LAS GENTES DE CAMPO ARCÍS DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. POR VÍCTOR MANUEL GALÁN TENDERO.

                Una lucha titánica.

                El dos de mayo de 1808 muchas personas del pueblo de Madrid se levantaron contra las tropas napoleónicas, según es bien sabido. Los representantes del Estado y la aristocracia no secundaron la rebelión, que acabaría ahogada en sangre con rapidez. La estratagema de Napoleón parecía triunfar, pero la insurrección pronto se extendió por una España descontenta y harta del mal gobierno.  Los levantamientos alumbraron un rosario de juntas locales que asumieron el poder en su territorio. A fines de aquel mes de mayo se constituyó la de Requena, bajo la bandera del guerrero San Julián. Pronto se vieron las caras los requenenses con los napoleónicos, de camino hacia una Valencia que esperaban rendir con prontitud. Se equivocaron. Fracasaron ante distintos objetivos, y en Bailén encajaron una severa derrota.

                La guerra de la Independencia comenzaba con unos bríos que sorprendieron al orgulloso Napoleón, en el ápice de su gloria. Ciudades como Zaragoza, Gerona o Tarragona sostuvieron con heroísmo la causa patriótica española, pero en los campos también se combatió sin cuartel en una guerra de guerrillas que desesperó a muchas unidades napoleónicas, temerosas de sentarse a comer con las balas silbando muy cerca, de caer en una emboscada y de terminar mutilados y expuestos a la ignominia en un cruce de caminos.

                Imbuidos muchos de ellos del credo revolucionario anticlerical, los soldados franceses cometieron muchos desmanes contra la población civil, a la que responsabilizaban de ser cómplice de los guerrilleros. Se les exigió alimentos y víveres cuando estaban a punto de desfallecer por hambre, lo que alimentó más si cabe la espiral de violencia. Nuestra guerra de Independencia fue, entre otras muchas cosas, un conflicto campesino por la supervivencia. Los habitantes de Campo Arcís formaron parte de este paisaje bélico.

                Una localidad emergente.

                En 1808 la tradicional dehesa asociada a Campo Arcís desde la Edad Media, tan característica del aprovechamiento ganadero castellano, ya estaba pasando a la Historia. Sus pastos habían sido arrendados por el municipio de Requena, como bien propio, de forma lucrativa, pero a fines del siglo XVIII cada vez conseguía menos beneficios. Entre 1724 y 1783 la dehesa propiamente dicha pasó de 2.050 a 889 reales, y la del ardal de 680 a nada. Todo un signo de los tiempos venideros.

                El siglo de las Luces fue también el de la agricultura, cuando los europeos roturaron enormes extensiones de tierras de Ucrania a las Américas y los fisiócratas la valoraban como la piedra angular de la economía. Sirviéndose de privilegios tradicionales como el del aprovechamiento de las aguas vertientes, los pioneros de la roturación en Campo Arcís fueron ganando tierras al cultivo antes de la entronización de Carlos III, rey con el que el movimiento ganó fuerza. Se deslindaron o apearon una serie de parcelas o suertes en tierras de titularidad municipal para ser entregadas a una serie de familias campesinas, que tenían la obligación de pagar anualmente una cantidad de dinero o canon. 

                No todos los posesores de tierras aquí disfrutaron de igual fortuna económica, pero el movimiento fue un éxito indiscutible. Si en 1783 las sumas recaudadas por el canon supusieron unos 4.512 reales, en 1793 ascendieron a 5.384. Las dificultades previas a la guerra de la Independencia se notaron también en Campo Arcis, descendiendo la recaudación a los 4.652 reales.

                A día de hoy la aseveración resulta increíble y fuera de lugar, pero a comienzos del siglo XIX el vino de la tierra de Requena, del país según se decía entonces, no resultaba atractivo. El municipio era el que autorizaba el comienzo de la vendimia a los cultivadores, que en 1810 se fijó en el 16 de octubre, no siendo la fecha más tardía registrada. La venta de vino era estrictamente controlada y aguantaba no pocos impuestos, como los diez maravedíes por arroba para la construcción del camino de Cuenca a Tarancón. La gran era de la viticultura de Campo Arcís sería posterior a la guerra de la Independencia, aunque sus campos rendían buenas cosechas de cereales, muy atractivas en tiempos tan bravos.

                ¿Un campo controlado?

                A primera vista, la posición defensiva de la villa de Requena se antojaba muy superior a la del caserío de Campo Arcís, por mucho que sus murallas ya fueran vetustas y su castillo presentara no pocos desperfectos. Disponía de edificios tan sólidos como el encumbrado convento de San Francisco, en el que pronto se fijaron las autoridades militares. La experiencia de las posteriores guerras carlistas llevó al fortalecimiento del núcleo urbano frente a un agro que se encontró muchas veces inerme ante las escurridizas partidas. En la lucha de la Independencia se cruzaron armas con un experimentado ejército regular, compuesto por veteranos de distintos países de Europa. Campo Arcís, pues, parecía una víctima propiciatoria.

                Sin embargo, el más apiñado vecindario de Requena padecía el riesgo de las enfermedades con mayor facilidad que Campo Arcís, especialmente con la afluencia de soldados maltrechos desde Cuenca en la primavera de 1809. El veterano hospital de pobres de Requena, entonces en las inmediaciones del Carmen, se encontró desbordado, y se pensó en establecer otro más en el colegio de San José y San Nicolás. No se consideró el más aislado y poco defendido Campo Arcís.

                Todavía se nombraban todos los años desde la villa caballeros de la sierra y guardas de campo y huerta para controlar los aprovechamientos de sus extensos términos, pero la guerra puso en marcha una serie de movimientos perturbadores en el medio más rural.

                Quintos, guerrilleros y saqueadores.

                Tras asegurarse la benevolencia del zar de Rusia en el Este de Europa, Napoleón irrumpió en España al mando de una formidable fuerza a fines de 1808, y a comienzos del siguiente año Madrid cayó en sus manos. Gran Bretaña se había coaligado con la resistencia española, y ya había destacado fuerzas en la Península.

                Bajo el mando de la Junta Central, los ejércitos españoles se enfrentaron a varios frentes de lucha, más allá del objetivo prioritario de batir a los invasores. Conseguir por el denostado sistema de quintas, que tantas excepciones reconoció, soldados necesitados de equipamiento y víveres se convirtió en una pesadilla. En tierras de Requena faltaron quintos a fines de octubre de 1809, y se repartieron entre sus gentes trescientas cartas impresas de solicitud de donativos para vestir la fuerza de 1.600 soldados a formar en Cuenca.

                Para muchos campesinos, con familia que mantener, resultaba más atractivo formar parte de las más informales, pero no menos efectivas, partidas de guerrilleros, cuyos comandantes llegaron conceder empleos y grados militares con disgusto de la oficialidad regular. Por si fuera poco, los guerrilleros consiguieron con más facilidad caballos que las maltrechas unidades del ejército reglado. Su celeridad, algo tan valorado en las guerras napoleónicas, y su contundencia en el ataque aumentaron en consonancia, lo que atrajo a no pocos a sus filas.

                Napoleón abandonó pronto España, pero sus mariscales y generales prosiguieron con fiereza las campañas de conquista, ignorando en más de una ocasión a José I Bonaparte. En 1810 disputaron por tierras de Castilla la Nueva Bassecourt, de linaje de militares originario de los Países Bajos, con el napoleónico D´Armagnac. La guerra se acercó a nuestras tierras, y los españoles emplazaron su cuartel general en Villargordo. Distintas juntas patrióticas habían sido duramente golpeadas, y la de Teruel se había acogido a nuestra comarca para proseguir la resistencia.

                En la retaguardia se libraban paralelamente otros combates. El levantamiento patriótico había movilizado a mucha gente, habitualmente relegada de la vida política, y se temió una revolución muy similar a la francesa. Se crearon batallones de milicianos honrados dirigidos por prohombres locales, como Pedro José Cros, para aplacar ciertos ánimos y mantener el orden social establecido. Como en la Francia de 1789, la del Gran miedo, se desconfió con intensidad de la población flotante, compuesta por braceros y mendigos. La vecindad de los jornaleros del campo con deseos de establecerse en los caseríos se aprobó con muchas prevenciones, de las que estuvieron libres los admirados defensores de la Zaragoza mártir.

                Las gentes de Campo Arcís, un medio centenar de familias aproximadamente, tuvieron que cargar con las contribuciones acrecentadas por la guerra. Para no sobrecargarlos más, al igual que en otros puntos de la tierra requenense, se acudió a los fondos del pósito (el almacén municipal dispensador de grano en caso de necesidad) en la primavera de 1810, cuando la fabricación de sedas pasaba por un intenso bache.

                En Campo Arcís un cabeza de familia fue exonerado de contribuir por su pobreza en 1811, dieciocho se encuadraron en la categoría fiscal que alcanzaba hasta los 100 reales, seis de 101 a 200, diecisiete de 201 a 1.000, y ocho de 1.001 a 5.000. En comparación con otras emergentes aldeas del término requenense, Campo Arcís contaba con un grupo de medianos propietarios resultante del deslinde de las suertes de tierras. Con no pocas dificultades, la dehesa del Campo tributó en cada año del trienio de 1809-11 unos 1.020 reales y 4.652 las suertes gravadas con el canon.

                No lo tuvieron nada fácil sus gentes, pues. El decomiso de paja perjudicó a sus ganados. La falta creciente de grano desde el verano de 1810 pasó factura al apurado pósito, y se insistió en el cobro a los deudores. La falta de resultados empujo a su vez a exigir a los labradores sus reducidas reservas.  El círculo vicioso se hacía más marcado, y la carestía de pan se hizo más angustiosa en la primavera de 1811. Por los campos deambularon por las noches cuadrillas de hombres disfrazados, identificados por algunos con los soldados españoles de guarnición en Requena, que robaban los frutos. Al comandante de la plaza se le exigió que impusiera mayor disciplina, al temerse alborotos.

                Ocupación y victoria.

                A principios de 1812 la ciudad de Valencia cayó en manos napoleónicas, que alcanzaron también las puertas de Alicante en una incursión. Una Requena extenuada terminó siendo ocupada, y los napoleónicos exigieron en su beneficio las contribuciones destinadas en principio para resistirles. Las gentes del Campo no disfrutaron de ningún alivio.

                Los ocupantes se hicieron fuertes en la eminencia del convento de San Francisco, donde sortearon de la mejor manera que pudieron la escasez y la enfermedad. No todos eran franceses, y en sus filas también hubo italianos y alemanes del imperio napoleónico. Algunos desertaron hartos de las dificultades, y es muy probable que engrosaran las partidas guerrilleras.

                Al principio, se buscó la colaboración de los prohombres y sacerdotes requenenses para abastecerse e imponer el orden, pero también se impuso el trabajo forzado en la fortificación de San Francisco de los campesinos. La situación económica continuó siendo detestable, y los guerrilleros prosiguieron imponiendo su ley en muchas áreas el año de la aprobación de la Pepa, nuestra primera Constitución.

                Napoleón sufrió en Rusia un potentísimo revés y pronto su posición en la Europa Central fue impugnada por una fuerte coalición enemiga. En España, los británicos en colaboración con tropas regulares y guerrilleros hicieron retroceder a los napoleónicos, que se defendieron tenazmente en el Este. Temeroso de una invasión de la misma Francia desde el Sur de los Pirineos, Napoleón consideró la liberación de Fernando VII para acrecentar las divisiones entre liberales y absolutistas. Sus fuerzas se retiraron ordenadamente desde Valencia, ofreciendo resistencia fuerte al marchar de nuestra comarca a comienzos del verano de 1813.

                Los ejércitos españoles necesitaron de no pocos auxilios económicos, y las contribuciones no se aminoraron. Nuevamente se recurrió a cabezas de familia como los cincuenta y siete de Campo Arcís, cuyos nombres ofrecemos a continuación junto a la cantidad que se le asignó en reales a cada uno en 1813:              

Nombre

Suma en reales exigida

Nicolás García Muñoz

12

José García Bautista

22

Juan Cardona

15

Sebastián García Muñoz

7

Francisco Martínez

12

Cristóbal Martínez

22

Salvador Robredo

30

Manuel Pardo

12

José García de Felipe

15

Nicolás Navarro

15

Leandro Villanueva

9

Pedro Juan Robredo

12

Pascual Carrión

15

Julián Pardo

15

Francisco Hernández

15

Manuel Martínez Villora

30

Juan Antonio García Muñoz

15

Agustín Navarro

15

Agustín Pardo

30

Miguel Salinas

22

José Pérez

12

Alonso Iranzo

22

Leandro Gallego

15

Luis Nogales

15

Francisco Sánchez

37

Isidro Robredo

22

Salvador Robredo de Lucas

12

Miguel Cardona

30

Francisco Hernández

45

Miguel Pérez Duque

30

Joaquín González

150

Nicolás García

195

Nicolás López

45

Miguel García Luján

195

Juan García Bautista

165

Cristóbal Pardo Mayor

600

José de Arocas

37

José Hernández

90

Antonio González de Francisco

45

Francisco Cardona

120

Francisco González Mayor e hijo

105

José García Gavaldón

105

Juan Sánchez Marín

35

Alonso Martínez Serrano

120

Martín Martínez Villora

180

Juan Domingo Gómez

35

Francisco González de Francisco

120

Felipe García

75

Juan González de Francisco

105

Francisco González de Joaquín

120

José Navarro

42

Pablo González

75

Pedro Robredo

120

Cristóbal Pardo

105

Pascual Arenas

42

Juan Ochando

51

Francisco Martínez Raval

450

               

                Se observa el perfil contributivo ya apuntado, con un grupo de labradores acomodados, sobresaliendo Francisco Martínez Raval y Cristóbal Pardo Mayor.

                En 1814 concluyó la guerra de la Independencia. Los habitantes de Campo Arcís tenían que hacer frente a no pocas deudas y apremios, al igual que el municipio requenense, que prosiguió repartiendo suertes para paliar pérdidas. Desgraciadamente, a los años de lucha contra Napoleón siguieron otros de guerras entre españoles, en los que las familias de Campo Arcís pasaron de cincuenta y siete a sesenta y tres en 1832. El sacrificio de las generaciones de la guerra de la Independencia no fue nada baldío.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO MUNIIPAL DE REQUENA.

                Libro de actas municipales de 1808 a 1812, nº. 2733.

                Libro de actas municipales de 1813 a 1816, nº. 2732.

                Libro de contribuciones de 1811 a 1814, nº. 1882.

                Libro de cuentas de propios y arbitrios de 1801 a 1824, nº. 2415.