LA OSCURIDAD PERPETUA DE LAS ALDEAS. Por Víctor Hernández Ochando.

    Regresa septiembre, momento en el que algunas personas se detienen a reflexionar sobre los buenos momentos vividos durante el verano y tratan de mentalizarse, con propósitos y voluntad, para encarar lo mejor posible la vuelta a la rutina. Bajo el calor estival las poblaciones rurales han recibido nuevamente un estímulo que les ha despertado del letargo y les ha empujado a ser el escenario de historias que alimentarán la nostalgia de ciertos actores secundarios. Su efímera participación es de vital importancia para este escenario al que, pese a cumplir un año más con su función, le sobrevuela el desasosiego de un futuro vacío. La poca gente que se queda allí bien lo sabe: regresa septiembre.

    La falta de oportunidades alimenta un ambiente de consternación sobre el abandono de estas áreas, que se agudiza en esos minúsculos municipios del interior del país cegados cada vez más por la luz al final del túnel (atendiendo a los datos del INE, el 65% de los municipios de España tiene menos de 1000 habitantes y acogen al 3% de la población nacional). Quizá estos problemas no son tan remarcables (para algunos), pero no hay duda de que nuestra comarca no queda exenta de ellos, ya que al fin y al cabo somos la “puerta física” de la Celtiberia como bien remarcó el profesor Francisco Burillo en su conferencia impartida hace unos meses. A ello cabe agradecer la gran labor de todos aquellos paisanos que han venido plasmando en diversas reflexiones el fenómeno de la despoblación en nuestra tierra, enlazando elegantemente las consecuencias demográficas de esta dinámica regresiva con los recuerdos de aquellos lugares que son inexorables a su existencia.

    No obstante, resulta más importante destacar la conciencia social sobre el tema que se ha expandido gracias a la difusión de la opinión ciudadana a través de las redes sociales. Uno de los principales malestares queda rápidamente identificado: el mal funcionamiento de los servicios básicos, en especial en las aldeas. Si a ello lo acompañamos de envejecimiento y pérdida de población se conforma un problema que puede comprometer a ciertos servicios por no alcanzar el umbral de población municipal en futuro no muy lejano.  En sus diversas escalas territoriales, la Administración sigue ostentando una postura de garante de servicios básicos, un “imprescindible” capaz de retener a la población (por muy deficitario que sea el servicio) y que facilita el acceso a esas pequeñas entidades poblacionales. Un enfoque incapaz de abordar plenamente el problema de la despoblación y, sobre todo, que peca al olvidar uno de los pilares que conforma cualquier territorio: el ámbito sociocultural.

    Pero volviendo a nuestro territorio, habría que señalar otro de los inconvenientes que surge por la idiosincrasia territorial: un modelo poblacional de caseríos y aldeas en un extenso municipio que, si bien en su origen presentó una serie de luces, el paso del tiempo las ha ido eclipsando. Podrían señalarse muchas “sombras” causantes de este problema (tanto internas como externas al territorio), pero nos centraremos en una especialmente ligada a la prestación de servicios básicos y que actualmente sigue vigente. Las pedanías son entidades locales menores supeditadas a un municipio que, según tenga a bien repartir gastos y beneficios, influye en su devenir.

    Este mismo asunto extrapolado a escalas territoriales superiores sirve para explicar el torbellino de ideas que, con su mayor o menor acierto, tratan de esclarecer las pautas para una nueva configuración territorial. Algunas de ellas son muy atrevidas como la necesidad de establecer una Nueva Carta Puebla. No resulta mala idea el querer vislumbrar el futuro con la linterna del pasado, sobre todo para recordar que los resultados de ciertas decisiones pasadas persisten en la actualidad en forma de rémora para el desarrollo futuro.

    Por ello, ante estas cuestiones relacionadas con la despoblación, vamos a destacar un episodio acontecido en el Ayuntamiento de Requena a comienzo del siglo pasado relacionado con la prestación de servicios básicos en las pedanías, donde se pronunciaron las palabras que dan titulo a este artículo.

    Una vez finalizada la III Guerra Carlista, Requena sintió la expectativa de prosperidad inminente, cuestión que junto a los problemas de salubridad pública y epidemias, aumentarían la demanda de servicios públicos. El avance en la red de infraestructuras y servicios se desarrollaría lentamente hasta el siguiente siglo a causa de la nueva organización territorial. El traspaso de competencias a los municipios afectaría notablemente al dinero de las arcas municipales. Para sufragar estos gastos se reforzaron algunos impuestos, como el de consumos, que fue especialmente impopular por su injusta distribución entre los vecinos y núcleos poblacionales.

    Impulsar esta serie de reformas urbanas no solamente atendía a criterios higienistas y funcionales, sino que conllevaba a su vez unas implicaciones estéticas que afectarían en especial al alumbrado. Con la llegada del tendido eléctrico se darían diversos conflictos. Su despliegue comenzaría por las zonas céntricas de la ciudad debido a su elevado coste (tanto que amenazó con dejar sin Feria a Requena en 1902 ante la incapacidad del municipio de abonar una deuda de 9 meses a la Electra del Cabriel) y por la necesidad de proyectar durante esa misma época del año una buena imagen de la ciudad con tal de disimular sus graves problemas estructurales. Sería, al mismo tiempo, un servicio necesario para ofrecer seguridad a los ciudadanos y evitar las ventajas que ofrecía “el abrigo de la noche”.

    En las actas municipales de 1900 se empezarían a formular contratos de alumbrado público para las aldeas de Barrio Arroyo, Fuenvich, la Portera, Pedrones, Casas de Lázaro y San Antonio. No se comenzarían las obras en ninguna de ellas, a excepción de la última pedanía, que junto a los barrios de Ollerías e Higuerillas manifestarían posteriormente su descontento por quedar desatendidas. En la sesión del 24 de noviembre el concejal Ramón Verdú se manifestaba contra el servicio de alumbrado en San Antonio, compuesto por 25 lámparas:

“Que sentía verse en la necesidad de impugnarlo, por ser la primera vez que había desistido del parecer de sus compañeros, en los diferentes informes que se habían presentado; pero que en la ocasión presente, estimaba sumamente injusto su contenido, toda vez que no solo los vecinos residentes en San Antonio, sino todos los de las restantes Aldeas, estaban en su perfecto derecho al pedir el alumbrado, sino que debió dárseles, sin pedirlo, como ha ocurrido en el vecino pueblo de Utiel; siquiera fuese por el periodo de adelanto y civilización que atravesábamos. Que en la forma como se les concede, es igual que negarlo, puesto que en todos los repartimientos de consumos resultan descubiertos; Que los vecinos de San Antonio ya tuvieron pensamiento de pedir la segregación y bien pudiera ser esta causa de que volviesen á intentarlo con lo cual no cabe duda de que esta población perdería importancia, y mas todavía que existiendo además otras Aldeas de mayor número de habitantes que muchos pueblos de la provincia; se corria el riesgo de que varias de ellas pensaran en su segregación; extendiéndose en varias consideraciones encaminadas a demostrar, la tendencia a la descentralización que se nota en todas partes; y en una palabra que por estas y otras muchas razones se reserva, no puede en manera alguna aceptar el dictamen”.

    Tras esta interesante explicación (que habla por sí sola) Don Narciso Ruiz, vocal de la comisión, explica las razones del dictamen que habían elaborado. Le asegura que en el caso de que cualquier Aldea solicitase el servicio, le sería concedido con las mismas condiciones. No satisfecho con la respuesta, el concejal Verdú insiste en que “á las Aldeas no debe de ponerse cortapisa para su desenvolvimiento; y que antes por el contrario, el Ayuntamiento debe protegerlas”.

    Don Bernardo Perez explica que “los vecinos del extrarradio contribuyen con el cincuenta por ciento para el pago de consumos y los del Casco con el doble; y que por lo tanto no tienen derecho a ciertos servicios.”. Verdú remata con “los Aldeanos pagan todos los tributos como los demás vecinos y que si la ley les amparaba para contribuir en consumos, con solo el cincuenta por ciento, en cambio carecían de todos absolutamente de todos los servicios; y que ahora se les quiera condenar á la oscuridad perpetua; aparte de que en el casco había muchos contribuyentes que no pagaban nunca ni el cincuenta por ciento ni otra cosa”.

    La discusión entre los componentes continuaría sobre la manera de tributar y la búsqueda de una “fórmula conciliadora que ampare en sus derechos á aquellos vecinos”, finalizando con la aprobación del dictamen por ocho votos a favor y dos en contra.

    La prestación de otros servicios como el adoquinado, la reparación de caminos y carreteras o el abastecimiento y saneamiento de aguas supondrían todo un reto para las arcas municipales. Establecer el servicio en marcha suponía un gran desembolso; mantenerlo, mucho más. La precaria situación del Ayuntamiento, pues eran “tiempos ocupados”, les obligó a acometer algunas de estas reformas urbanas a golpe de prestación personal, como por ejemplo tuvieron que hacer los habitantes de las aldeas con los caminos municipales. En la actualidad, varios de los servicios básicos se ofrecen de manera mancomunada o través de la diputación provincial, otros siguen formando parte de la gestión municipal y otros se han externalizado (llevando al pleno municipal ideas para tratar de remunicipalizar alguno de ellos).

    La cuestión es que la intervención institucional sigue siendo clave para garantizar el acceso a ciertos servicios, pero requiere de un nuevo marco regulador (sobre todo supramunicipal) y nuevas formas de gestión y colaboración para solventar las deficiencias que no puede cubrir, pero ¿y en el ámbito local? Cabe reconocer que el tejido poblacional de nuestro territorio tiene el inconveniente de la distancia entre núcleos, aunque no quita el deber de garantizar los servicios. Al fin y al cabo, es una cuestión de cultura política: el futuro de aldeas pasa por la cambiar la imagen que tenemos sobre ellas. Ahora bien, ¿quién/ quienes serán los encargados de dar forma a ese propósito? El más que reconocido sector vinícola, tan ligado al origen de las aldeas, podría ser un soplo hacia la recuperación de las aldeas. Del mismo modo, algunas personas más en sintonía con un estilo de vida más ecológico ya deciden establecer su hogar en las aldeas.

    Eso sí, de momento la tendencia es la del decrecimiento y pérdida de población. Si no se actúa de alguna manera llegará el momento en el que solamente sean ruinas, con una profunda historia detrás, como las que contemplaba el viajero del soneto Ozymandias de Percy Shelley.

[…]

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia

de esas colosales ruinas, infinitas y desnudas

se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.

 

Ozymandias, Percy Bysshe Shelley (1792–1822)

 

Fuentes

Archivo Histórico Municipal de Requena (AHMR), Libros de actas municipales de 1899 (2794) y 1900 (2805).