desde la constitución de su Comisión de Antigüedades en el año 1792, figura como receptora de las noticias sobre hallazgos arqueológicos de todo el país.2 Tras la Guerra de la Independencia (1808-1812), la actividad de esta última, escasa en el sexenio absolutista (1814-1820), fue en aumento hasta el final del reinado de Fernando VII (Maier, en Almagro y Maier, 2003: 32).
Buena prueba de ello es la abundante documentación conservada perteneciente a este período (Cebrián, 2002). En ella se recogen las escasas muestras de actividad en la arqueología valenciana, casi paralizada en esta época (Goberna, 1985). Entre los escasos asuntos sobre la arqueología valenciana que figuran en la documentación del archivo del Gabinete de Antigüedades de la RAH en las décadas posteriores
a la Guerra de la Independencia, el primero es una nota anónima que da cuenta del hallazgo de una inscripción bilingüe (latino-griega) en Sagunt (CAIV/9/3929/6), una lámina de marfil encontrada “entre las ruinas de Sagunto” en marzo de 1825 (Cebrián, 2002: 276). A continuación, en el mismo año 1827 en que se comunican los hallazgos de Las Cabrillas (Buñol) y Alboraig que trataremos más adelante, también se da cuenta del hallazgo de una necrópolis ibérica en la partida del Mas de Alcalà de Xivert (Castelló) (Cebrián, 2002: 269 = CAICS/9/3929/1(2); Anónimo, 1832: XVI; Arasa, 2005a: 182-183). Habrá que esperar hasta 1838 para encontrar una nueva noticia de M. Cortés yLópez sobre el hallazgo en Valencia de varias inscripciones romanas (Cebrián, 2002: 279= CAIV/9/3929/8(1-5).
La documentación sobre el hallazgo que nos ocupa fue dada conocer por Cebrián (2002: 277-278, fig. 85; 2003: 30-31), ha sido editada en sendos DVD por la RAH (Almagro y Maier, 2003) y se encuentra disponible en el portal Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

EL CAMINO

La Sierra de las Cabrillas es una alineación montañosa situada al NE de la comarca de la Hoya de Buñol (fig. 1) que adopta una dirección NO-SE y tiene como principales alturas el Alto Gordo (797 m) y Madriño (917 m). Se trata del escalón que separa esta comarca del altiplano de Requena, y en ella estuvo la frontera histórica entre los reinos de Castilla y Valencia antes de la incorporación de aquella comarca a esta provincia en el siglo XIX: el llamado Paso de las Cabrillas era la entrada a Valencia desde la Meseta. Las principales vías de comunicación que comunican ambos territorios atraviesan esta sierra.

Desde un punto de vista histórico, este lugar tuvo un especial protagonismo en la Guerra de la Independencia. El día 4 de junio del año 1808, el ejército del mariscal Moncey salió de Madrid con la orden de Murat de acabar con la insurrección valenciana. Éste siguió la ruta más corta por Cuenca, pero las tropas valencianas dirigidas por el conde de Cervelló se concentraron en Almansa pensando que éste sería el camino elegido. Moncey llegó a Cuenca el día 11 de junio, y entonces la Junta de Valencia envió al general P. Adorno a Las Cabrillas con 8.000 hombres. Después de varios errores tácticos y una primera derrota en el puente del Pajazo, en Las Cabrillas quedaron 200 soldados y
3.000 voluntarios mal armados al frente del brigadier Marimón, que –después de bloquear el camino con el fin de impedir el paso al ejército invasor– fueron derrotados por las tropas francesas el 24 de junio (Ardit, 1980: 29-30; Archilés et alii, en Hermosilla dir., 2007: 276). Como veremos más adelante, el tramo del camino que entonces fue bloqueado todavía se conservaba en 1827 cuando se estaban realizando las obras para la construcción de la nueva carretera. El trazado del Camino Real de Valencia a Toledo y Madrid no sufrió modificaciones
importantes al menos entre finales del siglo XV y el XVIII (Piqueras y Sanchis, 2006: 167-175). Con anterioridad, en época ibérica se ha señalado la importancia de un camino que partiría del asentamiento urbano de La Carència (Torís) y seguiría por Alboraig hasta
Siete Aguas, con un trazado situado al sur del que nos ocupa (Ledo et alii, en Hermosilla dir., 2007: 139, fig. 5). Para la época romana se ha señalado la existencia de una vía procedente de Valentia con dirección hacia el centro de la península, aunque hasta ahora no
se haya podido documentar arqueológicamente (Arasa y Roselló, 1995: 124-125). Su trazado se justificaría por la fundación de la ciudad en el año 138 aE y la reorganización de la red viaria en la zona. Autores como Morote (2002: 241-242) y Arias (2004: 31) han destacado la existencia de una importante ruta ganadera con un recorrido en ocasiones muy próximo al camino histórico. Recientemente se ha planteado que el trazado del camino descrito por Villuga podría corresponder básicamente al de la vía romana (Ledo et alii, en Hermosilla dir., 2007: 161-165, fig. 27). También en el período andalusí se ha apuntado la existencia de un camino que desde Valencia pasaba por Requena y seguía hacia el oeste (Barceló, 1984: 165; Barceló, Domingo y Teixidor, 1984: 237, fig. 1).

En el siglo XV el Camino Real de Valencia a Requena fue construido de nuevo por iniciativa del Consell de Valencia con la finalidad de asegurar la comunicación entre los reynos de Valencia y Castilla. Según recoge Perales (1880: 452), mosén B. Juan fue el encargado del proyecto de construcción de un camino apto para vehículos de ruedas, que se realizó entre los años 1427 y 1438 y supuso la obra más importante de las realizadas hasta entonces. En las noticias posteriores a este camino aparecen como referencias importantes los puentes de Vadocañas y el Pajazo y un amplio conjunto de ventas entre las que destaca –por su importancia y proximidad al lugar del hallazgo– la de Buñol (Piqueras y Sanchis, 2006: 177-181). Bajo los Austrias las primeras noticias son del escudero J. de Vandenesse que describe los itinerarios del emperador Carlos V: el primero en el año 1528 cuando en el mes de abril viajó a Valencia procedente de Castilla y pasó por
la Venta del Pajazo (Ibid., 2006: 186-187), donde pernoctó, Requena, Buñol y Quart; y el segundo en 1541 cuando siguió el mismo itinerario de viaje de vuelta pasando por Buñol, Requena y Motilla del Palancar, en la que era la ruta oficial entre la corte y Valencia
(García Mercadal, 1952, I: 922 y 940-942).

Este camino aparece descrito en el Reportorio de todos los caminos de España de Villuga (1546), en el que pasa por Quart y sigue hasta Chiva, la Venta de Buñol, Siete Aguas, Requena y Utiel. También figura en el nuevo repertorio de caminos de Meneses (1576). En esta misma época aparecen las primeras referencias cartográficas del camino en el mapa de Ortelius (1584), en el que ya figura la Venta de Buñol. El trazado general del camino se puede ver representado cartográficamente en el mapa del jesuita Cassaus (1693), el primero que incluye los caminos principales; en el camino de Madrid figuran las ventas de Chiva y Buñol.

En el siglo XVIII, bajo la dinastía de los Borbones, había tres caminos para cubrir el trayecto de Valencia a Madrid (Arbáizar, 1996). El más septentrional era un camino de herradura llamado de las Cabrejas que atravesaba los Altos de este nombre y pasaba cerca de la ciudad de Cuenca. Por la llanura de la Mancha conquense discurría el camino directo, llamado ‘corto’, de Las Cabrillas o de Cabrera, por atravesar dichas sierras.

Finalmente, el itinerario más cómodo –pero también más largo– era el camino de carro que pasaba por Albacete. En este siglo hubo una importante polémica sobre cuál de ellas era la ruta más recomendable y, finalmente, tras la publicación del Real Decreto de 1761 para la construción de “caminos rectos y sólidos en España”, de entre estos tres itinerarios se decidió convertir en Camino Real de Valencia la ruta más larga, que dando un gran rodeo por el sur seguía el corredor del Canyoles por la comarca de la Costera y desde Almansa continuaba por Albacete en dirección a la capital. A pesar de ello, nunca se abandonó totalmente la idea de construir un camino directo entre Valencia y Madrid que pasara por Las Cabrillas.

Entre 1776 y 1780 hubo hasta tres intentos de mejorar el trazado de esta carretera, habilitando los tramos difíciles en lugar de construir un nuevo camino, y ello con la finalidad de reducir el viaje en dos jornadas (14 leguas, 78 km) después de la construcción del Nuevo Camino Real que pasaba por Albacete (Sanchis, 1997: 465-466). Estos proyectos pretendían mejorar los dos mayores obstáculos del trazado: el Puerto de las Cabrillas entre Buñol y la meseta de Requena y las cuestas del valle del Cabriel entre Villargordo y Minglanilla. El Camino Real discurría por Quart, Venta del Poyo, Venta de Chiva, Venta de Buñol, Venta Quemada, Utiel y Villargordo. El paso tradicional del río
Cabriel, al menos entre los siglos XV y XVIII, fue por el Puente del Pajazo. En 1720, cuando se publicó el Reglamento General de Correos y Postas, donde se definen las carreras de posta, cuya red es el precedente del plan de carreteras general de 1761 (Uriol, 1990: 230-232), fue substituido por el de Contreras, desde donde el camino seguía hacia Minglanilla (Sanchis, 1993: 89-92). En 1782 tenemos una descripción bastante negativa de este camino a su paso por la zona de Campillo y Villargordo en la descripción del Barón de Bourgoing (García Mercadal, 1962, III: 934-1075). Una imagen cartográfica clara del trazado de este camino a finales del siglo XVIII figura en los conocidos mapas de López de Vargas (1788) y Cavanilles (1795), donde se aprecia que pasa junto a Chiva y por Requena y Utiel.

Finalmente, en 1825 el capitán General de Valencia Luis Alejandro de Bassecourt reunió los fondos necesarios para habilitar el camino dentro de los límites del Reino de Valencia, sobre todo en el tramo que ofrecía mayores dificultades entre Buñol y el Rebollar, y cursó al rey la correspondiente petición de las autoridades valencianas con el apoyo del Arzobispo y de entidades como la Sociedad de Amigos del País de Valencia. Las obras de la carretera de Las Cabrillas empezaron este mismo año y se prolongaron hasta 1852, con una interrupción entre los años 1836 y 1840 a causa de la guerra civil. Su trazado coincide a grandes rasgos con el de la actual N-III y de acuerdo con el carácter
de obra moderna que se le quería dar se proyectaron y construyeron numerosas alcantarillas y varios puentes. Los hallazgos que nos ocupan se produjeron precisamente en el curso de la construcción de una de estas alcantarillas.

En el largo periodo de construcción de la nueva carretera se pueden distinguir tres etapas, en una división justificada por los cambios en la dirección de obras y el traspaso de la dirección de las mismas desde el cuerpo de ingenieros militares al de ingenieros civiles. Nos interesa aquí la primera de ellas, que se extiende entre los años 1825 y 1831, en la que los trabajos se concentraron en el puerto de Las Cabrillas, desde la Venta de Buñol, al pie del puerto, en dirección hacia Siete Aguas, un tramo de enormes dificultades para el tráfico rodado. La dirección de obras cambió hasta cuatro veces debido al sistema de ascensos y destinos en el Ejército: las empezó el coronel Soziats, continuó el teniente coronel Cortines, al que siguieron el teniente López Enguídanos y el capitán Cortijo (Piqueras y Sanchis, 2006: 167-173). En estos primeros seis años sólo se pudieron construir 4,5 km, que permitieron aliviar la subida del Portillo de Buñol. Al final de
esta primera etapa se aprobó una real orden en 1830 para unir la carretera de Las Cabrillas con la de Tarancón.

A modo de síntesis, podemos decir que el camino histórico que ha unido la franja central de la costa valenciana con las tierras del centro de la península se ha visto obligado siempre a salvar el escalón montañoso de la Sierra de las Cabrillas. Se trata, por tanto, de un lugar de paso prácticamente ineludible en la ruta que une ambas zonas. La fundación de la colonia Valentia en el año 138 aE y el posterior desarrollo de su red de caminos, consolidada en el período imperial, pudo ser la causa de su construcción, que supondría el desplazamiento hacia el norte del trazado por el valle del Magro utilizado en epoca ibérica. Con posterioridad, el corredor que une la ciudad con el centro de la península ha discurrido siempre por esta zona, con diversos trazados que han ido variando hasta el presente.

LOS HALLAZGOS

Los hallazgos arqueológicos que nos ocupan fueron realizados en el mes de mayo del año 1827, durante las obras de construcción de la carretera de Madrid a su paso por el Puerto de las Cabrillas de Buñol (fig. 2). La primera noticia es de este mismo año, cuando
el teniente coronel J. Cortines Espinosa, al frente de las obras, envió un informe manuscrito a la RAH dando cuenta de lo hallado (Cortines, 1827). La zona ha sido prospectada por el arqueólogo L. Gimeno, a quien damos las gracias por su información, sin que hayan podido encontrarse restos del yacimiento. Posiblemente fue destruido en el curso de las obras y las posteriores modificaciones de la carretera han borrado cualquier vestigio. Según sus indicaciones, estaba situado de manera aproximada a la altura del nuevo viaducto de la carretera de Madrid (A-3), sobre la cota de 500 m, al este del Portillo. Algunas piezas de especial relevancia fueron recogidas por Cortines y descritas
y representadas en dicho informe. De todas ellas, como veremos, tan sólo una se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (en adelante MAN).
El teniente coronel J. Cortines Espinosa envió el informe sobre los hallazgos de Las Cabrillas el día 1 de septiembre de 1827, y el día 31 del mismo mes fue presentado a la Junta de la RAH. Cortines fue nombrado académico correspondiente en la junta del 5 de abril de 1828, según consta en la Carpetilla de expediente sobre dicho informe (CAIV/9/3929/7(1). Estos nombramientos eran habituales en casos como el que nos ocupa. Por entonces era director de la RAH M. Fernández Navarrete (1825-1844), secretario D. Clemencín y Viñas (1814-1834) y Anticuario P. Sabau y Blanco (1820-1833) (Maier, 2004). El día 1 de mayo el nuevo académico remitió una carta de agradecimiento
a la RAH desde Buñol, que fue leída en la Academia el 9 del mismo mes. En fecha indeterminada, pero posiblemente con anterioridad al de Las Cabrillas,

LOS HALLAZGOS ARQUEOLÓGICOS DE 1827 EN LAS CABRILLAS

Cortines había enviado otro informe a la RAH, también conservado en el archivo de esta institución, que fue leído en la Junta el 21 de setiembre de 1827. En él da cuenta de unos hallazgos de época romana realizados el día 7 de enero de 1826 por el propietario de un
terreno situado en la partida del Bovalar del término municipal de Alboraig (CAIV/9/3929/7(5-6), población situada al SSE de Buñol (Anónimo, 1832: XVI; Pingarrón, 1981: 157-158), entre los que destaca una inscripción latina de carácter funerario, dedicada a L. Fabius Proculus y Vitoria Omullina, que puede fecharse en el siglo I dE.3 No tenemos más noticias de Cortines, que cambió de destino y fue relevado en la dirección de la obra.

Los hallazgos fueron realizados en la construcción de una alcantarilla y en el desmonte para el camino: “Abriendose los cimientos de una alcantarilla en uno de los entrantes de las faldas de las Cabrillas, en el sitio llamado Vuelta de los Letreros y en el desmonte que ademas se egecutó para la caja de la carretera en el mismo punto y á varias distancias en la profundidad de unas 12 á 15 varas”. Más adelante, Cortines describe el lugar del hallazgo: “El sitio corresponde á una especie de escalon de la caida de la regata que recoge las aguas de parte de aquellas faldas, y por el cual pasaba el camino antiguo de Las Cabrillas desde la mas remota antiguedad, y por el mismo parage se construye
ahora la nueva carretera”.
Cortines acompaña su informe de un croquis topográfico donde se sitúan con precisión todos los elementos indicados en la descripción: “Para la mayor inteligencia del asunto, acompaño una vista en bosquejo de la montaña de las Cabrillas en que se manifiestan las ocho vueltas que tiene en su falda, las carreteras antigua, la nueva y la actual abierta por los franceses; el pasage de la peña que contiene los dichos numeros, y el sitio de la excavacion en que se han encontrado las figuras de bronce y demas objetos que he indicado. Su situación con respecto á la base del Castillo de Buñol, és al Nord- Noroeste con alguna inclinacion al Noroeste, á 3074 pasos de las Ventas de Buñol, ó 31 minutos al paso de camino”. La letra E, que corresponde al emplazamiento de dicha alcantarilla, está situada como corresponde en el trazado de un torrente. No se aprecia ninguna irregularidad destacada en el terreno, por lo que parece tratarse de una zona en pendiente
no muy pronunciada, una especie de terraza. Por tanto, el yacimiento no parece ocupar una posición defensiva destacada, sino que está situado junto a un barranco, y puede considerarse incluido en la categoría de asentamientos en ladera. Su localización entre los estribos de la sierra limita su control visual hacia los lados este y oeste, por donde transcurría el camino histórico. En el lateral derecho del croquis se aprecia una pequeña elevación llamada el Alto Redondo, situada sobre el camino, que por sus características parece más idónea para el emplazamiento de un asentamiento con carácter defensivo. Por otra parte, tanto la descripción como el citado croquis aportan algunas informaciones de interés en relación con el camino. Así, se representa el tramo de camino inutilizado en 1808 en el intento de las milicias valencianas de obstruir el paso a las tropas francesas; se distingue el nuevo trazado construido por el ejército francés, que discurre a una cota inferior al anterior y arranca desde el mencionado Alto Redondo, para unirse al anterior poco más adelante del tramo inutilizado; este nuevo trazado era el utilizado aún en 1827; se señala con claridad que la nueva carretera seguía un trazado próximo al del camino en uso con anterioridad a 1808, por lo que puede suponerse que el yacimiento ya debió ser alterado cuando aquél se construyó; y finalmente se localiza la llamada Vuelta de los Letreros, que parece estar situada poco antes de llegar al barranco en cuyo alrededor se localizaron los hallazgos, y se representa la roca en la que figuraba grabada la cifra 1163 que le daba nombre.

Sobre la idoneidad del lugar para una emboscada, Cortines añade: “Las circunstancias de aquel terreno ofrecen ventajas para la defensa del camino, y és el punto mas oportuno para cortarlo é inutilizar el paso, al mismo tiempo que los salientes de la falda á modo de estribos ofrecen posiciones que descubren aquel punto dominado por todos lados”. A continuación describe los hechos bélicos anteriormente mencionados y sus consecuencia sobre la carretera de Madrid: “En nuestra guerra de seis años tambien se cortó el camino en aquel mismo sitio y se embarazó con enormes peñascos derribados de la montaña con el objeto de impedir el paso al ejercito frances del General Moncey en 1808; por lo que tambien se llama en el día aquel parage la Cortadura. A los ultimos de esta guerra abrieron los franceses una carretera provisional, que és la actual, para sus comunicaciones, mas abajo de la carretera antigua y de la que actualmente se contruye, no
habiendoles sido posible habilitar aquella por el mucho gasto y tiempo que hubieran necesitado”.

En la descripción de los hallazgos Cortines se centra en las dos figuras de bronce que veremos más adelante,4 pero señala la presencia de otras piezas de interés: “Asimismo se han encontrado un anillo de cobre pequeño, en cuya parte superior se nota un dibujo que no puede distinguirse si son letras ó alguna flor; un arete; varias monedas, y una clava de Hercules (pequeña), del mismo metal, y varios pedazos de hierro, clavos, estoques, chuzos, lanzas, regatones y otras armas la mayor parte hechas pedazos y muy carcomidas por el tiempo; de suerte que solo dos ó tres estoques, y algunos hierros de lanzas y picas se distinguen bien. Uno de los estoques presenta en su puño dos ó tres puntos brillantes como de hoja de plata que indican haber sido revestido ó tachonado de este metal. El numero de monedas halladas hasta el dia és de 31, mas ó menos legibles, y entre ellas un ochavo de Carlos II en lo mas superficial de las excavaciones”. Destacan el elevado
número de monedas, aunque desconocemos si en su mayor parte eran antiguas, y los fragmentos de armas, entre los que se mencionan lanzas y empuñaduras de espada, una de ellas damasquinada de plata. Estos últimos hallazgos, como asimismo el anillo, pudieron
haberse hallado en la necrópolis del asentamiento. Sin embargo, añade el oficial: “No se han hallado hasta ahora objetos de madera de ninguna clase, ni resto humano que indique haber habido allí cadaveres; y sí solamente un hueso que parece de una canilla”. Pero Cortines pensaba en una necrópolis de inhumación, no en una de incineración como debió ser la de este yacimiento. De todos los hallazgos, acompañan al informe de Cortines las ilustraciones de las dos figuras de bronce, una de Hércules y otra de un jinete que confunde con un gladiador, una moneda y una fíbula anular ibérica. Los dibujos de estas dos últimas son obra del oficial, mientras que los de las figuras no deben ser obra suya según él mismo expresa: “El Hercules y el Gladiador los presenté al Excelentísimo Sr. Capitán General D. Francisco
de Longa, asi como varias monedas, el anillo y algunos estoques y hierros de lanzas; cuyo señor los conserva en su poder. No teniendo á la vista aquellas dos figuras, no me és posible remitir diseño de ellas”. Lo confirma también la nota añadida al pie de su manuscrito:
“Presentado y leido con la vista de las Cabrillas y el diseño del arete en la Junta de 31 de Setiembre del 1827”. Puede deducirse que los dibujos fueron realizados por encargo del Capitán General, quien se quedó las piezas.
La moneda representada (CAI-V/9/3929/7(10) es una unidad de bronce de la ceca Saiti (Xàtiva) que pertenece al grupo II.2 establecido por Ripollès (2007: 79), que representa un jinete con lanza en el reverso (fig. 4), tiene un peso medio de 12,22 gr y se fecha en la segunda mitad del siglo II aE; éste fue uno de los dos tipos de denominaciones que más se acuñaron. Esta pieza no ha sido considerada hasta ahora por los estudios numismáticos.
En cuanto a la segunda pieza, interpreta el autor que pudiera ser un zarcillo o un alfiler (CAI-V/9/3929/7(4), pero se trata de una fíbula anular ibérica bien conservada (fig. 5) –representada de frente y de perfil– del tipo de timbal hemiesférico de Cuadrado (1957: 15 y 30). La fíbula anular tiene una amplia cronología que comprende todo el período ibérico, y que perdura hasta el I dE (Argente, 1994: 105-107).
Según hemos comentado, el manuscrito de la RAH está acompañado de otras dos láminas a la acuarela. Una de ellas representa al jinete (fig. 6) y lleva la siguiente leyenda en el encabezamiento: “Diseño del tamaño natural de una figura de cobre que se ha encontrado en los desmontes de las Cabrillas para la nueva carretera, el día 10 de marzo de 1828” (CAI-V/9/3929/7(11). Como ya hiciera ver Albertini (1916: 295-296), se trata de un doble error, puesto que el hallazgo se produjo en mayo de 1827, lo que confirma que el dibujo no salió de la mano de Cortines, quien concreta la fecha en su informe. Con la misma letra, al pie se añade una nota: “Parece que la posicion de esta figura és la de haber estado á caballo”. El mismo Albertini destaca esta correción, que atribuye a un académico, al error inicial de Cortines de confundir el jinete con un gladiador. Cortines, en
su manuscrito da las medidas de esta figura: “del tamaño de 4 pulg. y 9 lin.”, y añade que
“representa al parecer un gladiador que mira sobre la izquierda, y la posicion de sus muslos
y piernas algo abiertas manifiesta que está en ademan de obrar esfuerzo. El brazo
derecho lo tiene levantado en acto de amenaza ó pegar. Faltale la parte anterior del brazo
izquierdo, y en la mano derecha q. está cerrada se conoce tenia alguna arma empuñada,
que se ha roto y perdido”. Tanto la descripción como las medidas, según señalara
Albertini, se corresponden con la figura conservada en el MAN procedente de la colección
Vives.
Antes de pasar a estudiar las dos figuras de bronce seguiremos el rastro de la noticia
del hallazgo en la bibliografía, que pronto se redujo a la única pieza conservada actualmente
en el MAN, el jinete. En 1832, la RAH incluyó el hallazgo de Las Cabrillas en el
tomo VII de sus Memorias: “El teniente coronel de ingenieros don José Cortines, encargado
de las obras del camino real desde Madrid á Valencia por las Cabrillas, dió noticia
á la Academia en el año de mil ochocientos veinte y siete de unas antiguallas encontradas
al abrirse los cimientos de una alcantarilla en el sitio llamado Vuelta de los Letreros,
á saber, dos figuras de bronce, de que remitió los dibujos, una que al parecer representa
á un gladiador y otra á Hércules; algunas espadas, regatones y hierros de picas, sortijas,
monedas romanas y otros objetos semejantes: un puño de espada tenia vestigios de haber
estado tachonada de plata. Estos objetos se entregaron al Capitan general de aquel reino”
(Anónimo, 1832: XVI). Esta es la última ocasión en que se identifica dicha figura con un
gladiador.
El jinete fue adquirido por A. Vives y Escudero en fecha desconocida, en cuya colección
figura en el inventario publicado por J. R. Mélida en el año 1900. Según la información
proporcionada por el museo, la figura ingresó en la colección del MAN con fecha
de agosto de 1913, formando parte de una de las colecciones más importantes que alberga
el MAN, la Colección Vives y Escudero, comprada por el Estado a su propietario, que
comprende piezas de distinta naturaleza, desde la Prehistoria hasta época moderna
(Manso, 1993), y cuyo núcleo principal lo constituyen justamente los bronces, y muy
especialmente aquéllos de época ibérica. El jinete de Las Cabrillas aparece representado
en el álbum de dibujos de la colección de bronces antiguos de Vives y Escudero (fig. 7)
editado por García-Bellido (1993: 220, lám. 20, nº 2), donde se le atribuye la misma procedencia
que a la figura número 1, un Hércules combatiente que no puede identificarse
con el otro bronce hallado en Las Cabrillas por no ajustarse ni a la descripción de Cor -
tines ni al dibujo conservado en la RAH, y donde por vez primera se le reconoce como
tal: “ginete adquirido en Madrid del Sr. Morcillo procedente de Granada ?”; el mismo
Vives expresa con el interrogante sus dudas acerca de la procedencia. La editora añade
en la descripción: “Jinete con una superficie rugosa de color amarillento, ae, alt. 15 cm,
MAN nº inv. 22710, Mélida, lám. X, 54, p. 163”.
Como hemos visto, la primera referencia al jinete que fue publicada con posterioridad
a la noticia de las Memorias de la RAH en 1832 es de Mélida (1900: 163-164, nº 54,
lám. X), cuando dio a conocer la colección de bronces antiguos de Vives. Mélida, que
desconocía el manuscrito y el dibujo conservado en la RAH, la describe de la siguiente
forma: “Jinete, sin su caballo. Viste túnica corta y lleva una especie de pequeño manto
arrollado á la cintura, á manera de faja. Calza botas altas á modo del campago romano.

Fig. 7.- Dibujo de la colección Vives según García Bellido (1993: 220, lám. 20, núm. 2).
Tiene levantado el brazo diestro para sostener una lanza. Le faltan los dedos de la mano,
el brazo y el pie izquierdo. A pesar de que el modelado peca de tosco, llama la atención
del observador el espíritu con que están expresados el movimiento y la actitud. Sin duda
por la acción de la tierra, el bronce ofrece superficie como rugosa, de color amarillento.
–Altura 0’14 m. Desgraciadamente se ignora la procedencia de tan curiosa pieza. (…)
está visto al natural: hay en la intención, ya que no en la forma, un realismo que sólo parece
posible al calor de una corriente artística puramente romana”. Esta noticia la recogió
pocos años más tarde Paris (1904: 182, fig. 278-279), quien reproduce la figura en sendas
fotografias, señala que debía tratarse de un jinete con lanza y destaca su carácter
mediocre.
La procedencia de esta figura fue reconocida algunos años después por Albertini
(1916), quien había podido consultar los manuscritos conservados en la RAH sobre el
hallazgo de Las Cabrillas. Después de citar la hasta entonces escasa bibliografía sobre la
pieza, Albertini se refiere al manuscrito de Cortines, que reproduce en la parte donde describe
el jinete, y a sendas láminas realizadas en acuarela conservadas junto a él en las que
se reproducen las figura de Hércules y del jinete. Sobre el primero, el autor afirma que
desconoce si se conserva, pero que en cualquier caso no lo ha visto en los fondos del
MAN. Añade, además, que los detalles del dibujo no concuerdan con la descripción contenida
en la nota manuscrita, por lo que deduce que éste no se corresponde con la pieza
hallada y su inclusión puede deberse a una confusión. Contrariamente, considera que la
figura representada en la segunda lámina se corresponde fielmente al jinete que él mismo
pudo examinar en el MAN. Albertini comunicó a Mélida la procedencia de la figura,
quien se dio por enterado añadiendo una nota al artículo de aquél.
En su libro sobre La antigua civilización ibérica en el Reino de Valencia, Almarche
(1918: 82-84) se hace eco de la reciente publicación de Albertini donde esclarece la procedencia
de la figura del jinete, reproduce parte del manuscrito de Cortines y cita el artículo
de Mélida y el libro de Paris. Pocos años después cita el hallazgo Sarthou (s. a.: 318)
en el segundo volumen dedicado a la provincia de Valencia de la Geografía General del
Reino de Valencia, con referencias a la noticia de las Memorias de la RAH y a los trabajos
de Mélida, Paris, Albertini y Almarche. Con posterioridad, cita la figura Álvarez-
Ossorio (1941: 128, lám. CXVIII, núm. 1614) en su Catálogo de los exvotos de bronce,
ibéricos, donde señala que fue “hallada cerca de Buñol, partido de Chiva (Valencia)”.
Nicolini (1969: 54 y 58) la incluye en su trabajo sobre los bronces figurados de los santuarios
ibéricos y le atribuye sin duda un origen romano (siglos II-I aE) que denotan el
movimiento, actitud y los pliegues de la túnica, aunque destaca su carácter ibérico en la
factura de la cabeza y el brazo. Posteriormente, Prados (1992: 92, 266 y 369, nº 1123) la
incluye en su monografía sobre los exvotos de bronce del MAN, sin incluir referencias
bibliográficas. Los hallazgos de Las Cabrillas han sido citados también por Pla Ballester
(s. v. “Buñol”, GERV, 2, 245) en la Gran Enciclopedia de la Región Valenciana, Pérez
Soler (1974: 74-75) en su libro sobre la Hoya de Buñol y Uroz (1983: 73) en su monografía
sobre la Edetania. Ripollès (1980: 48) cita el hallazgo de monedas indeterminadas
según la referencia de Almarche. Pérez Negre (1999: 71) incluye estos hallazgos en su
inventario de los yacimientos romanos de la comarca de la Hoya de Buñol-Chiva a partir
de las noticias de Sarthou, Pla Ballester, Pérez Soler y Ripollès, y relacionándolos con
una necrópolis. Finalmente, han sido citados recientemente en una monografía sobre la
población de Buñol (Hermosilla, 2007: 151, 155-156 y 341).
LA FIGURA DE JINETE
Se trata de una pieza que pertenece a la colección permanente del departamento de
Protohistoria y Colonizaciones del Museo Arqueológico Nacional5 de Madrid (número de
inventario 22.710). Es una figura masculina estante, exenta y fragmentada, que representa
a un jinete sin caballo (fig. 8). Presenta un tocado muy ajustado, a modo de casquete
esférico, marcadas orejas, nariz triangular, grandes ojos, cejas pronunciadas y boca
de gruesos labios marcados. Viste una túnica de faldellín corto, escote recto y manga
corta. En la cintura porta una gruesa prenda doblada, a modo de cinturón o banda superpuesta.
Calza botas altas de borde superior marcado. Sus piernas están separadas y extraordinariamente
arqueadas, lo cual no permite albergar dudas sobre su condición de jinete.
Su brazo derecho está doblado y elevado. La figura está incompleta; faltan el brazo
izquierdo y parte del calzado del pie izquierdo.
Desde el punto de vista técnico, la figura está realizada en bronce fundido mediante
la técnica de la cera perdida. A propósito de la aleación del metal, visto su considerable
peso (346 gr), el color y las características de su pátina, amarronado-amarillenta, plomiza,
según las consultas realizadas,6 parece tratarse de un bronce (hay indudablemente
cobre en su composición) con alta presencia de plomo, por tanto, una figura de bronce
plomado. El trabajo es de mediana calidad y buen pulido, con huellas apreciables de instrumental
en su superficie. Sus dimensiones son considerables, teniendo en cuenta el
soporte de la pieza: 14,4 cm de altura conservada x 6,5 cm de anchura máxima x 3,1 cm
de profundidad.
Destacaremos de la factura de esta pieza dos aspectos sobre los que merece la pena
detenerse. En primer lugar, en cuanto a las dimensiones, insistimos en la altura de la figura,
en relación con el formato medio de este tipo de piezas. Tal y como señaló Nicolini
(1969: 108, n. p. p. 1) a propósito de los bronces ibéricos, su altura media se sitúa, en
general, entre los 4 y 12 cm, y la mayor parte entre los 6 y 8 cm. Son tallas muy excepcionales,
por encima de la media, ejemplos como el varón armado de Despeñaperros
(Álvarez-Ossorio, 1941: núm. 194), de 26 cm de altura; otro exvoto masculino de
Castellar de Santisteban o el del santuario de La Luz, de 24 cm de altura (Nicolini, 1969:
81-83, pl. XVII). Por debajo de las dimensiones medias se sitúan las pequeñas figuritas
esquematizadas cuya altura oscila entre 1 y 1,5 cm. Por tanto, en el caso del bronce de
Las Cabrillas, estamos ante una pieza de tamaño excepcional, tal como el exvoto femenino
ibérico estante, recientemente publicado también de la colección del MAN, de 15,3
cm de altura x 3,5-2,5 cm de anchura x 3,1-1,4 cm de profundidad y 499,7 gr de peso
(Izquierdo, 2002: figs. 1-3).
Igualmente, en el caso del jinete que estudiamos, resulta de interés la aleación del metal, muy rico en plomo, otorgando la característica apariencia plomiza a la pieza. Desde un punto de vista técnico, la presencia de plomo en los bronces antiguos favorece la baja fusión de la colada que decrece al aumentar este metal. Tal vez el uso de refundiciones sucesivas motivase el incremento del plomo, tal y como se ha estudiado para el caso ibérico. Sus altísimos porcentajes en algunas piezas –incluso por encima del 40% según algunas metalografías realizadas– pueden deberse a diversas causas, entre las que podemos citar la escasez de estaño en el territorio de fabricación, un deseo o búsqueda de abaratamiento de la pieza o incluso la facilidad de su colada (Prados, 1992: 153).
Centrándonos en el tipo representado y su gestualidad, este jinete podría haber portado un arma ofensiva, tal vez una lanza o una jabalina en su mano derecha, como es característico en otras figuras de jinetes en bronce halladas en emblemáticos santuarios ibéricos con presencia de jinetes, como los exvotos del Collado de los Jardines (Despeñaperros, Jaén) (Prados, 1992: núms. 424-427 y 429) o La Luz (Murcia) (Eadem: núm. 1019).
La figura de jinete de Las Cabrillas, por su tipo, gesto y atributos iconográficos de indumentaria puede situarse en el período pleno o más bien tardío (Ibero-romano, siglos II-I aE) de la cultura ibérica. Su consideración como exvoto, por analogía con otros bronces similares, como a continuación detallaremos, podría indicar su procedencia de un depósito votivo de santuario u otro espacio ritual en un contexto de habitat.

ICONOGRAFÍA IBÉRICA DEL JINETE

La imagen del jinete es bien conocida y está documentada en distintos soportes materiales, muestra de su gran proyección en la sociedad como expresión identitaria de la cultura ibérica. La representación del caballo es muy frecuente en el imaginario ibérico, fundamentalmente
en los monumentos funerarios ibéricos tallados en piedra, en objetos rituales como los ajuares o los exvotos de bronce o en bienes de prestigio, como las cerámicas de lujo, sin olvidar las acuñaciones monetarias y su conocido emblema del jinete lancero. En cuanto a los soportes de piedra, se evidencia una gran variabilidad y tradición en las representaciones de caballos, formas, tamaños y gestos. El caballo con jinete ataviado para la caza o la guerra es habitual en los monumentos funerarios ibéricos, mostrando la victoria del héroe sobre la muerte. El tipo del caballo, su significado y función en el ámbito mediterráneo y la Península ibérica han sido estudiados por Chapa (1985: 166-179; eadem, 1986: 157-167), en relación con el análisis morfológico y estilístico de las esculturas exentas y en relieve, determinando agrupaciones tipológicas y estilísticas para los restos hallados en la Península.
Ya en las estelas decoradas del suroeste de la Península, con cronologías entre el siglo IX e inicios del VII aE, según Almagro Gorbea (1977: 185), se vincula al caballo con el mundo funerario, aunque el jinete heroizado es una aportación de la plástica ibérica, según se aprecia en el caballero de la necrópolis de Los Villares de Hoya Gonzalo en Albacete (Blánquez, 1992) del siglo V aE; y posteriormente en el cipo de la necrópolisdel Corral de Saus de Moixent en Valencia (Izquierdo, 2000: figs. 145 y 146), con paralelos en el de la necrópolis de El Poblado de Coimbra del Barranco Ancho (Muñoz, 1983; García Cano, 1994), cuya cronología se sitúa a mediados del siglo IV aE. En otro ámbito geográfico y cultural, las representaciones ecuestres son uno de los tipos iconográficos claves en las estelas del Bajo Aragón, documentándose 46 ejemplares y diversas variantes conocidas. También, la representación del jinete, con connotaciones de heroización,
es conocida en la Meseta y en la Celtiberia. Un posible paralelo con la pieza del Corral de Saus lo ofrece el cipo funerario con jinete de Clunia (García y Bellido, 1949: 371-372, lám. 268), donde se hallaron asimismo cuatro estelas similares con jinetes, de las cuales sólo dos se han conservado. Igualmente fueron documentadas seis estelas con jinete, procedentes de Lara de los Infantes (Burgos) (Idem: 372-375, láms. 269-270). El bloque con jinete del Corral de Saus, muy fragmentario, permite apreciar un caballo que adelanta una de sus patas delanteras, indicando el momento de la partida, muy en consonancia con ese ambiente de tránsito de las necrópolis. En relación con ello, el tema del caballo y del jinete han sido vinculados tradicionalmente al arquetipo, común a muchos pueblos de la antigüedad, de la heroización del difunto (Benoit, 1953; Blázquez, 1959; Aranegui, 1994). El héroe caballero, por otra parte, posee una larga tradición mantenida
hasta el final de la Edad Media (Marco, 1978: 36-37). Se ha resaltado igualmente el carácter sagrado del caballo, símbolo de la inmortalidad y la apoteosis del difunto. Tránsito o pasaje al allende, heroización del difunto, por tanto, pero también el caballo representa el mundo aristocrático en el imaginario ibérico. La posesión del caballo implicó su doma y, desde el punto de vista social y económico, además, era privilegio de unos pocos, pertenecientes al sector más restringido de la aristocracia ibérica, sin mencionar su valor como arma de guerra (Izquierdo et alii, 2004: 155-156).
Según Quesada (1997a: 190), entre los siglos VI y III aE el caballo era un importante símbolo de estatus en los territorios ibéricos, empleado como tal en los monumentos funerarios. Su utilización estaría limitada a los elementos dominantes de la sociedad ibérica, que mostraba al jinete orgullosamente en los programas escultóricos colocados sobre sus tumbas. El citado caballero de la tumba núm. 18 de Los Villares en Albacete sobre túmulo escalonado es el máximo exponente. Un ejemplo, menos conocido, podría situarse en la hoy desaparecida escultura de jinete hallada en el huerto de Vizcarra de Elx (Albertini, 1935).

En el contexto de la muerte, la presencia del jinete en las necrópolis se atestigua también a través de los objetos realizados en bronce y hierro que se depositan en algunos ajuares de las tumbas y que forman parte de los arreos de montura (pasarriendas, frontaleras,
espuelas, etc) documentados en distintas necrópolis ibéricas (Quesada, 1997b). Además de la presencia de caballos y jinetes en los monumentos funerarios como figuras exentas, estelas o cipos, en frisos arquitectónicos, cajas funerarias o en las pinturas de las cámaras pétreas subterráneas, la imagen del caballo se vincula al contexto sagrado, a través de la presencia de exvotos en piedra que representan équidos. El conjunto ibérico más destacable en este sentido es el de El Cigarralejo de Mula (Murcia), que puso de manifiesto la existencia de un edificio singular en cuyo interior se encontraron más de doscientos exvotos, entre los que se ha estudiado la serie de équidos (Blánquez y
Quesada, 1999; y Lillo, Page y García Cano, 2004) con representaciones de caballitos en bulto redondo, ricamente enjaezados o sin atalaje; grupos de yegua y potrillos, relieves con labra de yeguas y potros, caballos, asnos y pollinos o grabados con caballos. Sin embargo, en este amplio conjunto no se han documentado jinetes.

Pero, al margen de las representaciones en piedra, parece más significativo aproximarnos a los soportes metálicos y concretamente, a las figuritas de jinetes elaboradas en bronce. El tipo del jinete es representativo en este contexto, aunque, en general, cuantitativamente
bastante minoritario en el conjunto de exvotos ibéricos. En el citado santuario ibérico del Collado de los Jardines (Despeñaperros, Jaén) se
han estudiado 875 exvotos, donde predominan las representaciones masculinas (58% del total) frente a las femeninas (33% del total), siendo el resto figuras indeterminadas (Prados, 1992: 139). Del grupo de exvotos masculinos, un 32% corresponde a figuras estantes desnudas, constituyendo cerca del 50% los grupos de varones estantes, con distintos tipos de indumentaria (túnicas cortas, largas o con mantos), que ofrecen objetos, se presentan adoptando distintos gestos o muestran sus armas, dentro de las categorías establecidas de orantes, oferentes y guerreros (Eadem: 141). El grupo de jinetes alcanza únicamente el 2% del total del conjunto en este santuario, donde los jinetes aparecen tanto armados, como desarmados, si bien la proporción de los guerreros es superior (Prados, 1992: 142). Según el estudio citado, el denominado grupo VII de figuras masculinas (correspondiente a los jinetes) representa un porcentaje bastante superior al del Collado en
el santuario murciano de La Luz, donde además en casi todos los casos van armados (Eadem).

En otra de las colecciones de exvotos ibéricos que recientemente han sido dadas a conocer, la del Instituto Valencia de Don Juan de Madrid, de diversas procedencias, en parte desconocidas, sobre una muestra de 283 exvotos catalogados, tan sólo ocho figuras corresponden a jinetes (Conde, 2006: núms. 223-230). Cabe destacar que, en santuarios tan representativos de la cultura ibérica y destacados por su completo registro de exvotos antropomorfos como el de Castellar de Santisteban (Jaén), el tipo del jinete está completamente ausente, lo cual es significativo, frente a su presencia en el otro gran santuario ibérico jiennense.

Centrándonos, por tanto, en el reducido grupo de jinetes del Collado de los Jardines, destacaremos un ejemplo indicativo de este tipo (Olmos et alii, 1999: núm. 55.1.1) cuyo cuerpo se inclina ligeramente hacia delante (fig. 9). Viste, al igual que la figura de Las Cabrillas, túnica corta y porta un ajustado casco en la cabeza. Este tipo de exvotos ha permitido plantear hipótesis sobre la identidad del ofrendante, su grupo y clase social. Se ha interpretado la ofrenda de un varón que pertenece a la distinguida clase de los caballeros.
Otro paralelo interesante lo ofrece el ya citado santuario de La Luz (Murcia) (Olmos et alii, 1999: núm. 55.1.4), donde se ha documentado un conjunto de exvotos metálicos, con presencia de jinetes armados (fig. 10), con atuendo de guerrero, túnica corta ceñida por un grueso cinturón y caetra al costado (Nicolini, 1969: 62, lám. V); y algún jinete sin armas, montado sobre un caballo ricamente enjaezado.
Además del contexto sacro propio de los santuarios, es destacable el hallazgo de la estatuilla de bronce de jinete armado sobre su caballo del poblado ibérico valenciano de La Bastida de les Alcusses de Moixent (departamento 218, casa 10), un jinete desnudo heroizado, sobrehumano, interpretado como referencia de prosperidad para las generaciones del lugar, que podría representar al antepasado de un grupo familiar (Kukhan, 1954: 147; Nicolini, 1969: 119; Olmos et alii, 1999: núm. 55.1.1, Izquierdo et alii, 2004: 103). Se trata de una imagen idealizada cuyos símbolos, armas y caballo, ensalzan la figura del jinete (fig. 11). La imagen del jinete se podría ligar al culto a los antepasados, arraigado en sociedades aristocráticas como la ibérica. El antepasado de una familia noble puede convertirse en un personaje heroizado o mucho más hipotéticamente divino.
La veneración de la imagen y su posible culto o los ritos a ella ligados cohesionan o articulan la comunidad. En contextos urbanos, como el edetano, la iconografía del jinete armado se muestra en todo su esplendor en los programas decorativos de las cerámicas figuradas de encargo (Bonet, 1995), con presencia de varones que visten la indumentaria guerrera en escenas de caza o de danza, además de exhibición y competición (Aranegui et alii, 1997: 60-75). En el citado conjunto cerámico de El Tossal de Sant Miquel de Llíria en Valencia, el jinete ibérico armado está presente en las escenas y vasos más destacados de la ciudad, como el conocido lebes 129 del departamento 12/13, que constituye una de las escenificaciones de exhibición guerrera mejor logradas de esta categoría, con jinetes e infantes armados (Eadem: fig. II.9).
Como muestra de la importancia del tipo masculino del jinete en el imaginario ibérico podemos finalizar este recorrido iconográfico a través de los distintos soportes materiales, mencionando la importancia del jinete ibérico en las acuñaciones monetarias ibéricas. El tipo del jinete (lancero) ha sido objeto de análisis monográfico (Almagro Gorbea, 1995), recogido en los repertorios monetarios iconográficos recientes, que reconocen el floruit de este tipo monetal en torno al paso de los siglos II y I aE, con cronologías desde mediados del siglo II y principios del I aE en cecas como Bilbilis; tras el 133 y hacia finales del siglo II aE en Konterbia Karbika; o el último tercio del siglo II aE en
la ceca de Sekibirikes (García-Bellido y Blázquez, 2001: 63-64, 258, 338 y ss.).

CONSIDERACIONES FINALES SOBRE EL JINETE

A la vista de lo anteriormente expuesto, cabe concluir señalando la amplia tradición iconográfica en la que se enmarca la figura del jinete ibérico, probablemente armado, de Las Cabrillas. El tipo del varón armado sobre caballo ha constituido un referente simbólico de las sociedades antiguas, jerárquicas y aristocráticas, donde es emblema de los más altos grupos sociales y encarna los valores de la élite. Se trata de un símbolo reconocible en muy distintos soportes materiales en la cultura ibérica, desde los programas iconográficos en piedra de los monumentos funerarios del período Ibérico antiguo, pasando por los bronces votivos y las cerámicas de lujo del Ibérico pleno y tardío, hasta las producciones monetarias de época Ibero-romana. No hemos de olvidar la presencia metonímica del jinete en algunos ajuares funerarios destacados a través del depósito de elementos metálicos relacionados con su función en la tumba, reveladora de su valor, más allá de la
muerte, en el pensamiento ibérico.
La presencia de estatuillas en bronce de jinete, armado o sin armas, con función de exvotos, es significativa en los depósitos votivos de los santuarios ibéricos, donde si bien desde el punto de vista numérico no es relevante, puede ser índice de un grupo restringido de donantes. De esta forma, la ofrenda de la imagen reproduce y perpetúa al donante en el ámbito social de lo sagrado. El jinete de Las Cabrillas, parcialmente fragmentado, de calidad media en cuanto a su factura y técnica, tamaño sobresaliente y apariencia plomiza, se inscribe en esta tradición de figuritas masculinas ibéricas de bronce a caballo. La ausencia de otros datos de contexto impide mayores precisiones, pero al ser la única figura conservada, testimonio del yacimiento, aporta un dato significativo, que se une además al hallazgo de una imagen
que representa a Hércules, también en bronce, documentada bibliográficamente, en paradero desconocido en la actualidad. El depósito conjunto de estas simbólicas imágenes, ligado a su carácter y paralelos, permite –tan sólo– plantear, como ya hemos señalado, su procedencia de un contexto ritual, bien de santuario, bien de habitat.

LA FIGURA DE HÉRCULES

Como hemos visto anteriormente, Cortines (1827) expresa en su manuscrito que entregó las figuras al Capitán General y que en el momento de redactar su informe ya no las tenía delante, por lo que no las pudo ilustrar. Por tanto, las láminas que lo acompañan en el archivo de la RAH fueron confeccionadas posteriormente y no salieron de su mano. Pero, mientras que la del jinete resulta bastante fiel, la figura de Hércules no se corresponde con la descripción del informe.7 Se trata de una acuarela que lleva la leyenda Hercules y está firmada: “Francisco Torres fecit” (CAIV/9/3929/7(12). Albertini (1916: 295) ya se percató de las diferencias existentes entre la imagen y la descripción y planteó la posibilidad de que se tratara de una confusión: al dossier de Las Cabrillas se habría añadido una lámina correspondiente a otra figura del héroe. En el manuscrito se especifica que esta figura es “del tamaño de 4 pulgadas y 9 líneas”, poco más de 11 cm, y representa a Hércules “de pie, con la piel de Leon, la cual le cubre la cabeza sirviendole de casco la parte de la cabeza de la piel; las garras delanteras le pasan sobre los hombros á unírsele al pecho, y lo demas cae por la espalda y vá á enrollarse con una vuelta en el brazo izquierdo y por entre la clava que tiene en aquella mano apoyada al hombro, y luego cae hacia el pie de aquel lado, distinguiendose bien
las garras de atrás y la cola. En la mano derecha tiene empuñada uno como especie de cuerno, cuya punta mira hacia dentro. De las plantas de los pies salen unas pequeñas espigas que manifiestan encajaban en dos agujeros correspondientes de lo que le servía de pedestal, (…)”. Hay que señalar además la presencia de “una clava de Hercules (pequeña)”, que el autor parece diferenciar de la que porta la figura completa. Posiblemente se trataba, como es habitual en este tipo de figuras, de una pieza de bronce de fundición plena. La altura indicada puede considerarse como normal en este tipo de representaciones, frecuentemente de pequeño tamaño. Por ejemplo, entre los bronces valencianos, de 27 figuras de las que se conoce la altura, con una horquilla situada entre 6 y 45 cm, 14
son mayores que la de Buñol (Arasa, 2008a); en su segmento se sitúan cuatro: la Venus de Sagunt mide 12,2 cm, el Eros de Llíria 12 cm, el Mimo de Valencia 11 cm y la Minerva de Requena 10,5 cm.
El dibujo, idealizado según los cánones de la época (fig. 12), como ya hemos visto no se corresponde con la descripción: el héroe descansa sobre la pierna derecha, a la que le falta el pie, aparece tocado con un gorro o corona, el brazo derecho está un poco extendido y en su mano no se aprecia ningún objeto, la leontés cuelga desde el hombro izquierdo y cae junto al cuerpo, y con la mano izquierda sujeta la clava que cuelga junto a la pierna y aparece casi rodeada por aquélla. Las diferencias más notables y determinantes en cuanto a la adscripción de la figura a un tipo concreto son la posición de la leontés y de la clava; otras, como el objeto que parece llevar en su mano derecha o el tocado de la cabeza, son secundarias. Pero hay que destacar que tanto la descrita como la ilustrada corresponden a variantes reales de un mismo tipo, por lo que esta última probablemente representa una figura existente o al menos está inspirada en ella.
Tanto la figura descrita como la ilustrada corresponden al tipo más común de Hércules libans o dexioumenos.8 Se trata de una representación del héroe-dios en una de las actitudes convencionales de reposo y con sus atributos característicos. Hércules aparece
representado adulto, desnudo y en posición estante, con la leontés y la clava sujeta con la mano izquierda. El objeto que sostiene en su mano derecha debe ser –por su forma apuntada y curvada– un rhyton. Se trata de una de las representaciones más difundidas del héroe-dios en su aspecto de invictus, donde la mano derecha puede figurar abierta en actitud de salutación (dexioumenos) o con una pátera o un scyphus (libans). En la tradición de los estudios iconográficos, el Hércules con un scyphus se diferencia de cuando lleva una pátera y se conoce como bibax (Coralini, 2001: 59-60). Este tipo, en el que aún se ve la tradición escultórica griega representada por Lisipo a través de numerosas variantes elaboradas en el período helenístico, es el más frecuentemente representado (Boucher, 1976: 145; Moitrieux, 2002: 98-99 y 111). El bronce de Las Cabrillas pertenece también a esta fórmula iconográfica. De los dos atributos bien documentados, la leontés y la clava,
el segundo es el símbolo hercúleo de mayor evidencia y eficacia, que se asocia a sus empresas y ejerce una clara función apotropaica.
Para Coralini (2001: 20-21) en el Hércules romano coexisten dos dimensiones: una, la del mito y la iconografía, dominada por el componente griego; la otra, la del culto y la devoción popular, mayoritariamente ligada al Hércules itálico. Esta bipolaridad es un rasgo fundamental de la personalidad hercúlea que se expresa en la doble naturaleza del héroe (y hombre) y dios. El Hércules tutor, protector de la casa y sus habitantes, puede considerarse una suerte de banalización de la personalidad y de las funciones hercúleas.
A nivel popular la actividad del héroe-dios se adecuaba a las exigencias de la vida cotidiana. En esta dimensión Hércules se transforma en el defensor de los seres humanos frente al mal en todas sus expresiones. En consecuencia con este carácter popular de su culto, la figura de Hércules aparece frecuentemente representada en el arte romano  La tipología de las representaciones de Hércules en bronce ha sido estudiada por Boucher, 1976: 25-31 y 144-146; Kaufmann-Heinimann, 1977: 50-51; y Moitrieux, 2002: 93-101. (Ritter, 1995). Sus representaciones más numerosas son precisamente las pequeñas figuras de bronce, como puede verse en la Galia, donde se conocen un total de 659 estatuillas (Moitrieux, 2002: 33).
En la descripción –donde no se especifica si el héroe aparece barbado o no– la leontés cubre la cabeza del héroe y descansa sobre los hombros, desde donde las garras delanteras se le cruzan sobre el pecho y la cola cuelga en el brazo izquierdo, la clava está sujeta con la mano izquierda y descansa en este hombro y con la mano derecha porta un objeto apuntado que puede identificarse con un rhyton. Entre las numerosas variantes de este tipo, los ejemplares pertenecientes al mismo de Buñol –en sus diversas variantes– son bastante frecuentes, como podemos ver entre los reunidos en el LIMC (IV: núm. 797-809 y 814-831), procedentes de diferentes países y colecciones. Kaufmann-Heinimann (1977: 50-51) clasifica el Hércules bibax o dexioumenos en sus tipos III-IV, y concretamente el del héroe joven y la leontés en la mencionada posición en el subtipo IIIA. En la Galia, entre las 206 figuritas analizadas por Moitrieux (2002: 61-62), el tipo más frecuente es el Hércules combatiente (116), mientras que las del héroe en reposo (22) o caminando (16) son minoritarias. Del segundo tipo hay seis ejemplares en los que el héroe aparece vestido con la piel de león y sólo uno de ellos lleva la clava en el lado izquierdo. La leontés sobre la cabeza con las garras anudadas en el pecho aparece en diversos tipos que representan al héroe tanto joven como adulto, con distintos recipientes en la mano y la clava en diferentes posiciones (LIMC, IV: núm. 498 (New York), 559-560, 614 y 662 (Lansdowne). El que representa a Hércules joven e imberbe con la clava sobre el hombro izquierdo y descansando sobre la pierna derecha no es muy frecuente.
Encontramos varios paralelos en figuras procedentes de la Casa de Trebius Valens de Pompeya, de 7,4 cm de altura, que sostiene un escifo en la mano derecha y se fecha en la primera mitad del siglo I dE (Coralini, 2001: 175-176, P.045); el museo del Louvre, con una pátera en la misma mano (Reinach, 1908, II, 1: 219, núm. 6); la Casa delle Pareti Rosse, también de Pompeya, de 11,5 cm, con la mano derecha sobre la cadera (Coralini, 2001: 214, P.102); y Bingerbrück (Alemania), de 7,7 cm, con la mano derecha en la misma posición (Menzel, 1986: 28, núm. 61, Taf. 32).
La “cuffia leonina” parece estar asociada mayoritariamente a las representaciones de Hércules prómachos, joven e imberbe, que blande la clava con la mano derecha sobre la cabeza de manera amenazante. Encontramos ejemplares de estas característicias en Alemania: Trier (Menzel, 1966: 27-28, núm. 58, Taf. 26-27), Bonn (Menzel, 1986: 4-5, núm. 8, Taf. 3) y Gondorf-Cobern, con el brazo derecho doblado a la altura de la cabeza (Moitrieux, 2002: 36, núm. 95, pl. IV, 7); Suiza: Augst (Kaufmann-Heinimann, 1977: 52, núm. 47, Taf. 46-47); Francia: en el departamento de Seine-Maritime (Esperandieu y Rolland, 1959: 39-40, núm. 52-55, pl. XIX-XXI) y en la desembocadura del Ródano
(Oggiano-Bitar, 1984: 37-39, núm. 14-17); y es muy frecuente entre los bronces itálicos, como puede verse por ejemplo en la colección del Museo Arqueológico de Verona (Franzoni, 1980: 169-176, núm. 148-155).
Otras variantes vienen representadas por los ejemplares de Koninksem (Bélgica), que representa al héroe en reposo con la clava hacia atrás apoyándola en la cadera izquierda y el brazo derecho un poco avanzado (Faider-Feytmans, 1979: 78, núm. 67, Pl. 43); Atenas, semejante pero con la mano derecha en la cintura (Kaufmann-Heinimann, 1998: 308, GF113, Abb. 274); y la procedente de Argelia y conservada en el Museo Calvet d’Avignon, con la leontés colgando del brazo izquierdo y la clava sujeta con la mano derecha y descansando en el suelo. En este esquema, en alguna ocasión el héroe lleva un rhyton en la mano derecha (Esperandieu y Rolland, 1959: 39, núm. 50-51, pl. XVIII), elemento que aparece también en otras figuras como la del Museo Calvet d’Avignon, que sostiene la leontés con el brazo izquierdo (Rolland, 1965: 62-63, núm. 84). Un rhyton en la mano derecha puede verse también en otra del Kunsthistorische Museum de Viena
(LIMC, IV: 767, núm. 773) que representa al héroe imberbe, la leontés colgando del antebrazo izquierdo y no conserva la clava.
En la lámina conservada junto al manuscrito, la cabeza del león descansa sobre su hombro izquierdo y la piel cubre este brazo, y con esta mano sujeta la clava que cuelga hacia el suelo; en la cabeza se aprecia un tocado que no puede distinguirse. Se trata de otra variante del tipo del héroe en reposo que corresponde al tipo IVB de Kaufmann-Heinimann (1977: 50-51), con la diferencia de que éste va coronado y sujeta la clava con la mano izquierda que cuelga hacia el suelo. Encontramos un paralelo de este esquema compositivo en una figurita de Augst de 11,9 cm de altura (Kaufmann-Heinimann, 1977: 164-165, Taf. 185-186). De Viena es una figura de 33 cm que presenta diferencias únicamente en el tocado y la barba (Gschwantler, 1986: 127-128, Abb. 253). Un gran bronce del Museo de Boston, de 1,01 m, corresponde también a este tipo, aunque no lleva clava (Comstock-Vermeule, 1971: 100-101, núm. 106). Reinach (1908, II, 1: 218, núm.
2-3) cita dos ejemplares de Vienne y Nápoles. De Ceuta es un pequeño ejemplar de 7,2 cm y carácter más tosco, desnudo, que sostiene la clava con la mano derecha (Boube- Piccot, 1969: 322, Pl. 248, 2; Rodríguez Oliva, 1988: 908-909).
En la península Ibérica, Oria (1996: 212-220, B.1-B.14, lám. XV-XVIII) ha reunido un total de 14 figuras en las que hay algunas desaparecidas y otras de procedencia desconocida.
De Valencia tan sólo incluye una de Sagunt de cronología tardorrepublicana de la que más adelante hablaremos. Ninguna de estas figuras es del mismo tipo exacto que la de Buñol, aunque hay tres que presentan alguno de los rasgos de ésta: una figura encontrada en Sancti Petri (Cádiz) y no conservada representa al héroe adulto con la leontés en la misma posición, pero con la clava descansando en el suelo y sujeta con la mano derecha (Rodríguez Oliva, 1988: 912-913); otra figura de Pinos Puente (Granada) conservada en el MAN, de 11,4 cm de altura, que representa al héroe adulto y barbado, con la leontés en el brazo izquierdo y la clava sobre el hombro, y el brazo derecho avanzado con un gran escifo que necesita un soporte hasta el hombro; la escasa calidad técnica y estilística hacen dudar de su autenticidad; finalmente, otra figurita de la antigua colección Helguera conservada también en el MAN, de 8,5 cm de altura conservada, representa al héroe joven e imberbe, con la leontés en el brazo izquierdo, la clava descansando sobre el mismo hombro y el brazo ligeramente avanzado con un objeto, tal vez una copa. El resto presenta una iconografía variada, como es habitual en este tipo de figuritas.
Entre los bronces romanos del periodo imperial en Valencia, Hércules aparece en otras dos ocasiones: La Jana (Castelló) y Cullera (Valencia), que corresponden a dos tipos diferentes: el primero es el único ejemplar de Hércules prómachos (Oliver, 1996) y el segundo es del tipo de Hércules libans o dexioumenos (Arasa, 2005b y 2008a) Además de estas tres representaciones podemos recordar la existencia de otra figura más antigua como es el Hércules dexioumenos del depósito votivo de Sagunt, de 20,2 cm de altura y que se fecha hacia el 100 aE (Blech, 1989: 77-81, núm. 11, Abb. 25-26). De factura un tanto tosca y obra de un taller local, presenta los brazos desproporcionados, aparece imberbe, va coronado de hiedra, lleva la leontés colgando del brazo izquierdo, en cuya mano debía sujetar la clava que falta, y alarga el derecho con la mano abierta.
Estas figuritas eran corrientes en el Alto Imperio y estaban situadas normalmente sobre pequeños pedestales de bronce, como debió ser el caso de la de Buñol a juzgar por la referencia a las espigas que sobresalían de sus pies. Podían ser exvotos, ofrendas a algún santuario, objetos privados para el culto e incluso podían tener un carácter ornamental, sin que pueda establecerse siempre una clara diferencia entre las funciones cultual y decorativa. En el ámbito doméstico estas figuritas solían estar situadas en una capilla o larario donde se les rendía culto. Ubicados preferentemente en los atrios y peristilos, en ellos estaban representados los dioses oficiales de la casa. Todos ellos constituyen documentos fundamentales para el estudio de los cultos privados (Krzyszowska, 2002). La datación de estas piezas no resulta fácil, en parte, por el carácter seriado de su producción. De manera general su cronología se sitúa entre los siglos I y II, sin que en la
mayor parte de los casos sea posible una mayor precisión.9 En el contexto en el que fue hallada la figura de Buñol, es sin duda la pieza de cronología más avanzada entre las pocas conocidas, la única que con seguridad se adentra en el período imperial. Las muestras del culto a Hércules son bastante frecuentes en el País Valenciano, como sucede en la mayor parte de los territorios hispánicos. En el campo de la epigrafía, las dedicatorias al héroe son las más numerosas después de las de Júpiter y Marte (Oria, 1989). Se trata del pavimento mosaico de una villa y de cuatro textos epigráficos –que suponen las evidencias más numerosas– que han sido reunidos por Oria (1996). Además
de las figuritas anteriormente vistas, de las cuales esta autora sólo incluye la de Sagunt, conocemos el mosaico de Llíria con la representación de los trabajos del héroe (Balil, 9. Sobre el problema de la datación de las estatuillas metálicas puede verse: Boucher, 1976: 241-260; Braemer, 1995;

CONCLUSIONES


Los restos encontrados en el año 1827 durante la construcción de la nueva carretera de Valencia a Madrid parecen corresponder a un pequeño asentamiento situado en la ladera de la Sierra de las Cabrillas, en un punto por el que el camino histórico salvaba este importante obstáculo orográfico. Entre los restos encontrados se señala la presencia de fragmentos de armas, monedas, una fíbula anular ibérica y un anillo de bronce, además de dos figuras de esta misma aleación que representan a un jinete ibérico –la única conservada– y a Hércules. La cronología del conjunto puede situarse de manera aproximada entre el período ibérico final (siglos II-I aE) y al menos el siglo I dE.
El tipo de asentamiento en ladera, al que parece corresponder el de Las Cabrillas, ha sido documentado en diversas zonas del territorio valenciano, y en parte se asocia a yacimientos ocupados en el período ibérico final o ibero-romano. Entre la segunda mitad del siglo II y el I aE se produce una reestructuración del poblamiento que lleva a la aparición de un nuevo modelo de explotación agrícola (Arasa, 2008b). Este cambio en el patrón de asentamiento se caracteriza por la pérdida de importancia del factor defensivo y la ubicación en el llano y los piedemontes de una población rural diseminada de núcleos pequeños. Ello se ha podido ver en la comarca del Camp de Túria, en el territorio de Edeta (Bonet, 1995: 529-530), en el Campo de Utiel, en el territorio de Kelin (Mata et alii, 2001: 321-322), y en las comarcas costeras de Castelló (Arasa, 2001: 34, 174, 198 y 202).
A partir de estas consideraciones sobre su emplazamiento y de la breve descripción de los restos encontrados no es posible determinar la función concreta de este asentamiento, aunque su localización en el corredor por el que discurrirá durante siglos el camino que desde Valencia se dirige hacia la Meseta permite plantear la posibilidad de que pudiera estar relacionado con éste, tal vez situado en su trazado. Su emplazamiento no permite un amplio control visual, ni presenta unas especiales características defensivas, por lo que no se le puede asignar una función de atalaya o fortín. La presencia de algunas armas –tal vez procedentes de la necrópolis del asentamiento– tampoco parece suficiente para asignarle una función militar, como guarnición o puesto de vigilancia, que debería estar relacionada con un emplazamiento topográfico más idóneo. Por otra parte, la presencia de las dos figuras de bronce del jinete y Hércules, pese a tener un evidente carácter ritual, puede explicarse en un ambiente doméstico, de manera más clara en el caso de Hércules. Así pues, tampoco parece haber suficientes elementos para identificar el yacimiento con un santuario. Entre los hallazgos recogidos en el informe son escasos aquellos que pueden fecharse, y en su mayoría se agrupan en un contexto propio del período ibérico final o iberoromano.
La moneda provincial –una unidad de bronce de la ceca Saiti– se fecha en la segunda mitad del siglo II, aunque su uso se extendió al menos hasta la centuria siguiente.
La figura del jinete por su tipo, gesto y atributos iconográficos de indumentaria puede situarse en el período Ibérico pleno o más bien tardío. La fíbula anular tiene una cronología amplia y perdura hasta el siglo I dE. Finalmente, la figura de Hércules corresponde a un tipo común en el período altoimperial y puede fecharse de manera amplia en losm siglos I-II. Así pues, a partir de estos escasos materiales que pueden fecharse, es posible establecer una horquilla cronológica amplia entre la segunda mitad del siglo II aE y el II dE.
En conclusión, el yacimiento de Las Cabrillas debió ser un pequeño asentamiento que estuvo en actividad al menos entre la segunda mitad del siglo II aE y el II dE. Ninguno de los elementos mencionados en el informe manuscrito en el que se dio a conocer
–ni tan siquiera el único hallazgo conservado, un jinete de bronce– permite atribuirle una función determinada más allá de la estrictamente habitacional. Sin embargo, su localización en el trazado del camino histórico que une Valencia con la Meseta sugiere la posibilidad de que pudiese haber estado emplazado junto a una vía romana construida con posterioridad a la fundación de la colonia de Valentia en el año 138 aE, en el marco de una amplia reorganización de la red viaria de su territorio.

Sobre varios objetos de la antiguedad encontrados en las excavaciones egecutadas hasta el dia en las Cabrillas p.a la abertura de la nueva carretera de ese nombre Abriendose los cimientos de una alcantarilla en uno de los entrantes de las faldas de las Cabrillas, en el sitio llamado Vuelta de los Letreros y en el desmonte que ademas se egecutó para la caja de la carretera en el mismo punto y á varias distancias en la profundidad de unos 12 á 15 varas, se encontraron en el mes de Mayo de este año dos figuras de bronce, del tamaño de 4 pulg. y 9 lin. la primera, y de 7 pulg. 4 lin. castellanas la segunda. Esta representa al parecer un gladiador que mira sobre la izquierda, y la posicion de sus muslos y piernas algo abiertas manifiesta que está en ademan de obrar esfuerzo. El brazo derecho lo tiene levantado en acto de amenaza ó pegar. Faltale la parte anterior del brazo izquierdo, y en la mano derecha q. está cerrada se conoce tenia alguna arma empuñada, que se ha roto y perdido. La otra representa muy distintamente un Hercules (que ignoro si es el Thebano ó el Cartagines) de pie, con la piel de Leon, la cual le cubre la cabeza sirviendole de casco la parte de la cabeza de la piel; las garras delanteras le pasan sobre los hombros á unírsele al
pecho, y lo demas cae por la espalda y vá á enrollarse con una vuelta en el brazo izquierdo y por entre la clava que tiene en aquella mano apoyada al hombro, y luego cae acia el pie de aquel lado, distinguiendose bien la garra de atrás y la cola. En la mano derecha tiene empuñado uno como especie de cuerno, cuya punta mira acia dentro. De las plantas de los pies salen unas pequeñas espigas que manfiestan encajaban en dos agugeros correspondientes de lo que le servía de pedestal, tal vez al remate de algun guion ó bandera.
Asimismo se han encontrado un anillo de cobre pequeño, en cuya parte superior se nota un dibujo que no puede distinguirse si son letras ó alguna flor; un arete; varias monedas, y una clava de Hercules (pequeña), del mismo metal, y varios pedazos de hierro, clavos, estoques,
chuzos, lanzas, regatones y otras armas la mayor parte hechas pedazos y muy carcomidas por el tiempo; de suerte que solo dos ó tres estoques, y algunos hierros de lanzas y picas se distinguen bien. Uno de los estoques presenta en su puño dos ó tres puntos brillantes
como de hoja de plata que indican haber sido revestido ó tachonado de este metal. El numero de monedas halladas hasta el dia és de 31, mas ó menos legibles, y entre ellas un ochavo de Carlos II en lo mas superficial de las excavaciones. El sitio corresponde á una especie de escalon de la caida de la regata que recoge las aguas de parte de aquellas faldas, y por el cual pasaba el camino antiguo de las Cabrillas
desde la mas remota antiguedad, y por el mismo parage se construye ahora la nueva carretera.  Este escalon formado en el seno de aquel recodo se compone de arena y tierras depositadas por las aguas que bajan por la regata ó cañada mezcladas con guijo y piedras medianas
y gruesas, que se conoce han sido arrastradas de la montaña por las aguas, ó desprendidas de ella. Las circunstancias de aquel terreno ofrecen ventajas para la defensa del camino, y és el punto mas oportuno para cortarlo é inutilizar el paso, al mismo tiempo que los salientes de la falda á modo de estribos ofrecen posiciones que descubren aquel punto dominado por todos lados. De manera que és de presumir que en las operaciones militares que en estos alrededores hayan tenido lugar antiguamente, ya en las dirigidas sobre Castilla, ó al contrario,
haya sido aquel parage teatro sino de batallas á lo menos de alguno que otro combate para defender el paso. Es de notar que poco antes de llegar á él, y en aquella revuelta que los del pais llaman de los Letreros, se vé en una peña bastante grande y que he procurado conservar, escavado el nº 1163 en cifras arabigas muy bien conservadas, que es lo que el vulgo llama letreros. Si este numero es de alguna distancia ú otra cosa que no sea alguna época, parece no es posible atinar su objeto; pero si se atiende á que el referido parage és como he dicho defensible, que por allí pasaba el camino desde la mas remota antiguedad, y que por los años de 1165 ganó D. Alonso III de Castilla á Cuenca y la batalla de las Navas de Tolosa, és de presumir que aquellos guarísmos señalen en el año de 1163 algun hecho de armas de las tropas castellanas que invadían la provincia de Cuenca, cuyos límites están cerca, contra los moros de Buñol ó de Valencia; no siendo extraño de que hicieran algunas correrías por estos alrededores, ó para proveer de viveres, ó para apoyar las operaciones sobre Cuenca observando á los moros de este Reino.
En nuestra guerra de seis años tambien se cortó el camino en aquel mismo sitio y se embarazó con enormes peñascos derribados de la montaña con el objeto de impedir el paso al ejercito frances del General Moncey en 1808; por lo que tambien se llama en el día aquel
parage la Cortadura. A los ultimos de esta guerra abrieron los franceses una carretera provisional, que és la actual, para sus comunicaciones, mas abajo de la carretera antigua y de la que actualmente se contruye, no habiendoles sido posible habilitar aquella por el mucho gasto y tiempo que hubieran necesitado.
Para la mayor inteligencia del asunto, acompaño una vista en bosquejo de la montaña de las Cabrillas en que se manifiestan las ocho vueltas que tiene en su falda, las carreteras antigua, la nueva y la actual abierta por los franceses; el pasage de la peña que contiene los dichos numeros, y el sitio de la excavacion en que se han encontrado las figuras de bronce y demas objetos que he indicado. Su situación con respecto á la base del Castillo de Buñol, és al Nord-Noroeste con alguna inclinacion al Noroeste, á 3074 pasos de las Ventas de
Buñol, ó 31 minutos al paso de camino.
El Hercules y el Gladiador los presenté al Excelentísimo Sr. Capitán General D. Francisco de Longa, asi como varias monedas, el anillo y algunos estoques y hierros de lanzas; cuyo señor los conserva en su poder. No teniendo á la vista aquellas dos figuras, no me és posible remitir diseño de ellas. No se han hallado hasta ahora objetos de madera de ninguna clase, ni resto humano que indique haber habido allí cadaveres; y sí solamente un huesoque parece de una canilla.
Buñol, 1º de Setiembre de 1827.
Cortines
Firma
Presentado y leido con la vista de las Cabrillas
y el diseño del arete en la Junta de 31 de Setiembre
del 1827.