LA CONFIGURACIÓN DEL PAISAJE REQUENENSE, VISTO POR ADELA GIL CRESPO. POR Mª CARMEN MARTÍNEZ HERNÁNDEZ.

La configuración del paisaje requenense, visto por Adela Gil Crespo.

Por Mª Carmen Martínez Hernández

 

Adela Gil Crespo, catedrática de Geografía del Instituto de Requena entre 1944 y 1958, mantuvo una marcada preocupación pedagógico-didáctica. Se preocupó, por un lado, de que los alumnos aprendiesen los fenómenos generales, haciendo hincapié en el valor geográfico de los accidentes físicos –montañas, llanuras, mesetas- y de los fenómenos meteorológicos –lluvias, vientos etcétera-, para que el alumno aprendiese a comprender la repercusión que podían tener en  la vida y asentamientos humanos. Por otro insistía en el ejercicio de localizar y relacionar todos esos fenómenos  en el espacio. Como muestra de esta preocupación hemos traído para su disección dos interesantes artículos que escribió sobre la configuración del paisaje humano en Requena.

En primero fue “Creación de un paisaje humano”, publicado en Alberca en agosto de 1951. En él, Adela, señala los tres escalones que hay que subir desde la huerta valenciana a la llanura de Castilla y se detiene en el tercero, en el que se destaca “el rojo de su suelo, sobre el que se ordenan las hileras de los viñedos y los rectángulos de los cereales. Tierra humanizada que se recorta y ondula en barrancos arcillosos o en columnas revestidas de matorral de tomillos, carrascas y jedreas”. Un paisaje en el que se afirma la estructuración de la tierra por el hombre, y en el que se operó una profunda transformación.

En ese escalón se encuentra emplazada la gran comarca de Requena, a caballo entre las serranías conquenses y las mesetas manchegas, ceñida al sur por el río Cabriel y partida en dos por su afluente el Magro. Su suelo es arcilloso-calizo y parece que no da otra vegetación natural que “la del monte bajo, salpicado entre los viñedos y formado de carrascas y pino raquíticos, que tapiza y sombrea las laderas y las cresterías calizas del Pico del Tejo, las cortaduras del Castillejo y de los Angelitos o los montes en el término de las aldeas de Los Pedrones, La Portera, Los Isidros, etc.”. Un monte que sirve de marco a los ordenados viñedos que en el llano o en las laderas, cubren toda la comarca.

En este paisaje creado por el hombre dominan tres elementos: “el cinturón verde y frondoso de las huertas que ciñen al río Magro, los bancales de cereales y forrajes que circundan a la villa y el viñedo en extensos campos, asociado a algún almendro u olivo. Y aquí y allá la casita solitaria de los vendimiadores y las carreteras y caminos que parten en todas direcciones”. A quien lo contempla le parece que este paisaje es de siempre, pero no es así, es un paisaje muy joven, moderno “nacido a la par que una economía nueva. Surgido como resultante de un Decreto real del siglo XVIII”.

En aquellas fechas de la segunda mitad del siglo ilustrado, la población de Requena vivía de la industria sedera, con una agricultura de huerta subsidiaria, había algunos caseríos pero no las aldeas que  existían en los años cincuenta del siglo XX, el suelo estaba cubierto de monte y no tenía razón de existir ninguna concentración humana. La población no vivía de los recursos ganaderos cuándo se decretó el parcelamiento de estas fincas por las ordenanzas de Carlos III de 1768.

 Tras el Decreto real, lo primero que se hizo fue proceder a revisar la clase del suelo, a determinar bien las mojoneras, y después se hizo un sorteo entre los jornaleros del campo que no tenían ninguna actividad en la industria sedera. Inicialmente el sorteo fue temporal, más tarde se transformó en vitalicio, y en el siglo XIX, cuando el municipio necesitó dinero procedió a vender las Suertes. Estas medidas originaron una lenta roturación y el nacimiento de la pequeña y mediana propiedad, ya de por sí todo un beneficio para la población, pero además, Adela Gil añade que “evitó que al aplicarse las leyes desamortizadoras de Mendizábal en el siglo XIX en toda la península, los bienes de Propios de Requena fuesen enajenados por dos o tres propietarios, como pasó en Andalucía, Extremadura y en el macizo de Gredos, sino que pasaron a los primitivos jornaleros o a propietarios medianos, que son los ascendientes de los actuales”.

Todo ese repartimiento incidió en la configuración del paisaje que fue totalmente modificado. El monte fue sustituido por “campos abiertos de cereales: centeno con barbechos largos en las tierras pobres; cebadas y trigo en las de mejor calidad. La ganadería no se abandonó totalmente, subsistió para el abastecimiento de carne y abonado de las tierras”.

En la segunda mitad del siglo XIX hubo un acontecimiento en la vecina Francia que acabaría contribuyendo a la modificación del paisaje requenense. En el vecino país la filoxera devastó sus viñedos. Ello implicó el aumento de la demanda de vino a España y la comarca de Requena “aprovecho la oportunidad incrementando sus plantaciones y robusteciendo sus cepas con plantas americanas. Así, en el corto espacio de 1870 a nuestros días, el viñedo ha ido ganando terreno progresivamente” contribuyendo a fijar el paisaje de nuestros días.

Con la introducción de la viticultura también aumentó la demanda de mano de obra para “cavar, plantar cómo podar y vendimiar.”, lo que atrajo a forasteros que terminaron fijando en Requena su residencia. Una vez pasada las convulsiones políticas del XIX y las epidemias de cólera, la densidad de población fue en aumento y palatinamente fueron surgiendo aldeas donde antes solo hubo caseríos, o de nueva planta con San Antonio.

En Requena “la ciudad de las dos colinas, la villa de artesanos y las peñas de labriegos, se unieron por su vaguada central, extendiéndose a lo largo de las carreteras de Madrid-Valencia y de Requena-Albacete”. La vieja ciudad de la industria sedera fue sustituida por otra nueva, la comercial, en la que los mercados y ferias de ganado también se fueron sustituyendo por “días de compra de productos manufacturados, aperos de labranza, tela y otros artículos por los vecinos de las aldeas. Las antiguas ferias, de privilegio real, se han reemplazado por las especulaciones de vinos y alcoholes”.

 Adela concluía “viendo que un cambio de Economía -la clara visión agraria de Carlos III para toda la península-  al aplicarse estrictamente en esta comarca sustituyó el paisaje natural de monte por un paisaje humanizado, geométrico, ordenado, en el que todo gira en torno de una agricultura especializada”.

Unos años más tarde, en una “Editorial” de El Trullo de abril de 1957, retoma el tema de la configuración del paisaje requenense. En aquellas fechas las páginas de la revista Portavoz de la Fiesta de la Vendimia traslucían el interés por poner de relieve la importancia de la vitivinicultura y su arraigo en tierra levantinas. Algunos escribían con muy bellas palabras la tradición mediterránea del vino, casi remontándose a los tiempos homéricos. Adela, alejándose de las predestinaciones y de las hipótesis literarias, en un alarde de claridad didáctica, perfila el origen histórico del paisaje requenense, la interacción entre la política planificadora, la economía y la actividad humana. El paisaje requenense era joven, sus viñedos no eran seculares, si no que fueron la resultante de un descuaje del monte, por un decreto real, en el siglo XVIII, y por una necesidad económica en el siglo XIX. El resultado fue una economía saneada, basada en el rendimiento del secano vitivinícola y el nacimiento en el espíritu de sus moradores del amor a la tierra, la vocación al campo. Como resultante de unas leyes nacieron  “buenos labriegos y amorosos agrónomos”. Hombres para los que la tierra explica su razón de vivir, explotándola y dirigiéndola en el pequeño medio, o desde las altas esferas estatales”. Es más, una ley y su aplicación pudieron “crear no solo un paisaje, sino moldear la psicología de un pueblo”. Unas leyes hicieron hacer este paisaje de aquí, crear una industria a la par que transformaron el campo. Adela Gil confiaba en que “en esta tierra rica, suerte, enjundiosa cuando la lluvia llega en su fechas”, naciesen nuevas fuentes de riqueza, que complementasen a las leyes agrarias de antaño, otras agroindustriales, “para que la corriente ascensional de belleza, que ha creado el viñedo requenense, no se pierda en el letargo, sino que al contrario se vigoriza en un nuevo reajuste económico que haga posible un total rendimiento, de acuerdo con las necesidades modernas de este interesante región levantina manchega”.

 

Referencias bibliográficas.

 

Ibáñez Tarín, Margarita. "La posguerra en el Instituto de Requena a través de la trayectoria profesional y biográfica de los profesores Adela Gil Crespo y Alejandro Gaos", en Oleana, 27 (2012), pp. 235-267.

Mainer Baqué, Juan. La forja de un campo profesional: pedagogía y didáctica de las ciencias sociales en España (1900-1970). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid 2009.

TIANA FERRER, Alejandro. El Libro Escolar, Reflejo de Intenciones Políticas e  Influencias Pedagógicas. UNED, 2012.